2000–2009
Comentarios Finales
Abril 2005


Comentarios Finales

En verdad, el Señor nos está bendiciendo como pueblo y nosotros debemos hacer el esfuerzo para bendecir a Sus necesitados dondequiera que estén.

Mis queridos hermanos y hermanas, hemos tenido una conferencia maravillosa. El Espíritu del Señor ha estado con nosotros. Se nos han enseñado muchas verdades. Nuestro testimonio se ha fortalecido, nuestra fe se ha acrecentado.

Mediante el milagro —y es un milagro— de la tecnología moderna, estas reuniones se han transmitido a todo el mundo. El noventa y cinco por ciento de los miembros de la Iglesia en todo el mundo ha participado con nosotros.

Ha sido un tiempo para la renovación de nuestra fe acerca de las grandes y eternas verdades que hemos recibido mediante el profeta José Smith. Cuán bendecidos somos. Cuán afortunados somos por tener el conocimiento de esas transcendentes verdades.

Pero me gustaría decir, como lo he dicho en el pasado, el ser miembros de esta Iglesia, que nos hace elegibles para todas las bendiciones que de ella provienen, nunca debe ser ningún motivo para una actitud de superioridad, de arrogancia, para denigrar a otras personas o menospreciar a los demás. Toda la humanidad es nuestro prójimo. Cuando se le preguntó al Señor cuál era el gran mandamiento, Él dijo: “…Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente… [y] Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:37, 39).

Sea cual fuere el color de nuestra piel o la forma de nuestros ojos o el idioma que hablemos, todos somos hijos e hijas de Dios y debemos tendernos una mano el uno al otro con amor y preocupación.

Donde sea que vivamos, podemos ser vecinos amigables. Nuestros hijos pueden relacionarse con los hijos de quienes no sean de esta Iglesia y permanecer firmes si se les enseña apropiadamente; e incluso pueden llegar a ser misioneros para sus amigos.

Encomiamos a nuestros maravillosos jóvenes que le hacen frente a los males del mundo, que rechazan esos males y que viven de una manera que agrada al Señor. Constantemente oramos para que sus padres, de igual manera, vivan en forma digna en todos los aspectos.

Repetimos lo que hemos dicho antes, hagan de su asistencia a la casa del Señor un hábito. No hay mejor manera de asegurarnos de vivir en forma apropiada que asistiendo al templo, que vencerá los males de la pornografía, del abuso de estupefacientes y de la atrofia espiritual; y fortalecerá el matrimonio y las relaciones familiares.

Como Iglesia hemos aprendido a trabajar con otras personas para aliviar el pesar y los sufrimientos de quienes están afligidos. Nuestros esfuerzos humanitarios literalmente han bendecido la vida de muchos miles de personas que no son de nuestra fe. En el terrible desastre del maremoto, y en otros desastres causados por conflictos, enfermedades y hambre, hemos realizado una obra grande y maravillosa ayudando a otras personas, sin preocuparnos quién obtiene el reconocimiento.

En febrero de este año, el presidente de la Cruz Roja Americana otorgó a la Iglesia el premio “Circle of Humanitarians” (El círculo humanitario), que es el honor más elevado conferido por esa institución, en reconocimiento por el dinero provisto por la Iglesia para vacunar contra el sarampión a miles y miles de niños y jovencitos.

El Club de Rotarios Internacional ha reconocido a la Iglesia por la contribución de fondos para llevar a cabo la erradicación de la poliomielitis en los países del tercer mundo, en donde todavía exista.

Muchas vidas se han salvado y se ha evitado mucho dolor y sufrimiento.

Hasta donde sea posible, mediante los recursos que provienen de la generosidad de nuestros miembros, estamos extendiendo una mano de ayuda para socorrer a quienes estén en dificultades.

En verdad, el Señor nos está bendiciendo como pueblo y nosotros debemos hacer el esfuerzo para bendecir a Sus necesitados dondequiera que estén.

Ahora, al partir para nuestras casas, invoco sobre ustedes las bendiciones del cielo. Sean fieles a los mandamientos del Señor y Él abrirá las ventanas de los cielos y derramará sobre ustedes bendiciones. Dejo con ustedes mi bendición y mi amor. Les dejo mi testimonio de que Dios, nuestro Eterno Padre, vive, que es una persona individual y real, que Él es en verdad nuestro Padre y que escucha y contesta nuestras oraciones. Les testifico que Jesús es el Cristo, el Redentor del mundo, el único nombre bajo el cielo por medio del cual podemos ser salvos, y les dejo mi testimonio de que Dios y el Señor Jesús le hablaron en persona al joven José y descorrieron las cortinas que dieron inicio a esta grandiosa y final dispensación.

Que Dios los bendiga, mis amados hermanos y hermanas. Que la paz sea con ustedes ahora y siempre, es mi humilde oración en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.