2000–2009
Somos instrumentos en las manos de Dios
Octubre 2000


Somos instrumentos en las manos de Dios

”No nos hace falta un programa nuevo que nos incentive, tan sólo tenemos que llegar a sentir el deseo de dar a conocer el Evangelio y de tender la mano a los menos activos”.

Mis queridas hermanas, para comenzar, deseo decirles que las quiero muchísimo. No tengo palabras para expresar lo agradecida que estoy de ser parte de esta gran hermandad, a la que el presidente Gordon B. Hinckley ha llamado una familia mundial de hermanas. Sí somos hermanas y me siento constantemente inspirada por su fe, su virtud y su deseo de hacer lo que el Señor desea que hagan. Gracias por su servicio, por su ejemplo y por ser en verdad mujeres de fe, de virtud, de visión y de caridad. Dondequiera que voy, veo los frutos de la Sociedad de Socorro que se ponen de manifiesto en la vida de las hermanas de la Iglesia. Cada una de nosotras es un instrumento en las manos de Dios.

Hace poco, conocí a una hermana en Oregón que se reintegró a la actividad en la Iglesia gracias a una dedicada maestra visitante. Sin duda, esa maestra visitante debe sentir lo que sintieron Ammón y sus hermanos cuando se regocijaron por haber sido hechos ”instrumentos en las manos de Dios” (Alma 26:3) al llevar el conocimiento de Cristo a los lamanitas que habían sido ”extranjeros para con Dios” (Alma 26:9). Porque ”el valor de las almas es grande a la vista de Dios” (D. y C. 18:10).

En más de 165 países del mundo, nuestras hermanas están siendo instrumentos en las manos de Dios. Pienso en un barrio de Brasil que tiene una llegada de miembros nuevos cada semana. Las hermanas de la Sociedad de Socorro de ese barrio resolvieron ponerse la meta de no dejar pasar ni una semana sin que cada una de las hermanas recién bautizadas recibiera una visita en su casa y una copia de La familia: Una proclamación para el mundo y de la Declaración de la Sociedad de Socorro. Hasta ahora, ninguna de las hermanas ha dejado de ir a la Iglesia.

Me maravilla la inspirada presidenta de la Sociedad de Socorrode un barrio de Corea que resolvió visitar a todas las hermanas menos activas de su barrio. Hasta la fecha ha visitado a 25 hermanas y todas ellas, menos tres, han vuelto a la Iglesia.

Las hermanas como ellas son testimonios vivientes de lo que dijo el presidente Hinckley de que ”[en] esta Iglesia no hay ningún llamamiento pequeño o insignificante. Todos, en el desempeño de nuestras tareas, surtimos una influencia en la vida de los demás… Sea cual fuere su llamamiento, todos [ustedes] gozan de las mismas oportunidades que yo de lograr el éxito… nuestra labor consiste en continuar haciendo el bien así como [el Maestro] lo hizo” (”ésta es la obra del Maestro”, Liahona, julio de 1995, pág. 81).

Definitivamente, cada una de nosotras puede ser un instrumento en las manos de Dios. Felizmente, no hace falta que todas seamos la misma clase de instrumento, puesto que, al igual que los instrumentos de una orquesta difieren en tamaño, forma y sonido, también nosotras somos distintas las unas de las otras. Tenemos talentos e inclinaciones diferentes, pero así como la trompa de pistones no puede reproducir el sonido del flautín, tampoco es preciso que todas sirvamos al Señor de la misma manera. La hermana Eliza R. Snow dijo que ”no hay ninguna hermana tan aislada ni su influencia es tan limitada que no pueda hacer mucho para establecer el reino de Dios sobre la tierra” (Woman’s Exponent, 15 de septiembre de 1873, pág. 62; cursiva agregada). Entonces, nuestro privilegio y nuestra responsabilidad como hijas de Dios y como hermanas de la Sociedad de Socorro es volvernos los instrumentos más eficaces que podamos ser.

La Sociedad de Socorro puede ayudarnos. El profeta José, que organizó la Sociedad de Socorro en 1842, dijo claramente que el propósito de esta organización divinamente inspirada es no sólo ”dar alivio al pobre, sino también salvar almas” (History of the Church, 5:25). Desde sus primeros días, la Sociedad de Socorro ha hecho un bien incalculable. La Sociedad de Socorro suministró la primera carga de harina equivalente a la de un vagón de tren que llegó a manos de los sobrevivientes del terremoto ocurrido en 1906 en San Francisco y, posteriormente, proveyó de trigo al gobierno de los Estados Unidos durante la primera y la segunda guerra mundial. El año pasado, nuestras hermanas donaron más de 140.000 acolchados para ayudar a los afligidos. Hemos defendido la maternidad y la familia, hemos hecho la guerra al analfabetismo y hemos brindado incontables horas de servicio por todo el mundo. Pero esta noche les afirmo que nuestra obra de más crucial importancia yace delante de nosotras al unirnos a nuestros líderes del sacerdocio para hacer avanzar el reino de Dios.

Hermanas, nos necesitan aquí el Señor, nuestros líderes del sacerdocio, nuestras familias y nos necesitamos las unas a las otras. El Señor necesita que aceptemos nuestros llamamientos eternos y que cumplamos la medida de nuestra creación. Él necesita que hagamos de la Sociedad de Socorro una parte básica de nuestra vida y que busquemos formas de servir a los demás en el nombre de Su organización para la mujer, y que trabajemos juntas como hermanas para hacer avanzar el reino del Evangelio. En efecto, la Sociedad de Socorro nos ayudará a servir a nuestros familiares y a servirnos unas a otras en formas que ningún club ni organización puede hacerlo.

El presidente Spencer W. Kimball dijo: ”…en el mundo preexistente, a las mujeres fieles se les dieron ciertas asignaciones… Aunque no recordemos estos detalles, ello no altera la gloriosa realidad de que en una oportunidad estuvimos de acuerdo con ese plan. Y todos somos responsables del cumplimiento de todo lo que se esperaba de nosotros” (”Vuestro papel como mujeres justas”, Liahona, enero de 1980, pág. 167).

¿Cómo cumpliremos eso? En medio de las presiones de la vida, ¿cómo podemos volvernos los instrumentos más eficaces que podamos ser en las manos del Señor? Mucho de eso podemos aprenderlo de los hijos de Mosíah y de la Declaración de la Sociedad de Socorro.

Número 1. Nuestra propia conversión debe ocurrir primero. La conversión más importante para cualquiera de nosotras es nuestra propia conversión. Si hemos dellevar la luz del Evangelio a otras personas, ésta debe brillar intensamente en nosotras mismas. Una vez que se convirtieron, los hijos de Mosíah trabajaron sin cesar para dar a conocer el Evangelio a los demás, porque ”no podían soportar que alma humana alguna pereciera” (Mosíah 28:3). Sólo cuando nos hemos convertido al Señor Jesucristo nos encontramos en condiciones de fortalecer a los demás. Y sólo entonces comenzamos a comprender que nuestra vida en realidad tiene significado, propósito y dirección, y que, como hermanas unidas en nuestra devoción a Jesucristo, nuestro llamamiento es ser una luz al mundo.

Número 2. Al igual que los hijos de Mosíah, nosotras debemos ”fortalec[ernos] en el conocimiento de la verdad” (Alma 17:2). Esos hermanos estudiaron de continuo el Evangelio. Por medio del ayuno y de la oración, y del sumirse en las Escrituras, llegaron a saber que Jesús es el Cristo y aprendieron a oír Su voz.

Del mismo modo, las hermanas de la Sociedad de Socorro debemos esforzarnos por incrementar nuestro testimonio de Jesucristo por medio de la oración y del estudio de las Escrituras, y procurar adquirir fortaleza espiritual al seguir los susurros del Espíritu Santo.

Es virtualmente imposible ser un instrumento eficaz para con nuestros propios familiares, para con nuestros vecinos e incluso desde el púlpito en la Iglesia si no sabemos discernir los susurros del Espíritu Santo. Ammón fue capaz de percibir los pensamientos del rey lamanita por motivo de que vivía cerca del Señor (véase Alma 18:16).

El oír la voz del Espíritu depende de nuestra buena disposición para guardar los mandamientos, puesto que ”cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa” (D. y C. 130:21). Si deseamos experimentar el regocijo inefable del vivir el Evangelio y sentir las misericordias expiatorias de Cristo, la obediencia a todos los mandamientos de Dios, y no sólo a unos cuanto de ellos, es la única manera de lograrlos.

¿Hemos recibido las bendiciones incalculables del realizar semanalmente la noche de hogar, del estudio diario de las Escrituras y de la oración? ¿Comprendemos las bendiciones trascendentales del guardar nuestros convenios y llenar nuestras mentes sólo con lo que es ”virtuoso, o bello, o de buena reputación”? (Artículos de Fe 1:13.) Cuando la obediencia se convierte en una búsqueda, deja de ser una irritación.

La Sociedad de Socorro nos ayudará a acatar las leyes divinas y a acercarnos más a Dios. Imaginen la virtud que llenará la tierra cuando, bajo la dirección del sacerdocio, este círculo de mujeres justas ¡se una para llevar a cabo fines justos! Si unidas nos servimos las unas a las otras y a todos los hijos de nuestro Padre, podremos ser instrumentos en las manos de Dios, no sólo para aliviar el sufrimiento físico, sino lo que es más importante, para socorrer a los que necesiten ayuda espiritualmente.

Número 3. El servicio es clave para ser un instrumento eficaz. Los hijos de Mosíah escogieron servir a los lamanitas en lugar de asumir cargos directivos en el reino de su padre. Y, en muchos casos, el servicio que prestaron ablandó el corazón de los lamanitas y los hizo estar más dispuestos a oír el Evangelio. Cuando los siervos de Lamoni relataban a éste las hazañas de Ammón al rechazar a los merodeadores, Ammón se encontraba en el establo dando de comer a los caballos y sirviendo al rey (véase Alma 18:9:10).

Nosotras, también, nos deleitamos en el servicio y en las obras buenas. El servicio ablanda y abre el corazón de las personas porque es en verdad el Evangelio en acción. Sé de un barrio de Arizona en el que en la actualidad tres familias investigan la Iglesia, todo lo cual ha sido el resultado directo del servicio caritativo que ha prestado la Sociedad de Socorro.

La Sociedad de Socorro nos brinda incontables oportunidades de cultivar y ejercer el amor puro de Cristo en todos los aspectos de nuestra vida. Por ejemplo, la reunión de Superación personal, de la familia y del hogar brinda un entorno ideal para aprender y servir juntas. El servicio es el Evangelio de Jesucristo en acción, puesto que el servicio bendice tanto al que da como al que recibe. ¿Buscarán formas de encauzar su servicio por conducto de la organización de la Sociedad de Socorro, al comprender que el servicio es una de las formas más eficaces de bendecir a los demás tanto temporal como espiritualmente?

Número 4. El amor debe apuntalar todo lo que hagamos. Las hermanas de la Sociedad de Socorro amamos al Señor, amamos a nuestras familias, amamos la vida y el aprendizaje, y nos amamos las unas a las otras. El padre de Lamoni, que era el rey de los lamanitas, ablandó su corazón cuando vio la sinceridad del amor que Ammón tenía por su hijo. Con el tiempo, el amor de Ammón llevó a la conversión a la familia de Lamoni (véase Alma 20:26:27). Nuestra principal y primera preocupación con respecto a la conversión, a la retención y a la activación debe ser nuestra propia familia.

Una vez más, la Sociedad de Socorro puede ayudar. La hermana Elsa Bluhm, que tiene 102 años de edad, siempre ha sabido que el Evangelio es verdadero. Ha amado al Señor. Conoció a un hombre bueno, alemán, que no era miembro de la Iglesia, con el cual se casó. Su marido nunca había aprendido a orar. Cuando Elsa se arrodillaba junto a la cama todas las noches, tomaba la mano de él entre las de ella y oraba. Al cabo de muchos años, él se unió a la Iglesia y fueron sellados el uno al otro en el templo. Antes de su fallecimiento, el hermano Bluhm llegó a ser un instrumento en las manos de Dios al buscar el nombre y los datos de sus antepasados alemanes.

Ese final feliz comenzó con el ejemplo insistente, amoroso y recto de una mujer. Elsa invitó al Espíritu a su hogar y a su matrimonio al amar a su marido y al amar al Señor. Ella fue fiel y llena de fe aun en los momentos en que se sentía sola. Fue un instrumento en las manos del Señor en su propio hogar.

A cada una de nosotras, nuestros ejemplos justos le parecerán pequeños, pero por su influencia, son grandes. Para todos los que se hallen dentro de su esfera de influencia, sean ”ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Timoteo 4:12). Dejen que los demás sientan la paz y el regocijo que les brinda el vivir el Evangelio. Inviten a sus amigos que no sean de nuestra fe o a los miembros menos activos a sus noches de hogar. Llévenlos a la Iglesia y denles un ejemplo de reverencia. Háganles ver que ustedes evitan las películas, los programas de televisión y los sitios de Internet que alejarían de ustedes el Espíritu, lo cual redundaría en que fuesen instrumentos menos eficaces.

El presidente Hinckley nos ha pedido reiteradas veces que seamos mejores misioneras, y el Élder M. Russell Ballard, del Quórum de los Doce Apóstoles, ha indicado que para que el programa misional de la Iglesia lleve a cabo todo lo que debe, nosotras, las hermanas, debemos unirnos a esa labor.

No nos hace falta un programa nuevo que nos incentive, tan sólo tenemos que llegar a sentir el deseo de dar a conocer el Evangelio y de tender la mano a los menos activos para reintegrarlos a los programas de la Iglesia. Ya sea que seamos maestras visitantes o que planifiquemos las reuniones de Superación personal, de la familia y del hogar, o que enseñemos a niños de la Primaria o que guiemos a la juventud, podemos hallar las formas de ayudar a aquellos cuya fe haya flaqueado y a los que todavía no hayan hallado la verdad. Podemos ser instrumentos en la tarea de llevar de nuevo al rebaño las ovejas del Señor.

Sé que así es; sé que podemos hacerlo. Hemos llevado abrigo a decenas de miles de personas alrededor del mundo con los acolchados que hemos hecho con nuestras manos. Hemos evidenciado nuestra buena voluntad para servir y dar amor. Ahora, busquemos las formas de dar la dádiva del Evangelio a las personas que necesitan abrigo espiritual.

Cuando regresen a casa esta noche, ¿dedicarán unos momentos para anotar las sensaciones que hayan hecho vibrar su corazón en esta reunión? ¿Pensarán en formas específicas de ser instrumentos en las manos de Dios? ¿Reflexionarán en las bendiciones que recompensarán su obediencia en esta vida y por toda la eternidad? Y quisiera que pusiesen su propio nombre en el siguiente pasaje de las Escrituras y supiesen con toda su alma que Dios las ama: ”[sigue] predicando a favor de Sión, con el espíritu de mansedumbre, confesándome ante el mundo; y [te] sostendré como en alas de águila; y engendrar[ás] gloria y honra tanto para [ti] como para mi nombre” (D. y C. 124:18). Sé que el Evangelio es verdadero. Sé que ésta es la obra del Señor. Sé que Jesús es el Cristo y que tenemos un profeta verdadero sobre la tierra hoy día. Dulce es la obra. De esto doy testimonio humildemente, en el nombre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Amén.