Ya rompe el alba

Gordon B. Hinckley

President of the Church


Gordon B. Hinckley
¡Qué época tan gloriosa ha sido y sigue siéndolo! Ha nacido un nuevo día en la obra del Todopoderoso.

¿No fue absolutamente espectacular? Gracias a Liriel Domiciano y al coro. ¡Qué gran declaración de fe!: “Yo sé que vive mi Señor”. Gracias nuevamente por esa música conmovedora y maravillosa.

Quisiera decir, en primer lugar, a todos los miembros de la Iglesia y demás personas: gracias por la bondad que han extendido a mi esposa y a mí; han sido ustedes tan gentiles y generosos, y nos sentimos conmovidos por todo lo que hacen por nosotros. Si a todo el mundo se lo tratara como se nos trata a nosotros, sería un mundo muy diferente; nos trataríamos unos a otros en el Espíritu del Maestro, que tendió la mano para consolar y sanar.

Hermanos y hermanas, ahora que el presidente Packer se ha dirigido a ustedes en calidad de abuelo, me gustaría explayar uno de los temas que él ha presentado. Yo, también, ya soy un hombre entrado en años, incluso mayor que él, si eso es posible. He vivido ya largo tiempo, he viajado a lugares lejanos y he visto gran parte de este mundo. En momentos de tranquila reflexión, me pregunto por qué hay tantas dificultades y tanto sufrimiento en casi todas partes. Nuestros días están llenos de peligro; a menudo se hace referencia a las palabras de Pablo a Timoteo: “También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos” (2 Timoteo 3:1). Procede luego a describir las condiciones que prevalecerán en esa época. Creo que es sumamente obvio que estos últimos días son en verdad tiempos peligrosos que encajan con las condiciones que Pablo describió (véase 2 Timoteo 3:2–7).

Pero el peligro no es algo nuevo para la familia humana. En Apocalipsis se nos dice que “hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles;

“pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo.

“Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él” (Apocalipsis 12:7–9).

Qué tiempo tan peligroso debió haber sido. El Todopoderoso mismo se enfrentaba con el Hijo de la Mañana y nosotros nos encontrábamos presentes. Debió haber sido una lucha desesperantemente difícil, con una gran victoria triunfal.

En cuanto a esos tiempos de desesperación, el Señor le habló a Job desde el torbellino, y dijo:

“¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra…

“Cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios?” (Job 38:4, 7).

¿Por qué éramos felices entonces? Creo que era porque lo bueno había triunfado sobre lo malo y toda la familia humana estaba del lado del Señor; le dimos la espalda al adversario y nos unimos a las fuerzas de Dios, y esas fuerzas salieron triunfantes.

Pero habiendo tomado esa decisión, ¿por qué debemos tomarla una y otra vez después de nuestro nacimiento en la tierra?

No puedo comprender por qué tantas personas han traicionado en la vida la decisión que una vez tomaron cuando se lidiaba la gran guerra en los cielos.

Pero es evidente que la lucha entre el bien y el mal, que dio comienzo con esa guerra, nunca ha terminado, sino que ha seguido ininterrumpida hasta el día de hoy.

Creo que nuestro Padre debe llorar porque muchos de Sus hijos, a través de las edades, han hecho uso del albedrío que Él les dio y han elegido el camino del mal, en vez del bien.

El mal se manifestó en los primeros días de este mundo cuando Caín mató a Abel, y fue aumentando hasta que en los días de Noé “vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.

“Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón” (Génesis 6:5–6).

Le mandó a Noé que construyera un arca “en la cual pocas personas, es decir, ocho” serían salvas (1 Pedro 3:20).

La tierra fue limpiada; las aguas se retiraron y se estableció de nuevo la rectitud, pero no pasó mucho tiempo hasta que la familia humana, muchos de ellos, volvieran a sus antiguas costumbres de desobediencia. Los habitantes de las ciudades de la llanura, Sodoma y Gomorra, son ejemplos de la depravación en la que cayó el hombre, y “destruyó Dios las ciudades de la llanura” con una asolación completa y total (Génesis 19:29).

Isaías exclamó:

“…vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír;

“Porque vuestras manos están contaminadas de sangre, y vuestros dedos de iniquidad; vuestros labios pronuncian mentira, habla maldad vuestra lengua” (Isaías 59:2–3).

Así fue con otros profetas del Antiguo Testamento, cuyo mensaje principal era la censura de la maldad. El peligro de esos tiempos no era exclusivo del Viejo Mundo. En el Libro de Mormón se documenta que en el hemisferio occidental, los ejércitos de los jareditas lucharon hasta la muerte. Los nefitas y los lamanitas también lucharon hasta que miles murieron y Moroni tuvo que andar errante para proteger su vida (véase Moroni 1:3). Su súplica final, dirigida hacia los de nuestros días, fue un llamado a la rectitud:

“Y otra vez quisiera exhortaros a que vinieseis a Cristo, y procuraseis toda buena dádiva; y que no tocaseis el don malo ni la cosa impura” (Moroni 10:30).

Cuando el Salvador estuvo en la tierra, “anduvo haciendo bienes” (Hechos 10:38), pero también censuró la hipocresía de los escribas y fariseos, refiriéndose a ellos como “sepulcros blanqueados” (véase Mateo 23:27). A latigazos echó del templo a los cambistas, diciendo: “Mi casa es casa de oración; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones” (Lucas 19:46). Ese, también, fue un tiempo de grandes peligros. Palestina formaba parte del Imperio Romano que gobernaba con mano de hierro, era opresivo y lleno de maldad.

Las epístolas de Pablo imploraban que hubiese fortaleza entre los seguidores de Cristo, no fuera que cayeran en los caminos del maligno; pero al final se impuso un espíritu de apostasía.

El mundo se vio envuelto en la ignorancia y la maldad, lo que resultó en lo que se conoce como la edad de las tinieblas. Isaías había predicho: “…tinieblas cubrirán la tierra, y oscuridad las naciones” (Isaías 60:2). Durante siglos proliferaron las enfermedades y reinó la pobreza; durante el siglo catorce murieron cerca de 50 millones de personas a consecuencia de la peste bubónica. ¿No fue esa una época de peligros terribles? Me pregunto cómo sobrevivió la humanidad.

No obstante, de algún modo se encendió una luz en ese largo período de oscuridad; la era del Renacimiento trajo consigo un florecimiento del conocimiento, las artes y la ciencia, y se suscitó un movimiento de hombres y mujeres valientes e intrépidos que levantaron la vista al cielo en reconocimiento de Dios y de Su Hijo divino; lo conocemos como la Reforma.

Entonces, después de que muchas generaciones hubieron andado por la tierra —muchos de ellos en conflictos, odio, tinieblas y maldad— llegó el grandioso nuevo día de la Restauración. Aquel glorioso Evangelio se introdujo con la aparición del Padre y del Hijo al joven José. El alba de la dispensación del cumplimiento de los tiempos se alzó sobre el mundo. Todo lo bueno, lo bello, lo divino de todas las dispensaciones pasadas fue restaurado en esa época tan extraordinaria.

Pero existía también la maldad; y una manifestación de esa maldad fue la persecución, ese odio que ocasionó expulsiones y marchas obligatorias en medio del invierno.

Fue tal como Charles Dickens lo describió en las primeras líneas de su libro Historia de dos ciudades: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos;… la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación”.

A pesar de la gran maldad de estos tiempos, ¡qué época tan gloriosa ha sido y sigue siéndolo! Ha nacido un nuevo día en la obra del Todopoderoso, obra que ha progresado, se ha fortalecido y se ha extendido por toda la tierra y que ha influido para bien en la vida de millones de personas; y eso es sólo el comienzo.

Ese gran despertar ha resultado también en que sobre el mundo se derramase un enorme torrente de conocimiento secular.

Piensen en el aumento en la longevidad; piensen en las maravillas de la medicina moderna; me lleno de asombro. Piensen en el florecimiento de la educación; piensen en los milagrosos adelantos en los medios de transporte y de comunicación. El ingenio del hombre no tiene fin cuando el Dios de los cielos inspira y derrama luz y conocimiento.

Hay aún mucho conflicto en el mundo; hay terrible pobreza, enfermedad y odio. La crueldad del hombre para con el hombre es aún atroz; no obstante, ha ocurrido un glorioso amanecer. El “Sol de justicia” ha venido “y en sus alas traerá salvación” (Malaquías 4:2). Dios y Su Amado Hijo se han revelado a Sí mismos; los conocemos; los adoramos “en espíritu y en verdad” (Juan 4:24). Los amamos; los honramos y deseamos hacer Su voluntad.

Las llaves del sacerdocio eterno han abierto las cerraduras de las prisiones del pasado.

“Ya rompe el alba de la verdad
“y en Sión se deja ver,
“tras noche de obscuridad,
“el día glorioso amanecer”.
(“Ya rompe el alba”, Himnos, Nº 1)

¿Tiempos peligrosos? Sí; son tiempos peligrosos, pero la raza humana ha vivido en peligro desde antes de la creación de la tierra. De algún modo, en medio de la oscuridad, ha habido una luz leve pero hermosa que ahora, con brillo adicional, resplandece sobre el mundo; lleva consigo el plan de felicidad de Dios para Sus hijos; lleva consigo las grandiosas e incomprensibles maravillas de la expiación del Redentor.

Cuán agradecidos estamos al Dios de los cielos por el bondadoso cuidado que brinda a Sus Hijos al proporcionarles, a lo largo de todos los peligros de la eternidad, la oportunidad de obtener la salvación y la bendición de la exaltación en Su reino, si tan sólo viven en rectitud.

Y, hermanos y hermanas, esto deposita en nosotros una grandiosa y abrumadora responsabilidad. En 1894, el presidente Wilford Woodruff dijo:

“El Todopoderoso está con Su pueblo. Nosotros tendremos todas las revelaciones que necesitaremos si cumplimos con nuestro deber y obedecemos los mandamientos de Dios… Mientras viva, deseo cumplir con mi deber; deseo que los Santos de los Últimos Días cumplan con su deber. Tenemos el Santo Sacerdocio… La responsabilidad de ellos es grande y poderosa. Los ojos de Dios y los de todos los santos profetas nos observan. Ésta es la gran dispensación de la que se ha hablado desde el principio del mundo. Nos encontramos reunidos… por el poder y el mandamiento de Dios. Estamos efectuando la obra de Dios… Llevemos a cabo nuestra misión” (de James R. Clark, comp., Messages of the First Presidency of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, 6 tomos, 1965–1975, 3:258).

Éste es nuestro enorme y exigente desafío, mis hermanos y hermanas; ésta es la decisión que constantemente debemos tomar, al igual que las generaciones anteriores han tenido que elegir. Debemos preguntarnos:

“¿Quién sigue al Señor?
“Toma tu decisión.
“Clamamos sin temor:
“¿Quién sigue al Señor?”
(“¿Quién sigue al Señor?”, Himnos, Nº 260)

¿Comprendemos y entendemos de verdad la tremenda importancia de lo que poseemos? Ésta es la culminación de las generaciones del hombre, el último capítulo del panorama entero de la experiencia humana.

Pero esto no nos coloca en una posición de superioridad, sino que debería llenarnos de humildad. Esto deposita en nosotros una responsabilidad ineludible de tender nuestra mano por el bienestar de todos, en el Espíritu del Maestro, que enseñó: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 19:19). Debemos dejar de lado las pretensiones de superioridad moral y elevarnos por encima de nuestros mezquinos intereses personales.

Debemos hacer todo lo que sea necesario por adelantar la obra del Señor al edificar Su reino en la tierra. No podemos transigir nunca sobre la doctrina que ha venido a través de la revelación, pero podemos vivir y trabajar con los demás, respetando sus creencias y admirando sus virtudes, uniendo nuestros esfuerzos para oponernos a las falsedades, los pleitos, el odio… esos peligros que desde el principio han estado con el hombre.

Sin renunciar a ningún elemento de nuestra doctrina, podemos ser buenos vecinos, podemos ser de ayuda, podemos ser amables y generosos.

Nosotros, los de esta generación, somos la última cosecha de todo lo que nos ha antecedido. No es suficiente con sólo ser conocidos como miembros de esta Iglesia; sobre nosotros descansa una solemne obligación; aceptémosla y esforcémonos por llevarla a cabo.

Debemos vivir como verdaderos discípulos del Cristo, con caridad hacia todos, haciendo un bien por el mal que recibamos, enseñando por medio del ejemplo los caminos del Señor, y llevando a cabo el extenso servicio que Él nos ha señalado.

Que vivamos dignos del glorioso don de luz, entendimiento y verdad eterna que hemos recibido a través de los peligros del pasado. De alguna manera, de entre todos los que han andado sobre la tierra, a nosotros se nos ha permitido salir a la luz en esta singular y extraordinaria época. Sean agradecidos y, sobre todo, sean fieles. Ésa es mi humilde oración, al testificarles de la veracidad de esta obra, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.