"Libres de" o "Libres para"

F. Enzio Busche


"Comenzamos a vivir cuando aceptamos conscientemente la total responsabilidad de nuestra propia vida y dejamos de culpar a las circunstancias".

Si se me preguntara cuál es el acontecimiento más importante acaecido en los últimos doscientos años, respondería sin vacilar: los efectos de la oración de un jovencito, humilde granjero, que, en los primeros años del siglo XIX, se arrodilló ante Dios al norte del estado de Nueva York y le preguntó en cuanto a la verdad eterna.

Este joven, de nombre José Smith, llegó a ser, en manos del Señor Jesucristo, el instrumento para restaurar a la humanidad el conocimiento de la verdad desde hacía tanto tiempo perdida y casi olvidada: el conocimiento sobre nosotros mismos, o sea, quiénes somos, de dónde venimos, cuál es el sentido y el propósito de nuestra existencia terrenal y por qué la humanidad ha experimentado tanta desdicha e injusticia. También se dio respuesta a las preguntas del hombre sobre la vida después de la muerte y nuestro destino final.

Aun en este día, más de cuarenta y dos años después de haber aceptado por decisión propia el sagrado convenio del bautismo, todavía me hallo admirado por los hechos maravillosos y milagrosos de la Restauración. No sólo se nos permitió aprender todo sobre el significado básico de la expiación del Señor Jesucristo, sino que también se nos reveló el importante significado del sacerdocio de Dios, el cual se restauró para permitirnos obrar con amor y paciencia, y así hacer llegar a todos la oportunidad de la salvación.

El tiempo no me permite hablar en mayor detalle de esta obra maravillosa de nuestro tiempo, pero me siento inspirado a hablar de un aspecto clave del reino de Dios, el cual, si no se comprende, puede hacer que no entendamos cabalmente el plan de Dios.

Para ir directamente al asunto, quiero hablarles de un fiel hermano que era miembro de mi rama en mi país de origen, Alemania, durante mis primeros años de miembro de la Iglesia.

Él vivía en circunstancias humildes y se sentía muy bendecido por haber comenzado a trabajar hacía poco para una pequeña compañía privada. Me habló de una celebración futura en la que se invitaba a todos los empleados a la tradicional cena de la compañía. Él estaba preocupado porque sabía que al final habría un gran brindis con cerveza, siendo probablemente su jefe el mayor bebedor de todos. Pero también sabía que el no asistir a la cena se consideraría una falta de cortesía.

Cuando le volví a ver, después de haberse realizado la celebración, aprecié en él un brillo feliz y profundo, y no podía aguardar a decirme lo que había ocurrido. Dado que era nuevo en la compañía, el jefe se había sentado a su lado para conocerle mejor. A medida que avanzaba la noche, este hermano vio confirmados sus mayores temores, pues el jefe no iba a tolerar que no bebiera con él, y le dijo: "¿Que tipo de iglesia es ésa que no le permite a usted beber ni siquiera un vaso de cerveza conmigo?".

El temor de mi amigo no se convirtió en pánico y pudo responder con calma a su jefe que la razón por la que no estaba bebiendo no tenía nada que ver con la Iglesia a la que pertenecía, sino a que él mismo había hecho el sagrado convenio con Dios de que no bebería. Si alguna vez quebrantaba ese convenio, ¿cómo podría continuar siendo fiel a lo que prometiera y cómo podría confiar su jefe en que no iba a mentir, ni a robar ni a engañar?

De acuerdo con mi amigo, su jefe quedó profundamente impresionado por estas palabras y le abrazó entre expresiones de profunda admiración y confianza.

Mis queridos hermanos y hermanas, en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, muchos miembros nuevos, en especial los que proceden de fuera de los Estados Unidos, aprenden por vez primera el verdadero sentido de la expresión ser libres. Mucha gente del mundo cree que esta palabra significa estar "libres de" malicia, de dolor o de prohibiciones; mas la libertad a la que Dios se refiere cuando trata con nosotros va un poco más allá, pues para él quiere decir "libres para" obrar dignamente con nuestro propio albedrío.

¿Qué quiere decir ser libre? Ser libre quiere decir haber madurado hasta haber llegado a un pleno conocimiento de lo peligroso de nuestras muchas responsabilidades como seres humanos; quiere decir que hemos aprendido que todo lo que hacemos, decimos o pensamos tiene sus consecuencias; y nos damos cuenta de que por un tiempo demasiado largo nos hemos considerado víctimas de las circunstancias. En Juan 8:32, leemos lo siguiente: "Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres".

Al abrir nuestro corazón al mensaje de la verdad de Dios tal y como fue restaurado en nuestra época, comenzamos a comprender por qué ha habido, y todavía hay, tanta aflicción, tanto dolor, sufrimiento y hambre. A la par que aprendemos a aceptar en nuestra propia vida la verdad revelada, crecerá también nuestra fe en el Hijo viviente de Dios y, por tanto, recibiremos dones espirituales hasta ahora desconocidos. Aprenderemos que no hay nada imposible para quienes creen en Jesucristo. Las ataduras falsas caerán; y desaparecerá la mentalidad cerrada, resultado de las tragedias de las tradiciones falsas.

Cuanto más se desarrolle nuestra comprensión de lo inmenso y de lo completo del plan de salvación, tanto más nos veremos en nuestra pequeñez, en nuestro estado incompleto. Y el vernos en esa condición humilde, con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, nos permitirá comprender y, finalmente, aceptar este tan sagrado convenio del bautismo que hacemos con nuestro Padre Celestial.

Nos someteremos alegremente a este convenio, sabiendo que hay una gran diferencia entre un mero deseo y un convenio. Cuando deseamos algo, trabajamos por alcanzarlo sólo cuando nos es conveniente. Mas cuando estamos ligados por medio de un convenio sagrado, como el bautismo, aprendemos a superar todos los obstáculos por medio de la obediencia y, al hacerlo, somos bendecidos con la presencia del Espíritu y, finalmente, con el éxito. Comenzamos a vivir cuando aceptamos conscientemente la total responsabilidad de nuestra propia vida y dejamos de culpar a las circunstancias.

Una cosa sí sabemos con claridad: que el ser "libres para" quiere decir que tenemos el potencial de escoger hacer lo malo, lo cual tiene consecuencias despiadadas, y que si eso no se detiene y se corrige, nos conduce a la desdicha y al dolor. Si no lo enmendamos, el escoger hacer lo malo nos llevará al peor desastre de la vida de cada persona: estar alejados de nuestro Padre Celestial en el mundo venidero.

Cuando recibimos este mensaje revitalizador, comenzamos a entender que en nuestra vida anterior éramos como un jugador de fútbol parado en medio del campo, totalmente deprimido por no conocer el objetivo ni las reglas del juego. No sabíamos a qué equipo pertenecíamos y ni siquiera sabíamos quién era nuestro entrenador. Sólo al ser conscientes del Evangelio restaurado se aclara nuestro objetivo y comprendemos que Jesucristo y Su Iglesia y sacerdocio restaurados constituyen la única manera de tener éxito en nuestra experiencia terrenal.

Jesucristo quiere concedernos poder en nuestra vida de acuerdo con las decisiones justas que tomemos, hasta el punto en el que, mediante nuestra fe y obras, cambiemos aquellas circunstancias que en el pasado nos mantenían prisioneros. En el Libro de Mormón aprendemos que el Señor sigue de cerca la marcha de nuestra vida, junto con una multitud de santos ángeles. Leemos:

". . .¿han cesado los milagros. . .? He aquí, os digo que no; ni han cesado los ángeles de ministrar a los hijos de los hombres.

"Porque, he aquí, se sujetan a él para ejercer su ministerio de acuerdo con la palabra de su mandato, manifestándose a los que tienen una fe fuerte. . ." (Moroni 7:29:30).

Mediante nuestro entendimiento del divino plan que Dios tiene para nosotros, somos plenamente responsables de esta libertad que se nos ha concedido en nuestra época. Permanezcamos siempre cerca de la mano amorosa y bondadosa de nuestro Redentor y nuestro Salvador para hallar seguridad y gozo. Digo esto con profunda humildad. Y les doy mi testimonio como su hermano y servidor de que sé que Jesús vive y que él es el cabeza de esta obra. Digo esto en el nombre de Jesucristo. Amén.