2000–2009
“Me seréis testigos”
Abril 2001


“Me seréis testigos”

“A las personas que se les haga difícil iniciar conversaciones misionales --y lo es para muchas-- las nuevas tarjetas de obsequio que recientemente produjo la Iglesia son una forma agradable y fácil de dar a conocer a los demás nuestras creencias básicas y cómo pueden saber más”.

Cuando el JesÚs resucitado concluyó Su ministerio terrenal, dio este importante mandato a Sus apóstoles y a aquellos que los seguirían:

“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo…”1.

“recibiréis poder… y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo Último de la tierra”2.

Al recordar siempre actuar con cortesía y decoro, tenemos la responsabilidad de ser testigos de Jesucristo “en todo tiempo… en todas las cosas y en todo lugar”3, a fin de proclamar, cada uno a su propia manera, la gran causa a la cual Cristo nos ha llamado.

Ustedes ya son misioneros maravillosos, mejores de lo que se imaginan, y tienen la habilidad de ser aÚn mejores. Es posible dejar que los misioneros regulares lleven a cabo la difícil tarea de trabajar 12 horas al día, pero, ¿por qué no ser partícipes del gozo de esa obra? A nosotros también nos corresponde un lugar ante la mesa colmada de testimonios y, afortunadamente, hay un lugar reservado para cada uno de los miembros de la Iglesia.

En efecto, una clara verdad de hoy día es que ninguna misión ni ningÚn misionero puede a la larga lograr el éxito sin la tierna participación y el apoyo espiritual de los miembros locales que trabajen con ellos en un esfuerzo equilibrado. Si hoy están tomando notas en una tabla de piedra, inscriban profundamente esta verdad; les prometo que nunca tendrán que borrarla. Al principio, los investigadores pueden provenir de muchas fuentes diferentes, pero aquellos que en verdad se bautizan y son retenidos mediante la actividad en la Iglesia provienen en su gran mayoría de amigos y conocidos de los miembros de la Iglesia.

Hace poco más de veinticuatro meses, el presidente Gordon B. Hinckley dijo en una transmisión para toda la Iglesia:

“Yo los comprendo a ustedes, misioneros. Simplemente no pueden hacerlo solos y hacerlo bien. Necesitan la ayuda de otros. Ese poder para ayudarles anida en cada uno de nosotros…

“Ahora bien, hermanos y hermanas, podemos dejar que los misioneros traten de hacer la obra por sí solos o ayudarles en ello. Si lo hacen por sí mismos, irán de puerta en puerta, día tras día, y la cosecha será escasa. O podemos, como miembros, ayudarles a encontrar y enseñar investigadores.

“Hermanos y hermanas, a todos ustedes en los barrios y estacas, en los distritos y las ramas, quiero invitarles a que formen parte de un amplio ejército con verdadero entusiasmo por esta obra y con un enorme deseo de ayudar a los misioneros en la inmensa responsabilidad que tienen de llevar el Evangelio a toda nación, tribu, lengua y pueblo…”4.

Me gusta como suenan esas frases: “un amplio ejército con verdadero entusiasmo por esta obra”y “un enorme deseo de ayudar a los misioneros”. Permítanme destacar algunas cosas que podemos hacer a fin de responder a ese llamado. Ustedes podrán saber cuántas de ellas ya están llevando a la práctica.

Lo más importante es que podemos vivir el Evangelio. Ciertamente no hay mensaje misional más poderoso que podamos enviar al mundo que el ejemplo de una vida Santo de los Últimos Días amorosa y feliz. La manera de actuar y de conducirse, la sonrisa y la bondad de un fiel miembro de la Iglesia brindan calidez e interés que ningÚn folleto misional ni vídeo puede transmitir. Las personas no se unen a la Iglesia por lo que saben; se unen por lo que sienten, lo que ven y lo que desean espiritualmente. Los demás verán nuestro espíritu de testimonio y de felicidad en ese aspecto, si se lo permitimos. Como el Señor dijo a Alma y a los hijos de Mosíah: “Id… para que les déis buenos ejemplos en mí; y os haré instrumentos en mis manos, para la salvación de muchas almas”5.

Una joven ex misionera de Hong Kong me contó recientemente que cuando ella y su compañera le preguntaron a una investigadora si creía en Dios, la mujer respondió: “No creía, hasta que conocí a un miembro de su Iglesia y observé la forma en que vivía”. ¡Qué obra misional ejemplar! Pedir que cada miembro sea un misionero no es tan crucial como pedir que cada miembro sea un miembro. Gracias por vivir el Evangelio.

Gracias también por orar por los misioneros. Todos oran por los misioneros. Ojalá siempre sea así. Con ese mismo espíritu, debemos también orar por aquellos que se están reuniendo con los misioneros o que necesitan hacerlo. En Zarahemla se mandó a los miembros “[unirse] en ayuno y ferviente oración”6por aquellos que aÚn no se habían unido a la Iglesia de Dios. Nosotros podemos hacer lo mismo.

También podemos orar a diario por nuestras propias experiencias misionales. Oren para que bajo la guía divina de tales cosas, la oportunidad misional que ustedes desean ya esté siendo preparada en el corazón de alguna persona que añora y busca lo que ustedes tienen. “Todavía hay muchos en la tierra… que… no llegan a la verdad sólo porque no saben dónde hallarla”7. ¡Oren para que ellos les encuentren a ustedes! Y luego estén alerta, porque hay multitudes en el mundo que sienten hambre en sus vidas, no hambre de pan ni de agua, sino de oír la palabra del Señor8.

Cuando el Señor ponga esa persona ante ustedes, simplemente conversen sobre cualquier cosa. No hay por qué temer. No tienen que tener un mensaje misional obligatorio. Su fe, su felicidad, la expresión misma de su rostro es suficiente para despertar el interés de los que tengan un corazón sincero. ¿Han oído a una abuela hablar de sus nietos? A eso me refiero… ¡y sin fotografías! El Evangelio simplemente aflorará a la conversación y ustedes no podrán contenerse.

Pero quizás aÚn más importante que hablar sea el escuchar. Esas personas no son objetos inanimados disfrazados de estadística bautismal. Son hijos de Dios, nuestros hermanos y hermanas, y necesitan lo que nosotros tenemos. Sean sinceros; hagan un esfuerzo verdadero. Pregunten a esos amigos qué es lo más importante para ellos, lo que ellos atesoren y lo que ellos consideren de más valor. Luego, escuchen. Si la situación es propicia, podrían preguntarles cuáles son sus temores, lo que anhelan o lo que piensen que les falta en la vida. Les prometo que en algo de lo que ellos digan siempre se destacará una verdad del Evangelio sobre la cual ustedes pueden dar testimonio y ofrecer más conocimiento. El Élder Russell Nelson me dijo una vez que una de las primeras reglas de un interrogatorio médico es “Preguntar al paciente dónde le duele. El paciente”, dijo él, “será la mejor guía para lograr un diagnóstico correcto y el tratamiento necesario”. Si escuchamos con amor, no habrá necesidad de preguntarnos qué decir; pues nos será dado por el Espíritu y por nuestros amigos.

A las personas que se les haga difícil iniciar conversaciones misionales --y lo es para muchas-- las nuevas tarjetas de obsequio que recientemente produjo la Iglesia son una forma agradable y fácil de dar a conocer a los demás nuestras creencias básicas y cómo pueden saber más. Por ejemplo, ésa es la manera más fácil que yo personalmente he encontrado de ofrecer a la gente un ejemplar del Libro de Mormón sin necesidad de llevar una mochila llena de libros cuando viajo.

Ahora permítanme aumentar un poco más el ritmo de este mensaje. Muchos más de nosotros podemos prepararnos para prestar servicio como matrimonios misioneros cuando llegue ese tiempo de nuestra vida. Como dicen en un póster los matrimonios mayores del CCM de Provo: “¡Arrastremos los pies con más agilidad!”. Acabo de regresar de un largo viaje que me llevó a media docena de misiones. A todas las partes que fui durante esas semanas encontré matrimonios mayores que brindaban el liderazgo más gratificante y extraordinario que se puedan imaginar, proporcionando la estabilidad, madurez y experiencia que no se podría esperar de un joven de 19 o 21 años de edad. Encontré toda clase de parejas, incluso algunos ex presidentes de misión y de templo y sus esposas, que habían ido a partes del mundo totalmente desconocidas para ellos a fin de servir callada y desinteresadamente una segunda, tercera o cuarta misión. Todos ellos me conmovieron en gran manera.

Recientemente almorcé con el Élder John Hess y su esposa, de Ashton, Idaho. John me dijo: “Somos tan sólo agricultores de patatas”, pero eso es precisamente lo que necesitaba la nación de Bielorrusia, en la Misión Rusia MoscÚ. Por muchos años, la mejor cosecha de patatas en parcelas del gobierno producía 50 sacos de patatas por hectárea. Tomando en cuenta que se necesitan 22 sacos de semilla para plantar una hectárea, el rendimiento era bastante pobre. Ellos necesitaban ayuda.

El hermano Hess pidió un terreno que estaba a tan sólo un metro de distancia de las parcelas del gobierno, se remangó la camisa y se dispuso a trabajar con la misma semilla, herramientas y fertilizante disponibles en Bielorrusia. Cuando llegó el tiempo, empezaron a cosechar, luego llamaron a otros para ayudar, y terminaron pidiendo a todos que fueran a trabajar. Con la misma cantidad de lluvia y tierra, pero con una medida adicional de la industria, experiencia y oración de Idaho, las parcelas que plantaron los Hess produjeron cerca de 550 sacos por hectárea, o sea once veces más que cualquier otra cosecha en ese país. Al principio, nadie podía creer la diferencia; se preguntaban si habían ido equipos secretos durante la noche, o si se había usado alguna fórmula mágica. Pero no fue nada de eso. El hermano Hess dijo: “Necesitábamos un milagro y lo pedimos”. Ahora, casi un año más tarde, los jóvenes misioneros proselitistas están teniendo mucho más éxito en esa comunidad porque un “viejo agricultor de patatas”de Idaho respondió al llamado de su Iglesia.

La mayoría de los matrimonios misioneros prestan servicio de forma más rutinaria, empleando su experiencia de liderazgo en los barrios y las ramas, pero lo importante es que hay toda clase de necesidades en esta obra y una firme tradición misional de responder al llamado de servir a cualquier edad y en toda circunstancia. Recientemente, un presidente de misión me informó que una de sus jóvenes misioneras, al aproximarse el final de su fiel y próspera misión, dijo entre lágrimas, que debía regresar a casa inmediatamente. Cuando le preguntó cuál era la razón, ella le dijo que el dinero se había vuelto tan escaso para su familia que, para continuar manteniéndola, habían arrendado su hogar y estaban utilizando lo que sacaban de renta para costear los gastos de su misión. Para los arreglos de vivienda se habían tenido que mudar a un depósito de almacenamiento; para las necesidades de agua, usaban un grifo exterior y una manguera del vecino; y como baño iban a una estación de servicio cercana. Esa familia, en la que el padre había fallecido recientemente, se sentía tan orgullosa de su misionera, y eran tan independiente, que se las había arreglado para ocultar esa situación a la mayoría de sus amistades y a casi todos sus líderes de la Iglesia.

Cuando se descubrió la situación, la familia fue restaurada de inmediato a su hogar; se aseguraron soluciones a largo plazo para sus circunstancias económicas y se proporcionó la cantidad completa del sostén para la hija misionera. Habiendo secado sus lágrimas y disipado sus temores, esa fiel y dedicada hermana terminó su misión con éxito y recientemente se casó en el templo con un joven maravilloso.

En estos días favorecidos no requerimos la clase de sacrificio riguroso que esta familia misionera ofreció, pero nuestra generación ha sido la beneficiaria de generaciones anteriores que sí sacrificaron muchísimo al servir en la causa misional que proclamamos. Todos podemos hacer un poco más para transmitir esa tradición a los que vengan después que nosotros.

El apóstol Juan le preguntó al Señor si él, Juan, podría permanecer en la tierra más allá del período normal de la vida para ningÚn otro propósito que el de traer más almas a Dios. Al conceder ese deseo, el Salvador dijo que ésta era “una obra mayor”y un “deseo”más noble que incluso el de querer ir “presto”a la presencia del Señor9.

Al igual que todos los profetas y apóstoles, el profeta José Smith entendió el profundo significado de la sÚplica de Juan cuando dijo: “Después de todo lo que se ha dicho, [nuestro] mayor y más importante deber es predicar el evangelio”10. Testifico de ese Evangelio y de Jesucristo, quien lo personificó. Testifico que “el valor de las almas es grande a la vista de Dios”11 y que el salvar esas almas mediante la Expiación redentora de Su Hijo Amado es la esencia misma de Su obra y Su gloria12. Al luchar por lograr esa obra, testifico, al igual que Jeremías, que esta Última y grandiosa declaración misional hecha al moderno Israel, será, al final, un mayor milagro que cuando el antiguo Israel cruzó el Mar Rojo13. Que con valor y entusiasmo compartamos el milagro de ese mensaje, ruego en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

  1. Mateo 28:19.

  2. Hechos 1:8.

  3. Mosíah 18:9.

  4. “Apacienta mis ovejas”, Liahona, julio de 1999, pág. 118.

  5. Alma 17:11.

  6. Alma 6:6.

  7. D. y C. 123:12.

  8. Véase Amós 8:11.

  9. Véase D. y C. 7.

  10. Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 132.

  11. D. y C. 18:10.

  12. Véase Moisés 1:39.

  13. Véase Jeremías 16:14–16.