“¡Levantaos, hombres de Dios!”

Gordon B. Hinckley

President of the Church


Este sacerdocio conlleva la gran obligación de que seamos dignos de él.
 

Hermanos, se ven como un sacerdocio de mangas remangadas; todos vestidos de blanco y listos para trabajar. ¡Y ha llegado el momento de ponerse a trabajar!

¡Qué vista tan maravillosa! El maravilloso Centro de Conferencias está totalmente lleno y nuestras palabras se transmiten a todo el mundo. Ésta probablemente sea la congregación más grande de poseedores del sacerdocio que haya tenido lugar. Los felicito por su presencia esta tarde.

Recientemente vi en la televisión un concierto del coro de hombres de BYU; entonaron un emotivo número, intitulado “¡Levantaos, hombres de Dios!”; escrito en 1911 por William P. Merrill, y he descubierto que una versión se encuentra en nuestro himnario en inglés, aunque no recuerdo haberlo cantado antes.

La letra lleva el espíritu de los antiguos himnos ingleses escritos por Charles Wesley y algunos otros. El texto dice:

¡Levantaos, hombres de Dios!
Despojaos de vilezas.
Dad corazón, alma, mente y fuerza
y al Rey de Reyes servid.
¡Levantaos, hombres de Dios!
en unido batallón.
Llegue el día de hermandad
y acabe la noche del error.
¡Levantaos, hombres de Dios!
la Iglesia os espera;
de fuerza carece para la tarea,
¡dadle fuerza en su labor!
¡Levantaos, hombres de Dios!
Andad por Sus caminos
como hermanos del Señor.
¡Levantaos, hombres de Dios!
(Véase “Rise Up, O Men of God”, Hymns, Nº 324; véase la tercera estrofa en The Oxford American Hymnal, ed. Carl F. Pfatteicher, 1930, Nº. 256.)

Las Escrituras son muy claras en la forma en que se aplican a cada uno de nosotros, mis hermanos. Por ejemplo, Nefi cita a Isaías, diciendo: “Oh, si hubieras escuchado mis mandamientos: habría sido entonces tu paz como un río, y tu rectitud cual las ondas del mar” (1 Nefi 20:18; véase también Isaías 48:18).

Las palabras de Lehi son un claro llamado para todos los hombres y jovencitos del sacerdocio. Con gran convicción, él dijo: “Despertad, hijos míos; ceñíos con la armadura de la rectitud. Sacudíos de las cadenas con las cuales estáis sujetos, y salid de la obscuridad, y levantaos del polvo” (2 Nefi 1:23).

Esta tarde, en esta vasta congregación, no hay ningún hombre ni ningún jovencito que no pueda mejorar su vida; y eso tiene que suceder. Después de todo, poseemos el sacerdocio de Dios. Si somos jovencitos que hemos recibido el Sacerdocio Aarónico, tenemos derecho a la ministración de ángeles para guiarnos, dirigirnos, bendecirnos y protegernos. ¡Qué cosa tan extraordinaria y maravillosa! Si se nos ha conferido el Sacerdocio de Melquisedec, se nos han dado las llaves del reino que conllevan poderes eternos, de los que habló el Señor cuando colocó las manos sobre la cabeza de Sus discípulos.

Este sacerdocio conlleva la gran obligación de que seamos dignos de él. No podemos permitirnos tener pensamientos impuros; no debemos ver pornografía; nunca debemos ser culpables de abuso de ninguna clase. Debemos estar por encima de esas cosas. “¡Levantaos, hombres de Dios!” y dejen atrás esas cosas y el Señor será su guía y apoyo.

El profeta Isaías dijo: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Isaías 41:10).

A algunos de ustedes, jovencitos, parece que les encanta vestirse de manera desaliñada; sé que es un tema delicado, pero creo que no es propio de los que han sido ordenados al santo sacerdocio de Dios el vestirse así. A veces la manera de expresarnos va de acuerdo con la forma en que vestimos. Al hablar, usamos malas palabras y tomamos el nombre del Señor en vano; Dios ha hablado claramente en contra de eso.

Estoy seguro de que han oído este relato del presidente Spencer W. Kimball, pero me tomo la libertad de repetirlo. Él estaba en el hospital, donde le habían operado. Un enfermero lo había colocado en una camilla y lo estaba transportando, cuando al entrar en uno de los ascensores, chocó con la camilla y profirió una maldición en la que usó el nombre del Señor.

El presidente Kimball, sólo semiconsciente, dijo: “¡Por favor, por favor! Los nombres que usted ultraja son los de mi Señor”.

Hubo un silencio sepulcral, y después el joven susurró en tono sumiso: “Lo siento”. (Véase Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Spencer W. Kimball, pág. 174.)

Quisiera informarles en cuanto a otro asunto que me tiene sumamente preocupado. Mediante la revelación, el Señor ha mandado que Sus hijos adquieran toda la instrucción que les sea posible. Él ha sido claro acerca de eso. Sin embargo, se está generalizando una tendencia inquietante. El hermano Rolfe Kerr, Comisionado de Educación de la Iglesia, me informa que en los Estados Unidos aproximadamente el 73% de las jóvenes se gradúan de la secundaria y en comparación, sólo lo hacen el 65% de los jóvenes. Es más probable que sean los jóvenes en lugar de las jóvenes los que abandonen sus estudios.

Aproximadamente el 61% de los jóvenes se inscriben en una universidad tan pronto como se gradúan de la secundaria, comparado con el 72% de las jovencitas.

En 1950, el 70% de los que estaban inscritos en universidades eran hombres y el 30% eran mujeres; para el año 2010 se calcula que el 40% serán hombres y el 60% serán mujeres.

Desde 1982, cada año las mujeres han adquirido más licenciaturas que los hombres, y más títulos de maestría desde 1986.

Es claramente obvio, por estas estadísticas, que las jóvenes están superando a los jóvenes en la búsqueda de programas educativos. De manera que les digo a ustedes, jovencitos, levántense y disciplínense para aprovechar las oportunidades educacionales. ¿Desean casarse con una joven cuya instrucción haya sido muy superior que la ustedes? Hablamos de “estar unidos en yugo igual”; pienso que eso se aplica al asunto de los estudios.

Además, la instrucción que reciban fortalecerá su servicio en la Iglesia. Hace algunos años se realizó un estudio que indicaba que cuanto más elevada es la instrucción, tanto mayor es la fe y la participación en las actividades religiosas.

Anteriormente mencioné la pornografía, que fácilmente se convierte en una de las peores adicciones. Permítanme leerles una carta que recibí de una de sus víctimas:

“Quisiera contarle algo que no he podido contarle a nadie. Soy un hombre de treinta y cinco años. La mayor parte de mi vida adulta he sido adicto a la pornografía. Me da mucha vergüenza admitirlo… pero en la mayor parte, este vicio es tan fuerte como el alcoholismo o la adicción a las drogas…

“La razón principal por la que le escribo es para decirle que la Iglesia siempre puede hacer más para aconsejar a los miembros a evitar la pornografía. Cuando vi por primera vez esa clase de material, yo era un niño. Un primo mayor abusó de mí sexualmente y se valió de la pornografía para atraer mi interés. Estoy convencido de que el haber estado expuesto a esa edad al sexo y a la pornografía es la raíz de mi vicio.

“Pienso que es una ironía que los que apoyan el negocio de la pornografía digan que es un asunto de libertad de expresión. Yo no tengo libertad. He perdido mi libre albedrío porque no he podido superar esto. Para mí es una trampa y no veo la forma de liberarme de ella. Le ruego con todas mis fuerzas que exhorte a los hermanos de la Iglesia, no sólo a evitar la pornografía, sino también a eliminar de su vida todo lo que dé origen a esos materiales pornográficos. Además de las cosas obvias, como los libros y las revistas, es necesario que cancelen los canales de películas de la televisión por cable. Sé que muchas personas que tienen esos servicios afirman que a ellos les es posible eliminar las cosas malas, pero eso no es cierto…

“La pornografía y la perversión han llegado a ser algo tan común en nuestra vida que las fuentes de ese material están por todas partes. Me he encontrado revistas pornográficas al lado del camino y en los basureros. Debemos hablar con nuestros hijos y explicarles lo malas que son esas cosas y alentarlos a evitarlas si algún día llegan a tenerlas frente a ellos…

“Por último, presidente Hinckley, le ruego que ore por mí y otras personas de la Iglesia que tengan este problema para que tengamos el valor y la fuerza para superar esta horrible aflicción.

“No me es posible firmar mi nombre; espero que usted lo comprenda”.

La computadora es un instrumento maravilloso cuando se usa como es debido; sin embargo, cuando se usa para dedicarse a la pornografía, o entrar en salas de chat, o para cualquier otro propósito que conduzca a prácticas o pensamientos inicuos, se debe tener la suficiente autodisciplina para apagarla.

El Señor ha declarado: “Depuraos de la iniquidad que hay entre vosotros; santificaos delante de mí” (D. y C. 43:11). Nadie puede malentender el significado de esas palabras.

Además, dice: “Los elementos son el tabernáculo de Dios; sí, el hombre es el tabernáculo de Dios, a saber, templos; y el templo que fuere profanado, Dios lo destruirá” (D. y C. 93:35). En esto no hay nada impreciso. El Señor ha dicho en términos claros que debemos cuidar nuestro cuerpo y evitar lo que pueda dañarlos.

Él nos ha hecho a todos una gran promesa; Él dijo: “Sé humilde; y el Señor tu Dios te llevará de la mano y dará respuesta a tus oraciones” (D. y C. 112:10).

Y agregó: “Dios os dará conocimiento por medio de su Santo Espíritu, sí, por el inefable don del Espíritu Santo, conocimiento que no se ha revelado desde el principio del mundo hasta ahora” (D. y C. 121:26).

Todos haríamos bien en estudiar la vida del Maestro y tratar de seguir Sus palabras y Su ejemplo. Del mismo modo, haríamos bien en estudiar la vida del profeta José Smith; por medio de su ejemplo, todos aprenderíamos mucho en cuanto a nuestra propia conducta.

Mis hermanos, testifico de la veracidad de estas cualidades eternas. Testifico que si nos esforzamos por mejorar nuestra vida, el resultado será evidente. Dios los bendiga a cada uno de ustedes, mis amados hermanos. Testifico de estas cosas, en forma humilde y agradecida, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.