Todas son enviadas del cielo

James E. Faust

Second Counselor in the First Presidency


James E. Faust
Su función como hermanas es especial y exclusiva en la obra del Señor. Ustedes son las que crían con cariño y cuidan con esmero.

Mis amadas hermanas, su presencia es deslumbrante y me sobrecoge. Con gratitud reconocemos la presencia del presidente Hinckley y del presidente Monson. La música del coro nos ha elevado el espíritu en gran medida. La oración de la hermana Sainz ha sido una invitación a que la Divinidad esté con nosotros. Los inspirados mensajes de las hermanas Bonnie Parkin, Kathleen Hughes y Anne Pingree han sido excepcionales. El presidente Hinckley, el presidente Monson y yo participamos en el apartamiento y bendición de estas tres hermanas como integrantes de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro. Su inspirada asignación es guiar esta gran organización de hermanas bajo la dirección del sacerdocio. Las bendiciones que se pronunciaron sobre estas tres hermanas colectiva e individualmente fueron de peso. Cuando el presidente Hinckley apartó a la hermana Parkin, recordó a las hermanas: “el profeta José Smith reseñó la obra de la Sociedad de Socorro para tender una mano de ayuda, para atender a las necesidades de los pobres, de los necesitados, de los atribulados y afligidos, y para bendecir a la mujer”.

Nuestro tema en esta ocasión es: “Señor… Heme aquí, envíame…”. Esas palabras tan sencillas son muy apropiadas al dirigirme a ustedes, hermanas, en esta oportunidad, puesto que muchísimas de ustedes demuestran con gran eficacia la buena disposición a prestar servicio. Todas ustedes han sido enviadas del cielo. Ustedes constituyen el bellísimo adorno de la raza humana. Su función como hermanas es especial y exclusiva en la obra del Señor. Ustedes son las que crían con cariño y cuidan con esmero, y las que tienen, como dijo el profeta José Smith, “sentimientos de caridad y benevolencia” 1 .

No tengo palabras para expresar mi respeto, reconocimiento y admiración para con ustedes, magníficas hermanas. Las mujeres de todas las épocas en esta Iglesia ha sido dotadas del don divino y singularmente femenino de la compasión. Nos asombran sus actos de fe, de dedicación, de obediencia y de amoroso servicio, así como su ejemplo de rectitud. Esta Iglesia no hubiese podido haber alcanzado su destino sin las dedicadas y fieles mujeres que, en su rectitud, han fortalecido la Iglesia de un modo infinito. A través de los años, las hermanas de la Iglesia se han enfrentado con desafíos tan grandes como los de ustedes hoy en día. Si bien sus desafíos son diferentes de los de sus madres, sus abuelas y sus bisabuelas, son muy reales.

Me regocijo por que tanto en la Iglesia como en el mundo las oportunidades para las mujeres van aumentando. Confiamos en que realcen esas mayores oportunidades con su sublime toque femenino. Esas oportunidades en realidad no tienen límite. Cuando el profeta José estableció esta organización, “dio vuelta a la llave para la emancipación de la mujer” y “dio vuelta a la llave para todo el mundo” 2 . Desde que se dio vuelta a esa llave en 1842, ha llegado más conocimiento a la tierra y a las mujeres que el que ha llegado en toda la historia de este mundo.

A lo largo de los años, esta gran sociedad para las mujeres ha progresado bajo inspiración, pero la obra básica de la Sociedad de Socorro no ha cambiado. El profeta José indicó de forma muy directa que la obra de ustedes “no es sólo aliviar al pobre, sino salvar almas” 3 .

Creo que los cuatro grandes e imperecederos conceptos de esta sociedad son:

Primero, es una hermandad establecida divinamente.

Segundo, es una sociedad de aprendizaje.

Tercero, es una organización cuyo objetivo básico es servir a los demás. Su lema es: “La caridad nunca deja de ser”.

Cuarto, es una sociedad en la que las mujeres pueden tratarse con sociabilidad y establecer amistades eternas 4 .

Me complace que ustedes, las hermanas más jóvenes, tengan la oportunidad de participar en la Sociedad de Socorro a los dieciocho años de edad. Enorme será el beneficio que recibirán del ser miembros de esta organización de importancia vital. Recibirán bendiciones a medida que participen de buen grado con las hermanas en el servicio caritativo y en el cuidado esmerado de los necesitados. El curso de estudio de la Sociedad de Socorro se centra en la doctrina básica y les brindará la oportunidad de estudiar el Evangelio e incrementar su espiritualidad. El curso de estudio es adecuado para todo el género humano y no tan sólo para las esposas y madres. De todas las hermanas, incluidas ustedes, las más jóvenes, “debe hacerse memoria” y deben “ser nutrid[a]s por la buena palabra de Dios” 5 . La doctrina las fortalecerá y les ayudará a cultivar la espiritualidad necesaria para vencer los desafíos de la vida.

Una jovencita a quien conozco muy bien me hizo el siguiente comentario:

“Tengo dieciocho años y soy el miembro más joven de la Sociedad de Socorro del barrio. Me gusta ir a la Sociedad de Socorro con mi madre y mi abuela porque es muy agradable pasar un rato con ellas como amigas. Me gusta oír a mi mamá conversar con sus amigas debido a que eso me brinda la ocasión de llegar a conocer a las hermanas de su edad. Hay varias damas que me abrazan y me preguntan dónde trabajo y qué hago durante el verano. Siempre me hacen sentir importante y especial para ellas. Gracias al haberme relacionado con las abuelas y las bisabuelas de mi barrio, he hecho nuevas y especiales amistades que han embellecido y bendecido mi vida. También me gustan las lecciones que dan las hermanas mayores, que han vivido en diversos lugares y que, con sus experiencias, me han enseñado mejores formas de hacer frente a los desafíos y los problemas de la vida. Las anécdotas que cuentan de sus propias vidas son interesantes y me sirven para identificarme con la lección. He llegado a darme cuenta de que la Sociedad de Socorro es en verdad para todas las mujeres, sea cual sea su edad” 6 .

Hermanas, sean cuales sean las circunstancias que les toque vivir, la influencia que ejerzan será prodigiosamente amplia. Creo que algunas de ustedes tienden a subestimar su enorme capacidad para ser una bendición para los demás. La mayoría de las veces lo son, no diremos en manifestaciones públicas, sino mediante su ejemplo de rectitud y sus innumerables y discretos actos de amor y de bondad que realizan con tan buena voluntad y muy a menudo en forma individual.

El interés especial del Señor en las viudas se evidencia profusamente en las Escrituras. Desde luego, ese interés también se extiende a todas las madres solas, quienes llevan sobre sus hombros numerosas cargas: deben proveer a sus hijos de alimento, de ropa y de otras cosas indispensables. Además, deben criar a sus hijos con amor y comprensión extras.

Hace poco recibí una carta del hijo de una hermana que se vio en esas circunstancias, y les citaré un párrafo de lo que me decía: “Mi mamá pudo estar en casa con nosotros cuando éramos pequeños. Eso era lo que ella deseaba, pero hace unos veintiocho años, con cuatro hijos cuyas edades fluctuaban entre los cinco y los catorce años, se vio obligada a conseguir un empleo fuera de casa a fin de proveer para nosotros al quedarse de repente como madre sola. En tanto sabemos que ésa no es la situación ideal para criar a los hijos, mamá se esforzó con diligencia por seguir educándonos con amor en el Evangelio y continuar ocupándose de todas las obligaciones familiares al mismo tiempo que trabajaba de jornada completa para mantenernos económicamente. Sólo ahora que yo mismo soy padre de familia y que tengo la bendición de que mi esposa esté en casa para cuidar de nuestros hijos, he comenzado a vislumbrar la amplitud de la situación y las pruebas de mi mamá al cuidar de nosotros en aquella época. Fue difícil y muy duro para ella, y deseo haber hecho más para facilitarle las cosas. Le estaré eternamente agradecido por lo que se sacrificó por darnos el ejemplo y enseñarnos a trabajar y cómo debíamos vivir. La sabiduría de la proclamación sobre la familia es particularmente patente para mí en la actualidad debido a las experiencias que vivimos en familia” 7 .

Muchas hermanas fieles y rectas no han tenido la oportunidad de casarse y, aun así, siempre han sido una parte muy importante y necesaria de esta sagrada obra. Esas mujeres maravillosas tienen una notable misión de ángeles de misericordia para con los padres, las hermanas, los hermanos, las sobrinas y los sobrinos, así como para con otros miembros de la familia y amigos. En la Iglesia hay muchas oportunidades de dar amor y ayudar con cariño. Las hermanas solteras, que pueden disponer de más tiempo, prestan un servicio magnífico.

La hermana Margaret Anderson, de Centerville, Utah, es un ejemplo admirable de persona sola que ha llevado una vida ejemplar y de realización en el servicio al prójimo. Durante muchos años, cuidó con cariño de su anciana madre, de su tía y de su hermana discapacitada. Guió y formó a cientos de niños como maestra de escuela de enseñanza primaria. Ahora, que ya se ha jubilado, sigue trabajando de voluntaria, cada semana, ayudando a los niños a aprender a leer. Sus actos de servicio han sido una bendición especial para los miembros de su barrio. Una jovencita comentó: “Cuando era pequeña, Margaret me hacía un pastel de cumpleaños todos los años y decoraba el baño azucarado con que lo recubría con las actividades que yo había realizado el año anterior, como el baile o el fútbol”. Ningún misionero sale de su barrio sin una de las billeteras de cuero que ella misma hace. Es valiosa como fuente de consulta en calidad de estudiosa del Evangelio, en particular, en la Sociedad de Socorro. Con gusto hace mandados y lleva en automóvil al templo a vecinos y amigos. Margaret es una cortés anfitriona; prepara deliciosas golosinas y pinta hermosos cuadros, lo cual disfruta compartiendo con los demás. En verdad, ella ha sido una bendición para incontables personas.

Los profetas del Señor han prometido reiteradamente que no se negará ninguna bendición a las hermanas solteras rectas de la Iglesia, si, por razones ajenas a su voluntad, no se han casado en esta vida ni han sido selladas a un digno poseedor del sacerdocio. Ellas podrán tener esas bendiciones para siempre en el mundo venidero. “Cada vez que se sientan afligidas y anhelen el afecto y el calor propios de una familia terrenal, recuerden que nuestro Padre Celestial conoce su angustia y que un día las bendecirá de una forma que sobrepujará a sus más caros sueños” 8 .

Después de la dedicación del magnífico nuevo Templo de Nauvoo, regresamos a casa en avión con las hermanas Parkin, Hughes, Pingree y sus nobles esposos. Pregunté a las hermanas si habían ido a la tienda de ladrillos rojos de Nauvoo, donde el profeta José estableció la Sociedad de Socorro el 17 de marzo de 1842, en la que sólo hubo veinte miembros presentes. La hermana Parkin dijo que sí habían ido al lugar.

Mientras hablaba con ellas, recordé vivamente que todas las hermanas de todas partes del mundo pueden heredar las bendiciones del Señor para las mujeres. El profeta José Smith dijo: “Y ahora, en el nombre del Señor, doy vuelta a la llave… y, desde ahora en adelante, descenderán sobre ella [esta sociedad] conocimiento e inteligencia” 9 . Esa bendición de conocimiento e inteligencia llega a todas las mujeres rectas de la Iglesia, sean cuales sean su raza o nacionalidad, y sean nuevas en la Iglesia o descendientes de alguno de los primeros veinte miembros que se reunieron en Nauvoo en 1842. Esas bendiciones fluyen a las hermanas que con buena disposición efectúan la obra de los ángeles.

Hace poco oí al élder Dieter Uchtdorf decir estas penetrantes palabras: “Ninguna de mis líneas familiares viene de Nauvoo. No soy descendiente de pioneros; pero, al igual que la mayoría de los miembros de la Iglesia de todo el mundo, me compenetro profundamente y de todo corazón con los santos de Nauvoo y su viaje a Sión. El esfuerzo constante de trazar mi propia senda religiosa hacia la Sión de ‘los puros de corazón’ me hace sentir estrechamente unido a los pioneros del siglo diecinueve. Ellos son mis antepasados espirituales, del mismo modo que lo son para todo miembro de la Iglesia, sea cual sea su nacionalidad, idioma o ámbito cultural. Ellos establecieron no sólo un lugar seguro en el Oeste, sino también el fundamento espiritual para la edificación del reino en todas las naciones del mundo”.

Ahora, vayan unas palabras a ustedes, las hermanas casadas. De un modo muy concreto, ustedes, hermanas, hacen de nuestros hogares refugios de paz y felicidad en un mundo agitado. Un marido recto es el poseedor del sacerdocio, sacerdocio que es la autoridad gobernante del hogar; pero él no es el sacerdocio, sino el poseedor del sacerdocio 10 . Su esposa comparte con él las bendiciones del sacerdocio. Él no está elevado en forma alguna sobre la condición divina de su esposa. El presidente Gordon B. Hinckley, en la reunión general del sacerdocio del recién pasado abril, dijo: “En el compañerismo del matrimonio no hay inferioridad ni superioridad; la mujer no camina delante del marido, ni el marido camina delante de la esposa; ambos caminan lado a lado, como un hijo y una hija de Dios en una jornada eterna”.

Y añadió: “Tengo la plena confianza de que cuando estemos ante el tribunal de Dios no se dirá mucho sobre cuánta riqueza hayamos acumulado en la vida, ni de los honores que hayamos logrado, pero se harán preguntas específicas en cuanto a nuestras relaciones en el hogar. Y estoy seguro de que únicamente aquellos que a lo largo de la vida hayan tenido amor, respeto y aprecio por su compañera e hijos recibirán de nuestro juez eterno las palabras: ‘Bien, buen siervo y fiel… entra en el gozo de tu señor’ ” 11 .

Las esposas que apoyan a su marido en los obispados, en las presidencias de estaca y en otros llamamientos del sacerdocio son una gran bendición para la Iglesia. Ellas prestan servicio entre bastidores callada y eficazmente, apoyando a la familia y el hogar mientras sus maridos ministran a los santos. He dicho “calladamente”; he oído decir que a algunas mujeres les agrada un hombre fuerte y silencioso que… ¡creen que les está prestando atención!

Nadie sabe mejor que yo la fortaleza que brinda la esposa que aporta todo su apoyo. Desde que nos casamos, mi esposa, Ruth, me ha sostenido y alentado en los muchos llamamientos que he tenido desde hace casi sesenta años. No hubiese podido haber prestado servicio ni un día sin su cariñoso apoyo. Estoy sumamente agradecido a ella y la amo muchísimo.

La viuda de uno de mis compañeros misionales, la hermana Effie Dean Bowman Rich, es una persona muy ocupada con su familia y con dos negocios. Además, es madre, abuela y bisabuela de una familia grande. Hace un tiempo, en medio de la dificultad de tener que satisfacer las exigencias de sus múltiples funciones, dijo: “¡Lo que necesito es una especie de esposa!”. Desde luego, lo que quería decir era que necesitaba la ayuda de alguien que se encargase de los innumerables detalles de los que una esposa recta y dedicada suele hacerse cargo con tanta eficacia.

Hermanas, sean cuales fuesen sus circunstancias, es preciso que todas ustedes tengan aceite en sus lámparas, lo cual significa estar preparadas. Todos recordamos la parábola de las diez vírgenes que habían sido invitadas a la cena de bodas. Cinco de ellas eran prudentes y estaban preparadas con aceite en sus vasijas para recibir al esposo; las otras cinco no estaban preparadas. Las diez arreglaron sus lámparas, pero cinco de ellas no tenían aceite suficiente y se les apagó la lámpara. Todos necesitamos la luz de nuestras lámparas para que nos guíe en la oscuridad. Todos deseamos recibir al Esposo y asistir a la fiesta de bodas.

Hace unos años, el presidente Spencer W. Kimball explicó gráficamente la tragedia del no estar preparados. Dijo que a las cinco vírgenes insensatas de la parábola “se les había enseñado. Se les había advertido a lo largo de toda su vida”. Durante el día, tanto las prudentes como las insensatas parecían iguales, pero a la hora de mayor oscuridad, cuando menos se le esperaba, llegó el esposo”. Las cinco cuyas lámparas se habían apagado se apresuraron a ir a comprar el aceite que necesitaban; pero, cuando llegaron al lugar de las bodas, la puerta estaba cerrada. Era demasiado tarde.

El presidente Kimball explicó: “Las insensatas pidieron a las otras que les diesen de su aceite, pero la preparación espiritual no se puede compartir en un instante. Las prudentes tuvieron que ir a dar la bienvenida al esposo; necesitaban todo su aceite para ellas mismas; no pudieron salvar a las insensatas”.

“En la parábola”, continuó diciendo, “el aceite podía comprarse en el mercado. En nuestra vida, el aceite de la preparación se acumula gota a gota mediante el vivir con rectitud. La asistencia a la reunión sacramental añade aceite a nuestra lámpara, gota a gota a través de los años. El ayuno, la oración familiar, la orientación familiar, el control de los apetitos físicos, la predicación del Evangelio, el estudio de las Escrituras, cada acto de dedicación y de obediencia es una gota que se añade a nuestro suministro. Los actos de bondad, el pago de las ofrendas y del diezmo, los pensamientos y los actos castos, el matrimonio en el convenio por la eternidad, todo ello contribuye de forma importante a aumentar el aceite con el cual podremos reabastecer nuestra lámpara a la medianoche” 12 .

Hermanas, es importante que tengan aceite en sus lámparas a fin de que, cuando digan al Señor: “Heme aquí, envíame…”, estén preparadas y reúnan los requisitos para ser enviadas. Todos hemos sido enviados del cielo, pero lo que podamos realizar en la obra del Señor dependerá en gran medida de nuestra buena disposición y aptitud.

Mi testimonio, que se basa en cincuenta y nueve años de vida familiar, es que la participación de mi esposa, Ruth, en la Sociedad de Socorro ha llevado mayor espiritualidad y armonía a nuestro hogar. Esta organización divinamente inspirada no sólo la ha bendecido a ella, sino también a cada uno de los miembros de nuestra familia. El tomar parte en la Sociedad de Socorro les reabastecerá el aceite de sus lámparas, les brindará la estabilidad y la resistencia que les hará falta para capear las tempestades de la vida y la jornada por la vida terrenal.

Cuando se llevó a cabo la primera conferencia de prensa después de que el presidente Hinckley fue ordenado y apartado en calidad de Presidente de la Iglesia, alguien pidió al Presidente que comentara sobre el desafío de las madres que tienen que trabajar y también atender a las muchas necesidades de su hogar y familia. El presidente Hinckley le contestó: “Hagan lo mejor que puedan y recuerden que el bien mayor que poseen en esta tierra son los hijos que han traído al mundo, y de cuya crianza y cuidado son ustedes responsables” 13 . En esta ocasión repito esas palabras: Hagan lo mejor que puedan por ayudarnos a todos a elevarnos más y a progresar. Válganse de sus dones espirituales innatos para bendecir a los demás. Ayúdennos a vencer las influencias malignas del mundo tanto en nuestras vidas como en nuestros hogares y en la Iglesia.

Ruego que la promesa de Nefi se cumpla en beneficio de ustedes: “…y tenían por armas su rectitud y el poder de Dios en gran gloria” 14 . Deseo dar testimonio de las bendiciones que he recibido en la vida mediante el amor de mi esposa, Ruth, de mi cristiana madre, de mis santas abuelas, de mis hijas y de mis nietas, así como de otras muchas mujeres rectas. Lo hago en el nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1. Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 276.

  2.  

    2. George Albert Smith, Relief Society Magazine, diciembre de 1945, pág. 717; véase también History of the Church, tomo IV, pág. 607.

  3.  

    3. History of the Church, tomo V, pág. 25.

  4.  

    4. Véase D. y C. 130:2.

  5.  

    5. Moroni 6:4.

  6.  

    6. Carta personal.

  7.  

    7. Carta personal de Brad Allen.

  8.  

    8. Véase Spencer W. Kimball, “Vuestro papel como mujeres justas”, Liahona, enero de 1980, pág. 170.

  9.  

    9. Minutes of the Female Relief Society of Nauvoo (Actas de la Sociedad de Socorro de damas de Nauvoo), 28 de abril de 1842.

  10.  

    10. Véase D. y C. 121:37; Hyrum M. Smith and Janne M. Sjodahl, The Doctrine and Covenants Commentary, edición revisada, 1951, pág. 759.

  11.  

    11. Gordon B. Hinckley, “La dignidad personal para ejercer el sacerdocio”, Liahona, julio de 2002, pág. 60.

  12.  

    12. Faith Precedes the Miracle, 1972, págs. 255–256.

  13.  

    13. Transcripción audiovisual de la conferencia de prensa, 13 de marzo de 1995, cortesía del Departamento de Asuntos Públicos, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

  14.  

    14. 1 Nefi 14:14.