Y si no

Lance B. Wickman

Of the First Quorum of the Seventy


Lance B. Wickman
La prueba suprema de la mortalidad es afrontar el “por qué” y después olvidarse de él, confiando humildemente en la promesa del Señor de que “todas las cosas tienen que acontecer en su hora”.

Uno de mis recuerdos más preciados se relaciona con las asignaciones de fin de semana a las conferencias de estaca para acompañar a un presidente a visitar a los miembros de su estaca que afrontaban los problemas de la vida con valor y fe, en especial aquellos que habían perdido un hijo o se esforzaban valientemente por cuidar a un enfermo o a un hijo lisiado o minusválido. Por dolorosa experiencia personal, sé que no hay pena más difícil que la pérdida de un hijo. Ni tampoco hay nada que parezca tan interminable y agotador que el cuidado constante de un hijo discapacitado, ya sea física o mentalmente. Todos esos padres pueden identificarse plenamente con el padre del hijo al que lo aquejaba un “espíritu mudo”, quien, al ser amonestado por el Salvador a creer, respondió con angustia: Señor, “creo; ayuda mi incredulidad” (véase Marcos 9:17, 23–24).

Por tanto, hoy quisiera dirigirme a todos los que se esfuerzan en este laboratorio que se vale de la fe, conocido como la mortalidad, y en particular a los padres desconsolados, abrumados y afligidos que suplicantes preguntan: “¿Por qué?”.

Primero, sepan por favor que el dolor es el resultado natural del amor. Nadie puede amar desinteresadamente a una persona y no sentir una profunda pena por su sufrimiento o muerte futura. La única forma de evitar el dolor sería no experimentar el amor; pero es el amor el que da a la vida su riqueza y su significado. Por tanto, lo que un padre acongojado puede esperar del Señor en respuesta a sus oraciones fervientes no necesariamente debe ser la eliminación del dolor sino la dulce confirmación de que, sean cuales sean las circunstancias, su hijo está bajo el tierno cuidado de un amoroso Padre Celestial.

Segundo, jamás duden de la bondad de Dios, aun cuando no sepan el “porqué”. La pregunta que hacen con más tenacidad los afligidos y los abrumados, es simplemente: ¿Por qué? ¿Por qué murió nuestra hija cuando oramos tanto para que viviera y a pesar de haber recibido bendiciones del sacerdocio? ¿Por qué luchamos tanto con este infortunio cuando otros cuentan acerca de las curaciones milagrosas de sus seres queridos? Esas son preguntas naturales, preguntas comprensibles; pero a la vez son preguntas que por lo general no tienen respuesta en la vida terrenal. El Señor sencillamente ha dicho: “…son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:9). Así como la voluntad del Hijo fue “absorbida en la voluntad del Padre” (Mosíah 15:7), lo mismo debe ocurrir con la nuestra.

De todas formas, nosotros los mortales deseamos naturalmente saber el porqué. No obstante, al insistir con demasiado fervor en una respuesta, podemos olvidar que la mortalidad se diseñó, por así decirlo, como la época de las preguntas sin contestar. La vida terrenal tiene un propósito diferente, definido de manera más precisa: Es un terreno de pruebas, un estado de probación, un período para andar por medio de la fe, un tiempo de preparación para presentarse ante Dios (véase por ejemplo, Abraham 3:24–25; 2 Nefi 31:15–16, 20; Alma 12:24; 42:4–13). Es con cultivada humildad (véase Alma 32:6–21) y sumisión (véase Mosíah 3:19) que nos es posible comprender la plenitud de la experiencia mortal proyectada y prepararnos mental y espiritualmente para recibir la inspiración del Espíritu. En esencia, la humildad y la sumisión son una expresión de total disposición a dejar que las preguntas que principian con “por qué” queden por ahora sin respuesta, o quizás incluso para preguntarnos: “¿Por qué no?”. Es perseverando hasta el fin (véase 2 Nefi 31:15–16; Alma 32:15; D. y C. 121:8), que alcanzamos los propósitos de esta vida. Pienso que la prueba suprema de la mortalidad es afrontar el “por qué” y después olvidarse de él, confiando humildemente en la promesa del Señor de que “todas las cosas tienen que acontecer en su hora” (D. y C. 64:32).

Pero el Señor no nos ha dejado sin consuelo ni sin respuestas. Sobre la curación de los enfermos, claramente ha dicho: “Y además, sucederá que el que tuviere fe en mí para ser sanado, y no estuviere señalado para morir, sanará” (D. y C. 42:48; cursiva agregada). Muy seguido pasamos por alto la frase condicional, “y no estuviere señalado para morir” (“o” podríamos añadir, “para estar enfermo o incapacitado”). Por favor, no se desesperen cuando se hayan ofrecido oraciones fervientes, se hayan dado bendiciones del sacerdocio y aún así sus seres queridos no mejoren o incluso dejen este mundo. Consuélense al saber que ustedes hicieron todo lo que pudieron. ¡Esa fe, ayuno y bendición no pueden ser en vano! El que un hijo no se recupere a pesar de todo lo que se haya hecho a su favor puede, y debe, ser la base para la paz y la tranquilidad de todos los que lo aman! El Señor —que inspira las bendiciones y que oye toda oración ferviente— lo ha llamado de todas formas a Su lado. Todas las experiencias con la oración, el ayuno y la fe tal vez hayan sido más para nuestro beneficio que para el de él.

Entonces, ¿cómo debemos acercarnos al Trono de la gracia al rogar fervientemente por un ser amado y poner las manos sobre su cabeza para darle una bendición por medio de la autoridad del sacerdocio? ¿Cómo podemos ejercer apropiadamente nuestra fe? El profeta José Smith definió ese primer principio del Evangelio como la “fe en el Señor Jesucristo” (Artículos de Fe 1:4, cursiva agregada). Es la frase significativa —“en el Señor Jesucristo”— la que en ocasiones olvidamos. Muy a menudo, oramos o damos una bendición, y después esperamos nerviosamente para ver si se nos ha concedido lo que hemos pedido, como si el obtener la aprobación nos proporcionara una evidencia necesaria de Su existencia. ¡Eso no es fe! La fe es, sencillamente, confianza en el Señor. Como dijo Mormón, es “una mente firme en toda forma de santidad” (Moroni 7:30; cursiva agregada). Los tres magistrados hebreos confiaron en que el Señor los salvaría del horno de fuego ardiendo, “y si no”, le dijeron al rey, aun así “no serviremos a tus dioses” (Daniel 3:18; cursiva agregada). Es significativo que no sólo tres, sino cuatro hombres se vieron en medio de las llamas y “el aspecto del cuarto [era] semejante a hijo de los dioses” (Daniel 3:25).

Lo mismo sucede con nosotros. Es común en nuestro mundo secular decir “ver para creer”. Sea cual sea el valor que ese dicho tenga en los asuntos mundanos de la vida, no se aplica a la hora de volvernos al Señor durante nuestras dificultades más amargas. El curso del Señor se define mejor mediante una máxima diferente: “Creer para ver”. La fe en el Señor es el principio básico, no la conclusión. Sabemos que Él vive; por lo tanto, confiamos en que Él nos bendecirá de acuerdo con Su voluntad y sabiduría divinas. A esa confianza ingenua en el Señor se le conoce en las Escrituras sencillamente como el “sacrificio” de “un corazón quebrantado y un espíritu contrito” (D. y C. 59:8).

Ofrezco esto como una convicción profunda forjada en el crisol ardiente de la experiencia de la vida. Nuestro segundo hijo, Adam, llegó a nuestra vida cuando yo me encontraba muy lejos, en las junglas y arrozales de Vietnam. Todavía tengo el telegrama de júbilo en el que se me anunciaba su nacimiento. Adam era un niño rubio, de ojos azules y juguetón. Cuando cumplió cinco años, esperaba con entusiasmo empezar la escuela. En ese entonces, en nuestra comunidad del sur de California, se desató una epidemia de una enfermedad muy común en los niños, y Adam la contrajo. Aparte de cerciorarnos de que estuviera cómodo, no nos preocupamos demasiado; incluso daba la apariencia de ser un caso leve. Pero de súbito, una mañana no se levantó; había entrado en coma. Lo llevamos de inmediato al hospital donde fue admitido en cuidados intensivos. Un grupo de dedicados médicos y enfermeras lo atendían constantemente, mientras su madre y yo manteníamos una vigilia permanente en la sala de espera cercana.

Llamé por teléfono a nuestro querido presidente de estaca y amigo de la infancia, ahora un apreciado compañero de los Setenta, el élder Douglas L. Callister, y le pedí si podría ir al hospital y ayudarme a darle una bendición del sacerdocio a Adam. Llegó a los pocos minutos. Al entrar en el reducido y apretado lugar donde yacía el cuerpecito inerte de Adam, con la cama rodeada de un complicado conjunto de aparatos de observación y otro equipo médico, los atentos doctores y enfermeras con reverencia dieron un paso atrás y se cruzaron de brazos. Al pronunciarse las familiares y consoladoras palabras de una bendición del sacerdocio, con fe y sincera súplica, me embargó el profundo sentimiento de que Alguien más estaba presente. ¡Me conmovió el pensamiento de que si abría los ojos, vería al Salvador junto a nosotros! Yo no fui la única persona en la habitación que sintió ese Espíritu. Unos meses después nos enteramos por casualidad que una de las enfermeras que se hallaba presente ese día se sintió tan conmovida que buscó a los misioneros y se bautizó.

Pero a pesar de todo, Adam no mejoró. Durante varios días, se debatió entre esta vida y el más allá, mientras nosotros le rogábamos al Señor que nos lo devolviera. Finalmente una mañana, después de una noche terrible, mientras yo caminaba por un corredor desierto del hospital, le hablé al Señor y le dije que queríamos intensamente que nuestro pequeñito volviera a nosotros, pero que, por sobre todas las cosas, deseábamos que se hiciese Su voluntad y que nosotros —tanto Pat como yo— la aceptaríamos. Al poco tiempo, Adam cruzó el umbral de las eternidades.

Francamente, todavía lloramos por nuestro hijito, aunque la benévola ministración del Espíritu y el paso de los años han mitigado nuestra tristeza. Su fotografía adorna la repisa de la chimenea de nuestra sala junto a una fotografía más reciente de la familia, de hijos y nietos. Pero tanto Pat como yo sabemos que un amoroso Padre Celestial dispuso que el camino de él por la mortalidad fuese más corto y fácil que el nuestro, y que él se ha ido antes para darnos la bienvenida cuando finalmente nosotros también crucemos ese umbral ineludible.

Y cuando torrentes tengáis que pasar,
los ríos del mal no os pueden turbar
pues yo las tormentas podré aplacar…
salvando mis santos de todo pesar.
La llama no puede dañaros jamás
si en medio del fuego os ordeno pasar.
El oro del alma más puro será…
pues sólo la escoria se habrá de quemar…
Al alma que anhele la paz que hay en mí,
no quiero no puedo dejar en error;
yo lo sacaré de tinieblas a luz…
y siempre guardarlo con grande amor
(“Qué firmes cimientos”, Himnos, Nº 40).

En el nombre de Jesucristo. Amén.