“¿No son diez los que fueron limpiados?”

David B. Haight

Of the Quorum of the Twelve Apostles


David B. Haight
Si vamos a demostrar gratitud a nuestro Padre Celestial en forma apropiada, debemos hacerlo con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza.

Cuando el presidente Thomas S. Monson pidió a los nuevos miembros de los Setenta y a la presidencia general de las Mujeres Jóvenes que subieran a tomar sus lugares en el estrado, recordé vívidamente el día en que, en abril de 1970, me llamaron para ser Ayudante del Quórum de los Doce, lo cual fue una sorpresa para mí. Hacía pocas horas que lo sabía. Cuando me invitaron a tomar asiento en uno de los sillones rojos del viejo Tabernáculo, el coro empezó a cantar “Oh, divino Redentor”. Al escuchar el suplicante canto con su maravillosa melodía, en silencio pedí al Salvador que me aceptara y no recordara mis fracasos, mis faltas ni mis pecados (véase Salmos 25:7). ¡Qué magnífico día fue aquél! Todo eso me pasó por la memoria cuando el presidente Monson extendió su invitación hoy.

Es para mí un honor estar aquí esta tarde para pasar unos momentos con todos ustedes y expresarles mi testimonio y mis sentimientos acerca de esta obra maravillosa.

Le dije al élder Neal A. Maxwell que llegaría hasta aquí sin el bastón; me lo ofreció, pero le dije: “No, me las arreglo sin él. Te demostraré que tengo la fe para que sea así”. Al envejecer y con el correr de los años, me siento honrado de tener esta oportunidad, y de tener la capacidad y el deseo de presentarme y testificarles de las bendiciones del Evangelio que he recibido durante estos muchos años pasados. No sé si seré el más viejo que hay en esta gran sala hoy; me encuentro en mi nonagésimo séptimo año de vida. Cuando se anunció esta mañana que ésta es la conferencia general semestral número 172 de la Iglesia, se me ocurrió que algunas personas jóvenes pensarán que ciento setenta y dos años es un tiempo muy, muy largo. Les hablaré del centenario de la organización de la Iglesia; ese año nos casamos Ruby y yo. Era 1930. Así que éste es el aniversario 172 de la Iglesia y hemos estado casados setenta y dos años. Lo menciono para que los matemáticos entre ustedes recuerden el número ciento setenta y dos. Se llega a él fácilmente.

En este momento deseo rendir tributo y expresar gratitud a mi Padre Celestial por las bendiciones que he recibido durante toda mi vida, por haber nacido de buenos padres y haberme criado en un buen hogar. Y, por haberme relacionado con buena gente en todas las actividades en las que he participado al viajar por todo el país. Las buenas personas influyen en nosotros, ayudan a moldear nuestra personalidad y carácter, y contribuyen a que formemos parte de la sociedad y vivamos en la forma en que debemos vivir; nos ayudan a llevar a cabo empresas dignas y nos levantan a un plano más elevado. Estoy sumamente agradecido a mi Padre Celestial por las bendiciones que he tenido. Doy testimonio de Él, de que sé que es nuestro Padre y que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, el Creador y el Salvador de toda la humanidad. Estoy agradecido por la misión majestuosa que Él tuvo en la Creación y en el establecimiento del Evangelio en la tierra, y por la oportunidad que ofrece a los seres humanos, si lo escuchan, de aprender y comprender y de recibir las bendiciones del cielo, si las merecen y viven de tal manera que el Evangelio se convierta en una gran parte de su vida.

Siento gratitud por mis antepasados que se convirtieron a la Iglesia en los primeros días de ésta, que se mudaron del estado de Nueva York a Nauvoo y participaron allí en el templo, y luego vinieron con el éxodo hasta el Oeste. Al contarles hoy de todas esas bendiciones, estoy agradecido por todas ellas.

Debo referirme al presidente Gordon B. Hinckley, quien pronunció un magnífico discurso esta mañana dándonos un resumen de los últimos años y, particularmente, de los acontecimientos de Nauvoo y de la reconstrucción de ese majestuoso templo. Todo lo que ha ocurrido allí ha sido una bendición para el mundo y para la humanidad.

Quiero que el presidente Hinckley sepa que lo he observado atentamente desde que lo llamaron para ser otro consejero del presidente Spencer W. Kimball y al asumir sus funciones en la Primera Presidencia. ¡Cómo ha progresado y madurado y recibido inspiración y guía al ejecutar los hechos de los que hemos sido testigos! Muchos hemos participado con una pequeña intervención en la visión que él ha tenido del progreso de la Iglesia últimamente, incluso de la edificación de templos, de los cuales tenemos ciento catorce en funcionamiento. Todo eso ha sido resultado de la dirección inspirada del presidente Hinckley. Bendito sea por lo que ha hecho para ayudar a la Iglesia a extenderse y a darse a conocer y mejorar por todo el mundo. Estamos sumamente agradecidos por lo que ha hecho, por la reputación que goza hoy la Iglesia y por su liderazgo.

Según lo que está escrito en Lucas, un día el Salvador entró en una población donde había diez leprosos. Los que hemos crecido en los últimos años sabemos muy poco acerca de los leprosos. La lepra era antiguamente una terrible y temible enfermedad. Aquellos diez leprosos se acercaron al Salvador y le dijeron: “Maestro, ten misericordia de nosotros”, ten misericordia de los que sufrimos esta terrible plaga de la lepra. Y Él les dijo: “Id, mostraos a los sacerdotes”, y eso hicieron. Fueron a los sacerdotes y todos fueron sanados, los diez. Poco después, uno de ellos volvió al Salvador y se puso de rodillas, postrado, agradeciéndole el haberlo bendecido y curado de aquella terrible enfermedad. Y el Salvador le dijo: “¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve restantes, ¿dónde están?” (Véase Lucas 17:11–19.)

Me ha impresionado mucho ese relato al leerlo una y otra vez,. ¿Les gustaría ser parte de la “sociedad de los nueve”? ¿Qué les parece, ser parte de aquellos que olvidan volver al Salvador y reconocer las bendiciones que Él les ha dado? Sólo uno volvió.

Es tan fácil para nosotros recibir bendiciones, muchas de ellas casi inadvertidas, y ver que suceden cosas que pueden contribuir a cambiar nuestra vida, a mejorarla y a recibir en ella al Espíritu. Pero a veces las tomamos como algo natural. Cuán agradecidos debemos estar por las bendiciones que el Evangelio de Jesucristo proporciona a nuestro corazón y nuestra alma. Quiero recordarles a todos que si vamos a demostrar gratitud a nuestro Padre Celestial en forma apropiada, debemos hacerlo con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza, porque fue Él quien nos dio la vida y el aliento. Él nos dio la oportunidad de vivir, de tener el Evangelio en nuestra vida, de tener el ejemplo de buenas personas como el presidente Hinckley que hoy dirige la Iglesia en todo el mundo; y a los jóvenes, la oportunidad de observarlo con orgullo y agradecimiento por tener un líder que tiene el aspecto y el comportamiento de un líder espiritual digno y que demuestra el efecto del Espíritu de Cristo en nuestro corazón y nuestra alma. Al magnificarse, desarrollarse y expandirse esa gratitud, podrá bendecirnos el corazón, la mente y el alma hasta el punto de despertar en nosotros el deseo de seguir adelante y hacer las cosas que se nos pide que hagamos.

Nosotros tenemos gran parte de nuestra familia esparcida entre por lo menos veinte localidades de los Estados Unidos e Inglaterra. Yo les he sugerido que cuando tengan la oportunidad de sostener a las Autoridades Generales, particularmente al presidente Hinckley y a sus consejeros, si tienen que ponerse de pie junto a una radio o dondequiera que estén, que levanten la mano con entusiasmo y se digan: “Estoy tomando parte en el sostenimiento de los líderes de la Iglesia”. Al levantar la mano hoy, podía imaginarme a algunos pequeñitos —niños a los que queremos y adoramos— levantando las manitas en varias partes del mundo. Espero que podamos inspirar en ellos, junto con el Espíritu del Señor, un deseo de aprender, de saber, de vivir y ser parte del Evangelio de Jesucristo. Esperamos que disfruten plenamente de las oportunidades de desarrollar el carácter y que sean capaces de esforzarse y ayudar a cambiar y a elevar el corazón de otras personas.

Dios vive. Él es nuestro Padre. Les testifico que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, y que el profeta José Smith fue el Profeta de la Restauración. El presidente Hinckley es hoy el líder inspirado de esta Iglesia en todo el mundo. Bendito sea por todo lo que hace y por la inspiración y revelación y visión que tiene al llevar adelante la obra. Y dejo este testimonio con ustedes en el nombre de Jesucristo. Amén.