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Abril 2004 | Cuando te hayas convertido

Cuando te hayas convertido

Suplica a Dios en el nombre de Cristo que escriba el Evangelio en tu mente, a fin de que tengas entendimiento, y en tu corazón, para que te agrade hacer Su voluntad.

Mis comentarios se dirigen en particular a ti, joven, y a ti, jovencita, aunque espero que sean útiles para todos.

Hace años, cuando era presidente de estaca, vino un hombre a confesar una transgresión. Su confesión me sorprendió; por años había sido miembro activo de la Iglesia y me preguntaba cómo una persona con su experiencia podría haber cometido semejante pecado. Después de meditar en ello, se me ocurrió que ese hermano nunca había tenido una verdadera conversión. A pesar de su actividad en la Iglesia, el Evangelio no había penetrado en su corazón; era sólo una influencia externa en su vida. Cuando estaba en entornos propicios, guardaba los mandamientos, pero en medios diferentes, dejaba que otras influencias controlaran sus acciones.

¿Cómo te puedes convertir tú? ¿Qué puedes hacer para que el Evangelio de Jesucristo no sólo influya en tu vida, sino que sea la influencia dominante, y de hecho, el núcleo de lo que eres? El antiguo profeta Jeremías dijo que la ley de Dios, el Evangelio, debería estar escrito en nuestros corazones. Hizo referencia al Señor, que se dirigía a nosotros, Su pueblo en los últimos días: “Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo”1.

¿Quieres que esto te ocurra a ti? Yo te puedo decir cómo lo puedes lograr, pero debe ser algo que tú desees. El Evangelio no se puede escribir en tu corazón a menos que tengas un corazón receptivo. Sin tener un deseo sincero, puedes participar en las reuniones sacramentales, en las clases y actividades de la Iglesia y hacer las cosas que yo te diga, pero eso no tendrá efecto alguno; pero si tienes un corazón receptivo y dispuesto, como el de un niño2, permíteme decirte lo que puedes hacer para ser convertido.

En primer lugar, debes dejar a un lado cualquier sentimiento de orgullo, que es tan común en el mundo de hoy; me refiero a la actitud que rechaza la autoridad de Dios para gobernar nuestra vida. El Señor describió esa actitud a José Smith, cuando dijo: “No buscan al Señor para establecer su justicia, antes todo hombre anda por su propio camino, y en pos de la imagen de su propio dios”3. Hoy día se oye expresado en frases como éstas: “Haz lo que te plazca”, o “Lo bueno o lo malo dependen de lo que yo considere conveniente”. Esa actitud es una rebelión contra Dios, así como Lucifer se rebeló contra Dios en el mundo preterrenal rechazando el derecho de Dios de declarar la verdad y establecer la ley4. Satanás deseaba, y aún desea, el poder para declarar por sí mismo lo que es bueno y lo que es malo. Nuestro amado Creador no nos obliga a aceptar Su autoridad, pero el estar dispuestos a someternos a esa autoridad es el primer paso hacia la conversión.

Además, para que el Evangelio esté “escrito en tu corazón”, es necesario que sepas lo que es y que llegues a comprenderlo más plenamente, lo cual significa que debes estudiarlo5. Cuando digo “estudiarlo”, me refiero a algo más que leerlo. A veces es bueno leer un libro de las Escrituras en un periodo establecido a fin de obtener una impresión general de su mensaje, pero para los fines de la conversión, debes prestar más atención al tiempo que pases en las Escrituras que a la cantidad de texto que leas en ese tiempo. A veces te imagino leyendo algunos versículos, deteniéndote a meditar en ellos, volviéndolos a leer con detenimiento y, al pensar en lo que significan, orando para recibir entendimiento, haciéndote preguntas en tu mente, esperando recibir impresiones espirituales y anotando las impresiones e ideas que recibas para recordarlas y aprender más. Al estudiar de este modo, tal vez no leas muchos capítulos o versículos en media hora, pero harás lugar en tu corazón a la palabra de Dios, y Él se dirigirá a ti. Ten presente la descripción de Alma en cuanto a lo que se siente: “…empieza a ensanchar mi alma; sí, empieza a iluminar mi entendimiento; sí, empieza a ser deliciosa para mí”6. Sentirás que el Evangelio se escribirá en tu corazón, que tu conversión se está llevando a cabo, a medida que la palabra del Señor, mediante Sus profetas pasados y presentes, se haga cada vez más deliciosa para tu alma.

Mencioné la oración a medida que estudias para comprender las Escrituras, pero tus oraciones no se deben limitar a esa súplica. En el Libro de Mormón, Amulek nos dice que debemos orar en cuanto a todo lo de nuestra vida; él dice: “…[derramad] vuestra alma en vuestros aposentos, en vuestros sitios secretos y en vuestros yermos”7. Tu Padre Celestial desea que ores en cuanto a tus esperanzas y temores, tus amigos y familia, tus estudios y tu trabajo, y las necesidades de los que te rodean. Más que nada, debes orar para tener el amor de Cristo. Este amor se da a aquellos que son verdaderos discípulos de Jesucristo y que lo suplican con toda la energía de sus corazones8. Ese amor es el fruto del árbol de la vida9, y el probarlo es una parte importante de tu conversión porque una vez que hayas sentido el amor que el Salvador tiene por ti, incluso la porción más pequeña, te sentirás seguro, y en tu interior crecerá el amor hacia Él y hacia nuestro Padre Celestial. En tu corazón desearás hacer lo que esos Seres Santos te pidan hacer. Ve con frecuencia a tus aposentos, a tus sitios secretos y a tus yermos. Da gracias a Dios por tus bendiciones; suplícale Su ayuda; pídele que te conceda el amor puro de Cristo; a veces el ayuno te será de ayuda.

Después que Amulek habló acerca de la oración, habló de algo que es otro elemento importante de la conversión: el servir a los demás. De otro modo, dijo él, “vuestra oración es en vano y no os vale nada”10. En otras palabras, para convertirte, no sólo debes tener un corazón receptivo al conocimiento del Evangelio y al amor de Dios, sino que debes llevar a la práctica la ley del Evangelio, ya que no puedes comprenderla ni apreciarla en su totalidad a menos que personalmente la pongas en práctica. Jesús dijo que vino para servir, no para ser servido11. Lo mismo debe ocurrir contigo; debes mirar a tu alrededor y cuidar a los demás; puedes ser caritativo, amigable, puedes compartir y ayudar en infinidad de maneras; y al hacerlo, el Evangelio de Jesucristo se convertirá en parte de tu ser.

Permíteme mencionar algo más. En tiempos antiguos, cuando las personas deseaban adorar al Señor y buscar Sus bendiciones, a menudo llevaban una ofrenda. Por ejemplo, cuando iban al templo, llevaban un sacrificio que colocaban en el altar. Después de Su expiación y resurrección, el Salvador dijo que ya no aceptaría holocaustos de animales; la ofrenda o sacrificio que aceptaría en adelante era el de “un corazón quebrantado y un espíritu contrito”12. Al buscar la bendición de la conversión, puedes brindar al Señor la ofrenda de tu corazón quebrantado o arrepentido y tu espíritu contrito u obediente. En realidad, es la ofrenda de ti mismo, de lo que eres y de lo que estás llegando a ser.

¿Hay algo en ti o en tu vida que sea impuro o indigno? Cuando logres deshacerte de ello, será una ofrenda para el Salvador. ¿Careces de un buen hábito o de una buena cualidad? Si lo adoptas y lo haces parte de tu carácter, le estarás haciendo una ofrenda al Señor13. A veces es difícil hacerlo, pero, ¿serían las ofrendas del arrepentimiento y de la obediencia ofrendas dignas si no te costaran nada?14. No tengas miedo del esfuerzo que se requiera; y recuerda: no tienes que hacerlo solo. Jesucristo te ayudará a hacer de ti una ofrenda digna. Su gracia te hará limpio, incluso santo. Finalmente, llegarás a ser como Él, “perfecto en Cristo”15.

Con la conversión, llevarás puesta una armadura protectora, “toda la armadura de Dios”16, y las palabras de Cristo, que vienen por el Espíritu Santo, te dirán todas las cosas que debes hacer17.

En 1992, dos misioneras en Zagreb, Croacia, regresaban a su apartamento una tarde después de concluir una charla, en un lugar ubicado a una distancia considerable, y empezaba a anochecer. Varios hombres que iban en el trolebús hicieron unos comentarios vulgares y su comportamiento era amenazador. Al sentirse en peligro, las hermanas se bajaron del trolebús en la parada siguiente, justo cuando las puertas se cerraban y nadie pudiera seguirlas. Habiendo evitado esa situación, se dieron cuenta de que no reconocían dónde se encontraban. Al volverse para pedir ayuda, vieron a una mujer; las misioneras le explicaron que estaban perdidas y le pidieron que las orientara. Ella sabía dónde podrían tomar otro trolebús que las llevara a casa y les dijo que la siguieran. Por el camino tuvieron que pasar frente a un bar con clientes que estaban sentados a lo largo de la acera en la penumbra. Esos hombres también parecían amenazadores. No obstante, las dos jovencitas tuvieron la clara impresión de que esos hombres no podían verlas; pasaron por allí, aparentemente invisibles para los que hubieran tenido intenciones de hacerles daño. Cuando las hermanas y su guía llegaron a la parada, el trolebús que necesitaban llegaba en ese momento; se volvieron para darle las gracias a la mujer, pero había desaparecido18.

A esas misioneras se les brindó una guía y otras bendiciones para protegerlas físicamente. Cuando tú te conviertas, tendrás protecciones semejantes que te alejarán de la tentación y de la maldad19. A veces la maldad no te encontrará; algunas veces serás protegido cuando no puedas ver la maldad, y aun cuando tengas que confrontarla directamente, lo harás con fe y sin temor.

Hemos hablado del deseo, de la sumisión a Dios, del estudio, de la oración, del servicio, del arrepentimiento y de la obediencia. De éstos, combinados con tu adoración y actividad en la Iglesia, provendrán el testimonio y la conversión. El Evangelio no será tan sólo una influencia en tu vida, sino que será la esencia de lo que eres en realidad. Suplica a Dios en el nombre de Cristo que escriba el Evangelio en tu mente, a fin de que tengas entendimiento, y en tu corazón, para que te agrade hacer Su voluntad20. Procura esa bendición con diligencia y paciencia, y la recibirás, porque Dios “misericordioso es y clemente… y grande en misericordia”21. De esto testifico, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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