Mi testimonio

Gordon B. Hinckley

President of the Church


Gordon B. Hinckley
“De todas las cosas por las que me siento agradecido hay una que ocupa el lugar más destacado, y es mi testimonio viviente de Jesucristo”.

Tengo ahora la oportunidad de decir unas palabras, hermanos y hermanas. Me siento rebosante de sentimientos de acción de gracias esta mañana. Me considero abundantemente bendecido por el Señor. Al contemplar los rostros de los miles de miles que se encuentran reunidos en este nuevo y hermoso salón y pensar en los cientos de miles que están reunidos en todo el mundo escuchando esta conferencia, me quedo casi sin habla de la gratitud que siento por la gran unidad que existe entre nosotros. Si me permiten expresar mis íntimos sentimientos durante unos instantes, les diré que nadie ha sido tan abundantemente bendecido como lo he sido yo. No lo entiendo. Es profundo mi agradecimiento por las muchas expresiones de bondad y de amor de ustedes.

Gracias a la gran bondad de otras personas, he viajado a lo largo y a lo ancho de la tierra, atendiendo a los asuntos de la Iglesia. He tenido extraordinarias oportunidades de hablar al mundo mediante la generosidad de los medios de difusión. He expresado mi testimonio en los grandes salones de actos de este país, desde el “Madison Square Garden”, de Nueva York, hasta el “Astrodome”, de Houston. Hombres y mujeres de elevado rango me han acogido y hablado con gran respeto acerca de nuestra obra.

Por otro lado, durante estos años también he llegado a conocer los maliciosos y despectivos modos de actuar de nuestros detractores. Pienso que el Señor pensaba en ellos cuando dijo:

“Malditos sean todos los que alcen el calcañar contra mis ungidos, dice el Señor, clamando que han pecado cuando no pecaron delante de mí, antes hicieron lo que era propio a mis ojos y lo que yo les mandé. . .

“. . .los que claman transgresión lo hacen porque son siervos del pecado, y ellos mismos son hijos de la desobediencia. . . .

“ay de ellos!. . .

“Su cesta no se llenará, sus casas y graneros desaparecerán, y ellos mismos serán odiados de quienes los lisonjeaban” (D. y C. 121:16–17, 19–20).

Dejamos en manos del Señor, que tiene el derecho de hacerlo, los juicios que hayan de sobrevenir a los que se oponen a Su obra.

Vuelvo a mis expresiones de gratitud. Gracias, hermanos y hermanas, por sus oraciones. Gracias por su apoyo en la grandiosa obra que todos procuramos llevar a cabo. Gracias por su obediencia a los mandamientos de Dios. Él está complacido y les ama. Gracias por su fidelidad en el cumplimiento de las grandes responsabilidades que tienen. Gracias por su pronta respuesta a todo llamamiento que se les hace. Gracias por criar a sus hijos en la luz y la verdad. Gracias por el testimonio inquebrantable que llevan en el corazón acerca de Dios el Eterno Padre y de Su Hijo Amado, el Señor Jesucristo.

Me siento profundamente agradecido por los jóvenes de la Iglesia. Hay muchísima maldad en todas partes. La tentación, con sus provocativas influencias, nos rodea por todos lados. Lamentablemente, perdemos a algunos de ellos ante esas fuerzas destructoras. Sentimos gran dolor por cada uno que se pierde. Les tendemos la mano para ayudarlos, para salvarlos, pero en demasiados casos hacen oídos sordos a nuestras súplicas. Trágico es el camino que han tomado, puesto que es el que conduce a la destrucción.

Pero hay muchos, muchos cientos de miles de nuestros jóvenes que son leales y fieles, rectos como una flecha y fuertes como una gigantesca ola del océano al seguir el camino que se han trazado, el cual es el de la rectitud y la virtud, el de la realización y el éxito; esos jóvenes están sacando provecho de sus vidas y el mundo será muchísimo mejor gracias a ellos.

Estoy infinitamente agradecido por esta admirable etapa de la historia en la que vivimos. Nunca ha habido otra como ella. Nosotros, de todas las personas que han vivido en la tierra, somos bendecidos en abundancia.

Pero de todas las cosas por las que me siento agradecido hay una que ocupa el lugar más destacado, y es mi testimonio viviente de Jesucristo, el Hijo del Dios Todopoderoso, el Príncipe de Paz, el Santo [de Dios].

Una vez, en una reunión de misioneros que tuvo lugar en Europa, un élder levantó la mano y me dijo: “Dénos su testimonio y díganos como lo obtuvo”.

Creo que podría intentar decir algo en este punto sobre la evolución de mi testimonio. Naturalmente, eso es algo personal; espero me disculpen por ello.

La ocasión más temprana en la que recuerdo haber experimentado sentimientos espirituales se remonta a cuando yo era muy pequeño, pues tenía unos cinco años de edad. Lloraba de dolor de los oídos. No había medicamentos milagrosos en aquella época, hace ya 85 años. Mi madre preparó una bolsa de sal de mesa y la puso en la estufa para calentarla. Mi padre puso suavemente las manos sobre mi cabeza y me dio una bendición en la que reprendió el dolor y la enfermedad por la autoridad del Santo Sacerdocio y en el nombre de Jesucristo. Enseguida me tomó con ternura en sus brazos y me aplicó al oído la bolsa de sal calentita. El dolor disminuyó y desapareció. Me quedé dormido entre los protectores brazos de mi padre. Al ir quedándome dormido, recuerdo que las palabras de la bendición seguían resonando en mi mente. Ése es el recuerdo más remoto que tengo del ejercicio de la autoridad del sacerdocio en el nombre del Señor.

Posteriormente en mi niñez, mi hermano y yo dormíamos en una habitación sin calefacción en el invierno. Se pensaba que eso era saludable. Antes de acostarnos, nos arrodillábamos a decir nuestras oraciones, en las que expresábamos una sencilla gratitud y las terminábamos en el nombre de Jesús. El distintivo título de Cristo no se empleaba mucho en las oraciones en aquel tiempo.

Recuerdo que me acostaba de un salto después de haber dicho amén, me abrigaba con la ropa de cama alrededor del cuello y pensaba en lo que acababa de hacer al hablar a mi Padre Celestial en el nombre de Su Hijo. No tenía un gran conocimiento del Evangelio, pero experimentaba paz y seguridad tras haberme comunicado con los cielos con y mediante el Señor Jesús.

Cuando fui a la misión a las Islas Británicas, ese testimonio se acrecentó. Todas las mañanas, mi compañero y yo leíamos juntos el Evangelio de Juan, analizando cada versículo. Era una experiencia maravillosa y esclarecedora. Ese extraordinario testamento comienza con la declaración de la divinidad del Hijo de Dios. Dice:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios y el Verbo era Dios.

“Este era en el principio con Dios.

“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:1–3, 14).

Yo pensaba mucho en esa declaración en aquel tiempo y he pensado mucho en ella desde aquel entonces. No deja lugar a dudas con respecto a la individualidad del Padre y del Hijo. Al Hijo, el Padre dio la gran responsabilidad de crear la tierra, “y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho”.

He visto mucha fealdad en este mundo, la mayor parte de la cual es obra del hombre; pero estimo que he visto mucha más hermosura. Me asombro ante las obras majestuosas del Creador. ¡Qué magníficas son! Y todas ellas son la obra del Hijo de Dios.

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros”.Él, el Hijo del Padre, vino a la tierra. Él tuvo a bien descender de la corte real de las alturas donde estaba como el Príncipe, el Primogénito del Padre, para tomar sobre sí la vida terrenal, nacer en un pesebre, el más humilde de los lugares de la tierra, en un país vasallo gobernado por los centuriones de Roma.

¿Cómo pudo haber condescendido aún más?

Fue bautizado por Juan en el río Jordán “para cumplir toda justicia” (véase Mateo 3:15). Su ministerio terrenal fue precedido por las hábiles tentaciones del adversario, las cuales Él resistió, diciéndole: “¡Quítate de delante de mí, Satanás!” (Mateo 16:23).

Él anduvo por Galilea, Samaria y Judea, predicando el Evangelio de salvación, haciendo a los ciegos ver, a los cojos andar y a los muertos levantarse de nuevo a la vida. Y, luego, para cumplir el plan de felicidad de Su Padre para Sus hijos, dio Su vida para pagar el precio de los pecados de cada uno de nosotros.

Ese testimonio creció en mi alma cuando era misionero al leer el Nuevo Testamento y el Libro de Mormón, que dan más testimonio de Él. Ese conocimiento llegó a constituir el fundamento de mi vida, el cual comenzó a establecerse con la respuesta a las oraciones de mi infancia.

Desde entonces, mi fe ha crecido mucho más. He llegado a ser Su apóstol, designado para hacer Su voluntad y enseñar Su palabra. He llegado a ser Su testigo ante el mundo. Repito ese testimonio de fe ante ustedes y ante todos los que oigan mi voz esta mañana del día de reposo.

Jesús es mi amigo. Ninguna otra persona me ha dado tanto como Él. “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13). Él dio Su vida por mí. Él abrió el camino a la vida eterna. Sólo un Dios pudo hacer eso. Espero ser digno de ser llamado amigo de Él.

Él es un ejemplo para mí. Su modo de vida, Su proceder absolutamente desinteresado, Su ayuda a los necesitados, Su sacrificio final, todo eso es un ejemplo para mí. Aunque no puedo ser tan perfecto como Él es, puedo intentar.

Marcó la senda y nos guió
a esa gran ciudad
do hemos de vivir con Dios
por la eternidad.

Él es mi maestro. Ninguna otra voz ha resonado con lenguaje tan asombroso como el de las Bienaventuranzas:

“Viendo la multitud. . . él. . . abriendo su boca les enseñaba, diciendo:

“Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

“Bienaventurados los que lloran porque ellos recibirán consolación.

“Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

“Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.

“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

“Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5:1–10).

Ningún otro maestro ha impartido la instrucción incomparable que Él dio a la multitud en el monte.

Él es el que me sana. Siento un respeto reverencial ante Sus asombrosos milagros y, no obstante, sé que los efectuó. Acepto la verdad de esas cosas porque sé que Él es el Maestro de la vida y de la muerte. Los milagros de Su ministerio denotan compasión, amor y un sentido de humanidad prodigiosos de contemplar.

Él es mi líder. Me siento honrado de ser uno del largo desfile de los que le aman y de los que le han seguido durante los dos milenios que han transcurrido desde Su nacimiento.

Con valor marchemos, huestes de Jesús,
y tomad las armas de verdad y luz.
Nuestro gran caudillo el Señor será.
Su pendón en alto se despliega ya.

Él es mi Salvador y mi Redentor. Al haber dado Su vida, con dolor y sufrimiento indescriptibles, Él me ha tendido la mano para sacarme a mí y a cada uno de nosotros, y a todos los hijos y las hijas de Dios, del abismo de oscuridad eterna que sigue a la muerte. Él ha proporcionado algo mejor, una esfera de luz y de entendimiento, de progreso y de belleza donde podremos seguir adelante por el camino que conduce a la vida eterna. Mi gratitud no tiene límites. Mi agradecimiento a mi Señor no tiene conclusión.

Él es mi Dios y mi Rey. De eternidad en eternidad, Él reinará y gobernará como Rey de reyes y Señor de señores. Para Su dominio no habrá fin. Para Su gloria no habrá noche.

Ningún otro puede ocupar Su lugar. Ningún otro lo hará jamás. Sin mancha y sin defecto de ninguna clase, Él es el Cordero de Dios ante Quien me inclino y por medio de Quien me acerco a mi Padre Eterno que está en el Cielo.

Isaías predijo Su venida:

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6).

Los que anduvieron con Él en Palestina dieron testimonio de Su divinidad. El centurión que le vio morir, dijo con solemnidad: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios” (Mateo 27:54).

Tomás, al ver Su cuerpo resucitado, clamó con asombro: “¡Señor mío, y Dios mío!” (Juan 20:28).

Los de este hemisferio a los que Él apareció oyeron la voz del Padre que le presentaba: “He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre. . .” (3 Nefi 11:7).

Y el profeta José, hablando en esta dispensación, declaró:

“Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!

“Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre”.(D. y C. 76:22–23).

A lo cual añado mi propio testimonio de que Él es “el camino, y la verdad, y la vida” y que “nadie viene al Padre” sino por Él (Juan 14:6).

Con gratitud y con amor inquebrantable, doy testimonio de estas cosas en Su Santo nombre, sí, el nombre de Jesucristo. Amén.