Más santidad dame

H. David Burton

Presiding Bishop


H. David Burton
Es importante que las familias y las personas busquen con más ahínco las virtudes que se proyectan más allá de esta vida.

El padre del élder Richards nos entrevistó a la hermana Burton y a mí antes de nuestro matrimonio y sabemos a lo que el élder Richards se ha referido en esta sesión de la conferencia.

En una conferencia de estaca reciente, una jovencita se me acercó al final y al darnos la mano, ella dijo: “Obispo, usted podría mejorar sus discursos de la conferencia general con una sonrisa”. Quise decirle acerca del miedo y de la sonrisa, pero no tuve tiempo; pero trataré y espero que la suerte me acompañe.

Al concluir cada conferencia general, mi interior anhela más: más de la serenidad del momento, más de la compañía del Espíritu y más del alimento espiritual que bendice mi alma.

La sabiduría convencional actual indica que más es mejor y que menos, por lo general, no es deseable. Hay personas para las que el adquirir más cosas y servicios del mundo se ha convertido en una pasión. Para otras, tener más de las riquezas de este mundo es necesario simplemente para subsistir o alcanzar un nivel mínimo de vida. El deseo descontrolado de tener más suele acarrear consecuencias trágicas. Por ejemplo, el presidente Boyd K. Packer nos recuerda: “Podríamos ser como el padre que se propone dar todo a los suyos, que dedica toda su energía a ese fin y lo logra sólo para darse cuenta después de que desatendió lo que ellos más necesitaban: el estar todos juntos como familia. Y, como resultado de ello, recoge pesar en vez de satisfacción” (“Los padres en Sión”, Liahona, enero de 1999, pág. 25).

Los padres con más cosas del mundo suelen tener dificultades para decir no a las exigencias de hijos consentidos. Sus hijos corren el riesgo de no aprender valores importantes, como el trabajar arduamente, el posponer la recompensa, el ser honrados y el tener compasión. Los padres prósperos pueden criar, y lo hacen, a hijos centrados, amorosos y con valores, pero la lucha por fijar límites, hacer más con menos y evitar la trampa de querer “más, más y más” es cada vez más enconada. Es muy difícil decir no para tener más cuando uno puede arreglárselas para decir sí.

Los padres tienen razón en preocuparse por el futuro. Es difícil decir no a más equipo deportivo, a más aparatos electrónicos, a más clases, a más ropa, a más participación del equipo, etc., cuando los padres consideran que una mayor cantidad permitirá a los hijos progresar en un mundo más competitivo. Los jóvenes parecen querer más cosas, en parte porque hay más que les llama la atención. La Asociación Americana de Pediatría estima que los niños estadounidenses ven más de 40.000 anuncios publicitarios al año.

Cada vez son menos y menos los padres que piden a sus hijos que ayuden en casa porque consideran que ya están abrumados por la presión social y académica. Pero los hijos sin responsabilidades corren el riesgo de no aprender que toda persona puede servir y que la vida tiene mucho más sentido que el de la propia felicidad de ellos.

La Dra. Rachel Remen habla en su libro My Grandfather’s Blessings [Las bendiciones de mi abuelo] sobre el llegar a ser amiga de un matrimonio y su hijo, Kenny. Siempre que los visitaba, se sentaba en el suelo con Kenny para jugar con sus dos autos de juguete. A veces a ella le tocaba el que no tenía guardabarros y a Kenny el que le faltaba la puerta y a veces viceversa. ¡Cuánto le gustaban esos autos!

Cuando una cadena de estaciones de servicio comenzó a regalar esos carritos con cada compra de combustible, la doctora reclutó al personal de su clínica para que siempre fueran a dicha gasolinera para coleccionar los pequeños autos. En cuanto tuvo todos los modelos, los envolvió en una caja y se la llevó a Kenny, con la esperanza de que sus padres no se molestaran, ya que vivían con mucha sencillez. Con entusiasmo Kenny abrió la caja y sacó los autos uno por uno. Llenó las repisas con ellos y algunos hasta el piso. ¡Qué colección! Tiempo después, mientras visitaba a la familia, Rachel se percató de que Kenny estaba absorto mirando por la ventana. Cuando le preguntó: “¿Te pasa algo? ¿No te gustan los autos nuevos?”, el pequeño miró al suelo muy tímidamente y dijo: “Lo siento, Rachel, me parece que no puedo amar tantos carritos de juguete”. (Véase “Owning”, 2000, págs. 60–61.)

Todos hemos oído a niños que, tras abrir sus muchos regalos de Navidad o de cumpleaños, han exclamado: “¿No hay más?”. Con todos esos retos presentes en la generación “dame más”, debemos instruir a nuestros hijos según el consejo divino de “comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, del bautismo y del don del Espíritu Santo… orar y andar rectamente delante del Señor… [y observar] el día del Señor [y] santificarlo” (D. y C. 68:25, 28–29).

El significado de más y menos no siempre es tan claro. Hay ocasiones en las que más en realidad es menos; y hay ocasiones en las que más puede ser menos. Por ejemplo, una menor inclinación hacia el materialismo puede conducir a más unión familiar. Más extravagancia para los hijos puede derivar en menos comprensión de los valores importantes de la vida.

Ciertos aspectos de la vida pueden verse considerablemente realzados por la idea de que más es mejor. El sagrado himno “Más santidad dame”, (Himnos, Nº 71), nos recuerda aquellas virtudes que merecen que les dediquemos más atención. Jesús mismo describió los requisitos para ser “más como el Señor”, cuando dijo: “Quisiera que fueseis perfectos así como yo, o como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (3 Nefi 12:48).

La mansedumbre es esencial para ser más como Cristo, ya que sin ella no se pueden desarrollar otras virtudes. Mormón señaló: “Nadie es aceptable a Dios sino los mansos y humildes de corazón” (Moroni 7:44). La adquisición de la mansedumbre es un proceso. Se nos manda “[tomar] [la] cruz cada día” (Lucas 9:23). El tomar nuestra cruz no debe ser un ejercicio esporádico. Tener más mansedumbre no equivale a ser más débil, sino que es “la presentación del yo en un gesto amable y dulce, que refleja certeza, fortaleza, serenidad, así como una autoestima sana y un autodominio genuino” (Élder Neal A. Maxwell, Meekly Drenched in Destiny”, en Brigham Young University 1982–83 Fireside and Devotional Speeches, 1983, pág. 2). Tener más mansedumbre nos permitirá ser dóciles a la enseñanza del Espíritu.

Las virtudes mencionadas en el himno “Más santidad dame” pueden agruparse en tres categorías. Algunas son metas personales, como más santidad dame, más consagración, más fe, gratitud y pureza; más digno del reino, con más oración o más fe en el Señor. Otras virtudes se centran en la adversidad; entre ellas: más paciencia, más humildad cual Cristo mostró, más triste al pecar, más puro y limpio, y más puro en amar. El resto de las virtudes nos ligan fuertemente al Salvador: más abnegación, más gozo en Su gloria, más fuerza y valor, más celo en servirle, más lágrimas vierta por lo que sufrió, más justificado, más como el Señor. Tener más de estas virtudes es mejor; tener menos no es deseable.

Muchas personas reciben gozo en Su servicio al enseñar el Evangelio de Jesucristo y su Restauración y al testificar del Salvador, de Su vida, de Su ministerio y de Su Expiación.

Un misionero, líder de distrito, se preguntaba por qué el élder Parker, que estaba a punto de concluir su misión, tenía éxito a pesar de su incapacidad para memorizar las charlas, y para entender el motivo le acompañó a enseñar una charla. Al final de la misma, la presentación del élder Parker había sido tan desorganizada que el líder de distrito estaba confuso, y sospechaba que la familia investigadora se sentía igual.

Fue entonces que “el élder Parker se inclinó hacia delante, puso su mano en el brazo del padre de la familia, le miró directamente a los ojos, le dijo lo mucho que lo amaba a él y a su familia y compartió uno de los testimonios más humildes y poderosos que aquel líder de distrito había oído. Al terminar, a cada miembro de la familia, incluido al padre, y a los dos élderes les caían las lágrimas. Después, el élder Parker enseñó a aquel padre a orar y todos se arrodillaron mientras el padre oraba pidiendo que recibieran un testimonio propio, y dio gracias a nuestro Padre Celestial por el gran amor que sentía. La familia se bautizó dos semanas después”.

Más tarde, el élder Parker se disculpó con su líder de distrito por no saber las charlas y le dijo que le costaba trabajo memorizar, aunque cada día pasaba horas estudiando. Dijo que se arrodillaba en oración antes de enseñar a una familia y le pedía al Padre Celestial que lo bendijera para que cuando compartiera su testimonio, las personas sintieran su amor, así como el Espíritu, y supieran que se les estaba enseñando la verdad (véase Allan K. Burgess y Max H. Molgard, “That Is the Worst Lesson I’ve Ever Heard!”, en Sunshine for the Latter-day Saint Soul, 1988; págs. 181–83).

¿Qué podemos cosechar de este sencillo relato? ¿Creen que el élder Parker sentía la necesidad de esforzarse más por aprender las charlas? ¿Es posible que el élder Parker llegara a comprender la necesidad de orar con un propósito? ¿Suponen ustedes que sus oraciones rebosaban de súplicas para tener más fuerza para vencer? ¿Es posible que la incapacidad para memorizar haya producido paciencia y más resignación? ¿Demostró tener gran fe y confianza en el Señor? ¡Por supuesto que sí!

En las últimas siete semanas, cuatro grandes huracanes llegaron a las costas de Florida y a la costa del Golfo de México. La mayoría de los países caribeños han experimentado gran devastación. Escasean la comida, la ropa y los refugios donde guarecerse. Toneladas de escombros obstruyen las calles y los patios. La infraestructura local está destruida o necesita reparaciones mayores.

La semana pasada estuve en Tallahassee, Florida, donde recibí abundantes muestras de aprecio por la ayuda de la Iglesia durante estas emergencias. El gobernador Bush, de Florida, el vicegobernador Toni Jennings, organizaciones como la Cruz Roja y el Ejército de Salvación, junto con miembros de los cuerpos de emergencia federales y del estado, expresaron gratitud que les extiendo a todos ustedes que realizaron la tarea que alivió la carga de la limpieza y a los que han contribuido al Fondo de Ayuda Humanitaria de la Iglesia. Gracias. Confío en que hayan recibido más gozo y se hayan sentido más útiles al estar a Su servicio.

Siguiendo la pauta de los fines de semana anteriores, más de dos mil voluntarios de diversas localidades del sudeste de Estados Unidos se congregaron en Pensacola, Florida, el fin de semana pasado para ayudar con las consecuencias del huracán Iván. Desplegaron sus sacos de dormir en el suelo de centros de reuniones, en otras iglesias y en hogares de miembros. Respondieron a miles de peticiones de ayuda donde se les necesitara. Los misioneros participaron cubriendo el techo de la Iglesia Metodista local con la siempre presente lona azul impermeable. El personal de primeros auxilios, los bomberos y la policía expresaron su gratitud porque al estar ausentes, sus familias fueron auxiliadas por Santos de los Últimos Días.

Todo esto se logró al mismo tiempo que el huracán Jeanne iba a llegar tras haber causado graves daños en Haití y en otros países del Caribe. Gracias de nuevo a todos los que aportan de sus medios y a los que con sus manos han aliviado la carga de muchas personas. Les felicito por su deseo de ser más puros y limpios, más como el Salvador. Este fin de semana 2.500 voluntarios más ayudarán con las consecuencias del huracán Jeanne.

Al hablar de nuestros diversos deseos de tener más, no estoy sugiriendo que para ser buenos padres debemos ser tacaños y míseros. Mi sugerencia es que es importante que las familias y las personas busquen con más ahínco las virtudes que se proyectan más allá de esta vida. El ser conservadores y hacerlo con espíritu de oración es la clave para vivir con éxito en una sociedad acomodada y para cultivar las cualidades que se derivan de saber aguardar, compartir, ahorrar, trabajar arduamente y arreglárselas con lo que se tiene. Ruego que seamos bendecidos con el deseo y la capacidad de entender cuándo más es en realidad menos y cuándo más es mejor. En el santo nombre de Jesucristo. Amén.