Comentarios finales

Gordon B. Hinckley

President of the Church


Gordon B. Hinckley
Espero que vayamos a la casa del Señor un poco más frecuentemente.

Hemos tenido otra grandiosa conferencia. Qué reuniones tan extraordinarias son y qué gran propósito cumplen. Nos reunimos en un espíritu de adoración y con un deseo de aprender, y renovamos nuestros lazos como miembros de esta gran familia de Santos de los Últimos Días que viven en muchos países, que hablan una variedad de idiomas, que provienen de diferentes culturas y que incluso son de apariencia diferente. Pero reconocemos que todos somos uno, cada cual un hijo o una hija de nuestro Padre Celestial.

En unos minutos este enorme Centro de Conferencias en Salt Lake City estará vacío; las luces se apagarán y las puertas se cerrarán. Lo mismo ocurrirá en otros miles de centros de reuniones de este vasto mundo. Espero que volvamos a nuestros hogares enormemente enriquecidos. Nuestra fe se habrá fortalecido y nuestra determinación se habrá vigorizado. Si nos hemos sentido derrotados y desalentados, espero que hayamos recibido nuevo aliento en nuestra vida; si hemos andado errantes y hemos sido indiferentes, espero que sintamos un espíritu de arrepentimiento. Si hemos sido crueles o malos y egoístas, espero que hayamos tomado la determinación de que cambiaremos. Todos aquellos que anden por fe habrán fortalecido su fe.

Hoy es lunes en el Lejano Oriente; mañana será lunes en el Hemisferio Occidental y en Europa. Es un tiempo que hemos designado para efectuar la noche de hogar para la familia. En esa ocasión, espero que los padres y las madres reúnan a sus hijos a su alrededor y hablen de algunas de las cosas que hayan oído en esta conferencia; incluso quisiera que anotaran algunas de ellas, las meditaran y las recordaran.

Ahora, para terminar, quisiera recordarles otro asunto, y es que espero que vayamos a la casa del Señor un poco más frecuentemente. Como lo indiqué durante la sesión de apertura, hemos hecho todo lo que hemos podido por llevar los templos más cerca de nuestra gente, aunque aún hay muchos que tienen que viajar grandes distancias. Espero que continúen haciendo ese esfuerzo hasta que llegue el tiempo en que se justifique un templo en donde residan.

La mayoría de nuestros templos podrían estar mucho más ocupados de lo que están. En este mundo ruidoso, bullicioso y competitivo, qué privilegio es tener una sagrada casa donde podamos sentir la influencia santificadora del Espíritu del Señor. Constantemente nos invade el factor del egoísmo, el cual debemos vencer, y no hay mejor manera de hacerlo que ir a la casa del Señor a prestar servicio en una relación vicaria en beneficio de aquellos que están más allá del velo de la muerte. Eso es algo extraordinario. En la mayoría de los casos, no conocemos a las personas por quienes efectuamos la obra. No esperamos que nos den las gracias y no tenemos la seguridad de que aceptarán lo que les ofrecemos, pero, no obstante, vamos, y en ese proceso, alcanzamos un nivel que no se logra con ningún otro esfuerzo. Literalmente llegamos a ser salvadores en el monte de Sión. ¿Y qué significa eso? Así como nuestro Redentor dio Su vida como sacrificio vicario por todos los hombres, y al hacerlo llegó a ser nuestro Salvador, así también nosotros, en una pequeña medida, al llevar a cabo la obra vicaria en el templo, llegamos a ser salvadores para aquellos que están en el otro lado, quienes no tienen modo de progresar a menos que los que estén en la tierra hagan algo en beneficio de ellos.

De manera que, mis hermanos y hermanas, los animo a sacar mayor provecho de este bendito privilegio que les refinará su modo de ser, que los despojará del caparazón de egoísmo en el que vivimos la mayoría de nosotros. Literalmente traerá una influencia santificadora a nuestra vida y hará de nosotros mejores hombres y mujeres.

Cada templo, grande o pequeño, tiene su hermosa sala celestial, que se creó para representar el reino celestial. Hace algunos años, cuando se hicieron extensas renovaciones en el Templo de Mesa, Arizona y se abrieron sus puertas para el público, un visitante describió la sala celestial como la sala de la casa de Dios. Y bien podría serlo. Tenemos el singular y exclusivo privilegio, al estar vestidos de blanco, de sentarnos en la hermosa sala celestial al concluir nuestra obra de las ordenanzas, y pensar, meditar y orar en silencio.

Allí podemos reflexionar en la gran bondad del Señor para con nosotros; podemos meditar en el gran plan de felicidad que nuestro Padre ha trazado para Sus hijos. Por eso los insto, mis hermanos y hermanas; háganlo mientras tengan la fuerza para hacerlo. Sé que cuando nos avejentamos se torna extremadamente difícil levantarnos o sentarnos, pero cuán gran bendición es.

Ahora, mis hermanos y hermanas, les expreso de nuevo mi amor. Que el cielo les sonría. Esta obra es verdadera; jamás lo duden. Dios nuestro Padre Eterno vive. Jesús es nuestro Redentor, nuestro Señor, el Hijo del Dios viviente. José fue un profeta, el Libro de Mormón es de origen divino y ésta es la santa obra de Dios en la tierra. Les dejo mi testimonio, mi amor, mi bendición, al separarnos para ir a nuestros hogares. Que Dios esté con ustedes hasta que nos encontremos otra vez, es mi humilde oración, en el nombre sagrado de Jesucristo. Amén.