Los frutos de la Primera Visión

Dieter F. Uchtdorf

Of the Quorum of the Twelve Apostles


Dieter F. Uchtdorf
Incluyo a José Smith entre las personas cuyo testimonio de Cristo contribuyó a fortalecer mi propio testimonio del Salvador.

Hace sólo seis meses, ustedes, los fieles miembros de la Iglesia de Jesucristo, me sostuvieron como miembro del Quórum de los Doce Apóstoles. Ese llamamiento fue una gran sorpresa para muchas personas, en especial para nuestros nietos, quienes dijeron: “¡Pero él es nuestro Opa!, una persona común que jugaba con nosotros y nos cortaba el pelo”.

Después de la conferencia general de octubre, mi esposa y yo les hablamos a nuestros hijos por teléfono, y uno de nuestros nietos me dijo: “Por estar tan lejos de ustedes y no haber podido estar allí en Salt Lake City, por lo menos nos hubieras saludado con la mano cuando estabas dando tu discurso en la conferencia”. Hasta esta conferencia general aún no hemos podido estar con nuestros hijos y nietos, de modo que mando un saludo, con la esperanza de hacer feliz a un nieto. También los saludo a todos ustedes, maravillosos miembros, cuyas oraciones y amor son tan importantes, y que mi esposa y yo agradecemos tanto.

Mientras crecía en Alemania, asistí a la Iglesia en muchos y diferentes lugares y circunstancias: en humildes habitaciones detrás de un edificio, en mansiones impresionantes y en capillas modernas y muy funcionales. Todos esos edificios tenían un importante factor en común: En ellos estaba presente el Espíritu de Dios; el amor del Salvador se podía sentir a medida que nos reuníamos en calidad de familia de rama o de barrio.

En la capilla de Zwickau había un viejo órgano impulsado por aire. Todos los domingos se asignaba a un jovencito para que subiera y bajara la firme palanca de los fuelles que hacían funcionar el órgano. Aun antes de que fuera poseedor del Sacerdocio Aarónico, a veces tenía el gran privilegio de ayudar en esa importante tarea.

Mientras la congregación cantaba nuestros amados himnos de la Restauración, yo bombeaba con todas mis fuerzas para que al órgano no se le acabara el aire. Los ojos del organista indicaban sin lugar a dudas si yo lo estaba haciendo bien o si debía aumentar mis esfuerzos. Siempre consideré un honor la importancia de ese deber y la confianza que el organista había depositado en mí. Era un gran sentimiento de logro el tener una responsabilidad y ser parte de ese grandioso trabajo.

De esa asignación se derivaba un beneficio adicional: el operador de los fuelles se sentaba en un asiento desde donde se apreciaba un vitral que embellecía la parte del frente de la capilla. En el vitral se representaba la Primera Visión, estando José Smith arrodillado en la Arboleda Sagrada, mirando hacia el cielo un pilar de luz.

Durante los himnos de la congregación, e incluso durante los discursos y los testimonios de los miembros, yo solía contemplar esa representación de uno de los momentos más sagrados de la historia del mundo. En mi mente, veía a José en el momento en el que recibía conocimiento, testimonio e instrucciones divinas al convertirse en un bendito instrumento en las manos de nuestro Padre Celestial.

Sentía un espíritu especial al contemplar la bella escena de ese vitral, la de un jovencito creyente en una arboleda sagrada, que tomó la valiente decisión de orar con fervor a nuestro Padre Celestial, quien lo escuchó y le respondió con amor.

En ese entonces, era yo un jovencito de la Alemania de la posguerra, tras la Segunda Guerra Mundial, que vivía en una ciudad en ruinas, a miles de kilómetros de distancia de Palmyra, Estados Unidos, y a más de cien años después de que ese hecho se llevó a cabo. Por medio del poder universal del Espíritu Santo, sentía en mi corazón y en mi mente que era verdad, que José Smith vio a Dios y a Jesucristo, y oyó Sus voces. El Espíritu de Dios le dio consuelo a mi alma a esa tierna edad, con la certeza de la realidad de ese momento sagrado que resultó en el inicio de un movimiento mundial que había de “rodar, hasta que llene toda la tierra” (D. y C. 65:2). En aquel entonces creí el testimonio de José Smith sobre esa gloriosa experiencia en la Arboleda Sagrada, y hoy día lo sé. ¡Dios le ha hablado de nuevo a la humanidad!

Al mirar hacia atrás, estoy agradecido por los muchos amigos que me ayudaron en mi juventud a obtener un testimonio de la Iglesia restaurada de Jesucristo. En primer lugar, ejercí una fe sencilla en sus testimonios, y después recibí la confirmación divina del Espíritu en la mente y en el corazón. Incluyo a José Smith entre las personas cuyo testimonio de Cristo contribuyó a fortalecer mi propio testimonio del Salvador. Antes de reconocer la enseñanza del Espíritu, que me testificaba que José Smith es un profeta de Dios, en mi tierno corazón sentí que él era amigo de Dios y que, por lo tanto, y de una manera muy natural, era mi amigo también. Sabía que podía confiar en José Smith.

Las Escrituras nos enseñan que los dones espirituales se dan a los que piden a Dios, que lo aman y guardan Sus mandamientos (véase D. y C. 46:9). En Doctrina y Convenios dice: “Porque no a todos se da cada uno de los dones; pues hay muchos dones, y a todo hombre le es dado un don por el Espíritu de Dios.

“A algunos les es dado uno y a otros otro, para que así todos se beneficien” (D. y C. 46:11–12).

Hoy día, tengo la certeza de que mi tierno testimonio se benefició grandemente por el testimonio del profeta José Smith y de muchos amigos de la Iglesia que sabían, por “el Espíritu Santo… que Jesucristo es el Hijo de Dios, y que fue crucificado por los pecados del mundo” (D. y C. 46:13). Sus buenos ejemplos, su atento cariño y manos de ayuda me bendijeron para recibir otro don especial del Espíritu que se describe en las Escrituras como un deseo de recibir más luz y verdad: “a otros les es dado creer en las palabras de aquéllos, para que también tengan vida eterna, si continúan fieles” (D. y C. 46:14). ¡Qué don tan valioso y maravilloso!

Si nos humillamos de verdad, seremos bendecidos con ese don para tener fe y tener esperanza en las cosas que no se ven pero que son verdaderas (véase Alma 32:21). Al experimentar con las palabras que nos dan las Escrituras y los profetas vivientes —incluso si sólo tenemos un deseo de creer— sin resistir al Espíritu del Señor, nuestras almas se ensancharán y nuestro entendimiento se iluminará (véase Alma 32:26–28).

El Salvador mismo explicó claramente este misericordioso principio a todo el mundo en Su gran oración intercesora, dada no sólo en beneficio de Sus Apóstoles, sino de todos los santos, incluso nosotros hoy día, dondequiera que vivamos. Él dijo:

“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos,

“para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste” (Juan 17:20–21; cursiva agregada).

Ésta es la forma en que la Primera Visión de José Smith es una bendición para nosotros, para nuestras familias y, finalmente, para toda la familia humana: llegamos a creer en Jesucristo por conducto del testimonio del profeta José Smith. Los profetas y apóstoles, a lo largo de la historia de la humanidad, han tenido manifestaciones divinas semejantes a las de José. Moisés vio a Dios cara a cara y aprendió que él era un hijo de Dios, “a semejanza de [Su] Unigénito” (véase Moisés 1:1–6). El apóstol Pablo testificó que Jesucristo resucitado se le apareció en el camino a Damasco y lo hizo uno de Sus grandes misioneros (véase Hechos 26:9–23). Al oír el testimonio de Pablo sobre su visión celestial durante el juicio en Cesarea, el poderoso rey Agripa admitió: “Por poco me persuades a ser cristiano” (Hechos 26:28).

Y hubo muchos otros profetas antiguos que también dieron un poderoso testimonio de Cristo. Todas esas manifestaciones, antiguas y modernas, llevaron a los creyentes a la fuente divina de toda justicia y esperanza: a Dios, nuestro Padre Celestial, y a Su Hijo Jesucristo.

Dios le habló a José Smith con el propósito de bendecir a todos los hijos de Dios con Su misericordia y amor, aun en tiempos de incertidumbre e inseguridad, de guerras y rumores de guerras, de desastres naturales y personales. El Salvador dijo: “He aquí, mi brazo de misericordia se extiende hacia vosotros; y a cualquiera que venga, yo lo recibiré” (3 Nefi 9:14). Y a todos los que acepten esa invitación Él los circundará con “la incomparable munificencia de su amor” (Alma 26:15).

Mediante nuestra fe en el testimonio personal del profeta José y en la realidad de la Primera Visión, mediante el estudio y la oración, profundos y sinceros, seremos bendecidos con una fe firme en el Salvador del mundo, quien le habló a José “por la mañana de un día hermoso y despejado, a principios de la primavera de 1820” (José Smith—Historia 1:14).

La fe en Jesucristo y un testimonio de Él y de Su expiación universal no es simplemente una doctrina de gran valor teológico; esa fe es un don universal, maravilloso para todas las regiones culturales de esta tierra, sin considerar el idioma, la raza, el color, la nacionalidad ni las circunstancias socioeconómicas. Se pueden utilizar los poderes de la razón para intentar entender ese don, pero las personas que sienten sus efectos más profundamente son las que están dispuestas a aceptar sus bendiciones, las que provienen de una vida pura y limpia al haber seguido el sendero del verdadero arrepentimiento y del vivir los mandamientos de Dios.

Al recordar y tributar honores al profeta José Smith, de todo corazón le expreso gratitud; él fue un jovencito bueno, honrado, humilde, inteligente y valiente con un corazón de oro y una fe inquebrantable en Dios. Tuvo integridad. En respuesta a su humilde oración, los cielos se abrieron de nuevo; José Smith en verdad había visto una visión; él lo sabía, y sabía que Dios lo sabía, y no podía negarlo (véase José Smith—Historia 1:25).

Gracias a su obra y sacrificio, hoy día tengo una verdadera comprensión de nuestro Padre Celestial y de Su Hijo, nuestro Redentor y Salvador Jesucristo, y puedo sentir el poder del Espíritu Santo y saber en cuanto al plan que nuestro Padre Celestial tiene para nosotros, Sus hijos. Para mí, esos son, en verdad, los frutos de la Primera Visión.

Estoy agradecido por que a temprana edad fui bendecido con la fe sencilla de que José Smith fue un profeta de Dios, de que vio a Dios el Padre y a Su Hijo Jesucristo en una visión. Él tradujo el Libro de Mormón por el don y el poder de Dios. Ese testimonio se me ha confirmado una y otra vez.

Como uno de los más pequeños entre ustedes, pero en mi llamamiento como uno de los Apóstoles de Jesucristo, testifico que Él en verdad vive, que Él es el Mesías. Tengo un testimonio personal de Jesucristo, el Salvador y Redentor de toda la humanidad, conocimiento que recibí por medio de la paz y del poder indescriptibles del Espíritu de Dios. El deseo de mi corazón y de mi mente es ser puro y fiel al servirle a Él ahora y para siempre.

De ello testifico, en el nombre de Jesucristo. Amén.