Lugar santo, espacio sagrado

Dennis B. Neuenschwander

Of the Presidency of the Seventy


Nuestra capacidad de buscar, de reconocer y reverenciar lo santo sobre lo profano, y lo sagrado sobre lo secular, define nuestra espiritualidad.

En respuesta a la pregunta de Pilato, “¿Eres tú el Rey de los judíos?”, el Salvador contestó: “Mi reino no es de este mundo… mi reino no es de aquí” (Juan 18:33, 36). Con esas pocas palabras, Jesús declara que Su reino es independiente y diferente de este mundo. Las enseñanzas, la doctrina y el ejemplo personal del Salvador elevan a todo el que crea en Él a una norma divina que exige que tanto la mira como la mente estén puestas únicamente en la gloria de Dios (véase D. y C. 4:5; 88:68). La gloria de Dios abarca todo lo que sea santo. Nuestra capacidad de buscar, de reconocer y reverenciar lo santo sobre lo profano, y lo sagrado sobre lo secular, define nuestra espiritualidad. Ciertamente, sin lo santo y lo sagrado sólo nos queda lo profano y lo secular.

En medio del bullicio del mundo secular, con su segura inseguridad, tiene que haber lugares que ofrezcan refugio, renovación, esperanza y paz espirituales. Esos lugares existen verdaderamente y son santos. Son lugares donde enfrentamos lo divino y encontramos el Espíritu del Señor.

En Doctrina y Convenios, tres veces el Señor aconseja a Su pueblo “esta[r] en lugares santos” (véase D. y C. 45:32; 87:8; 101:22). El contexto de Su consejo tiene aún más significado si nos fijamos en la condición presente de nuestro mundo: enfermedades devastadoras, persecuciones y guerras son todos acontecimientos conocidos y se nos han venido encima formando parte de nuestra experiencia diaria. Frente a esos problemas desconcertantes, el Señor aconseja esto: “He aquí, es mi voluntad que todos los que invoquen mi nombre, y me adoren de acuerdo con mi evangelio eterno, se congreguen y permanezcan en lugares santos” (D. y C. 101:22).

Los lugares santos siempre han sido esenciales para la forma apropiada de adorar a Dios. Para los Santos de los Últimos Días, esos lugares santos son las localidades de importancia histórica, nuestros hogares, las reuniones sacramentales y los templos. Mucho de lo que veneramos, y que enseñamos a nuestros hijos a venerar como sagrado, se refleja en esos lugares. La fe y la reverencia relacionadas con éstos y el respeto que sentimos por lo que sucede o ha sucedido en ellos los hacen santos. Nunca será demasiado recalcar la importancia que tienen los lugares santos y el espacio sagrado en nuestra adoración.

Se nos requiere una gran preparación personal para recibir el beneficio espiritual de permanecer en lugares santos. Éstos también se distinguen por el sacrificio que exigen. El élder M. Russell Ballard nos ha enseñado que “la palabra sacrificio significa ‘hacer sagrado’ o ‘tener por sagrado’” (“La ley de sacrificio”, Liahona, marzo de 2002, pág. 13). Las palabras sagrado y sacrificio provienen de la misma raíz. No es posible conseguir lo sagrado sin antes sacrificar algo para obtenerlo. No puede existir lo sagrado sin sacrificio personal. El sacrificio santifica lo que es sagrado.

Para muchas personas, la arboleda que está cerca de la granja de los Smith, en el estado de Nueva York, es un lugar simplemente hermoso y tranquilo; sin embargo, para los Santos de los Últimos Días de todo el mundo es sagrado por la fe y la reverencia con que lo contemplamos y por el enorme sacrificio que representa.

Hace unos meses, en un bello día de fines de otoño, mi esposa y yo estuvimos sentados allí; era en realidad un día hermoso y disfrutamos de la serena soledad que nos rodeaba; pero era mucho más que eso, porque estábamos en el preciso lugar donde el Padre y Su Hijo Jesucristo aparecieron al joven profeta José Smith. La fe y la reverencia que sentimos por esa visita y por los sacrificios personales que sobrevinieron como resultado, tanto para el Profeta como para nuestros propios antepasados, transformaron aquel sitio tan bonito en un espacio sagrado y en un lugar sumamente santo. Y otros puntos sagrados de la tierra que se relacionan con la historia y con el establecimiento de la Iglesia provocan similares sentimientos profundos y reverentes. Esos lugares sagrados nos inspiran la fe y nos alientan a ser fieles y avanzar pese a las dificultades que puedan cruzarse en nuestro camino.

Del mismo modo, nuestro hogar es un lugar santo en el que reina un ambiente sagrado; aunque no siempre esté tranquilo, puede estar lleno del Espíritu del Señor. La Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles enseñan en “La familia: Una proclamación para el mundo”: “Hay más posibilidades de lograr la felicidad en la vida familiar cuando se basa en las enseñanzas del Señor Jesucristo. Los matrimonios y las familias que logran tener éxito se establecen y mantienen sobre los principios de la fe, la oración, el arrepentimiento, el perdón, el respeto, el amor, la compasión, el trabajo y las actividades recreativas edificantes” (Liahona, octubre de 1998, pág. 24).

Un hogar así exige el sacrificio personal. El Señor dijo al profeta José Smith: “Es necesario que los de tu familia se arrepientan y abandonen algunas cosas…” (D. y C. 93:48). Cada una de nuestras familias tiene ante sí una amplia serie de actividades y entretenimientos, no todos los cuales son sanos y buenos, y ciertamente muchos de ellos no son necesarios. Como la familia del Profeta, ¿es preciso que nuestra familia también se arrepienta y abandone ciertas cosas para ayudarnos a mantener la naturaleza sagrada de nuestro hogar? El establecer nuestro hogar como un lugar santo refleja la profundidad del sacrificio que estamos dispuestos a hacer por él.

Las reuniones sacramentales son, en realidad, mucho más que sólo reuniones. En un lugar santo, hay momentos sagrados; en esos momentos semanales reflexionamos sobre el acto de sacrificio más misericordioso que el mundo haya conocido; meditamos sobre el amor de Dios que dio a Su Hijo Unigénito para que pudiéramos obtener la vida eterna. Al tomar la Santa Cena, recordamos al Salvador y expresamos nuestra disposición a tomar sobre nosotros Su nombre y a guardar Sus mandamientos. El requisito para esa renovación espiritual que se nos ofrece mediante la participación digna es la concienzuda preparación personal que comprende el sacrificio de un corazón quebrantado y un espíritu contrito. Debemos estar dispuestos a alejarnos del mundo durante un breve momento para reflexionar sobre asuntos sagrados, y ser capaces de hacerlo. Sin esa renovación espiritual, lo secular y lo profano aplastarán fácilmente nuestra fe.

Hace muchos años, cuando nuestros hijos eran todavía jovencitos, hice un comentario durante la cena con respecto a lo excelente de nuestra reunión sacramental y a cuánto había aprendido en ella; su reacción fue una mirada que me comunicó que no estaban seguros de haber estado en la misma reunión. La diferencia entre mi experiencia y la de ellos consistía sencillamente en un poco más de madurez y preparación de mi parte. La renovación espiritual que recibamos en las reuniones sacramentales depende de nuestra preparación, disposición y deseo de aprender, y siempre estará en proporción a éstos.

Los templos, con las palabras “Santidad al Señor” escritas en ellos, están entre los lugares más santos de la tierra y son una evidencia del amor de Dios por todos Sus hijos, pasados y presentes. Las bendiciones del templo forman parte intrínseca y son inseparables del sacrificio; las ordenanzas que se llevan a cabo en él proporcionan acceso al beneficio completo del sacrificio expiatorio del Salvador; de por sí, ese solo elemento calificaría al templo como lugar santo. Pero también se nos requiere un sacrificio personal: sacrificamos tiempo en la búsqueda de nuestros antepasados y en cumplir nuestras responsabilidades con respecto al templo; además, nos esforzamos por vivir de acuerdo con las normas más altas de dignidad, lo cual nos autoriza a entrar en el sagrado espacio de ese lugar tan santo.

En los lugares santos encontramos refugio, renovación, esperanza y paz espirituales. ¿No es eso digno de cualquier sacrificio personal? Mis hermanos, que cada uno de nosotros pueda venerar y respetar lo santo y lo sagrado de nuestra vida; que podamos enseñar lo mismo a nuestros hijos. Que todos permanezcamos en lugares santos y en espacios sagrados de paz espiritual.

Expreso mi testimonio del Señor y Salvador Jesucristo, sí, el Príncipe de Paz y Esperanza, en el nombre de Jesucristo. Amén.