"Divina luz"

Virginia U. Jensen


"La luz de Jesucristo es más fuerte que cualquier clase de obscuridad que enfrentemos en esta vida, si tenemos fe en él, lo buscamos y obedecemos".

Cuando tenía sólo diez años de edad, Joshua Dennis pasó cinco días atrapado en la total obscuridad de una mina abandonada. Cuando los del equipo de rescate por fin escucharon el leve sollozo que pedía ayuda y lo extrajeron de esa terrible obscuridad, estaba desorientado, tenía frío y estaba exhausto. Para gran sorpresa de ellos, no tenía miedo. Josh pasó el tiempo durmiendo, pidiendo auxilio y orando. "Alguien me estaba protegiendo", dijo. "Sabía que me iban a encontrar".

La fe sencilla pero profunda de Joshua había sido fortalecida por padres que le habían enseñado que tenía un Padre Celestial que sabía dónde estaba en todo momento. Le enseñaron que había nacido con la luz de Cristo dentro de él. En verdad, Josh había sido criado en la luz y la verdad (véase D. y C. 93:40), de modo que cuando se encontró acurrucado en una saliente a 600 metros de profundidad en la mina, él había recurrido a esa luz para sostenerlo y consolarlo, y para darle valor y esperanza. Josh experimentó lo que Abinadí enseñó cuando, refiriéndose a Cristo, dijo: "El es la luz y la vida del mundo; sí, una luz que es infinita, que nunca se puede extinguir" (Mosíah 16:9).

Cuán apropiado que el nacimiento del Salvador en Belén estuviese acompañado de manifestaciones milagrosas de luz en el hemisferio occidental. Al tiempo de Su nacimiento "a la puesta del sol, no hubo obscuridad; y el pueblo empezó a asombrarse porque. . . no hubo obscuridad durante toda esa noche" (3 Nefi 1:15, 19). Esa celebración de luz fue un marcado contraste a lo que ocurrió durante Su crucifixión, cuando "hubo densa obscuridad sobre toda la faz de la tierra, de tal manera que los habitantes. . . podían sentir el vapor de tinieblas" (3 Nefi 8:20:23).

Hay toda clase de obscuridad en este mundo: la obscuridad que proviene del pecado; la obscuridad que proviene del desaliento, del desánimo y la desilusión; la obscuridad que proviene de la soledad y de los sentimientos de ineptitud. Del mismo modo que la luz que ardía en el corazón de Josh Dennis fue más fuerte que la obscuridad sofocante que lo rodeaba, la luz de Jesucristo es más fuerte que cualquier clase de obscuridad que enfrentemos en esta vida, si tenemos fe en él, lo buscamos y obedecemos. Porque como lo reveló el profeta José, "si vuestra mira está puesta únicamente en mi gloria [o sea, la gloria del Señor], vuestro cuerpo entero será lleno de luz y no habrá tinieblas en vosotros" (D. y C. 88:67).

La luz de Cristo y el mensaje del Evangelio de luz y salvación pueden obscurecerse en nuestra propia vida sólo mediante nuestra desobediencia y falta de fe. De igual manera, la luz de Cristo aumenta en nuestra vida cuando guardamos los mandamientos y continuamente nos esforzamos por ser como él es. Porque "lo que es de Dios es luz; y el que recibe luz y persevera en Dios, recibe más luz, y esa luz se hace más y más resplandeciente" (D. y C. 50:24).

A medida que la luz de Jesucristo y de Su Evangelio resplandecen más en nuestros rostros y nuestros corazones, se nos hace más fácil discernir entre lo que en verdad es de valor y las falsedades del mundo. El saber que Cristo nos amó lo suficiente para estar dispuesto a llevar sobre Sí el peso de nuestros pecados, elimina la necesidad de depender sólo en nosotros mismos y de confiar injustificadamente en el brazo de la carne. La creencia de que la Expiación nos restaura todo lo que perdemos debido al pecado y a los malos pasos a lo largo del sendero de la vida nos ofrece una esperanza más grande que cualquier placer temporal o emoción momentánea terrenal.

Consideren la experiencia del rey Lamoni. Aunque poseía poder ilimitado, cuantiosos tesoros terrenales y sirvientes que atendían todas sus necesidades, vivía en obscuridad espiritual. Cuando estuvo dispuesto a permitir que Ammón le enseñara el Evangelio, ocurrió algo extraordinario, ya que Lamoni "cayó a tierra como si estuviera muerto" (Alma 18:42). "Ammón. . . sabía que el rey Lamoni se hallaba bajo el poder de Dios; sabía que el obscuro velo de incredulidad se estaba disipando de su mente, y la luz que iluminaba su mente, que era la luz de la gloria de Dios. . . sí, esta luz había infundido tal gozo en su alma" (Alma 19:6).

Únicamente la gloria de Dios y la luz de vida eterna producen un gozo lo suficientemente profundo para llenarnos de asombro y para eliminar "el obscuro velo de incredulidad".

A través de las Escrituras, y de hecho, en los escritos de serios cristianos a través de los siglos, encontramos ejemplos de la forma en que el mensaje de luz y salvación de Cristo nos puede sostener espiritual y físicamente. Cuando era un joven sacerdote que viajaba por Italia en 1833, el inglés John Henry Newman afrontó obscuridad emocional y física cuando una enfermedad lo detuvo ahí durante varias semanas. Se sintió sumamente desalentado, y una enfermera que lo vio llorando le preguntó qué le sucedía. Lo único que pudo responder era que estaba seguro que Dios tenía una obra para él en Inglaterra. Ansioso por regresar a casa, por fin pudo encontrar pasaje en una pequeña embarcación.

Poco después de que la embarcación hubo zarpado, descendió una densa niebla que obscureció los peligrosos acantilados que los rodeaban. Al estar atrapados durante una semana en las húmedas y grises tinieblas, sin que la embarcación pudiese moverse ni para adelante ni para atrás, Newman suplicó la ayuda del Salvador al escribir la letra de un conocido himno: "Divina Luz".

Divina Luz, con esplendor benigno. . .
Oscuras son la noche y la senda;
Muy lejos de tu pabellón estoy,
y al hogar de las alturas voy.

Este himno expresa una enseñanza que en nuestro corazón sabemos que es verdadera: aunque los pesares apaguen otras fuentes de luz, Cristo iluminará nuestro sendero "con firme pie", y nos mostrará el camino a casa. Porque como el Salvador ha prometido: ". . .el que me sigue, no andará en tinieblas" (Juan 8:12).

De vez en cuando, todos nos encontramos en lugares de obscuridad; quizás nos extraviemos en obscuras cavernas espirituales cuando hagamos elecciones erróneas, demos cabida a la influencias malignas en nuestra vida y nos alejemos de la luz del Evangelio para aferrarnos al mundo un poco más de tiempo. Al principio tal vez parezca inofensivo, quizás lo hagamos por simple curiosidad, pero antes de que nos percatemos de ello, nos separamos de la luz y nos quedamos solos a obscuras. ¿Por qué permanecemos en la obscuridad cuando la luz de Cristo está pronta para rescatarnos? Regocijémonos en la cálida y brillante luz del Evangelio de Jesucristo; dejemos que la divina luz del Salvador nos dirija paso a paso. Dejemos que los convenios y los mandamientos nos mantengan seguros al seguir el sendero del Evangelio a nuestro hogar celestial.

¿Recuerdan a Josh Dennis? Actualmente es el Élder Dennis, que sirve una misión muy lejos de la obscura mina que lo tuvo cautivo. Actualmente el Élder Dennis transita los caminos estrechos y desconocidos de Honduras, donde comparte un mensaje de esperanza, salvación y luz. Lo que enseña todos los días es una paradoja de lo que experimentó cuando era un niño perdido en una mina: que en medio de las tinieblas que nos rodean, en medio de las más tenebrosas circunstancias, es posible sentir esperanza, paz y consuelo, todo ello a causa de la luz que es más fuerte que toda la obscuridad: la luz de Jesucristo.

Sé por experiencia propia, tan ciertamente como Josh lo sabe por la de él, en cuanto a la realidad de ese maravilloso ser de luz: nuestro Salvador. Ruego que todos abracemos Su luz y vivamos de tal manera que ilumine nuestro sendero y nos conduzca a nuestro hogar celestial, en el nombre de Jesucristo. Amén.