Corazones tiernos y manos dispuestas a ayudar

H. David Burton

Presiding Bishop


H. David Burton
A cada uno de los que con un corazón tierno y con las manos dispuestas a ayudar han aliviado la carga de tantas personas, acepten mi más sincera gratitud.

Anoche, mi esposa y yo disfrutamos una cena de comida china. El mensaje que contenía mi galleta de la fortuna decía: “La tensión por la que está pasando pronto desaparecerá”. Es la pura verdad.

Cierto día, un grupo de hombres estaba conversando con el profeta José Smith cuando llegó la noticia de que se había incendiado la casa de un hermano pobre que vivía a cierta distancia del pueblo. Todos expresaron su pesar por lo sucedido. El Profeta prestó atención por un instante, luego “se metió la mano en el bolsillo, sacó cinco dólares y dijo: ‘Mi pena por lo que le sucedió a este hermano llega hasta cinco dólares. ¿A cuánto asciende la pena que sienten ustedes?’” 1 . La rapidez de la respuesta del profeta es significativa. El año pasado, millones de ustedes respondieron con sus medios, sus corazones tiernos y sus manos dispuestas para aliviar el pesar que padecían otras personas. Gracias por su extraordinaria generosidad.

La caridad hacia los demás siempre ha sido una característica fundamental de los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. El profeta Alma dijo:

“Deseáis entrar en el redil de Dios y ser llamados su pueblo, y estáis dispuestos a llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras; sí, y estáis dispuestos a llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo” 2 .

El Salvador nos pide “socorre[r] a los débiles, levanta[r] las manos caídas y fortalece[r] las rodillas debilitadas” 3 .

He presenciado directamente la dedicación de los Santos de los Últimos Días y de otras personas que no son de nuestra fe, que tienen corazones tiernos y manos dispuestas a ayudar, que “sobrelleva[n] los unos las cargas de los otros” 4 . Me ha conmovido profundamente el haber presenciado tan enorme destrucción y visitar a víctimas que no abrigan ninguna esperanza.

En años recientes, la Madre Naturaleza ha manifestado su venganza y supremacía de maneras poderosas y fuera de lo común. A finales de diciembre de 2004 se produjo un terrible terremoto en la costa de Indonesia que provocó un mortífero maremoto que acabó con la vida de miles de personas y destrozó la vida de los que quedaron atrás. Bajo la dirección de los líderes locales del sacerdocio y de los matrimonios misioneros, se movilizó ayuda de inmediato, brindando asistencia urgente a hospitales, organizaciones y comunidades en Indonesia, Sri Lanka, India y Tailandia.

En poco tiempo, varios miembros de la Iglesia viajaron a una de las zonas más afectadas: la región de Aceh, en el norte de Sumatra. La hermana Bertha Suranto, presidenta de las Mujeres Jóvenes de un distrito de Yakarta, Indonesia, y otros colaboradores, condujeron camiones cargados con los productos que tanto se necesitaban y que salvarían vidas y brindarían alivio a las personas que tanto habían perdido.

“Cada vez que llegábamos a una aldea”, dijo Bertha, “la gente nos rodeaba y nos ofrecía comida para que la distribuyéramos, aun cuando ellos apenas tenían un poco de arroz y algunos pescados que acababan de pescar en el océano. Los líderes de la comunidad anunciaban desde las mezquitas que había llegado otra donación de la iglesia de Jesús”.

Después de satisfacer las necesidades más inmediatas, la orientación se tornó a los proyectos a largo plazo. En la actualidad se están implementando planes para la edificación de más de un millar de casas permanentes y la restauración de hospitales y escuelas. Se ayudó a los habitantes del lugar a sustituir sus barcos y aparejos de pesca, y se distribuyeron telares y máquinas de coser para ayudar a las familias a recuperar su autosuficiencia.

El terremoto más devastador de los últimos cien años asoló la región del norte de Pakistán e India, cobrándose miles de vidas y dejando a muchas personas sin hogar. Dado lo extremo de la época invernal de esta región, se generó gran preocupación no sólo por los heridos sino por los que ya no tenían vivienda.

Cuatro días después del terremoto, la Agencia Islámica de Socorro proporcionó un avión Boeing 747 el que no tardó en llenarse de mantas, tiendas, material de higiene, artículos médicos, sacos de dormir, abrigos y lonas procedentes del almacén del obispo. Además, se enviaron enormes contenedores por tierra, mar y aire con tiendas de campaña adecuadas para el invierno y provisiones para unas 75.000 personas.

Cuando las inundaciones asolaron Centroamérica, se dispusieron los centros de reunión como refugio temporal para los evacuados. En aquellas zonas a las que no podían llegar los vehículos, los miembros de la Iglesia se echaron las provisiones a sus espaldas y cruzaron ríos desbordados y terrenos peligrosos para llevar ayuda a los afligidos.

Tras un período de disturbios civiles en Sudán, más de un millón de personas abandonaron sus hogares y aldeas en busca de seguridad. Muchos refugiados caminaron cientos de kilómetros por terrenos inhóspitos para llegar a los campos de refugiados, en un intento por reencontrarse con sus familiares y recuperar la salud.

Se donó Atmit, un compuesto vitamínico de probada eficacia para salvar la vida de niños y ancianos desnutridos. Además, se enviaron grandes cantidades de material médico y de higiene, así como de artículos para recién nacidos.

La Iglesia se ha sumado a otras importantes organizaciones caritativas para colaborar en la vacunación de millones de niños africanos en una campaña para erradicar el sarampión. Dos mil miembros fieles de la Iglesia de África donaron muchas horas de trabajo voluntario a actividades para hacerle publicidad a la campaña de vacunación, congregar a los niños y colaborar en la administración de las vacunas.

La temporada de huracanes de 2005 en el sudeste de Estados Unidos y el Caribe occidental fue la más costosa y devastadora de la que se tiene constancia. Las tormentas asolaron hogares y negocios desde Honduras hasta Florida. Miles de voluntarios a las órdenes del sacerdocio estaban prestos cada vez que azotaba un huracán, contribuyendo con lo necesario para el sostén de la vida. El material de higiene y limpieza, alimentos, agua, cocinas portátiles, ropa de cama y otros artículos permitieron la limpieza de las casas y establecer viviendas temporarias.

El hermano Michael K. Tagle condujo un convoy de camiones de su propia compañía cargados de equipo hasta Misisipí. Muchos empleados, que no son de nuestra fe, se ofrecieron para ir con él cada fin de semana y prestar ayuda en las zonas afectadas por las tormentas. Emplearon radios transmisores portátiles para comunicarse por el camino. El líder del grupo de sumos sacerdotes de Mike, que viajaba con ellos conduciendo su propia camioneta, dijo que los nudillos se le habían quedado blancos de la velocidad a la que conducían los vehículos. Con la intención de aminorar la velocidad del convoy, tomó su radio y dijo: “Señores, ¿se dan cuenta de que vamos a 130 kilómetros por hora?”. Uno de los conductores respondió: “Tiene que saber que es lo máximo de velocidad que dan estos camiones tan grandes. No podemos ir más rápido”.

Se han recibido centenares de cartas de gratitud. Una mujer, una enfermera de Misisipi, escribió: “Me quedé sin palabras. ¿Había Dios contestado mis oraciones tan pronto? Las lágrimas comenzaron a bañarme el rostro en cuanto vi a hombres con casco, botas y motosierras de todos los tamaños por entre los escombros. Fue, sin duda alguna, uno de los sacrificios más extraordinarios que jamás haya visto”.

Permítanme expresar gratitud por los ágiles dedos que han producido miles de bellas mantas, y gracias también a los dedos no tan ágiles de nuestras hermanas de más edad que confeccionaron los tan necesitados edredones o acolchados. Una bisabuela de 92 años confeccionó varios cientos de mantas. En su caso, tanto la persona que las ha creado, como la que las ha recibido, han sido igualmente bendecidas. Mientras su hijo admiraba la labor que realizaba, ella le preguntó: “¿Crees que alguien llegará a utilizar alguna de estas mantas?”. La carta de una joven madre de Luisiana responde a esa pregunta:

“Vivo en Luisiana y llevo a mis hijos a un centro de salud cercano. Mientras me hallaba allí, me dieron ropa de niño, pañales, toallitas infantiles y dos preciosas mantas de bebé. Una de ellas tiene un fondo amarillo con huellas de pies y palmas de las manos en el frente y la otra manta es de color crema y tiene cebras. Son preciosas. A mi hijo de cuatro años le encanta la de las cebras, y obviamente el bebé de siete meses no puede decir mucho. Sólo quería darles las gracias a ustedes y a los miembros de su Iglesia por su generosidad. Que Dios les bendiga a ustedes y a sus familias”.

En respuesta a los recientes deslizamientos de tierra en Filipinas, los santos del lugar prepararon equipos de higiene y cajas de alimentos, que distribuyeron junto con mantas entre los necesitados.

El trabajo y la autosuficiencia, que son principios de bienestar, se observan y se imparten a medida que se brinda la ayuda. En 2005, muchas poblaciones recibieron agua limpia gracias a los nuevos pozos que se excavaron. Se enseñó a sus habitantes a cavarlos, a instalar las bombas y a repararlas en caso de necesidad.

La capacitación y el material facilitados por voluntarios locales y los maravillosos y siempre dedicados matrimonios misioneros permiten a las familias complementar sus dietas con alimentos nutritivos cultivados por ellos mismos.

Se han donado muchas sillas de ruedas que permiten a la gente discapacitada ser autosuficiente. Se ha capacitado a miles de personal médico para salvar la vida de los recién nacidos. Profesionales de la medicina han realizado operaciones de cataratas que han devuelto la vista a muchas personas. Por su parte, LDS Family Services ha brindado un tierno asesoramiento en todo el mundo.

Se han tendido puentes de entendimiento y respeto en muchos países al colaborar con otras agencias bien establecidas y de confianza.

El Dr. Simbi Mubako, ex embajador africano en los Estados Unidos, ha dicho: “La labor de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es aún más impresionante porque no se limita a los miembros de su Iglesia, sino que se extiende a todos los seres humanos de diferentes culturas y religiones, pues ven en cada persona la imagen de Jesucristo”.

Nuestro amado presidente Gordon B. Hinckley ha sido clave en el desarrollo de esta gran labor humanitaria. “Debemos tender una mano a todo el género humano”; ha dicho, “son hijos e hijas de Dios, nuestro Padre Eterno y Él nos hará responsables de lo que hagamos en cuanto a ellos… Ruego que… bendigamos a la humanidad influyendo en todos, elevando a los perseguidos y oprimidos, alimentando y vistiendo al hambriento y al necesitado, extendiendo amor y hermandad hacia aquellos que nos rodean que quizás no sean de esta Iglesia” 5 .

La labor humanitaria actual es una maravillosa manifestación de la caridad que arde en el alma de aquellos que tienen corazones tiernos y manos dispuestas a ayudar. Este servicio desinteresado ciertamente pone de manifiesto el amor puro de Cristo.

El Salvador promete grandes bendiciones a los que dan de sí mismos: “Dad, y se os dará… porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir” 6 .

Las cosas que he mencionado hoy no son ni la centésima parte de lo que está sucediendo en poblaciones y países de todo el mundo. A dondequiera que voy, recibo manifestaciones de profunda gratitud. En nombre de la Primera Presidencia, el Quórum de los Doce y el Comité Ejecutivo de Bienestar de la Iglesia, cuya asignación es guiar esta obra, les expreso mi más profundo aprecio y admiración.

Me resulta imposible hallar las palabras que expresen adecuadamente los fervientes sentimientos de mi corazón. Da la sensación de que la sencilla palabra gracias pareciera un tanto trillada. A cada uno de los que con un corazón tierno y con las manos dispuestas a ayudar han aliviado la carga de tantas personas, acepten mi más sincera gratitud. Invoco las más ricas bendiciones del Señor sobre ustedes y sus familias al seguir recordando a los que tienen corazones afligidos y manos caídas, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1. Andrew Workman, en “Recollections of the Prophet Joseph Smith”, Juvenile Instructor, 15 de octubre de 1892, pág. 641.

  2.  

    2. Mosíah 18:8–9.

  3.  

    3. D. y C. 81:5.

  4.  

    4. Gálatas 6:2.

  5.  

    5. Véase “El vivir durante el cumplimiento de los tiempos”, Liahona, enero de 2002, pág. 6.

  6.  

    6. Lucas 6:38.