La Iglesia mundial es bendecida por la voz de los profetas

Dieter F. Uchtdorf


Demos oídos a los profetas de nuestros días mientras nos ayudan a fijar nuestra atención en las cosas que son fundamentales en el plan del Creador.

¡Qué gozo y privilegio es formar parte de esta Iglesia mundial y ser enseñados y edificados por profetas, videntes y reveladores! Esta conferencia se está transmitiendo a 68 países y se está traduciendo en 55 idiomas. Es en verdad una Iglesia global, con miembros diseminados a través de las naciones de la tierra. Todos somos hijos de un Dios viviente y amoroso, nuestro Padre Celestial. Les expreso mi amor, estimados hermanos y hermanas.

Hace sólo tres meses, bajo el inspirado liderazgo del presidente Gordon B. Hinckley, nos unimos en la dedicación del reconstruido Templo de Nauvoo, ocasión que remontó nuestros pensamientos al profeta José y renovó nuestros recuerdos de los primeros santos; sus sacrificios, penas y lágrimas; pero a la vez de su valor, fe y confianza en el Señor. No tengo ningún antepasado entre los pioneros del siglo diecinueve; sin embargo, desde los primeros días en que me uní a la Iglesia he sentido un estrecho vínculo con esos primeros pioneros que cruzaron las praderas. Ellos son mis antepasados espirituales, del mismo modo que lo son para todo miembro de la Iglesia, sea cual sea su nacionalidad, idioma o ámbito cultural. Ellos establecieron no sólo un lugar seguro en el Oeste, sino también un fundamento espiritual para la edificación del reino en todas las naciones del mundo.

Ahora que el mensaje del Evangelio restaurado de Jesucristo está siendo aceptado en el mundo, todos somos pioneros en nuestro propio ámbito y circunstancia. Fue en el caos de la Alemania posterior a la Segunda Guerra Mundial que mi familia oyó por primera vez acerca de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. George Albert Smith era el Presidente en ese entonces. Yo era sólo un niño, y dos veces en menos de siete años perdimos todas nuestras pertenencias. Éramos refugiados con un futuro incierto. No obstante, durante esos mismos siete años, obtuvimos más de lo que cualquier cantidad de dinero pudiese comprar. Encontramos un refugio celestial, un lugar de defensa en contra de la desesperanza: el Evangelio de Jesucristo y Su Iglesia, dirigida por un profeta verdadero y viviente.

Durante ese periodo de mi niñez, jugué en casas bombardeadas y me crié entre las ruinas que resultaron de una guerra perdida, dándome cuenta de que mi propio país había infligido terrible dolor a muchas naciones durante la horrorosa Segunda Guerra Mundial.

Las buenas nuevas de que Jesucristo había llevado a cabo la perfecta Expiación por la humanidad, redimiendo a todos del sepulcro y recompensando a cada uno según sus obras, fue el poder sanador que le infundió esperanza y paz a mi vida.

Cualesquiera sean nuestros retos en la vida, nuestras cargas pueden ser ligeras si no sólo creemos en Cristo, sino también en Su capacidad y en Su poder para purificar y dar consuelo a nuestras vidas, y aceptamos Su paz.

El presidente David O. McKay era el profeta durante mi adolescencia. Era como si le conociera personalmente: podía sentir su amor, bondad y dignidad; me infundió confianza y valor en mi juventud. A pesar de que me crié en Europa, a miles de kilómetros de distancia, pensaba que él confiaba en mí, y no quería desilusionarlo.

Otra fuente de fortaleza fue la epístola que el apóstol Pablo escribió mientras estaba en la cárcel, dirigida a Timoteo, su ayudante y amigo más fiel. Él escribió:

“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.

“Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor” (2 Timoteo 1:7–8).

Esas palabras de uno de los antiguos apóstoles de nuestro Salvador me parecieron sumamente importantes después de la Guerra, así como me lo parecen hoy en día. Y sin embargo, cuántos de nosotros permitimos que los temores se apoderen de nosotros en esta época de tensión internacional, incertidumbres económicas y políticas, y de retos personales.

Dios se dirige a nosotros con voz uniforme. Dios tratará de igual modo a toda la familia humana. Tal vez formemos parte de un barrio grande o de una rama pequeña, el clima o la vegetación tal vez sean diferentes, los antecedentes culturales y el idioma quizás varíen, y el color de nuestra piel podrá ser totalmente distinto, pero el poder universal y las bendiciones del Evangelio restaurado están al alcance de todos, sin importar cultura, nacionalidad, sistema político, tradición, idioma, ambiente económico o educación.

Hoy en día tenemos de nuevo apóstoles, videntes y reveladores que son los atalayas en la torre, mensajeros de la verdad sanadora y divina. Dios se dirige a nosotros por medio de ellos. Ellos son plenamente conscientes de las diversas circunstancias en las que nosotros como miembros vivimos; ellos están en este mundo, pero no son de él.

Tenemos un profeta viviente sobre la faz de la tierra, sí, Gordon B. Hinckley. Él conoce nuestros retos y temores; él tiene las respuestas inspiradas. Hace un año, en su manera optimista y clara nos enseñó:

“No hay necesidad de temer. Podemos tener paz en nuestros corazones y paz en nuestros hogares. Cada uno de nosotros puede ser una influencia para bien en este mundo…

“Nuestra seguridad yace en el arrepentimiento. Nuestra fortaleza proviene de la obediencia a los mandamientos de Dios” ( “Los tiempos en los que vivimos”, Liahona, enero de 2002, pág. 86).

Los profetas nos hablan en el nombre del Señor y con toda sencillez. El Libro de Mormón lo ratifica de este modo: “Porque el Señor Dios ilumina el entendimiento; pues él habla a los hombres de acuerdo con el idioma de ellos, para que entiendan” (2 Nefi 31:3).

Tenemos la responsabilidad no sólo de escuchar sino de actuar de acuerdo con Su palabra, a fin de que podamos obtener las bendiciones de las ordenanzas y convenios del Evangelio restaurado. Él dijo: “Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo; mas cuando no hacéis lo que os digo, ninguna promesa tenéis” (D. y C. 82:10).

Tal vez haya ocasiones en las que nos sintamos abrumados, heridos o al borde del desánimo al poner un gran esfuerzo por ser miembros perfectos de la Iglesia. Pero tengan la seguridad de que sí hay bálsamo en Galaad. Demos oídos a los profetas de nuestros días mientras nos ayudan a fijar nuestra atención en las cosas que son fundamentales en el plan del Creador para el destino eterno de Sus hijos. No tenemos que hacer todo, pero todos tenemos que hacer algo. El Señor nos conoce; Él nos ama; Él desea que tengamos éxito, y nos alienta con estas palabras: “Y mirad que se hagan todas [las] cosas con prudencia y orden; porque no se exige que [los hombres o las mujeres corran] más aprisa de lo que sus fuerzas [les] permiten… [porque] conviene que [sean diligentes]” (Mosíah 4:27).

¿Somos diligentes al vivir los mandamientos de Dios, sin correr más aprisa de lo que nuestras fuerzas lo permitan? ¿O estamos simplemente caminando despreocupados? ¿Utilizamos nuestro tiempo, talentos y recursos con prudencia? ¿Nos concentramos en las cosas que son más importantes? ¿Estamos siguiendo el consejo inspirado de los profetas?

Un ejemplo es el fortalecimiento de nuestras familias. El principio de la noche de hogar para la familia nos fue dado en 1915. El presidente McKay de nuevo recordó a los padres en 1964 que “ningún otro éxito puede compensar el fracaso en el hogar” (citado en “La dignidad personal para ejercer el sacerdocio”, Liahona, julio de 2002, pág. 60). En 1995, los profetas de nuestros días hicieron una apelación al mundo de fortalecer la familia como la unidad fundamental de la sociedad. Y hace apenas tres años, la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles cariñosamente declararon: “Aconsejamos a los padres y a los hijos dar una prioridad predominante a la oración familiar, a la noche de hogar para la familia, al estudio y a la instrucción del Evangelio y a las actividades familiares sanas. Sin importar cuán apropiadas puedan ser otras exigencias o actividades, no se les debe permitir que desplacen los deberes divinamente asignados que sólo los padres y las familias pueden llevar a cabo en forma adecuada” (“Carta de la Primera Presidencia”, Liahona, diciembre de 1999, pág. 1).

Con humildad y fe renovemos nuestra dedicación y devoción de seguir a los profetas, videntes y reveladores con toda diligencia. Demos oídos y seamos instruidos y edificados por aquellos que poseen todas las llaves del reino. Y al asistir a esta conferencia, rogamos que se realice un cambio en nuestros corazones, que haya un gran deseo de hacer lo bueno (véase Alma 19:33), y que seamos pioneros en la edificación de un fundamento espiritual que establezca la Iglesia en la región del mundo donde vivamos. En el nombre de Jesucristo. Amén.