La aplicación de los principios sencillos y claros del Evangelio a la familia

Francisco J. Viñas

Of the First Quorum of the Seventy


Francisco J. Viñas
Los principios sencillos y claros del Evangelio de Jesucristo… se deben establecer firmemente en nuestros hogares con el fin de asegurar la felicidad en la vida familiar.

En la Reunión General de la Sociedad de Socorro de septiembre de 1998, el presidente Gordon B. Hinkley declaró: “Creo que nuestros problemas, casi cada uno de ellos, salen de los hogares de la gente. Si va a haber un cambio, si se va a hacer un regreso a los valores antiguos y sagrados, se debe comenzar en el hogar. Es allí donde se aprende la verdad, donde se cultiva la integridad, se inculca la autodisciplina y donde se nutre el amor” (“Caminando a la luz del Señor”, Liahona, enero de 1999, pág. 117).

Entre los valores antiguos y sagrados, a los que debemos regresar, se encuentran los principios sencillos y claros del Evangelio de Jesucristo. Éstos se deben establecer firmemente en nuestros hogares con el fin de asegurar la felicidad en la vida familiar.

El presidente Wilford Woodruff declaró: “El Señor tiene muchos grandes principios preparados para nosotros; y los principios más grandes que tiene para nosotros son los más sencillos y claros. Los primeros principios del Evangelio que los conducirán a la vida eterna son los más sencillos y, sin embargo, son para nosotros los más importantes y gloriosos” (“Remarks”, Deseret News, 1 de abril de 1857, pág. 27).

Es precisamente porque estos principios son tan claros y sencillos, que muchas veces no se tienen en cuenta cuando hay que afrontar los desafíos que afectan a la familia. Algunas veces, tenemos la tendencia a pensar que cuanto más grave sea el problema, más grande y más compleja debe ser la solución. Esa idea puede llevarnos, por ejemplo, a buscar ayuda en personas o en instituciones fuera del hogar, cuando en realidad la solución más eficaz se logrará al aplicar a nuestros hogares los gloriosos principios del Evangelio, en los pequeños actos y deberes de la vida cotidiana. Las Escrituras nos recuerdan “que por medio de cosas pequeñas y sencillas se realizan grandes cosas” (Alma 37:6).

En “La Familia: Una proclamación para el Mundo”, la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles declaran que “Los matrimonios y las familias que logran tener éxito se establecen y mantienen sobre los principios de la fe, la oración, el arrepentimiento, el perdón, el respeto, el amor, la compasión, el trabajo y las actividades recreativas edificantes” (Liahona, octubre de 1998, pág. 24).

Al analizar esos principios, podemos ver que la mayoría de ellos se relacionan y se complementan entre sí, y que el poder que hace posible que se puedan incorporar en nuestra vida proviene del sacrificio expiatorio de nuestro Redentor y Salvador, Jesucristo.

Estos principios, una vez incorporados, actuarán como una luz que iluminará a cada uno de los miembros de la familia y, en forma progresiva, nos llevarán a incorparar otros valores y principios relacionados, los cuales fortalecerán las relaciones familiares. Sabemos que “el que recibe luz y persevera en Dios, recibe más luz, y esa luz se hace más y más resplandeciente hasta el día perfecto” (D. y C. 50: 24).

Si logramos establecer y mantener a nuestras familias aplicando estos principios, observaremos el poderoso impacto que éstos tendrán en aquellas situaciones que afectan nuestros hogares día a día. Las heridas ocasionadas por los roces de la convivencia podrán sanar, las ofensas se perdonarán y el orgullo y el egoísmo serán reemplazados por la humildad, la compasión y el amor.

Los principios que elijamos incorporar a nuestra vida determinarán el espíritu que aportemos en nuestra relación con los demás. Cuando adoptamos un principio, irradiamos la influencia que éste ejerce en nosotros y los demás pueden percibirla.

Hoy, más que nunca, cuando vemos que la familia es el centro de los ataques de las fuerzas del mal —como en los días del profeta Mormón, cuando el poder del maligno se extiende por toda la tierra (véase Mormón 1:19)— se hace necesario que los padres incorporemos esos principios a nuestra vida e irradiemos su influencia para que nuestros hijos la perciban.

Quisiera ahora demostrar cómo estos principios se pueden poner en práctica formando parte de un proceso que pondrá al alcance de los individuos y de las familias los efectos de la Expiación. Este proceso comienza con el primer principio del Evangelio: la fe.

En un mundo de valores cambiantes, donde a lo malo dicen bueno y a lo bueno malo(véase Isaías 5:20), las palabras pronunciadas por Mormón nos llenan de esperanza y de confianza al darnos a conocer que Jesucristo “reclama a todos los que tienen fe en él; y los que tengan fe en él se allegarán a todo lo bueno (Moroni 7:28).

Esa fe que nos hace aferrarnos a todo lo bueno viene por el oír la palabra de Dios (véase Romanos 10:17), y esa palabra se escucha con más poder en las lecciones de la noche de hogar y en el estudio familiar de las Escrituras. No hay un mejor lugar para edificar la fe que el hogar, donde las lecciones y las aplicaciones prácticas se realizan y se viven en forma cotidiana.

Es en el hogar donde se aprende que la fe está íntimamente relacionada con la Expiación, ya que es el propósito de este último sacrificio poner en efecto las entrañas de misericordia, que sobrepujan a la justicia y proveen a los hombres la manera de tener fe para arrepentimiento” (Alma 34:15).

Sin los efectos de la Expiación en nuestra vida sería imposible desarrollar la clase de fe que se necesita para arrepentirse, y quedaríamos entonces fuera del maravilloso plan de misericordia, ya que es únicamente para aquél que tiene fe para arrepentimiento [que] se realizará el gran y eterno plan de la redención” (Alma 34:16).

El arrepentimiento, ese cambio que se efectúa en el corazón, que nace del amor por el Señor, que nos lleva a alejarnos del pecado y a someternos a Su voluntad, “se hace efectivo y es aceptado por Dios sólo mediante la expiación de Jesucristo” (véase “Arrepentimiento, Arrepentirse”, Guía para el Estudio de las Escrituras, pág. 20).

Una vez que Dios ha aceptado el arrepentimiento, el proceso que estamos describiendo nos lleva a participar de las ordenanzas y los convenios relacionados con ellos, como son el bautismo y la confirmación. La renovación de los mismos se produce cuando participamos con regularidad y dignidad de la Santa Cena, y entonces se hace efectiva la remisión de nuestros pecados.

Después de recibir la remisión de los pecados y de esforzarnos por retenerla mediante la obediencia a los mandamientos, recibiremos, como se describe en el libro de Moroni, “la mansedumbre y la humildad de corazón, que permitirá a su vez “la visitación del Espíritu Santo, el cual Consolador [nos llenará] de esperanza y de amor perfecto, amor que perdurará de acuerdo con la diligencia que prestemos al principio de la oración (véase Moroni 8:26).

La persona que obtenga la mansedumbre y la humildad de corazón, y que goce de la compañía del Espíritu Santo, no tendrá el deseo de ofender ni dañar a los demás, ni tampoco se sentirá herida por las ofensas que reciba de ellos. Tratará con amor y respeto a su cónyuge y a sus hijos, y tendrá buen trato con todas las personas con las que se relacione. Al ocupar puestos de liderazgo en la Iglesia, aplicará los mismos principios que en su hogar, demostrando que no existe diferencia entre la clase de persona que es dentro de las paredes de su hogar y la que es en su relación con los miembros de la Iglesia.

Los principios como la fe, el arrepentimiento, el amor, el perdón y la oración, que se viven en el proceso que acabo de describir, se convertirán en la mejor vacuna para combatir la enfermedad del pecado, la que se manifiesta en las familias en diversas formas, tales como la inmoralidad, el orgullo, la envidia, la contención, el abuso y otras prácticas que afectan las relaciones familiares y que traen como consecuencia el dolor, el engaño y la ruptura de los lazos familiares.

La decisión de incorporarlos a nuestra vida, y la posibilidad de comenzar el proceso cada vez que sea necesario, depende exclusivamente de nuestro albedrío. Es un proceso sencillo, que está al alcance de todos. Está basado en los principios fundamentales del Evangelio que han aplicado y siguen aplicando con éxito todos aquellos que depositan su confianza en el Señor.

Es nuestro deber continuar enseñándolos a un mundo que cada vez los necesita más, porque:

“¿Ha mandado él a alguien que no participe de su salvación? He aquí, os digo que no, sino que la ha dado gratuitamente para todos los hombres; y ha mandado a su pueblo que persuada a todos los hombres a que se arrepientan” (2 Nefi 26:27).

Comparto con ustedes mi testimonio de que estos principios son verdaderos. Testifico que la Expiación de Cristo hace posible incorporarlos a nuestra vida; lo sé porque me estoy esforzando, junto con mi familia, por vivir de acuerdo con ellos. En el nombre de Jesucristo. Amén