Octubre 1999 | Cómo llegar a ser lo mejor de nosotros mismos

    Cómo llegar a ser lo mejor de nosotros mismos

    Octubre 1999 Conferencia general

    “Si [confiamos en el Señor], llegaremos a reconocer que hemos estado embarcados en Su obra, que Sus divinos propósitos se han cumplido y que nosotros hemos participado en ese cumplimiento”.

    En una época antigua y en un lugar muy lejano, nuestro Señor y Salvador Jesucristo enseñó a las multitudes y a Sus discípulos “el camino, la verdad y la vida”1. Les ofreció Sus consejos con palabras sagradas y Su magnífica existencia nos dejó un verdadero ejemplo. En ocasiones, el Señor solía preguntar: “¿Cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir”?2.

    Durante Su ministerio en el continente americano, agregó palabras significativas al responder a esa misma clase de pregunta: “¿Qué clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy”3.

    En Su ministerio terrenal, el Maestro describió cómo debemos vivir, cómo debemos enseñar, cómo debemos servir y qué debemos hacer para llegar a ser lo mejor de nosotros mismos.

    Una de esas lecciones se encuentra en el libro de Juan, en la Santa Biblia, y dice: “Felipe halló a Natanael, y le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret.

    “Natanael le dijo: ¿De Nazaret puede salir algo de bueno? Le dijo Felipe: Ven y ve.

    “Cuando Jesús vio a Natanael que se le acercaba, dijo de él: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño”4.

    En nuestra jornada terrenal, el consejo del apóstol Pablo nos brinda guía celestial: “…todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad”. Y entonces añadió la recomendación final: “Lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí, esto haced; y el Dios de paz estará con vosotros”5.

    En nuestra búsqueda para llegar a ser lo mejor de nosotros mismos, hay varias preguntas que podrían guiarnos: ¿Soy lo que quiero ser? ¿Estoy hoy más cerca del Salvador que ayer? ¿Estaré aún más cerca de Él mañana? ¿Tengo el valor necesario para cambiar?

    Es hora de que escojamos un sendero que con frecuencia se descuida, uno que podríamos llamar “El sendero de la familia”, a fin de que nuestros hijos y nuestros nietos puedan crecer hasta alcanzar todo su potencial. Hay una tendencia nacional — y aun internacional — que lleva consigo un tácito mensaje: “Retoma a tus raíces, a tu familia, a las lecciones aprendidas, a la existencia vivida, a los ejemplos demostrados, sí, a los valores de la familia”. Con frecuencia sólo se requiere regresar al hogar: a registrar las buhardillas por largo tiempo no examinadas, los diarios personales rara vez leídos, los álbumes de fotos casi olvidados.

    El poeta escocés James Barrie escribió: “Dios nos ha dado recuerdos a fin de que podamos tener rosas de junio en el diciembre de nuestra vida”6. ¿Qué recuerdos tenemos de nuestra madre? ¿De nuestro padre? ¿De nuestros abuelos? ¿De nuestra familia? ¿De nuestros amigos?

    ¿Qué lecciones hemos aprendido de nuestros padres? Hace algunos años un padre le preguntó al élder ElRay L. Christiansen qué nombre le sugeriría para un nuevo bote que había adquirido. El hermano Christiansen le dijo: “¿Por qué no le pones ‘El infractor del día de reposo’?”. Estoy seguro de que aquel novato marino pensó si su flamante juguete sería un infractor o un guardián del día del Señor. Cualquiera haya sido su decisión, seguramente dejó una indeleble impresión en sus hijos.

    Otro padre enseñó a su hijo una inolvidable lección en cuanto a la obediencia y, por medio del ejemplo, a guardar el día de reposo. Me enteré de esto en los funerales de una gran Autoridad General, H. Verían Andersen. Uno de sus hijos le rindió un homenaje que se aplica a toda persona, no importa dónde se encuentre ni lo que esté haciendo. Es el ejemplo de la experiencia personal.

    El hijo del élder Andersen contó que años antes había tenido una actividad escolar un sábado por la noche y le pidió prestado a su padre el automóvil de la familia. Después de darle las llaves, y mientras el joven se disponía a salir por la puerta, su padre le dijo: “El auto necesitará gasolina antes de mañana. Asegúrate de ponérsela antes de regresar”.

    El hijo del élder Andersen comentó que la actividad de aquella noche resultó ser sumamente entretenida. Se reunió con sus amigos, disfrutaron del refrigerio y todos se divirtieron. Sin embargo, tanto se había divertido que se olvidó de cumplir las instrucciones que su padre le había dado de echarle gasolina al automóvil antes de volver a casa.

    Llegó la mañana del domingo y el élder Andersen descubrió que el indicador de la gasolina del vehículo indicaba que el tanque estaba vacío. El hijo vio que su padre entró de vuelta en la casa y puso las llaves del auto sobre la mesa. En el hogar de los Andersen, el día del Señor era un día de adoración y de agradecimiento, y no para ir de compras.

    Al seguir con su mensaje, el hijo del élder Andersen dijo: “Vi que mi padre se puso la chaqueta, se despidió y entonces hizo a pie el largo camino hasta la capilla para asistir a una reunión temprana”. Tenía que cumplir con su deber. Los principios no fueron supeditados a la conveniencia.

    Al concluir su mensaje en el funeral, el discursante dijo: “Ningún hijo pudo jamás haber recibido de su padre una lección más eficaz que la que él me dio ese día. Mi padre no solamente conocía la verdad. También la vivía”.

    Es en el hogar en donde modelamos nuestras actitudes, nuestras verdaderas creencias. Es en el hogar en donde se fomenta o se destruye la esperanza.

    Nuestros hogares deben ser mucho más que santuarios. Deben ser lugares donde el Espíritu de Dios pueda morar, donde las tempestades se detengan a sus puertas, donde reine el amor y more la paz.

    No hace mucho recibí una carta de una joven madre; en ella me decía: “A veces me pregunto si en verdad influyo en la vida de mis hijos. Especialmente, al ser una madre soltera que trabaja en dos empleos para poder mantenerlos, cuando llego a casa suelo encontrar sólo desorden, pero nunca pierdo las esperanzas.

    “Mis hijos y yo estábamos viendo la transmisión de una conferencia general y usted hablaba en esos momentos acerca de la oración. Mi hijo entonces comentó: ‘Mamá, tú ya nos enseñaste eso’. Yo le pregunté: ‘¿Qué quieres decir?’ Y él respondió: ‘Bueno, tú nos enseñaste a orar y cómo hacerlo, pero la otra noche fui a tu cuarto para preguntarte algo y te encontré de rodillas orando a nuestro Padre Celestial. Si Él es importante para ti, también lo será para mí’”. La carta terminaba así: “Imagino que una nunca podrá saber qué clase de influencia ejerce hasta que un hijo nos observe hacer lo que a él se le ha tratado de enseñar”. ¡Cuán maravillosa fue esa lección que un hijo aprendió de su madre!

    Cuando yo era muchacho, descubrí algo sorprendente en la Escuela Dominical, un Día de las Madres, que ha permanecido conmigo a través de los años. Melvin, un hermano ciego del barrio, un talentoso cantante, solía ponerse de pie ante la congregación como si estuviera viendo a cada persona. Entonces cantaba “Esa hermosa madre mía”. Aquellas brillantes y resplandecientes brasas del recuerdo penetraban muy adentro del corazón. Los hombres sacaban sus pañuelos y los ojos de las mujeres brillaban empañados por las lágrimas.

    Nosotros, los diáconos, pasábamos por entre la congregación llevando a cada una de las madres un pequeño geranio en una maceta de arcilla. Algunas madres eran jóvenes, otras de mediana edad y había también algunas ya ancianas que parecían estar aferrándose a sus últimos años de vida. Pude percibir que los ojos de todas esas madres poseían una mirada bondadosa. Cada una de ellas respondía: “¡Gracias!” Pude sentir el espíritu de la declaración que dice: “Cuando alguien da una flor a otra persona, la fragancia de la ñor perdura en las manos del dador”. No he olvidado aquella lección y nunca la olvidaré.

    Hay algunas madres, algunos padres, algunos hijos y algunas familias que han sido llamados a soportar pesadas cargas en esta vida terrenal. Una de esas familias era la de los Borgstrom, en el norte de Utah. Transcurría la Segunda Guerra Mundial y en varias partes del mundo se libraban terribles batallas.

    Los Borgstrom perdieron trágicamente a cuatro de sus cinco hijos que servían en las Fuerzas Armadas. En el transcurso de sólo seis meses, esos cuatro hijos dieron su vida—cada uno de ellos en diferentes lugares del mundo.

    Al año siguiente, los cadáveres de esos cuatro hermanos fueron traídos a Tremonton y sus funerales tuvieron lugar en el Tabernáculo de Garland, Utah, que se encontraba repleto de gente. El general Mark Clark asistió a los funerales y poco después pronunció con emoción estas palabras: “Volé a Garland en la mañana del 26 de junio, y me presenté a la familia, entre ellos estaban la madre, el padre y sus otros dos hijos… uno de ellos un adolescente. Nunca antes había conocido a un grupo familiar tan estoico.

    “Cuando los cuatro féretros cubiertos con banderas fueron colocados frente a nosotros en la capilla, yo me senté junto a esos valientes padres y quedé profundamente impresionado por su comprensión, por su fe y por lo orgullosos que se sentían por esos magníficos hijos que habían hecho el supremo sacrificio en aras de los principios que tan nobles progenitores les habían inculcado desde su niñez.

    “Posteriormente, la señora Borgstrom se acercó a mí y en voz baja me dijo: ‘¿Va a llevarse usted a mi otro hijo?’. Le respondí que mientras yo estuviera al mando del ejército en la Costa Occidental, si llegaran a llamar a su hijo, haría todo lo posible por asignarlo a prestar servicio solamente en los Estados Unidos.

    “En medio de esa conversación callada con aquella madre, el padre se inclinó y dijo a la señora Borgstrom: ‘He podido escuchar tus palabras con el general acerca de nuestro hijo menor; pero tú sabes bien que si la patria lo necesita, él no se negará a ir’.

    “Yo apenas pude contener mi emoción. Ahí estaban esos padres, con cuatro hijos que yacían sin vida a raíz de las heridas que recibieron en el frente, y aún así, estaban dispuestos a hacer el último sacrificio si su patria se los pedía”.

    Es el Evangelio del Señor Jesucristo que así conmovió el hogar y el corazón en ese día inolvidable.

    Los años han venido y se han ido, pero la necesidad de un testimonio del Evangelio continúa siendo esencial. A medida que seguimos adelante hacia el futuro, no debemos descuidar las lecciones del pasado. Nuestro Padre Celestial dio a Su Hijo. El Hijo de Dios dio Su propia vida. Y a nosotros se nos ha pedido que demos nuestra vida, si fuere menester, al divino servicio de Ellos. ¿Lo harán ustedes? ¿Lo haré yo? ¿Lo haremos todos nosotros? Hay lecciones que deben enseñarse, actos bondadosos que deben efectuarse, almas que es necesario salvar.

    Recordemos el consejo del rey Benjamín: “…cuando os halláis al servicio de vuestros semejantes, sólo estáis al servicio de vuestro Dios”7. Acérquense para rescatar a los que necesitan ayuda y elévenlos hasta el sendero más alto y el mejor camino. En la Primaria cantamos: “Guíenme, enséñenme la senda a seguir para que algún día yo con Él pueda vivir”8.

    La verdadera fe no es exclusiva de los niños, sino que se aplica a todos nosotros. Tal como aprendemos de Proverbios: “Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia.

    “Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas”9. Si hacemos esto, llegaremos a reconocer que hemos estado embarcados en Su obra, que Sus divinos propósitos se han cumplido y que nosotros hemos participado en ese cumplimiento.

    Permítaseme ilustrar esta verdad con una experiencia personal. Hace muchos años, cuando servía como obispo, tuve la impresión de que tenía que visitar a Augusta Schneider, una viuda originaria de la región europea de Alsacia-Lorena, que aunque hablaba muy poco inglés dominaba el alemán y el francés. Durante varios años después de aquella primera impresión la visité durante las temporadas navideñas. Cierta vez, Augusta me dijo: “Obispo, tengo algo de mucho valor para mí que quiero regalarle”. Fue entonces hasta un lugar especial de su modesto apartamento y trajo el obsequio. Se trataba de un hermoso fieltro de unos 15 por 20 centímetros en el que lucían las medallas que le habían otorgado a su esposo durante el servicio que había prestado en las fuerzas francesas en la Primera Guerra Mundial. Ella me dijo: “Quiero que reciba este valioso tesoro personal que tanto aprecio”. Con toda cortesía le respondí que quizás sería mejor que diera ese regalo a algún miembro de su familia. “No”, dijo con firmeza, “el regalo es suyo, porque usted tiene el alma de un verdadero francés”.

    Poco tiempo después de haberme dado ese regalo tan especial, Augusta falleció y fue a morar con aquel Dios que le dio la vida. En ocasiones suelo pensar en su declaración de que yo tenía “el alma de un verdadero francés”. No tenía ni la menor idea de lo que quiso decirme con eso; y sigo sin tenerla.

    Muchos años más tarde, tuve el privilegio de acompañar al presidente Ezra Taft Benson a la dedicación del Templo de Francfort, Alemania, que habría de servir a los miembros de habla alemana, francesa y holandesa. Al empacar mis cosas para el viaje tuve la impresión de que debía llevar conmigo las medallas que me habían regalado, sin saber siquiera lo que habría de hacer con ellas; las había tenido en mi posesión durante varios años.

    En una de las dedicaciones en el idioma francés, el templo estaba repleto de miembros. Las canciones y los mensajes que se presentaron fueron hermosos. La gratitud por las bendiciones de Dios penetró en cada corazón. Por las notas que tenía anotadas para dirigir pude darme cuenta de que esa sesión incluía a algunos miembros de la zona de Alsacia-Lorena.

    Durante mi discurso, me di cuenta de que el nombre del organista era Schneider. Entonces relaté el caso de mi asociación con Augusta Schneider; luego fui hasta el órgano y le entregué a ese hombre las medallas y le dije que, siendo que su apellido era Schneider, quería que aceptara la responsabilidad de encargarse de indagar acerca de ese nombre en sus investigaciones genealógicas. El Espíritu del Señor dio testimonio a nuestro corazón de que ésa fue una sesión muy especial. El hermano Schneider, enormemente emocionado por el espíritu que se manifestó en el templo, tuvo gran dificultad para acompañar en el órgano el último himno de esa sesión.

    Yo comprendí que ese valioso tesoro —la blanca de la viuda, porque era todo lo que Augusta Schneider poseía— fue puesto en la mano de alguien que se aseguraría de que muchas personas con “alma de verdaderos franceses” recibieran ahora las bendiciones que los santos templos brindan, tanto a los vivos como a los que ya han pasado más allá de esta vida terrenal.

    Testifico que con Dios, todo es posible. Él es nuestro Padre Celestial; Su Hijo es nuestro Redentor. Al esforzarnos por aprender Sus verdades y vivirlas, nuestra vida y la vida de otras personas serán abundantemente bendecidas.

    Con toda seriedad declaro que Gordon B. Hinckley es un verdadero profeta para nuestros días y que es guiado en la gran obra que sigue progresando bajo su dirección.

    Ruego que siempre tengamos presente que la obediencia a los mandamientos de Dios trae las bendiciones prometidas.

    Ruego que cada uno de nosotros merezca recibirlas, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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