Bendecidos con el agua viva

Kathleen H. Hughes

First Counselor in the Relief Society General Presidency


Kathleen H. Hughes
El agua viva sana, alimenta y sustenta; brinda paz y regocijo.

A principios de Su ministerio, Cristo fue de Jerusalén a la ciudad de su niñez, Nazaret de Galilea. Al pasar por Samaria, cansado del camino, se detuvo a descansar junto al antiguo pozo de Jacob. Mientras Jesús esperaba y Sus discípulos buscaban alimentos en la ciudad, llegó al pozo una mujer samaritana. Ustedes conocen el relato. Cuando Jesús le pidió de beber, ella se sorprendió de que un judío se lo pidiese, puesto que desde hacía siglos judíos y samaritanos se habían considerado enemigos. Pero Cristo le dijo que si supiera Quién era el que hablaba con ella, ella le pediría agua a Él: agua viva, agua que le saciaría la sed para siempre. Como, desde luego, ella no le entendió, Él le explicó: “…Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:13–14).

A la samaritana le agradó la idea de no tener que volver a beber agua; ni echaría de menos tener que acarrear a diario los pesados cántaros desde el pozo hasta su casa. Pero cuando Cristo le testificó que Él era el Mesías y cuando el Espíritu le confirmó que así era en efecto, ella comenzó a vislumbrar que Jesús le hablaba de verdades mayores. Entonces, dejó su cántaro y fue a toda prisa a buscar a otras personas para que fueran y oyeran. No obstante, dudo de que en ese momento ella comprendiera del todo —o si nosotros comprendemos del todo— lo que significa tener una fuente de agua viva dentro de nosotros.

El agua viva sana, alimenta y sustenta; brinda paz y regocijo.

Una mujer que conozco luchaba contra la indignación que sentía hacia alguien que la había lastimado a ella y a su familia. Aunque aconsejó a sus hijos que no guardasen resentimientos, ella misma pugnaba con el rencor dentro de sí. Tras semanas de haber pedido ayuda a nuestro Padre Celestial en cuanto a eso, por fin experimentó un cambio. De ello, contó: “Un día, en medio de mis casi constantes oraciones, sanó mi herida. Una sensación física inundó todo mi ser, después de lo cual sentí seguridad y paz. Supe que ocurriera lo que ocurriese, mi familia y yo estaríamos a salvo. La ira se apartó de mí y también desapareció mi deseo de venganza”.

El agua viva es el Evangelio de Jesucristo y éste lo comunica el Espíritu Santo. Mi amiga sabía lo que era correcto hacer y había aconsejado bien a sus hijos, pero sólo cuando se hubo llenado de la suficiente humildad para beber el agua, o sea, para sentir el Espíritu Santo, comenzó a sanar.

Al reunirme con muchas hermanas el año pasado —y con sus líderes del sacerdocio— oí de muchos casos patentes del poder sanador de Cristo. Hay mucho sufrimiento en la vida terrenal, mucho que ocasiona dolor. Conozco a personas que tienen seres queridos en lugares peligrosos y que oran diariamente por que estén a salvo en la batalla. Hablo con padres que temen por sus hijos, pues son conscientes de las tentaciones con que éstos se enfrentan. Tengo amigos estimados que padecen de los nocivos efectos de la quimioterapia. Conozco a madres y padres solos que, por haber sido abandonados por su cónyuge, crían solos a sus hijos. Yo misma he encarado los debilitantes efectos de la depresión, pero he aprendido por mi propia experiencia, así como por la de las personas que conozco, que nunca quedamos desamparados, que nunca estamos abandonados. Hay dentro de nosotros una fuente de bondad, de fortaleza y de esperanza, y si prestamos oídos con confianza, nos levantamos. Somos sanados. No sólo sobrevivimos, sino que amamos la vida. Reímos, nos regocijamos y salimos adelante con fe.

El agua viva también alimenta. Les testifico que tal como Cristo ha prometido, Él viene a todos los que están trabajados y cargados; Él nos hace descansar (véase Mateo 11:28). Él nos sostiene cuando estamos cansados. Una fuente es un manantial, que nos refresca de continuo, ello es, si bebemos de ella. El orgullo puede desbaratar sus efectos lo mismo que el no prestarle atención. Pero los que beben de ella con fervor, no sólo sanan ellos mismos, sino que vienen a ser una fuente para los demás, al nutrir y alimentar un espíritu a otro.

El año pasado falleció una querida amiga de la familia. Lucile tenía 89 años de edad y había estado viuda durante más de veinte años. No era una mujer adinerada, ni famosa, y la mayor parte del mundo no se enteró de su fallecimiento. Pero lo supieron sus familiares, sus vecinos y los miembros de su barrio. Para todos los que habían sido objetos de su afecto, su muerte dejó un gran vacío en el mundo. Durante los años de su viudez, Lucile sobrellevó grandes aflicciones, entre ellas, la muerte de un amado nieto y los achaques propios de la vejez. Pero Lucile continuó sustentando a todos los que conocía con su espíritu, con sus manjares de repostería, sus acolchados y los chales que tejía, así como con su buen humor y su buena voluntad. Le encantaba trabajar en el templo. Un día primaveral de 1981, escribió en su diario personal: “Hoy, a las 3:30 de la madrugada, cuando me dirigía caminando al templo, contemplé la bandera que flameaba suavemente con la brisa y el fastuoso cielo, y me sentí muy feliz de estar allí. Sentí tristeza por todas las personas que dormían a esa hora y que se perdían el despertar de un hermoso día”.

La mayoría de nosotros ni pensamos siquiera que el mundo “despierte” a las tres y media de la madrugada, y muy a gusto nos acomodamos en nuestra cama a esa hora, dejando a Lucile que sienta tristeza por nosotros. ¡Pero qué admirable actitud! Sólo la explicaría la virtud que fluía del fondo de su alma. ¿Habrá tenido esa pureza de espíritu a los quince, a los veinticinco o a los cincuenta y cinco años? No lo sé. En la mayoría de los casos, es probable que lleve toda una vida de prestar oídos al Espíritu Santo para llegar a conocer la voz de Dios tan bien y para confiar lo suficiente en el agua viva para disfrutar de ellas a lo largo de todo el día, sobre todo, en un día que comienza a las 3:30 de la madrugada. Creo que el agua viva sostuvo a Lucile durante esos largos años en los que pudo haberse dejado llevar por la compasión por sí misma, y su vida y su espíritu fueron el sustento de todos los que la conocían.

El agua viva brinda paz y regocijo aun cuando la fuente dentro de nosotros se haya secado. Hace poco, oí el caso de una mujer cuyo hijo, que padecía de una dolencia emocional, falleció de forma imprevista. La familia quedó desconsolada. La madre ni siquiera se imaginaba que volvería a conocer la felicidad. Pero fue bendecida con el servicio que le prestó una mujer joven, la cual había estado en su clase de Laureles y quien, ahora, como joven hermana de la Sociedad de Socorro y su maestra visitante, le dijo: “Usted me ayudó a mí; ahora, yo la ayudaré a usted y juntas vamos a salir de esto”. La paz, incluso la alegría comenzaron a volver a ella. Puede ser que cueste toda una vida, y aun más que eso, refinar nuestros espíritus enteramente, pero el agua viva está disponible para todos, incluidos los jóvenes. Me conmueve ver a las mujeres jóvenes de la Iglesia, después de haber recibido la enseñanza espiritual de la niñez, llegar a la Sociedad de Socorro e infundir de inmediato fortaleza extra a las hermanas de mayor experiencia. Me siento rebosante de alegría al ver a esas mismas mujeres jóvenes comprender cuánto pueden aprender de las mujeres mayores que ellas. La paz llega a nosotros del Señor, pero nosotros podemos ayudarnos unos a otros a sentir esa paz si compartimos nuestros pesares y nuestra felicidad.

La promesa de Cristo es sencilla y sublime: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14: 27). Hermanos y hermanas, las dificultades nos rodean por todas partes. La economía corre peligro; las familias pasan apuros; vivimos, como ha dicho el presidente Hinckley: “en tiempos peligrosos” (“Los tiempos en los que vivimos”, Liahona, enero de 2002, pág. 83). Pero el agua viva nos sigue brindando paz y regocijo. Cuando vivimos con rectitud, cuando hemos hecho todo lo que hemos podido, uno de los dones que recibimos es el aplomo. El Señor nos dice: “…quedaos tranquilos y sabed que yo soy Dios” (D. y C. 101:16). En medio del caos, tenemos que hacer una pausa. Debemos escuchar que el Espíritu nos diga: “¡Oh, está todo bien!” (“¡Oh, está todo bien!”, Himnos Nº 17), tal como los primeros santos tuvieron que hacerlo. Si bien existen motivos para preocuparnos, existen mejores razones para estar en paz.

La mujer samaritana vio el rostro de Cristo, escuchó Su voz y le reconoció en un tiempo en que la mayoría de las demás personas rechazaban todo lo que Él enseñaba. Nosotros también le conocemos, o podemos conocerle, si permitimos que Su poder sanador, Su fortaleza sustentadora, Su paz y regocijo fluyan a través de nosotros como “una fuente de agua que salte para vida eterna”. Que así lo hagamos, es mi oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.