Mantengámonos erguidas y permanezcamos unidas

Sheri L. Dew


"Ninguna mujer es un instrumento más vibrante en las manos del Señor que una mujer de Dios que se siente encantada de ser quien es".

Al cumplir doce años, yo medía cerca de un metro ochenta de estatura y, socialmente, era un completo desastre. El ser mucho más alta que el resto de mis amigos fue el gran tormento de mi adolescencia. Yo no deseaba sobresalir --al menos no de esa forma--, por lo que comencé a encorvarme. Mi madre constantemente me instaba a que "me mantuviera erguida". Y bien, en aquel tiempo no quería hacerlo, pero ahora sí, ya que se nos ha amonestado a levantarnos (2 Nefi 8:17) y a ser testigos (véase Mosíah 18:9) para que aparezcamos "sin culpa ante Dios en el último día" (D. y C. 4:2). No he hallado en las Escrituras ningún mandamiento de andar con los hombros caídos en Sión; por lo contrario, se nos dice reiteradamente que debemos "levantarnos y ponernos de pie" (véase 3 Nefi 20:2).

De adolescente, no me daba cuenta de que el ser como todos los demás nunca me ocurriría. Ni tampoco les ocurrirá a ustedes, puesto que, como mujeres de Dios, debemos mantenernos erguidas, para sobresalir del resto del mundo. Sólo de esa forma podremos tener la esperanza de encontrar la dicha. Porque el encontrar la dicha y el mantenernos erguidas, no en centímetros, sino como embajadoras del Señor, están directamente relacionados.

Hace poco, mi familia ha recordado eso de una forma hondamente conmovedora. Tengo 17 sobrinos y sobrinas, que me llenan de alegría. Juntos hemos hecho caminatas, andado en bicicleta, ayunado y orado, y, hace poco, también hemos llorado juntos. Hace apenas unas semanas, sufrimos una pérdida devastadora cuando en un accidente perdieron la vida dos de los hijos de mi hermana: Amanda, de 11 años, y Tanner, de 15. Porque hemos vivido juntos en amor, hemos llorado por los que murieron (véase D. y C. 42:45).

Nuestros amigos de nuestro pueblo natal lloraron con nosotros, la mayoría de los cuales no son miembros de la Iglesia, y comprendimos que sus corazones quizás nunca serían tan receptivos como el día en el que los dos ataúdes estuvieron en nuestra capilla de Kansas. Por eso, dedicamos el funeral totalmente a testificar de Cristo y del Evangelio restaurado. Después, muchas personas nos dijeron cuánto les había conmovido lo que habían oído y experimentado; algunas de ellas incluso quisieron saber más. Ahora bien, no sabemos si alguno de los que se sintieron afectados por la muerte de nuestros niños se unirá a la Iglesia, pero sí sabemos que el mantenernos erguidos por lo que creemos y el enseñar el Evangelio a los amigos que nunca antes habían estado dispuestos a escuchar nos ayudó a aliviar nuestro dolor y nos brindó alegría como familia.

En este mundo, la única dicha verdadera proviene del Evangelio: la dicha que irradia de la Expiación y de las ordenanzas que trascienden el velo, y del Consolador que alivia nuestra alma. No hace mucho, una persona que no es miembro de la Iglesia le preguntó a mi sobrina Aubrey, de once años de edad, cuyo padre murió hace cinco años, por qué no estaba triste por la muerte de su papá y de sus primos. La respuesta de Aubrey fue muy acertada: "¿Que no estamos tristes? Claro que lo estamos, pero sabemos que estaremos juntos nuevamente, y por eso no nos preocupamos tanto". Sin lugar a dudas, nuestra familia ha llorado mucho, pero no nos sentimos tan mal como hubiéramos estado si no hubiésemos sentido el alcance trascendental y el poder sanador de Jesucristo. El Evangelio es "gloria en lugar de ceniza" (Isaías 61:3), es "óleo de alegría" (Hebreos 1:9), es ¡las Buenas Nuevas!

Aun cuando nuestros niños ya han partido, tenemos la seguridad gloriosa de no haberlos perdido. Pero, ¿qué sucede con los hijos de nuestro Padre, nuestros hermanos y nuestras hermanas, que se han perdido y se enfrentan no sólo con la muerte física sino también con la espiritual? El Evangelio de Jesucristo se centra en la gente. Es el dejar las noventa y nueve ovejas en el desierto e ir tras las que se perdieron, es el llevar las cargas los unos de los otros, con la carga más imponente que alguien pueda llevar al andar por esta vida sin luz. De ahí el ruego del Señor en los últimos días:

". . .el campo blanco está ya para la siega; y es la hora undécima, y la última vez que llamaré obreros a mi viña. . .

". . .por tanto, meted vuestras hoces, y cosechad con toda vuestra alma, mente y fuerza" (D. y C. 33:3, 7).

Los antiguos profetas previeron el día "en que el conocimiento de un Salvador se [esparciría] por toda nación, tribu, lengua y pueblo" (Mosíah 3:20). Ese día ha llegado y ahora es nuestro turno de meter nuestra hoz y ayudar en la siega. El que estemos aquí ahora no es accidente. Durante eones de tiempo nuestro Padre nos observaba y sabía que podía confiar en nosotros cuando habría tanto en peligro. Se nos ha reservado para esta mismísima hora. Debemos comprender no sólo quiénes somos, sino quiénes hemos sido siempre. Porque somos mujeres de Dios y la obra de las mujeres de Dios ha sido siempre ayudar a edificar el reino de Dios.

Cuando en la existencia preterrenal aceptamos el plan del Padre, dijo el Élder John A. Widtsoe: ". . .ahí mismo estuvimos de acuerdo en ser. . . salvadores de todo el género humano. . . la obra de llevar a cabo el plan no sólo llegó a ser la obra del Padre y del Salvador, sino nuestra también" (Utah Genealogical and Historical Magazine, octubre de 1934, pág. 189). Posteriormente, cuando fuimos bautizadas aquí, renovamos nuestro cometido al Señor y también nuestro convenio con él. No es de extrañar que el presidente Gordon B. Hinckley haya manifestado que "si el mundo ha de salvarse, a nosotros nos toca hacerlo. . . Ningún otro pueblo en la historia del mundo ha. . . recibido un mandato de mayor peso. . . y más vale que pongamos manos a la obra" (Church News, 3 de julio de 1999, pág. 3.)

Hermanas, tenemos trabajo que hacer. El profeta José encomendó a la Sociedad de Socorro la obra de salvar almas (véase History of the Church, tomo V, pág. 25), porque está en nuestra misma naturaleza el buscar y atender con ternura a quienes se han perdido. Pero aun así, el presidente Spencer W. Kimball se lamentó de que hay un poder en la Sociedad de Socorro que "aún no ha sido completamente aprovechado para. . . edificar el reino de Dios" ("La Sociedad de Socorro", Liahona, marzo de 1977, pág. 2). A pesar de todo lo bueno que la Sociedad de Socorro ha hecho en el pasado, es necesario que todavía siga ayudando a sacar adelante esta obra de los últimos días. Hermanas, ha llegado el momento de utilizar plenamente el poder de la justa felicidad que existe entre las mujeres de Dios. Ha llegado el momento de estar anhelosamente consagradas a la obra de salvar almas. Ha llegado el momento en que las hermanas de la Sociedad de Socorro se mantengan erguidas junto al profeta en la obra de edificar el reino y le apoyen. Ha llegado el momento de que cada una de nosotras se mantenga erguida y permanezca unida a las demás.

El permanecer erguidas comienza con nuestra conversión, porque cuando probamos "el sumo gozo" del Evangelio (Alma 36:24), deseamos compartirlo. Los alimentos y los acolchados que hemos preparado para aliviar el sufrimiento son hechos bondadosos extraordinarios, pero ningún servicio --repito, ningún servicio-- se compara con el de guiar a alguien a Cristo. ¿Quieren ser felices? ¿Realmente felices? Entonces ayuden con afecto a alguien a andar por el sendero que lleva al templo y a Cristo.

La forma más eficaz de compartir el Evangelio es vivirlo. Si vivimos como deben vivir los discípulos de Cristo, si no solamente somos buenas, sino que también nos sentimos felices de serlo, otras personas se sentirán atraídas hacia nosotras porque, como profetizó el presidente Kimball, nos considerarán felizmente "diferentes de las del mundo" ("Vuestro papel como mujeres justas", Liahona, enero de 1980, pág. 171). Felices por la forma en que hemos escogido vivir, felices porque no estamos constantemente reestructurándonos para adaptarnos a la imagen del mundo, felices porque tenemos el "don y el poder del Espíritu Santo" (1 Nefi 13:37), felices de mantenernos erguidas y sobresalir.

Cada vez que fortalecemos nuestro propio testimonio o que ayudamos a otra persona a fortalecer el suyo, edificamos el reino de Dios. Toda vez que ayudamos a una hermana recién bautizada, que brindamos amistad a un alma perdida sin juzgarla, que invitamos a una familia de no miembros a participar en una noche de hogar, que damos un Libro de Mormón a una colega, que guiamos a una familia al templo, que defendemos la modestia y la maternidad, que invitamos a los misioneros a casa o que ayudamos a alguien a descubrir el poder de la Palabra, edificamos el reino de Dios. Imagínense cuánto animó a mi hermana el leer lo que Tanner escribió en su diario personal poco antes de morir: "Gracias, mamá y papá, por haberme enseñado acerca de Cristo". ¿Qué edifica más el reino que el criar a un hijo para el Señor?

Con excepción de quienes prestan servicio como misioneros regulares, no hace falta que llevemos plaquetas de identificación ni que golpeemos puertas para ayudar a edificar el reino. Y, aunque algunos nos describan como personas sin gracia y dominadas en lugar de reconocernos como las mujeres dinámicas y radiantes que somos, ninguna mujer es más persuasiva, ni ejerce una mayor influencia para el bien ni es un instrumento más vibrante en las manos del Señor que una mujer de Dios que se siente encantada de ser quien es. Me gusta pensar que somos el arma secreta del Señor. Si tuviésemos plaquetas de identificación, me gustaría que la mía dijera: "Sheri Dew, mujer de Dios, ocupada en edificar el reino de Dios".

Imaginen lo que sucedería en esta Iglesia si cada mañana los 4,5 millones de nosotras se arrodillara y preguntara a nuestro Padre a quién necesitaba él que tendiéramos la mano ese día; en seguida, ¡imaginen lo que sucedería si lo hiciéramos! Imaginen lo que pasaría si consagráramos nuestras energías y nuestra concentración en masa al servicio más grandioso, el de llevar a nuestras hermanas y a nuestros hermanos a Cristo. Imaginen lo que ocurrirá cuando movilicemos a las hermanas de la Sociedad de Socorro para que se mantengan erguidas y juntas ayuden a edificar el reino. Veremos despertar y ponerse de pie a un dormido y encorvado gigante.

Esta noche las invito a erguirse, a meter la hoz y a unirse a esta obra con determinación. Las invito a rededicar su vida a la edificación del reino; a tenderle la mano a alguien que se haya perdido; a tomar a un nuevo miembro bajo su protección; a pensar en la posibilidad de prestar servicio misional con su esposo; a buscar oportunidades misionales y a orar para que éstas se presenten; a cambiar espiritualmente la vida de alguien, sobre todo, la de sus propios familiares. No es necesario que cada una de nosotras se acerque a todo el mundo; pero, ¿qué pasaría si este mes nos acercáramos a alguien y después a otra persona y luego a otra? El presidente Hinckley nos ha pedido que formemos "parte de un amplio ejército con verdadero entusiasmo por esta obra" ("Apacienta mis ovejas", Liahona, julio de 1999, pág. 124). Al hacerlo, nos convertiremos en una de las fuerzas más poderosas del bien que se haya visto en este mundo. Porque nosotras, las hermanas de la Sociedad de Socorro, somos mujeres de Dios y, la obra de las mujeres de Dios y la obra de la Sociedad de Socorro ha sido siempre ayudar a edificar el reino de Dios. Creo que podemos hacer más para ayudar a nuestros líderes del sacerdocio que lo que hemos hecho hasta ahora.

Tan sólo una pocas horas antes de fallecer, mi sobrino Tanner dijo en su quórum del sacerdocio lo siguiente: "¿Saben?, si yo fuese a morir pronto, me gustaría que mi funeral fuera una despedida de misionero". Mi ruego de esta noche es que nosotras tengamos igualmente en claro nuestra misión como mujeres de Dios. Ésta no es tan sólo una linda Iglesia que enseña conceptos lindos para que vivamos vidas lindas. Ésta es La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, dotada del poder del Señor, a la que se ha encomendado llevar Su verdad hasta los confines de la tierra. Amo a nuestro Padre y a Su Hijo. He llegado a saber por mí misma que ésta es la obra y la gloria de Ellos, y que somos las más bendecidas de todas las mujeres por tener una parte tan fundamentalmente importante en ella. Alcemos nuestras "voces como si fuera con el son de trompeta" (D. y C. 42:6). Que encontremos la dicha al mantenernos erguidas y permanecer unidas, y "hagamos con buen ánimo cuanto cosa esté a nuestro alcance" (D. y C. 123:17), y luego permanezcamos tranquilas para ver cómo se revela el brazo de Dios a medida que Su obra sigue adelante intrépida y majestuosamente "hasta que haya penetrado todo continente, ido a toda región, abarcado toda nación y resonado en todo oído; hasta que se hayan cumplido los propósitos de Dios y el gran Jehová declare que la obra se ha llevado a cabo" (History of the Church, tomo IV, pág. 540) . En el sagrado y santo nombre de Jesucristo. Amén.