“Tuve hambre, y me disteis de comer”

Gordon B. Hinckley

President of the Church


Gordon B. Hinckley
Dondequiera que hayan surgido necesidades de cualquier índole, allí ha habido representantes de la Iglesia… Yo he sido testigo personal de la eficacia de nuestros esfuerzos humanitarios.

En 1936, hace sesenta y ocho años, una de las secretarias del Quórum de los Doce me comentó lo que un miembro de ese quórum le había dicho, que en la siguiente conferencia general se iba a anunciar un nuevo programa que se llegaría a reconocer como algo aún más notable que la llegada de los pioneros a estos valles.

Haciendo un paréntesis, nunca deben comentarle a su secretaria nada que se suponga que deba ser confidencial, y ella no debería compartir con nadie ninguna información confidencial que se le haya dado.

Eso sucedió en aquel entonces, pero con toda seguridad que ya no sucede hoy. ¡Claro que no! Debo agregar que mis capaces secretarias nunca han sido culpables de semejante abuso de confianza.

Como bien lo saben quienes estén familiarizados con la historia, en aquel momento se anunció el Plan de Seguridad de la Iglesia, al que más adelante se le dio el nombre de Programa de Bienestar de la Iglesia.

Me preguntaba en aquellos días cómo lo que hiciera la Iglesia podría eclipsar en la mente de persona alguna la histórica congregación de nuestra gente en estos valles del oeste de los Estados Unidos. Aquel fue un acontecimiento de dimensiones tan extraordinarias que pensé que nada llegaría jamás a ser tan digno de mención, pero he descubierto algo interesante en los últimos tiempos.

En la Oficina de la Primera Presidencia recibimos a muchos visitantes distinguidos, entre ellos, jefes de estado y embajadores de naciones. Hace pocas semanas nos visitó el alcalde de una de las ciudades más reconocidas del mundo y después el vicepresidente y el embajador de Ecuador, el embajador de Lituania, el embajador de Bielorrusia y otros. En nuestras conversaciones, ni uno solo de ellos hizo referencia al gran éxodo de nuestros pioneros, pero cada uno, en forma independiente, habló con gran admiración de nuestro programa de bienestar y de nuestros esfuerzos humanitarios.

Así que, al dirigirme a ustedes en esta gran reunión del sacerdocio, quisiera decir algunas cosas sobre nuestra labor a favor de los necesitados en varias partes del mundo, ya sea que fueren miembros de la Iglesia o no.

Cuando el programa de bienestar como lo conocemos hoy fue puesto en marcha, tenía como fin atender las necesidades de nuestra propia gente. En años subsiguientes, decenas de miles de personas han recibido asistencia. Obispos y presidentas de Sociedad de Socorro han podido disponer de alimentos, ropa y otros artículos de primera necesidad para hacerlos llegar a los necesitados. Una cantidad incalculable de miembros de la Iglesia ha prestado servicio voluntario en la producción de lo que se requería. Ahora tenemos en funcionamiento 113 almacenes, 63 granjas, 105 plantas de enlatado y centros de almacenamiento doméstico, 18 plantas de procesado y distribución de alimentos y muchas otras instalaciones.

No sólo se han satisfecho las necesidades de miembros de la Iglesia, sino que la ayuda se ha extendido a muchos más. Aquí mismo, en la comunidad de Salt Lake City, muchos desposeídos son alimentados a diario por instituciones no afiliadas a la Iglesia pero que emplean nuestras provisiones de bienestar.

Aquí, en esta ciudad, así como en un buen número de otros lugares, operamos magníficos establecimientos donde no hay cajas registradoras ni se hacen transacciones monetarias al poner alimentos, ropa y otros artículos a disposición de los necesitados. No creo que se pueda encontrar mejor leche, carne ni harina en los estantes de ningún mercado que las que se distribuyen desde los almacenes del obispo.

Los principios sobre los cuales operan estos establecimientos son básicamente los mismos que los del comienzo.

Se espera que los necesitados hagan todo cuanto puedan para abastecerse a sí mismos. Después, sus respectivas familias tal vez puedan ayudarles y por último, entran en juego los recursos de la Iglesia.

Creemos en las palabras de nuestro Señor y las tomamos muy en serio. Él dijo:

“Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.

“Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis;

“estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí” (Mateo 25:34–36).

Es así como el Señor vela por los necesitados, a quienes, dijo Él, “siempre tendréis con vosotros” (véase Mateo 26:11).

Los que están en condiciones, trabajan en forma voluntaria en bien de aquellos que no están en condiciones. El año pasado se donaron 563.000 días de trabajo en instalaciones de bienestar, el equivalente a un obrero que trabaja 8 horas diarias durante 1.542 años.

En una reciente edición del Church News se publicó un artículo sobre un grupo de granjeros en una pequeña comunidad del estado de Idaho. Permítanme leerles parte del mismo:

“Son las 6:00 de la mañana de un día de otoño y la helada se siente en el aire sobre las plantaciones de remolacha en Rupert, Idaho.

“Los largos brazos de las máquinas remolacheras se extienden por encima de las doce hileras de plantas para cortar las hojas. Detrás de las remolacheras, las cosechadoras clavan sus dedos de metal en la tierra y extraen la remolacha, colocándola sobre una cinta que la transporta hasta un camión…

“Estamos en la Granja de Bienestar de Rupert, Idaho y quienes están trabajando hoy aquí son voluntarios… Por momentos vemos más de sesenta máquinas trabajando al unísono… todas de propiedad de granjeros locales”.

El trabajo prosigue a lo largo del día.

“Son las 7:00 de la tarde… el sol ya se ha puesto, dejando la tierra nuevamente a oscuras y fría. Los granjeros se marchan a sus hogares, exhaustos y felices.

“Otra jornada llega a su reconfortante fin.

“Esos hombres han cosechado las remolachas del Señor” (Neil K. Newell, “A Harvest in Idaho”, Church News, 20 de marzo de 2004, pág. 16).

Ese magnífico servicio voluntario se lleva a efecto constantemente para mantener abastecidos los almacenes del Señor.

Desde sus mismos comienzos, el programa no se ha limitado a la ayuda a los necesitados sino que también ha instado a las familias de la Iglesia a estar preparadas. Nunca se sabe cuándo pueda sobrevenir una catástrofe; o enfermedades, desempleo o accidentes.

El año pasado el programa ayudó a familias a almacenar 8.165 toneladas métricas de alimentos básicos para tiempos de necesidad. Es de esperar que esos tiempos nunca lleguen, pero el saber que tales alimentos están almacenados nos trae tranquilidad y nos proporcionan la satisfacción de haber obedecido el consejo que se nos dio.

Ahora se ha añadido otro objetivo al programa de bienestar. Comenzó hace algunos años cuando la sequía en África causó hambre y muerte a una innumerable cantidad de personas. Se invitó a los miembros de la Iglesia a contribuir a un gran esfuerzo humanitario para satisfacer las necesidades de esa gente sumida en la pobreza. Las contribuciones de ustedes han sido numerosas y generosas. El trabajo ha continuado pues hay graves necesidades en muchos otros lugares. El alcance de esta ayuda se ha transformado en un milagro. Millones de kilogramos de comida, medicamentos, mantas, tiendas, ropa y otros artículos han servido para prevenir hambruna y desolación en varias partes del mundo. Se han cavado pozos, se han plantado cultivos y se han salvado vidas. Permítanme darles un ejemplo.

Neil Darlington es un ingeniero químico que trabajó para una prestigiosa firma industrial de Ghana y con el tiempo se jubiló.

Él y su esposa fueron entonces llamados a servir una misión y fueron enviados a ese país. El hermano Darlington dijo: “Estábamos como representantes de la Iglesia en zonas de hambruna, enfermedad y disturbios sociales, extendiendo una mano de ayuda a los indigentes, los hambrientos y los afligidos”.

En pequeños poblados perforaron nuevos pozos y repararon algunos que ya estaban viejos. Quienes disfrutamos de agua fresca y potable en abundancia ni siquiera podemos imaginarnos las circunstancias de aquellos que no la tienen.

¿Pueden visualizar a este devoto matrimonio misionero Santo de los Últimos Días? Ellos perforan la tierra seca y el taladro llega a la capa de agua y el milagroso líquido brota en la superficie y humedece el suelo seco y sediento. Entonces hay regocijo y también lágrimas. Ahora hay agua para beber, agua con la cual lavar, agua para los cultivos. No hay nada más atesorado en una tierra seca que el agua. Qué cosa tan hermosa es el agua que brota de un nuevo pozo.

En una ocasión, cuando los jefes de la tribu y los ancianos del poblado se reunieron para agradecerles, el hermano Darlington y su esposa preguntaron si estaría bien si les cantaran una canción. Miraron en los ojos de aquellos hombres y mujeres de tez oscura que tenían delante de sí y cantaron: Soy un hijo de Dios, como una expresión de hermandad entre ellos.

Este matrimonio, a través de sus esfuerzos, ha llevado agua a cerca de 190.000 personas en remotos poblados y campamentos de refugiados. Piensen en el milagro de este logro.

Y ahora, literalmente miles de matrimonios como ellos, matrimonios que pudiendo haberse entregado hasta el fin de sus vidas a actividades sin mayor valor, han servido y sirven de muchas formas en muchos lugares. Han trabajado y siguen trabajando en zonas empobrecidas del continente americano; han trabajado y siguen haciéndolo en la India y en Indonesia, en Tailandia y en Camboya, en Rusia y los países bálticos, y así la obra sigue creciendo.

Uniéndonos al esfuerzo de otras instituciones, la Iglesia ha facilitado recientemente sillas de ruedas a unas 42.000 personas inválidas. Piensen en lo que esto significa para quienes hasta ahora habían tenido que arrastrarse para desplazarse de un lugar a otro. Con la colaboración de abnegados médicos y enfermeras, se brindó capacitación sobre resucitación de neonatos a cerca de 19.000 profesionales tan sólo en el año 2003. Como consecuencia de ello se salvará la vida de miles de recién nacidos.

El año pasado se diagnosticó a unas 2.700 personas con problemas en la vista y se capacitó a 300 especialistas de diferentes lugares en cuanto a nuevos procedimientos. Literalmente, se les devolvió la vista a los ciegos.

Donde hubo inundaciones, donde se verificaron desastrosos terremotos, donde el hambre sigue azotando la tierra, dondequiera que hayan surgido necesidades de cualquier índole, allí ha habido representantes de la Iglesia. El año pasado se hicieron contribuciones por un valor aproximado a los 98 millones de dólares en efectivo y en especie, llevando la suma total de donativos a los 643 millones de dólares en sólo 18 años.

Yo he sido testigo personal de la eficacia de nuestros esfuerzos humanitarios. Al viajar por el mundo, he estado con quienes se han beneficiado con nuestra generosidad. En 1998 visité las zonas de Centroamérica que fueron destruidas por el Huracán Mitch. Allí la distribución de alimentos y ropa fue rápidamente organizada y el proceso de limpieza y reconstrucción de hogares destrozados y de vidas despedazadas fue un milagro para nosotros.

No hay tiempo para seguir haciendo un recuento del alcance de estos extraordinarios programas. Al dar nuestra ayuda no hemos preguntado si los damnificados eran o no miembros de la Iglesia pues sabemos que todos los seres humanos somos hijos de Dios, dignos de recibir ayuda en momentos de necesidad. En gran medida hemos hecho todo cuanto hicimos sin que la mano izquierda estuviera enterada de lo que hacía la derecha. No buscamos reconocimientos ni agradecimientos. Es compensación suficiente el saber que cuando ayudamos a uno de los más pequeños de los hijos de nuestro Padre Celestial, lo hemos hecho también a Él y a Su Hijo Amado (véase Mateo 25:40).

Y seguiremos adelante con esta obra, pues siempre habrá necesidades. El hambre y las tragedias siempre estarán entre nosotros y siempre habrá personas a cuyo corazón haya entrado la luz del Evangelio y que estén dispuestas a servir y trabajar y alentar a los necesitados de la tierra.

Como parte de una labor similar, establecimos el Fondo perpetuo para la educación, el cual se ha hecho realidad gracias a las generosas contribuciones de ustedes. Está ahora en funcionamiento en 23 países. Los préstamos se otorgan a jóvenes dignos de ambos sexos con miras a su educación. De no existir este fondo, ellos seguirían atrapados en la misma pobreza que conocieron sus antepasados por generaciones. Llega a más de 10.000 el número de personas que reciben esta ayuda y la experiencia hasta el presente nos indica que con esa educación ahora ganan tres o cuatro veces más de lo que antes les era posible ganar.

El Espíritu del Señor guía esta obra. Esta actividad de bienestar es de naturaleza secular y se manifiesta a sí misma por medio de granos, cobijas, ropa y medicamentos, de empleo y de educación. Pero esta obra llamada secular no es más que una expresión exterior de un espíritu interior: el Espíritu del Señor de quien se dijo que “anduvo haciendo bienes” (véase Hechos 10:38).

Que los cielos hagan prosperar este gran programa y que las bendiciones celestiales descansen sobre todos cuantos sirven en él, lo ruego humildemente en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.