El perdón

Gordon B. Hinckley

President of the Church


Gordon B. Hinckley
De alguna manera, el perdón, acompañado del amor y de la tolerancia, logra milagros que no podrían acontecer de ninguna otra forma.

Mis queridos hermanos y hermanas, agradezco a mi Padre Celestial el haberme prolongado la vida a fin de ser parte de estos tiempos tan desafiantes. Le agradezco la oportunidad de prestar servicio; no tengo ninguna otra intención que no sea la de hacer todo cuanto esté de mi parte para contribuir al progreso de la obra del Señor, para servir a Sus fieles hijos y para vivir en paz con mis semejantes.

Recientemente hice un viaje de más de 40.000 kilómetros alrededor del mundo. Visité Alaska, Rusia, Corea, Taiwan, Hong Kong, India, Kenia y Nigeria, lugar, este último, en el cual dedicamos un nuevo templo. Después, dedicamos el Templo de Newport Beach, California. Hace poco he regresado de Samoa, tras la dedicación de otro templo, para lo cual recorrimos 16.000 kilómetros más. Si bien no me gusta viajar, tengo el deseo de visitar a los de nuestro pueblo, expresarles nuestro agradecimiento, darles ánimo y darles mi testimonio de la divinidad de la obra del Señor.

A menudo pienso en un poema que leí hace mucho tiempo y que dice:

Quiero vivir en una casa al costado del camino
por donde los hombres corren su maratón;
los hombres que son buenos y aquellos que son malos,
tan buenos y tan malos como lo soy yo.
No me sentaré en la silla del burlón
ni con cinismo los veré pasar.
Quiero vivir en una casa al costado del camino
y a esos hombres mi amistad brindar.
(Sam Walter Foss, “The House by the Side of the Road”, en James Dalton Morrison, editor, Masterpieces of Religious Verse, 1948, pág. 422.)

Así es como yo me siento.

La edad produce cambios en el hombre, le hace sentir una mayor necesidad de ser tierno, bondadoso y tolerante. El anciano anhela y ruega que los hombres puedan vivir juntos en paz, sin guerras, ni contención, ni querellas ni conflictos. Cada vez se percata más del significado de la gran expiación del Redentor, de la magnitud de Su sacrificio y se incrementa más su gratitud hacia el Hijo de Dios, quien dio Su vida para que nosotros pudiéramos vivir.

Quisiera hablar hoy sobre el perdón. Creo que ésta tal vez sea la mayor virtud que haya sobre la tierra y, por cierto, la más necesaria. Nos rodea tanta maldad y maltrato, tanta intolerancia y odio; es enorme la necesidad que hay de arrepentimiento y de perdón. Es el gran principio que se recalca en las Escrituras, tanto antiguas como modernas.

No hay en todas nuestras sagradas Escrituras relato más hermoso sobre el perdón que el del hijo pródigo, el cual se encuentra en el capítulo 15 de Lucas. Todos debiéramos leerlo de vez en cuando y meditar sobre él.

“Y cuando [el hijo pródigo] todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle.

“Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos.

“Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba.

“Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!

“Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.

“Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.

“Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.

“Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo” (Lucas 15:14–21).

Y el padre pidió que se hiciera una gran fiesta y cuando su otro hijo se quejó, él le dijo: “…era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado” (vers. 32).

Cuando se ha actuado mal y después viene el arrepentimiento, seguido por el perdón, literalmente el ofensor que estaba perdido es hallado y el que estaba muerto revive.

¡Cuán maravillosas son las bendiciones de la misericordia y del perdón!

Gracias a la donación de millones de dólares como parte del Plan Marshall, después de la Segunda Guerra Mundial, Europa volvió a levantarse.

En Japón, tras esa misma guerra, presencié grandes plantas de laminación del acero, las cuales, según se me dijo, habían sido construidas con dinero procedente de los Estados Unidos, antiguo enemigo de Japón. Cuánto mejor es este mundo gracias al perdón de una nación generosa en favor de sus enemigos del pasado.

En el Sermón del monte, el Señor enseñó:

“Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente.

“Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra;

“y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa;

“y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, vé con él dos.

“Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses.

“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo.

“Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, hacen bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:38–44).

Ésas son peticiones difíciles.

¿Creen, realmente, que pueden cumplir con ese mandato? Son las palabras del Señor mismo y considero que se aplican a cada uno de nosotros.

Los escribas y los fariseos llevaron ante Jesús a una mujer sorprendida en adulterio para confundirlo.

“…Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo [como si no les hubiera oído].

“Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella.

“E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra.

“Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio.

“Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?

“Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más” (Juan 8:6–11).

El Salvador enseñó en cuanto a dejar atrás a las noventa y nueve ovejas e ir tras la oveja perdida, para lograr el perdón y la restitución.

Isaías dijo:

“Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo;

“aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda.

“Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:16–18).

El gran amor del Salvador se vio coronado en las palabras que expresó mientras agonizaba en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

En nuestra época, el Señor ha dicho en revelación:

“Por tanto, os digo que debéis perdonaros los unos a los otros; pues el que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado ante el Señor, porque en él permanece el mayor pecado.

“Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres” (D. y C. 64:9–10).

El Señor nos ha hecho una maravillosa promesa al decir: “He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y yo, el Señor, no los recuerdo más” (D. y C. 58:42).

Son muchísimas las personas en estos días que no están dispuestas a perdonar y olvidar. Hay padres y maridos que hacen llorar a sus hijos y esposas al seguir sacando a colación pequeños defectos que en realidad carecen de importancia, y también hay muchas mujeres que de pequeñas palabras o acciones sin mayor importancia hacen una tormenta en un vaso de agua.

Hace algún tiempo recorté un artículo publicado en el diario matutino Deseret News, escrito por Jay Evensen. Con su permiso, quisiera citar parte de lo que escribió:

“¿Qué sentiría el lector con respecto a un adolescente que decidió arrojar un pavo congelado de 9 kilos desde un automóvil a alta velocidad contra el parabrisas del vehículo que usted conducía? ¿Qué sentiría tras haberse sometido a seis horas de cirugía para implantarle placas de metal a fin de sujetarle los huesos faciales y después de enterarse de que aún tendría que hacer frente a años de terapia antes de volver a la normalidad, y de que debía considerarse afortunado por no haber perdido la vida o sufrido lesiones permanentes en el cerebro?

“¿Y qué sentiría al enterarse de que el agresor y sus amigos habían comprado el pavo y muchas otras mercancías con una tarjeta de crédito robada, simplemente como diversión?…

“Ése es el tipo de horrendos delitos que hace que ciertos políticos sean elegidos para cargos públicos, basándose en promesas de ejercer mano dura contra la delincuencia. Eso es lo que hace que los legisladores pugnen unos contra otros para ser los primeros en proponer un decreto de ley que haga más rígidas las sanciones por emplear un ave congelada en la comisión de un delito.

“El periódico the New York Times citó al fiscal de distrito cuando dijo que ése es el tipo de delito para el cual las víctimas no hallan un castigo lo suficientemente severo. ‘Ni siquiera la pena de muerte les satisface’, añadió el fiscal.

“Lo que hace de este incidente algo tan fuera de lo común es que la víctima, Victoria Ruvolo, de 44 años de edad y ex gerente de una agencia de cobros, estaba más interesada en salvarle la vida a su agresor, Ryan Cushing, de 19 años, que en exigir cualquier tipo castigo. Ella insistió en que los fiscales consiguiesen más información en cuanto al joven, a sus antecedentes, a cómo había sido criado, etc. Después insistió en que se le diera la oportunidad de declararse culpable de delito en segundo grado a fin de ser sentenciado sólo a seis meses de cárcel y a libertad condicional por cinco años.

“De habérsele hallado culpable de delito en primer grado —la acusación más pertinente al delito— habría podido ser condenado a 25 años de cárcel, para ser después devuelto a la sociedad casi a los cincuenta años de edad, sin mayor futuro.

“Pero eso es apenas parte de la historia. El resto de ella, lo que sucedió el día del juicio, es lo más extraordinario.

“Según lo que se publicó en el periódico New York Post, Ryan Cushing se acercó cautelosamente hasta donde estaba sentada la señora Ruvolo en la sala del tribunal y con lágrimas en los ojos le susurró: ‘Siento mucho el mal que le causé’.

“La señora Ruvolo se puso de pie y también entre lágrimas abrazó al muchacho. Le acarició la cabeza y le palmoteó la espalda, y quienes estaban cerca de ellos, incluido el reportero del Times, le oyeron decir: ‘Está bien; lo único que quiero es que hagas de tu vida lo mejor que pueda ser’. Conforme a los testigos, tanto los rígidos fiscales como los reporteros trataron de contener las lágrimas” (“Forgiveness Has Power to Change Future”, Deseret Morning News, 21 de agosto de 2005, pág. AA3).

¡Qué historia tan magnífica! Más aún porque es un hecho de la vida real y porque aconteció en una ciudad tan dura como lo es Nueva York. ¿Puede alguien sentir menos que admiración por esa mujer que perdonó al joven que pudo haberle quitado la vida?

Yo sé que este tema del que hablo es muy delicado. Hay criminales feroces que deberían ser echados en prisión. Hay delitos incalificables, tales como las violaciones y los asesinatos, que justifican la aplicación de severos castigos, pero hay quienes podrían ser salvados de largas y embrutecedoras condenas debido a un acto insensato. De alguna manera, el perdón, acompañado del amor y de la tolerancia, logra milagros que no podrían acontecer de ninguna otra forma.

La gran Expiación fue el acto supremo del perdón. La magnitud de esa Expiación trasciende nuestra capacidad de entender completamente. Lo único que sé es que en verdad aconteció y que fue tanto para mi provecho como para el de ustedes. El sufrimiento fue tan profundo y la agonía tan intensa que nadie puede llegar a comprender que el Salvador se hubiera ofrecido como rescate por los pecados de toda la humanidad.

Por medio de Él obtenemos el perdón. Mediante Él recibimos la promesa cierta de que a todos se nos concederán las bendiciones de la salvación y de la resurrección de los muertos. Por medio de Él y de Su extraordinario y supremo sacrificio, se nos brinda la oportunidad, si es que somos obedientes, de la exaltación y la vida eterna.

Ruego que Dios nos ayude a ser un poco más bondadosos, a poner de manifiesto más tolerancia, a perdonar más, a estar más dispuestos a caminar la segunda milla, a mostrar más compasión hacia quienes hayan pecado, pero que hayan mostrado los frutos del arrepentimiento, a hacer a un lado viejas querellas y dejar de alimentarlas. Estas cosas ruego humildemente en el sagrado nombre nuestro Redentor, el Señor Jesucristo. Amén.