Demos las gracias en todas las cosas

Dallin H. Oaks

Of the Quorum of the Twelve Apostles


Dallin H. Oaks
Cuando damos gracias por todo, vemos las dificultades y las adversidades en el contexto del propósito de la vida.

En una de las épocas de adversidad espiritual y temporal que está registrada en el Libro de Mormón, cuando el pueblo de Dios “[padecía] toda clase de aflicciones”, el Señor les mandó que “dieran gracias en todas las cosas” (Mosíah 26:38–39). Deseo ahora aplicar esa enseñanza a nuestra época.

I.

A los hijos de Dios se les ha mandado siempre dar las gracias; de ello hay ejemplos a lo largo de todo el Antiguo y el Nuevo Testamentos. El apóstol Pablo escribió: “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5:18). El profeta Alma enseñó: “…cuando te levantes por la mañana, rebose tu corazón de gratitud a Dios” (Alma 37:37). Y en la revelación moderna, el Señor declaró que “el que reciba todas las cosas con gratitud será glorificado; y le serán añadidas las cosas de esta tierra, hasta cien tantos, sí, y más” (D. y C. 78:19).

II.

¡Hay tanto que agradecer! Lo primero y más importante, estamos agradecidos por nuestro Salvador, Jesucristo. Bajo el plan del Padre, Él creó el mundo; por medio de Sus profetas, reveló el plan de salvación con sus mandamientos y ordenanzas. Vino como ser mortal para enseñarnos y mostrarnos el camino; sufrió y pagó el precio de nuestros pecados si nos arrepentimos. Dio Su vida y conquistó la muerte, y se levantó de la tumba para que todos vivamos de nuevo. Él es la Luz y la Vida del mundo. Como el rey Benjamín enseñó: si diéramos “todas las gracias y alabanza que [nuestra] alma entera es capaz de poseer, a ese Dios que [nos] ha creado, y [nos] ha guardado y preservado, y… lo [sirviéramos] con toda [nuestra] alma, todavía [seríamos] servidores inútiles” (Mosíah 2:20–21).

Damos gracias por las verdades reveladas que proporcionan una norma con la cual sopesar todas las cosas. Tal como la Biblia enseña, el Señor nos ha concedido apóstoles y profetas “a fin de perfeccionar a los santos” (véase Efesios 4:11–12). Utilizamos la verdad revelada que ellos nos dan “para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error” (Efesios 4:14). Quienes examinan cada desastre y evalúan cada nueva idea o descubrimiento comparándolos con las verdades reveladas por Dios no deben ser “fluctuantes”, sino que podrán permanecer firmes y en paz. Dios está en Sus cielos y Sus promesas son seguras. “No os turbéis”, nos dijo concerniente a las destrucciones que precederán al fin del mundo, “porque cuando todas estas cosas acontezcan, sabréis que se cumplirán las promesas que os han sido hechas” (D. y C. 45:35). ¡Qué ancla para el alma en estos tiempos turbulentos!

Damos gracias por los mandamientos. Ellos son directivas para sortear los escollos e invitaciones para recibir bendiciones. Los mandamientos señalan el sendero y nos muestran el camino que conduce a la felicidad en esta vida y a la vida eterna en el mundo venidero.

III.

En los últimos ocho meses en las Filipinas, he oído muchos testimonios de las bendiciones del Evangelio. Al hablar en la dedicación de la capilla de su barrio, un obispo filipino expresó gratitud por el mensaje del Evangelio que llegó a su vida hace unos diez años y describió cómo éste lo rescató de una vida de egoísmo, de excesos y de abusos hacia los demás, y lo convirtió en un buen esposo y padre. Él testificó de las bendiciones que ha recibido al pagar los diezmos.

Al hablar en una reunión de liderazgo, un consejero de una presidencia de estaca que es abogado y líder comunitario, dijo: “Declaro a todo el mundo sin ninguna reserva que lo más grande que me ha sucedido en la vida es convertirme en miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Ello… fue un gran cambio en mi vida y en la de mi familia aun cuando pienso que hay mucho más que debo aprender y aplicar. La Iglesia es sin dudas una obra maravillosa y un prodigio”.

No tienen que viajar a las Filipinas para hallar esa clase de testimonios, ya que son evidentes en cualquier lugar en que se recibe y se vive el mensaje del Evangelio. Sin embargo, mi esposa y yo estamos profundamente agradecidos por la oportunidad de vivir y prestar servicio en las Filipinas, donde hemos conocido a miles de miembros maravillosos en un nuevo ambiente y visto el Evangelio bajo una nueva luz.

En lugares donde la Iglesia está en vías de desarrollo, aprendemos la importancia de establecer la Iglesia, no sólo enseñando y bautizando, sino reteniendo a los miembros nuevos mediante el amor, los llamamientos y las ordenaciones, y también nutriéndolos con la buena palabra de Dios. Hemos aprendido la importancia de instar a los miembros a abandonar las tradiciones culturales que sean contrarias a los mandamientos y los convenios del Evangelio, y a vivir de forma que tanto ellos como su posteridad “ya no [sean] extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Efesios 2:19–20).

La gente que hace eso se convierte en parte de la cultura mundial de mandamientos y convenios, y de ordenanzas y bendiciones del Evangelio. Esas personas experimentan “un potente cambio” en sus corazones, “por lo que ya no [tienen] más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente” (Mosíah 5:2). La imagen de Dios está “grabada en [sus] semblantes” (Alma 5:19). Tales discípulos de Cristo se encuentran en cualquier lugar en que el Evangelio y la Iglesia se hayan establecido. Tenemos muchos de ellos en las Filipinas y estamos trabajando para alentar a muchos más. Lo hacemos basándonos en centros de fortaleza, concentrando nuestra enseñanza donde hay suficientes grupos numerosos de miembros dedicados para proporcionar la amistad, las enseñanzas, los ejemplos y la ayuda necesaria a los miembros recién bautizados que se esfuerzan por aprender lo que el Evangelio requiere de nosotros y lo que él nos da.

IV.

Las revelaciones por las que estamos agradecidos manifiestan que debemos dar gracias aun por nuestras aflicciones por motivo de que éstas hacen que nos volvamos a Dios y nos brindan oportunidades para prepararnos para llegar a ser lo que Dios desea. El Señor enseñó al profeta Moroni: “Doy a los hombres debilidad para que sean humildes” y después promete que “si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos” (Éter 12:27). En medio de las persecuciones que los Santos de los Últimos Días sufrieron en Misuri, el Señor les dio una enseñanza y una promesa similares: “De cierto os digo, mis amigos, no temáis, consuélense vuestros corazones; sí, regocijaos para siempre, y en todas las cosas dad gracias;… y todas las cosas con que habéis sido afligidos obrarán juntamente para vuestro bien” (D. y C. 98:1, 3). Y a José Smith, durante las aflicciones que padeció en la Cárcel de Liberty, el Señor le dijo: “entiende, hijo mío, que todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien” (D. y C. 122:7). Brigham Young lo comprendió así: “En esta vida no hay ni una sola condición [o] existencia de siquiera una hora que no sea provechosa para aquellos que la estudian y se esfuerzan por mejorar lo que de ello aprenden” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Brigham Young, 1997, pág. 189).

Como alguien dijo, hay una gran diferencia entre veinte años de experiencia y un año de experiencia repetido veinte veces. Si entendemos las enseñanzas y las promesas del Señor, aprenderemos de nuestras adversidades y progresaremos por medio de ellas.

Muchas de las enseñanzas inspiradas de nuestros profetas modernos se compilan en las Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia, nuestro curso de estudio para el Sacerdocio de Melquisedec y la Sociedad de Socorro. Las doctrinas y los principios eternos que contienen esos libros son fuentes de sabiduría y guía divinas. Los maestros prudentes de los barrios y de las ramas se concentrarán en las enseñanzas inspiradas y en su aplicación a las circunstancias y problemas actuales, en lugar de substituirlos por temas y sabiduría propias.

Por ejemplo, en el manual actual leemos estas palabras del presidente John Taylor, sobre el tema de la gratitud por el sufrimiento: “Por los padecimientos experimentados, hemos aprendido mucho. Lo llamamos sufrimiento. Yo lo llamo la escuela de la experiencia… Nunca he considerado esas cosas sino como pruebas cuya finalidad es purificar a los santos de Dios para que puedan ser, como dicen las Escrituras, como el oro que ha sido purificado siete veces en el fuego” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: John Taylor, 2001, pág. 225). Pioneros como el presidente John Taylor, que fueron testigos del asesinato de su profeta y que experimentaron una prolongada persecución y penurias increíbles a causa de su fe, alabaron a Dios y le agradecieron. Por medio de sus desafíos y valentía, y de los hechos inspirados que realizaron para afrontarlos, crecieron en fe y en espíritu. Por medio de sus aflicciones se convirtieron en lo que Dios deseaba que llegasen a ser y pusieron los cimientos para la gran obra que bendice nuestra vida en la actualidad.

Al igual que los pioneros, debemos agradecer a Dios nuestras adversidades y orar pidiendo guía para afrontarlas. Mediante esa actitud y nuestra fe y obediencia, haremos realidad las promesas que Dios nos ha dado. Es todo parte del plan.

Me encantan la música y la película “El violinista en el tejado”. En ella, un extraordinario padre judío canta: “Si yo fuera rico”. Su ruego memorable termina con la pregunta suplicante:

Señor, Tú que has creado al león y al cordero.
Decretaste que yo fuese lo que soy.
¿Echaría a perder el gran plan eterno
el que yo fuera rico?
(Letra de Sheldon Harnick, 1964, traducción.)

Sí, Tevye, quizás. Demos gracias por lo que somos y por las circunstancias que Dios ha puesto en nuestro viaje personal a través de la vida terrenal.

En tiempos antiguos, el profeta Lehi enseñó ese principio a su hijo Jacob:

“Tú has padecido aflicciones y mucho pesar en tu infancia a causa de la rudeza de tus hermanos.

“No obstante, Jacob, mi primer hijo nacido en el desierto, tú conoces la grandeza de Dios; y él consagrará tus aflicciones para tu provecho” (2 Nefi 2:1–2).

A mi madre le encantaba esa Escritura y vivía sus principios. La aflicción más grande de su vida fue la muerte de su esposo, nuestro padre, después de sólo once años de matrimonio. Eso cambió su vida y tuvo que pasar grandes apuros al hacerse cargo de ganar el sustento y criar sola a tres hijos pequeños. No obstante, a menudo la oía decir que el Señor consagraba su aflicción para su provecho, ya que la muerte de su esposo la había obligado a desarrollar talentos, a servir y a convertirse en alguien que nunca hubiera llegado a ser si no fuera por esa aparente tragedia. Nuestra madre fue un gigante espiritual, fuerte y plenamente digna del tributo amoroso que sus tres hijos hicieron grabar en su lápida: “Su fe fortaleció a todos”.

Las bendiciones de la adversidad se extienden a los demás. Sé que fue una bendición que me criara una madre viuda cuyos hijos tuvieron que aprender a trabajar duro a temprana edad. Sé que una pobreza relativa y el trabajo arduo no son adversidades mayores que el tener mucho dinero y abundante tiempo libre. También sé que la fortaleza se forja en la adversidad y que la fe se desarrolla en un entorno en el que no podemos ver hacia delante.

V.

Cuando damos gracias por todo, vemos las dificultades y las adversidades en el contexto del propósito de la vida. Se nos ha enviado aquí para ser probados. Debe existir una oposición en todas las cosas. Debemos aprender y progresar por medio de esa oposición, por medio de afrontar nuestros problemas y de enseñar a los demás a hacer lo mismo. Nuestro amado compañero, el élder Neal A. Maxwell, nos ha dado un gran ejemplo de eso. Su valentía, su sumisa actitud para aceptar su aflicción provocada por el cáncer, y su fidelidad y servicio continuo han brindado consuelo a miles de personas y enseñado principios eternos a millones de ellas. Su ejemplo demuestra que el Señor no sólo consagrará nuestras aflicciones para nuestro provecho, sino que Él las utilizará para bendecir la vida de innumerables personas más.

Jesús enseñó esa lección cuando junto con Sus discípulos vio a un ciego de nacimiento: “¿…quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?”, preguntaron los discípulos. Jesús respondió que ninguno había pecado, sino que el hombre nació ciego “para que las obras de Dios se manifiesten en él” (Juan 9:2–3).

Si vemos la vida a través del cristal de la espiritualidad, veremos muchos ejemplos de las obras de Dios que se sacan adelante por medio de las adversidades de Sus hijos. En Manila, suelo visitar el monumento en memoria de los soldados americanos caídos durante la Segunda Guerra Mundial. Allí están enterrados más de 17.000 soldados, marinos y pilotos que perdieron la vida durante las batallas ocurridas en la zona del Pacífico. Ese monumento también honra a más de 36.000 otros militares que también perdieron la vida, pero cuyos cuerpos nunca se recuperaron. Mientras camino junto a los hermosos muros donde se encuentran inscritos sus nombres y el estado de que eran oriundos, leo muchos que pienso que es posible que hayan sido fieles Santos de los Últimos Días.

Al reflexionar sobre la muerte de tantos miembros dignos y maravillosos ocurridas durante la guerra y en el sufrimiento que eso ocasionó a sus seres queridos, he pensado en la grandiosa visión del presidente Joseph F. Smith que se halla registrada en la sección 138 de Doctrina y Convenios. Él vio una compañía innumerable de los espíritus de los justos, que habían sido fieles en el testimonio de Jesús mientras vivieron en la carne (vers. 12). Ellos fueron organizados y nombrados mensajeros, “investidos con poder y autoridad, y… [comisionados] para que fueran y llevaran la luz del evangelio a los que se hallaban en tinieblas…; y así se predicó el evangelio a los muertos (vers. 30). Al reflexionar sobre esa revelación y recordar a los millones que han caído en la guerra, me regocijo en el plan del Señor en el que la adversidad de la muerte de tantos justos se ha convertido en una bendición, por motivo de que ellos se tornaron en mensajeros que predican el Evangelio a un sinnúmero de sus compañeros de armas.

Cuando comprendemos ese principio, que Dios nos brinda oportunidades para bendecir y nos bendice por medio de nuestras adversidades, así como de las adversidades de otras personas, comprendemos por qué nos ha mandado una y otra vez dar “gracias al Señor tu Dios en todas las cosas” (D. y C. 59:7).

Ruego que seamos bendecidos para comprender la veracidad y el propósito de las doctrinas y los mandamientos que he descrito, y para que seamos lo suficientemente fieles y fuertes para dar gracias por todas las cosas. Testifico de Jesucristo, nuestro Salvador, Redentor y Creador, por quien damos gracias, en el nombre de Jesucristo. Amén.