Permanezcan firmes

U. Jensen


"Jamás olvidemos que estamos estableciendo un fundamento para nuestra familia sobre la roca de nuestro Redentor".

Mi hija menor y su esposo pasaron varios años buscando desesperadamente las mejores indicaciones médicas y lo último en asistencia científica para tener un hijo. Ayunaron y oraron con esperanza y anhelo.

Al final lograron el tan ansiado resultado y ahora ella está esperando su primer hijo. Hace poco el médico programó un reconocimiento exhaustivo para determinar el estado del embarazo. Mi hija estaba muy preocupada por el examen médico y días antes de la cita supo que su esposo no podría acompañarla, por lo que me preguntó si podía ir yo con ella. Me dijo: "Mamá, después de todo lo que hemos pasado, si algo va mal, voy a necesitar a alguien a mi lado".

Qué alegría fue ver en la imagen ultrasónica a ese ser al que voy a amar y atesorar por toda la eternidad. Quería asegurar a mi hija que todo estaba bien, pero en mi interior, también yo estaba preocupada.

Después de que el médico hubo revisado el video de la ecografía, comentó sus impresiones con nosotras. Sus primeras palabras fueron: "¡Cuánto quisiera que toda criatura estuviese así de robusta!". Apenas podía contenerme. Al salir del coche ya no pude reprimir más las emociones y comencé a llorar; se desbordaron infinidad de sentimientos. Lloraba con el deseo de que toda madre embarazada pudiera oír esas mismas palabras. Lloré por toda mujer que quería tener un hijo, pero no podía. Derramé lágrimas por todas las mujeres que desean tener hijos, pero que no han encontrado marido. Finalmente, lloré agradecida con el gran deseo de que nuestra familia le diese un hogar digno al pequeño.

El poeta inglés Wordsworth expresó algunos de mis sentimientos con respecto a ese nieto y al hogar cuando nos recordó que:

Un sueño y un olvido sólo es el nacimiento. . .
pues al salir de Dios, que fue nuestra morada,
con destellos celestiales se ha vestido
(William Wordsworth, "Ode: Intimations of Immortality from Recollections of Early Childhood").

Nuestros hogares son sagrados por motivo de su conexión con nuestro Padre Celestial y nuestro hogar en el cielo. La experiencia con mi hija me recordó una vez más la prioridad y la suma importancia del hogar y la familia. También me recordó que, como mujeres, nuestra tendencia natural es la de amar, criar y enseñar; somos llamadas a proteger y bendecir a todo integrante de nuestra familia. Al enviar niños a esta tierra, el Señor necesita, sean cuales que sean nuestras circunstancias, que permanezcamos firmes e inquebrantables, y que continuemos formando hogares inexpugnables contra la creciente marejada del mal. Es nuestra responsabilidad ser las defensoras del hogar y de la familia allí donde nos encontremos.

"Creo con todo mi corazón que el mejor lugar para prepararnos para. . . la vida eterna es el hogar", dijo el presidente David O. McKay ("Blueprint for Family Living",Improvement Era,abril de 1963, pág. 252). Pero, ¿cómo se crían niños rectos en un mundo que cada vez se parece más a Sodoma y Gomorra?

El presidente Howard W. Hunter contó el siguiente relato histórico que me sirve para responder a esa pregunta.

La batalla final y decisiva de las guerras napoleónicas tuvo lugar el 18 de junio de 1815, cerca de Bruselas, Bélgica, en el pueblo de Waterloo. La que ahora se conoce como 'la batalla de Waterloo' se considera un gran punto crucial en la historia moderna y produjo cambios drásticos en las fronteras políticas y en el equilibrio del poderío en Europa. En un momento crítico durante esa gran batalla entre las fuerzas del emperador francés Napoleón y las fuerzas aliadas comandadas por el general británico Arthur Wellesley, conocido como el Duque de Wellington, un inquieto oficial entró corriendo en el cuartel del duque con el mensaje de que si las tropas no se retiraban de inmediato, deberían rendirse ante el más numeroso ejército francés.

"El duque mandó: '¡Permanezcan firmes!'.

"'Pero moriremos todos', contestó el oficial.

"'¡Permanezcan firmes!', volvió a responder el duque". (Véase Howard W. Hunter,That We Might Have Joy, 1994, pág. 148).

"¡Permanezcan firmes!", fue la orden del duque, y la victoria fue el resultado. Las dos palabras de esa orden —permanezcan firmes— me infunden ánimo y me guían. Hoy, hermanas, estamos embarcadas en una batalla encarnizada por la mente, el corazón y el alma de nuestros hijos, nietos y otros familiares. En esta lucha, disponemos de armamentos mucho más poderosos que los que tenían las tropas del Duque de Wellington, puesto que tenemos la fortaleza que procede de la fe en el Señor Jesucristo y el poder de las ordenanzas del Evangelio. Para salir victoriosas, debemos armarnos de fe en el Señor Jesucristo y permanecer firmes en nuestras convicciones.

En el Libro de Mormón leemos que los lamanitas "se habían convertido a la verdadera fe; y no quisieron separarse de ella, porque eran firmes, inquebrantables e inmutables; y estaban dispuestos a guardar los mandamientos del Señor con toda diligencia" (3 Nefi 6:14).

Su fe firme e inquebrantable en el Evangelio de Jesucristo y en el plan que él tiene para ustedes y su familia, así como su conocimiento de éstos, servirá de gran protección contra los conflictivos puntos de vista y las influencias del mal. Su obediencia y fidelidad a los convenios eternos y a los mandamientos les proporcionará paz y aun felicidad en medio del caos de este mundo. Armadas con la fe, ustedes pueden permanecer firmes y crear un hogar digno de los hijos de nuestro Padre Celestial.

En una ocasión en que viajaba por una región plagada de violencia y desasosiego social, me llené de inquietud. Un sensible líder del sacerdocio percibió mi temor y compartió conmigo unas palabras de consuelo.

Cuando era pequeño, su madre, al verse de repente sola e indigente, sacó fuerzas de estas palabras que leyó en un viejo libro: "Le dije al hombre que estaba a la puerta del año: 'Dame una luz para poder andar a salvo en lo desconocido'. Y él me respondió: 'Ve entre las tinieblas y toma a Dios de la mano. Eso será mejor que una luz y más seguro que un camino conocido'" (Minnie Louise Haskins, enThe Oxford Dictionary of Quotations,cuarta edición, ed. por Angela Partington, 1996, pág. 328).

La madre de mi amigo reconstruyó su vida y creó un cimiento firme al seguir ese consejo. También yo he sido sostenida en los momentos de preocupación al avanzar hacia lo desconocido armada con el conocimiento de que la compañía del Señor era mejor que cualquier protección terrenal.

Para permanecer firmes, debemos saber en lo profundo de nuestro ser que el Señor siempre nos sostendrá si estamos bien asentadas en la roca de nuestro redentor. Este concepto se expresa con fervor en el capítulo cinco de Helamán: "Y ahora bien. . . recordad que es sobre la roca de nuestro Redentor, el cual es Cristo, el Hijo de Dios, donde debéis establecer vuestro fundamento, para que cuando el diablo lance sus impetuosos vientos, sí, sus dardos en el torbellino, sí, cuando todo su granizo y furiosa tormenta os azoten, esto no tenga poder para arrastraros. . . a causa de la roca sobre la cual estáis edificados, que es un fundamento seguro, un fundamento sobre el cual, si los hombres edifican, no caerán" (Helamán 5:12).

Hermanas, las promesas del Señor son seguras. él ha dado Su vida por nuestra salvación.

Para mantenernos firmes en esta postura y ayudar a los demás a permanecer firmes, el mensaje del Evangelio restaurado debe estar firmemente plantado en nuestro corazón y se debe enseñar en nuestros hogares. Den allí a sus hijos y a sus seres queridos la armadura espiritual que van a necesitar cada día al salir de casa y aventurarse fuera de la fortaleza del hogar. Enséñenles a invocar los poderes del cielo mediante el ayuno y la oración. Enséñenles que el santificar el día de reposo les protegerá del mundo. Enséñenles a ser obedientes, a buscar la aprobación de Dios y no la del hombre, y que la única ruta de regreso a nuestro hogar celestial es amar y seguir al Salvador, y hacer y guardar convenios y mandamientos sagrados. Las verdades del Evangelio y el conocimiento del plan de salvación son armas que los miembros de su familia pueden emplear para vencer a las malévolas fuerzas de Satanás.

En nuestra función de esposas, madres, abuelas, hermanas y tías debemos permanecer firmes como ejemplos. Porque los amamos, queremos dar a nuestros familiares un ejemplo potente y recto que seguir. En todo lo que hacemos y decimos, en cómo vestimos y cómo pasamos el tiempo, en todo lo que escogemos hacer reflejamos aquello en lo que creemos, y eso se convierte en el ejemplo que ellos siguen.

Lucy Mack Smith, madre del profeta José Smith, hizo constar en su historia que en la primavera de 1803 ella y su esposo estaban muy preocupados por la religión, y escribió en cuanto a su búsqueda personal de la verdad: "Me retiré a una arboleda cercana donde oré al Señor para que se nos pudiese hacer llegar el Evangelio verdadero" (History of Joseph Smith,ed. por Preston Nibley, 1958, pág. 43). ¿No les parece eso familiar?

Diecisiete años después, en la primavera de 1820, el profeta José Smith, en su búsqueda de la verdad, "[tomó] la determinación de 'pedir a Dios'. . . [y se retiró] al bosque para hacer la prueba" (JS—Historia 1:13 –14).

¿Se trata de una coincidencia el que tanto la madre como el hijo hubiesen escogido una arboleda como el lugar donde pedirle a Dios que les revelara la verdad? La oración de José bendijo a todo el mundo mediante la restauración del Evangelio de Jesucristo. El ejemplo de rectitud de una mujer que permanece firme en la fe bendice a innumerables personas.

Aunque me encanta ser esposa y madre, reconozco que ello no siempre es fácil. Soy capaz de apreciar los sentimientos que expresó una escolar cuando mi amiga, su maestra, pidió a su clase que escribiera una carta a Dios. Sharon dijo: "Querido Dios: apuesto a que te es difícil amar a todo el mundo. En mi familia sólo somos cinco y yo no puedo hacerlo". De igual manera, estoy segura de que los miembros de mi familia pueden decirles que no siempre es fácil amarme. Sin embargo, concuerdo con el élder Loren C. Dunn, que dijo: "No puede haber nada más perdurable ni más preciado que la familia" (véase "Nuestras inapreciables familias",Liahona, abril de 1975, pág. 35). A pesar de lo difícil que en ocasiones pueda ser la vida familiar, la labor que llevamos a cabo en nuestra familia es la de mayor importancia. Cuando se sientan desanimadas y las cosas en la familia no vayan como ustedes desearían, permanezcan firmes con fe y digan como dijo otra escolar en su carta a Dios: "Querido Dios, hago lo mejor que puedo". No permitan que las dificultades propias de la vida familiar las desanimen excesivamente ni que deterioren el amor que podemos compartir en la familia.

Armémonos con la fe y permanezcamos firmes en nuestras creencias. Jamás olvidemos que estamos estableciendo un fundamento para nuestra familia sobre la roca de nuestro Redentor. Andemos de la mano de Dios, y con la ayuda del Señor podremos edificar hogares que sean fortalezas de rectitud.

Ruego que el Señor las bendiga en sus esfuerzos por permanecer firmes en defensa del hogar y la familia. En el nombre de Jesucristo. Amén.