2000–2009
¿Hallará [Él] fe en la tierra?
Octubre 2002


¿Hallará [Él] fe en la tierra?

Sólo cuando nuestra fe esté en armonía con la voluntad de nuestro Padre Celestial podremos recibir las bendiciones que buscamos.

Ésa ha sido la interpretación más bella del magnífico himno: “Un pobre forastero”, que era el preferido del profeta José y de su hermano Hyrum. ¡Qué hermosa fue la interpretación del coro y de la orquesta!

Ruego tener conmigo el Espíritu del Señor que ha estado con nosotros durante la conferencia, para decir aquello que sea de beneficio para los miembros de la Iglesia y de los que no son miembros. Siento una gran humildad ante esta asignación.

Hoy hago una pregunta que el Salvador hizo hace casi dos mil años: “…cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?”1.

El primer principio del Evangelio

¿Qué es la fe verdadera? La fe se define como “creencia y confianza en Dios y lealtad a Él… Una creencia firme en algo de lo que no existe prueba”2. Nosotros creemos que “la fe es tener esperanza en lo que no se ve pero que es verdadero…” y debe centrarse en Jesucristo. De hecho, nosotros creemos que “la fe en Jesucristo es el primer principio del Evangelio”3.

La fe de la viuda

Hay quienes pueden enseñarnos acerca de la fe si tan sólo abrimos nuestro corazón y nuestra mente. Una de esas personas es una mujer cuyo esposo falleció. Habiéndose quedando sola para criar a su hijo, trató de buscar la forma de mantenerse, pero vivía en una época de terrible hambruna, donde los alimentos escaseaban y muchos perecían a causa del hambre.

A medida que disminuían los alimentos disponibles, también lo hacían sus oportunidades de sobrevivir. Cada día veía impotente cómo se agotaban sus provisiones.

Esperando encontrar ayuda, pero sin hallar ninguna, finalmente llegó el día en que la mujer se dio cuenta de que sólo le quedaban alimentos para una última comida.

Fue entonces cuando un extraño se le acercó y le hizo la petición inconcebible: “Te ruego que me traigas… un bocado de pan”, le dijo.

La mujer se volvió y le contestó: “Vive Jehová tu Dios, que no tengo pan cocido; solamente un puñado de harina tengo en la tinaja, y un poco de aceite en una vasija”. Ella le explicó que iba a prepararlos como última comida para ella y su hijo, “para que lo comamos, y nos dejemos morir”.

No sabía que el hombre que estaba ante ella era Elías el profeta, a quien el Señor había enviado. Lo que ese profeta le dijo a continuación podría parecer sorprendente para aquellos que en la actualidad no comprenden el principio de la fe.

“No tengas temor”, le dijo. “Pero hazme a mí primero de ello una pequeña torta cocida debajo de la ceniza, y tráemela; y después harás para ti y para tu hijo”.

¿Se imaginan lo que ella pudo haber pensado? ¿Lo que pudo haber sentido? No tuvo ni tiempo para contestar cuando el hombre prosiguió: “Porque Jehová Dios de Israel ha dicho así: La harina de la tinaja no escaseará, ni el aceite de la vasija disminuirá, hasta el día en que Jehová haga llover sobre la faz de la tierra”.

La mujer, luego de oír esa promesa profética, fue con fe e hizo lo que Elías el profeta le había pedido. “Y comió él, y ella, y su casa, muchos días. Y la harina de la tinaja no escaseó, ni el aceite de la vasija menguó, conforme a la palabra que Jehová había dicho por Elías” el profeta4.

De acuerdo con la forma de ver actual, la petición del profeta podría parecer injusta y egoísta, y la respuesta de la viuda insensata e imprudente. Eso se debe más que nada a que muchas veces aprendemos a tomar decisiones basándonos en lo que vemos. Tomamos decisiones basándonos en la evidencia que está frente a nosotros y lo que parece ser nuestro interés mejor e inmediato.

“La fe”, por otro lado, es “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”5. La fe tiene ojos que traspasan la oscuridad y ven la luz que se encuentra del otro lado. “…que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios”6.

El fracaso en el ejercicio de la fe

Con demasiada frecuencia, hoy por hoy, no confiamos tanto en la fe como en nuestra propia capacidad para razonar y resolver los problemas. Si enfermamos, la medicina moderna puede realizar curaciones milagrosas. Se pueden viajar largas distancias en corto tiempo. Con nuestros dedos en el teclado nos es posible conseguir información que hace 500 años hubieran convertido en príncipe al más pobre de los hombres.

La fe verdadera

“Mas el justo por la fe vivirá”7, nos dicen las Santas Escrituras. Vuelvo a preguntarles, ¿qué es la fe?

La fe existe cuando la confianza absoluta en lo que no podemos ver se combina con las acciones que están en absoluta conformidad con la voluntad de nuestro Padre Celestial. Sin esas tres cosas —primero, confianza absoluta; segundo, acción y tercero, absoluta conformidad— sin estas tres, todo lo que tenemos es falso: una fe débil e inservible. Permítanme analizar cada uno de esos requisitos de la fe.

Primero, debemos tener confianza en lo que no podemos ver. Cuando Tomás sintió por fin la marca de los clavos y metió su mano en el costado del Salvador resucitado, confesó que, finalmente, creía.

“Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron”8.

Pedro se hizo eco de esas palabras cuando elogió a los primeros discípulos por su fe en Jesucristo. Él dijo:

“a quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso;

“obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas”9.

Segundo, para que nuestra fe marque una diferencia, debemos actuar. Debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para convertir una creencia pasiva en una fe activa, porque en verdad, “la fe, si no tiene obras, es muerta”10.

En 1998, el presidente Gordon B. Hinckley amonestó a los santos de esta Iglesia así como también a todo el mundo en general. Él pronunció la misma advertencia anoche en la reunión del sacerdocio, cuando dijo: “…ha llegado el momento de poner nuestra casa en orden”. “Muchos de nuestros miembros viven al borde de sus ingresos; de hecho, algunos viven con dinero prestado… me preocupa la enorme deuda a plazos que pesa sobre la gente de esta nación, incluso sobre nuestra propia gente”11.

Hermanos y hermanas, cuando esas palabras proféticas se pronunciaron, algunos miembros fieles de la Iglesia hicieron acopio de su fe, escucharon el consejo del profeta, y hoy se sienten profundamente agradecidos por haberlo hecho. Otros quizá creyeron que era verdad lo que había dicho el profeta, pero carecían de fe, incluso tan pequeña como un grano de mostaza; por consiguiente, algunos sufrieron problemas económicos, personales y familiares.

Tercero, nuestra fe debe estar en conformidad con la voluntad de nuestro Padre Celestial, incluso con Sus leyes de la naturaleza. El gorrión que se mete en un huracán puede pensar que podrá volar sin problemas a través de la tormenta, pero la ley implacable de la naturaleza lo convencerá finalmente de que no es así.

¿Somos nosotros más prudentes que el gorrión? En muchas ocasiones lo que pasa por fe en este mundo es poco menos que credulidad. Es angustioso ver con cuanto apremio la gente acepta las corrientes y las teorías que están de moda mientras que rechazan, no creen demasiado o prestan poca atención a los principios eternos del Evangelio de Jesucristo. Es angustioso ver cómo algunos se precipitan hacia un comportamiento tonto y poco ético creyendo que Dios, de alguna forma, los salvará de las consecuencias trágicas e inevitables de sus acciones. Incluso ruegan pidiendo las bendiciones del cielo, sabiendo en su corazón que lo que hicieron es contrario a la voluntad de nuestro Padre Celestial.

¿Cómo podemos saber cuándo nuestra fe está en conformidad con la voluntad de nuestro Padre Celestial y que Él aprueba lo que buscamos? Debemos conocer la palabra de Dios. Una de las razones por las que nos sumimos en las Escrituras es conocer los tratos del Padre Celestial con el hombre desde el principio. Si los deseos de nuestro corazón son contrarios a las Escrituras, no debemos seguir adelante.

Después, debemos escuchar el consejo de los profetas de los postreros días, al darnos ellos instrucción inspirada.

Aún más, debemos meditar, orar y buscar la guía del Espíritu. Si lo hacemos, el Señor nos ha prometido: “…hablaré a tu mente y a tu corazón por medio del Espíritu Santo que vendrá sobre ti y morará en tu corazón”12.

Sólo cuando nuestra fe esté en armonía con la voluntad de nuestro Padre Celestial podremos recibir las bendiciones que buscamos.

Un principio de poder

La fe, cuando se comprende y practica verdaderamente, es uno de los poderes grandiosos y gloriosos de la eternidad. Es una fuerza poderosa que va más allá de nuestra comprensión. “Por la fe… [fue] constituido el universo por la palabra de Dios”13. Por medio de la fe, las aguas se dividieron, los enfermos sanaron, los inicuos callaron y se ha hecho posible la salvación.

Nuestra fe es el fundamento sobre el cual descansan todas las vidas espirituales, y debe ser el recurso más importante de nuestra vida. La fe es mucho más que creer; la fe es algo que vivimos.

Recuerden las palabras del Salvador: “Si puedes creer, al que cree todo le es posible”14. “El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará”15.

La enseñanza del principio

Quienes anden por fe, sentirán que su vida se rodea de luz y las bendiciones del cielo. Comprenderán y conocerán cosas que otros no podrán. Los que no andan por fe consideran absurdas las cosas del espíritu, ya que éstas sólo se pueden discernir por el espíritu16.

Las manifestaciones del cielo están selladas para que no sean comprendidas por quienes no creen. “Porque si no hay fe entre los hijos de los hombres”, nos dice Moroni, “Dios no puede hacer ningún milagro entre ellos; por tanto, no se mostró sino hasta después de su fe”17.

Sin embargo, a través de la historia, aun en momentos de oscuridad espiritual hubo quienes a través de los ojos de la fe lograron traspasar esa oscuridad y contemplar las cosas como son en realidad. Moroni reveló que “…hubo muchos cuya fe era tan sumamente fuerte… que no se les pudo impedir penetrar el velo, sino que realmente vieron con sus propios ojos las cosas que habían visto con el ojo de la fe; y se regocijaron”18.

Nuestros hogares deben ser refugios de fe. Las madres y los padres deben enseñar los principios de fe a sus hijos. Los abuelos también pueden colaborar. Durante las reuniones familiares, cuando es apropiado, intento pasar un rato con alguno de nuestros nietos y hablar personalmente con él o ella. Me siento con ellos y les hago algunas preguntas. “¿Cómo estás?” “¿Cómo te va en los estudios?”.

Después le pregunto qué piensa del Evangelio y de la Iglesia verdadera, que tanto significan para mí. Trato de descubrir cuán profundos son su fe y su testimonio. Si percibo algunos aspectos de duda, le pregunto: “¿Aceptarías una meta de tu abuelo?”.

Entonces le sugiero que lea las Escrituras diariamente y le recomiendo que se arrodille todas las mañanas y las noches y ore con sus padres y tenga además oraciones personales. Le insto a ir siempre a su reunión sacramental, a mantenerse siempre puro y limpio, a asistir a las reuniones, y finalmente, entre otras cosas, a tratar en todo momento de ser receptivo a los susurros del Señor.

Pero una vez, después de conversar con Joseph, nuestro nieto de ocho años, me miró a los ojos y me preguntó sin rodeos: “Abuelo, ¿ya me puedo ir?”. Se escurrió rápidamente de mis brazos y yo pensé: “¿Habrá servido de algo?”. Bueno, aparentemente sirvió porque al día siguiente me dijo: “Gracias por lo que me dijiste”.

Si nos acercamos a ellos con amor en vez de con reproche, veremos que la fe de nuestros nietos aumentará como resultado de la influencia y el testimonio de alguien que ama al Salvador y a Su divina Iglesia.

Las pruebas

En ocasiones, el mundo se ve tenebroso; a veces nuestra fe se pone a prueba; otras sentimos que los cielos se cierran para nosotros. Aun así no debemos desesperarnos; nunca debemos abandonar nuestra fe, ni perder la esperanza.

Hace algunos años, empecé a darme cuenta de que las cosas a mi alrededor comenzaban a oscurecerse. Me preocupaba, ya que cosas sencillas como leer las Escrituras se me hacía cada vez más difícil. Me preguntaba qué estaba pasando con la calidad de las bombillas de la luz, por qué los fabricantes no podían hacer las cosas tan buenas como antes.

Reemplacé las bombillas por otras más brillantes. Pero éstas también comenzaron a palidecer. Culpé entonces al diseño malo de las lámparas y de las bombillas. Incluso me pregunté si el brillo del sol también había perdido su intensidad, hasta que se me ocurrió que el problema podía muy bien no estar en la luz de la habitación, ¡sino en mis ojos!

Poco después fui a ver a un oculista, el cual me aseguró que el mundo no estaba oscureciendo en absoluto. Una catarata que tenía en el ojo era lo que hacía que pareciera que la luz perdía su intensidad. No cabe duda de que eso les dirá la edad que tengo. Me puse en manos de ese competente especialista que me quitó la catarata y, ¡he aquí! ¡La luz volvió a inundar mi vida! La luz nunca había disminuido, sólo había menguado mi capacidad de verla.

Eso me enseñó una gran verdad. Muchas veces, cuando el mundo parece sombrío, cuando los cielos parecen distantes, echamos la culpa a todo cuanto nos rodea, cuando la verdadera razón de la oscuridad podría estar en nuestra propia falta de fe.

Tengan ánimo. Tengan fe y confianza. El Señor no los abandonará.

El Señor ha prometido que si nosotros escudriñamos diligentemente, oramos siempre, y somos creyentes, todas las cosas obrarán juntamente para nuestro bien, si andamos en la rectitud19.

Sé, al igual que Alma en la antigüedad, que “quienes pongan su confianza en Dios serán sostenidos en sus tribulaciones, y sus dificultades y aflicciones, y serán enaltecidos en el postrer día”20.

Nuestro Padre Celestial es un Ser poderoso, que actúa y dirige. Aun cuando a veces podamos llevar cargas de pesar, dolor y angustia; a pesar de que podamos estar esforzándonos por comprender las pruebas de fe que se nos hayan dado; aun cuando la vida parezca sombría y lóbrega, por medio de la fe, tenemos la confianza absoluta de que un amoroso Padre Celestial está a nuestro lado.

Tal y como prometió el apóstol Pablo: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”21.

Y un día traspasaremos completamente la oscuridad y veremos la luz; comprenderemos Su plan eterno, Su misericordia y Su amor.

“Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?”

Tal vez si los miembros de la Iglesia confiaran de corazón, convirtieran sus esperanzas y creencias en acciones y procuraran obedecer la voluntad del Señor, la respuesta a esa pregunta que el Salvador hizo hace dos mil años podría ser un resonante: “Sí, encontrará fe. Él encontrará fe entre los que han tomado Su nombre consigo; encontrará fe entre los que viven Sus principios divinos”.

Testimonio

Testifico que mediante nuestro profeta, vidente y revelador, el presidente Gordon B. Hinckley, nuestro Señor y Salvador Jesucristo nos habla en la actualidad. Testifico que el Evangelio fue restaurado en su plenitud por medio del profeta José Smith. La fe, un poder eterno, es un don de nuestro Padre Celestial para toda la humanidad. De esta verdad eterna doy mi testimonio personal en el nombre de Jesucristo. Amén.

  1. Lucas 18:8.

  2. “Fe”, Webster’s Ninth New Collegiate Dictionary, pág. 446.

  3. Véase la Guía para el Estudio de las Escrituras, págs. 78–79.

  4. Véase 1 Reyes 17:11–16.

  5. Hebreos 11:1; véase también Hebreos 11:2–40; Éter 12:7–22.

  6. 1 Corintios 2:5.

  7. Romanos 1:17.

  8. Juan 20:29.

  9. 1 Pedro 1:8–9.

  10. Santiago 2:17.

  11. Véase “A los jóvenes y a los hombres”, Liahona, enero de 1999, pág. 65.

  12. D. y C. 8:2.

  13. Hebreos 11:3.

  14. Marcos 9:23.

  15. Juan 14:12.

  16. Véase 1 Corintios 2:14.

  17. Éter 12:12.

  18. Éter 12:19.

  19. Véase D. y C. 90:24.

  20. Alma 36:3.

  21. Romanos 5:1.