2000–2009
Con santidad de corazón
Octubre 2002


Con santidad de corazón

Cada vez que tendemos la mano con amor, paciencia, bondad y generosidad, honramos nuestros convenios al decir: “Heme aquí, envíame”.

Aunque somos muchas más que aquellas hermanas de la Sociedad de Socorro de Nauvoo, el espíritu de nuestra congregación es el mismo. Tal como nosotras, ellas se edificaron, alentaron e inspiraron unas a otras; oraron las unas por las otras; consagraron al reino todo lo que poseían. El presidente Hinckley nos ha descrito como “una gran reserva de fe y de buenas obras… un áncora de devoción, de lealtad y de logros”1. Cuán extraordinario es que, ya sea que estemos en el Centro de Conferencias, en una capilla en México o en una rama en Lituania, somos hermanas en Sión con una gran tarea que realizar. Y juntas, con la guía de un profeta de Dios, lo lograremos. Espero que puedan sentir el amor que tengo hacia ustedes, el mismo que comparten mis consejeras, quienes son una gran bendición para mí.

Decir que me quedé estupefacta cuando el presidente Hinckley me llamó a ser la presidenta general de la Sociedad de Socorro es quedarse corta. Ustedes me comprenden; pero, con voz trémula, respondí: “Heme aquí, envíame”. Cuando una amiga judía se enteró de lo que este llamamiento requería, me miró como si yo estuviera loca y me preguntó: “Bonnie, ¿por qué has aceptado eso?”. (En ocasiones como ésta, a menudo me pregunto lo mismo.) Pero hay una razón por la que lo hice: he hecho convenios con el Señor y sé lo que eso requiere. Además, sabía que ustedes y yo serviríamos juntas y que mis esfuerzos serían en beneficio de todas nosotras.

Desde hace siglos, las mujeres rectas se han estado uniendo a la causa de Cristo. Muchas de ustedes se han bautizado hace poco; los convenios que han hecho son nuevos en sus corazones y sus sacrificios son recientes. Al pensar en ustedes, recuerdo a Priscilla Staines, de Wiltshire, Inglaterra, que a los diecinueve años se unió a la Iglesia en 1843. Sola, tuvo que salir secretamente por la noche para ser bautizada, debido a las persecuciones de sus vecinos y el descontento de su familia. Ella escribió: “Esperamos hasta la medianoche… y nos dirigimos a un arroyuelo que había a cuatro kilómetros de distancia. Encontramos el agua… congelada, y el élder tuvo que abrir un hoyo lo suficientemente grande para efectuar el bautismo. Nadie, sólo Dios y Sus ángeles, y los pocos testigos que aguardaban en la orilla, escucharon mi convenio; pero en la solemnidad de esa hora, parecía que toda la naturaleza estaba escuchando y que el ángel registrador escribía nuestras palabras en el libro del Señor”2.

Sus palabras: “Nadie, sólo Dios y Sus ángeles… escucharon mi convenio”, me conmovieron profundamente, porque, al igual que Priscilla —no importa nuestra edad, nuestro conocimiento del Evangelio, ni nuestro tiempo en la Iglesia—, todas somos mujeres del convenio. Ésta es una frase que a menudo oímos en la Iglesia, pero, ¿qué significa? ¿En qué forma los convenios definen quiénes somos y cómo vivimos?

Los convenios —o las promesas que tienen validez entre nosotros y nuestro Padre Celestial— son esenciales para nuestro progreso eterno. Paso a paso, Él nos instruye para que seamos como Él al invitarnos a participar en Su obra. Cuando nos bautizamos, hacemos el convenio de amarle con todo nuestro corazón, y de amar a nuestros hermanos y hermanas como a nosotras mismas. En el templo hacemos convenios adicionales de ser obedientes, generosos, fieles, honorables y caritativos. Hacemos el convenio de hacer sacrificios y de consagrar todo lo que tenemos. Cuando guardamos los convenios forjados mediante la autoridad del sacerdocio, recibimos bendiciones hasta rebosar nuestra copa. ¿Cuán a menudo reflexionan en que sus convenios se extienden más allá de la vida terrenal y en que las ponen en contacto con lo Divino? El hacer convenios es la manifestación de un corazón dispuesto; el guardarlos es la manifestación de un corazón fiel.

Parece muy sencillo al leerlo, ¿verdad? Naturalmente, al llevarlo a la práctica es donde probamos quiénes somos en realidad. Por eso, cada vez que tendemos la mano con amor, paciencia, bondad y generosidad, honramos nuestros convenios al decir: “Heme aquí, envíame”. Por lo general, decimos esas palabras en forma callada y privada, sin alarde de extravagancia.

¿Cuándo los convenios que otra persona ha hecho con el Señor han sido una bendición para ustedes o les han traído paz y aliento a su alma? Cuando mi esposo y yo fuimos misioneros en Inglaterra, vimos a muchos élderes y hermanas cuyas vidas reflejaban la influencia directa de los convenios de mujeres rectas. Yo estaba tan agradecida por las madres, las hermanas, las tías y las maestras —como muchas de ustedes— que, al guardar sus convenios, hicieron llegar bendiciones a los demás por la forma en la que enseñaron a esos futuros misioneros.

Los convenios no sólo nos persuaden a dejar lo que es cómodo y a entrar en una nueva etapa de progreso, sino que conducen a los demás a hacer lo mismo. Jesús dijo: “…pues las obras que me habéis visto hacer, ésas también las haréis”3. Él guardó Sus convenios y eso nos alienta a guardar los nuestros.

Los convenios nos libran del sufrimiento innecesario. Por ejemplo, cuando obedecemos la guía del Profeta, guardamos un convenio. Él nos ha aconsejado que evitemos las deudas, que tengamos un abastecimiento de alimentos y que seamos autosuficientes; pero el vivir dentro de lo que nuestros ingresos nos permitan, nos bendice más allá de esa obediencia; nos enseña gratitud, autodominio y generosidad; nos brinda paz de las presiones económicas y protección de la avaricia del materialismo. El mantener nuestras lámparas con aceite significa que las circunstancias imprevistas no nos obstaculizan las oportunidades para declarar con devoción: “Heme aquí, envíame”.

Los convenios que se renuevan dan energía y vigor al alma abatida. Cada domingo, cuando participamos de la Santa Cena, ¿qué sucede en nuestro corazón cuando escuchamos las palabras “y a recordarle siempre”?4. ¿Mejoramos a la semana siguiente, concentrándonos en lo que es más importante? Sí, afrontamos dificultades; sí, es pesado hacer cambios, pero, ¿se han preguntado cómo soportaron nuestras hermanas el haber sido expulsadas de Nauvoo, muchas de ellas caminando todo el camino? Cuando se les cansaban los pies, ¡sus convenios les infundían aliento! ¿Qué otra cosa podría haberles brindado esa fortaleza espiritual y física?

Los convenios nos protegen también de ser “llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error”5. Las mujeres del convenio permanecen firmes cuando a lo malo se le llama bueno, y a lo bueno malo. Ya sea en las aulas de la universidad, en el trabajo, o al ver a los “expertos” por televisión, el recordar nuestros convenios nos impide ser engañadas.

Los convenios nos mantienen a nosotras y a nuestros seres queridos espiritualmente seguros y preparados al poner lo más importante en primer plano. Por ejemplo, en lo referente a las familias, no nos podemos permitir la indiferencia ni la distracción. La niñez está desapareciendo; muy pocos han conocido los días felices que yo conocí al criarme en una granja. El presidente Hinckley ha dicho: “Creo que nuestros problemas, casi cada uno de ellos, sale de los hogares de la gente. Si va a haber un cambio… se debe comenzar en el hogar. Es allí donde se aprende la verdad, donde se cultiva la integridad, se inculca la autodisciplina y donde se nutre el amor”6.

Hermanas, el Señor necesita mujeres que enseñen a sus hijos a trabajar, a aprender, a servir y a creer. Ya sean los nuestros, o los de otra persona, debemos estar dispuestas a decir: “Heme aquí, envíame para cuidar a tus pequeñitos, a ponerlos en primer lugar, a guiarlos y protegerlos de la maldad, a amarlos”.

Algunas veces nos enfrentamos con el dilema de guardar nuestros convenios cuando no parece haber una razón lógica para hacerlo. Escuché a una hermana soltera relatar su experiencia de “haber llegado a confiar plenamente en el Señor”. Su vida no era lo que había esperado. ¿Les parece familiar? Ese periodo de introspección se distinguió por cambios de trabajo, nuevas presiones económicas, la influencia de filosofías mundanas. Presten atención a lo que ella hizo. Al tratar con las otras hermanas del barrio, descubrió que ellas también buscaban la paz que brinda el Evangelio. Pidió que le dieran una bendición del sacerdocio; con valor cumplió su llamamiento; estudió y trató de dedicar más plenamente su amor, gratitud y convicción a Jesús. Ella oró. “Le supliqué al Señor”, contó, “y le dije que haría lo que Él me pidiera hacer”. Lo hizo a pesar de esas dificultades. ¿Y saben lo que ocurrió? No, su compañero eterno no se presentó a la puerta, sino que la paz le llegó al corazón y su vida se mejoró.

Hermanas, guardamos nuestros convenios cuando compartimos la sabiduría de la vida para alentarnos mutuamente, cuando hacemos las visitas de maestras visitantes con compasión sincera, cuando le hacemos saber a una hermana más joven que su punto de vista nos beneficia en la Sociedad de Socorro. ¡Eso lo podemos hacer!

Cuando la joven Priscilla, la conversa británica de 1843, cruzó el Atlántico, una mujer de la edad de su madre le dio su amistad. Esa hermana mayor también sintió el gran deseo de cumplir sus convenios. Al llegar al muelle de Nauvoo, ella estuvo al lado de Priscilla; juntas, audaces y optimistas, se unieron a los santos de Dios7.

La integridad espiritual para guardar nuestros convenios se deriva del ser constantes en el estudio de las Escrituras, de la oración, del servicio y del sacrificio. Esos pasos sencillos nutren nuestras almas para poder decir: “Envíame a ayudar a una hermana y a su recién nacido; envíame a instruir a un alumno con dificultades; envíame a amar a una persona que no sea miembro de la Iglesia; envíame donde me necesites y cuando me necesites”.

El Señor nos ha llamado a hacer nuestras tareas con “santidad de corazón”8. Y la santidad es el resultado del vivir los convenios. Amo la letra de este himno y cómo me hace sentir:

Más santidad dame,

más consagración;

más paciencia dame,

más resignación,

más rica esperanza,

más abnegación,

más celo en servirte,

con más oración”9.

La santidad da lugar a las palabras: “Heme aquí, envíame”. Cuando Priscilla Staines hizo su convenio de medianoche en aquellas aguas congeladas, dio un paso a una nueva vida, con la ropa casi congelada, pero con el corazón cálido de gozo: “No podía volver atrás”, dijo. “Me propuse obtener la recompensa de la vida eterna, confiando en Dios”10.

Presidente Hinckley, con las hermanas de la Sociedad de Socorro de todo el mundo, le reitero que permanecemos unidas como mujeres del convenio y que escuchamos su voz. En una multitud de idiomas, escuche las palabras de todas las hermanas de la Sociedad de Socorro que decimos: “Heme aquí, envíame”.

Ruego que los convenios individuales que nos unen a nuestro amado Padre Celestial nos guíen, nos protejan, nos santifiquen y nos permitan hacer lo mismo para todos Sus hijos, es mi oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.

  1. “Caminando a la luz del Señor”, Liahona, enero de 1999, pág. 115.

  2. Citado en Edward W. Tullidge, The Women of Mormondom, 1877, pág. 287; véanse también las págs. 285–286, 288.

  3. 3 Nefi 27:21.

  4. D. y C. 20:77, 79.

  5. Efesios 4:14.

  6. Liahona, enero de 1999, pág. 117.

  7. Véase Tullidge, Women of Mormondom, págs. 289, 291.

  8. D. y C. 46:7.

  9. “Más santidad dame”, Himnos, Nº 71.

  10. Tullidge, Women of Mormondom, pág. 288.