El gran plan de felicidad

Marcus B. Nash


Así como un pez necesita agua, ustedes necesitan el Evangelio y la compañía del Espíritu Santo para ser verdadera y profundamente felices.
 

Cuando era diácono, como muchos de ustedes, mi padre y yo solíamos escalar la montaña hasta un arroyo para pescar truchas. En una ocasión, mientras mi padre colocaba el cebo en el anzuelo de mi caña, me dijo que yo debía clavar el anzuelo en la boca del pez cuando éste intentara tomar el cebo o el animal se escaparía. No entendí lo que quería decir con las palabras “clavar el anzuelo”, así que me explicó que era necesario que el anzuelo se clavara firmemente en la boca del pez cuando éste picara el cebo para evitar que lo soltara con sus sacudidas. El anzuelo se clavaría en su boca si yo tiraba de la caña cuando él intentara llevarse el cebo. Tenía tantas ganas de pescar una trucha que permanecí junto al arroyo con todos los músculos en tensión esperando cualquier movimiento revelador en el extremo de la caña que me indicara que había un pez intentando picar el cebo. Al cabo de unos minutos noté que la punta de la caña se movía e instantáneamente tiré de ella hacia atrás con todas mis fuerzas, dispuesto a entablar una intensa lucha con el pez. Cuál no sería mi sorpresa cuando la pobre trucha, bien clavada en el anzuelo, salió disparada del agua y, tras volar sobre mi cabeza, acabó dando coletazos en el suelo detrás de mí.

Saqué dos conclusiones de aquella experiencia. Primera: un pez es infeliz fuera del agua. Si bien sus agallas, aletas y cola funcionan muy bien en el líquido elemento, resultan inútiles en tierra firme. Segunda: el desafortunado pez que atrapé aquél día murió porque se le engañó al hacérsele creer que algo peligroso, incluso mortal, merecía la pena o era lo bastante interesante para justificar el examinarlo de cerca e incluso darle un bocado.

Mis queridos hermanos del Sacerdocio Aarónico, hay un par de lecciones que podemos aprender de todo esto. Primera: un propósito básico de la vida de ustedes, como lo enseñó Lehi, es “[tener] gozo” (2 Nefi 2:25). Para tener gozo, necesitan entender que, por ser hijos de un Padre Celestial, han heredado rasgos divinos y necesidades espirituales. Así como un pez necesita agua, ustedes necesitan el Evangelio y la compañía del Espíritu Santo para ser verdadera y profundamente felices. Dado que ustedes son progenie de Dios (véase Hechos 17:28), es incompatible con su naturaleza eterna hacer el mal y sentirse bien; sencillamente, es imposible. Por así decirlo, en su ADN espiritual está escrito que tendrán paz, gozo y felicidad únicamente en la medida en que vivan el Evangelio.

Por otra parte, al grado que elijan no vivir el Evangelio, serán tan desdichados como un pez fuera del agua (véase Mosíah 4:30). Como le dijo Alma a su hijo Coriantón:

“He aquí, te digo que la maldad nunca fue felicidad. Y así, hijo mío, todos los hombres que se hallan… en un estado carnal… se encuentran sin Dios en el mundo, y han obrado en contra de la naturaleza de Dios; por tanto, se hallan en un estado que es contrario a la naturaleza de la felicidad” (Alma 41:10–11).

Quiero subrayar que estar “sin Dios en el mundo”, o sea, negarse a vivir de acuerdo con Su Evangelio y por tanto carecer de la compañía del Espíritu, equivale a encontrarse en un estado contrario a la felicidad. De hecho, el Evangelio de Jesucristo es el (fíjense que está en singular, lo cual equivale a decir que es el único) “plan de felicidad” (Alma 42:8). Si ustedes eligen cualquier otro estilo de vida o intentan cumplir únicamente aquellas partes del Evangelio que les parezcan convenientes, esa elección les privará del pleno y resplandeciente gozo y felicidad que nuestro amoroso Padre Celestial y Su Hijo han previsto para ustedes.

Pues bien, la segunda lección de mi experiencia con la pesca es la siguiente: así como el pez en un arroyo de la montaña debe tener cuidado con los atractivos cebos puestos en su camino para intentar sacarlo del agua, nosotros debemos ser prudentes a fin de evitar que nos arranquen de una vida feliz y centrada en el Evangelio. Recuerden que, como bien observó Lehi, el diablo “busca que todos los hombres sean miserables como él”, y obtiene el “poder de [cautivarnos]” (2 Nefi 2:27, 29) cuando participamos en lo impuro y lo inicuo. Así que no se dejen engañar para mordisquear siquiera las cosas impuras, porque Satanás está listo para clavar el anzuelo. Es precisamente ese riesgo real de que Satanás, sutil o repentinamente, clave el anzuelo lo que llevó al profeta Moroni, que vio nuestros días (véase Mormón 8:35), a advertirnos con ahínco: “no [toquéis] el don malo, ni la cosa impura” (Moroni 10:30; cursiva agregada).

Hay mucho de malo e impuro en la música, en internet, en las películas, en las revistas, en el alcohol, en las drogas y en el tabaco. Mis queridos y jóvenes amigos, ¡ni siquiera se les ocurra tocar las cosas malas e impuras! Camuflado en su interior hay un anzuelo que queda clavado, con mayor sutileza y rapidez de la que se imaginan, y su proceso de extracción puede resultar terriblemente doloroso. Alma dijo que, para él, el proceso del arrepentimiento fue “casi hasta la muerte” (Mosíah 27:28); y en efecto fue así, cuando dijo que no podía haber cosa “tan intensa ni tan amarga como fueron [sus] dolores” (Alma 36:21).

Quizá algunos de ustedes hayan participado en cosas malas e impuras. Obtengan esperanza en el hecho histórico y doctrinal de que la fe de Alma en el Señor le llevó al arrepentimiento y de que, como resultado directo de dicho arrepentimiento, sintió tal felicidad mediante el poder de la expiación de Cristo que, según sus propias palabras, “no puede haber cosa tan intensa y dulce como lo fue mi gozo” (Alma 36:21). Eso mismo experimentarán ustedes si buscan al Señor a través del arrepentimiento.

Todos necesitamos arrepentirnos en un grado u otro. Arrepentirse significa hacer en su vida los verdaderos cambios que el Señor desea que hagamos para ser felices. El arrepentimiento es el gran principio facultador del Evangelio: cuando la fe en el Señor da lugar a un cambio personal, esa acción, como dice Helamán, “[les] conduce al poder del Redentor, para la salvación de sus almas” (Helamán 5:11). Al esforzarse por cambiar, recuerden que nuestro amoroso Salvador, como dijo Alma, tiene “todo poder para salvar a todo hombre que crea en su nombre y dé fruto digno de arrepentimiento” (Alma 12:15). ¡Qué doctrina tan poderosa, liberadora y esperanzadora!

El profeta José Smith aprendió de primera mano que el Señor espera que evitemos la infelicidad al vivir de acuerdo con el Evangelio y desea que comprendamos que podemos arrepentirnos. Cuando perdió las 116 páginas del manuscrito de la traducción del Libro de Mormón al dejarse persuadir por los hombres, José se sumió en la tristeza. El Señor le dijo: “Tú debiste haber sido fiel; y con su brazo extendido, [Dios] te hubiera defendido de todos los dardos encendidos del adversario; y habría estado contigo en todo momento de dificultad (D. y C. 3:8). Ocurre lo mismo con cada uno de ustedes, jóvenes: sean fieles y la mano del Señor les sostendrá. Al profeta se le recordó en aquella ocasión que, al igual que ustedes, sería perdonado si se arrepentía. Piensen en el gozo que debió sentir cuando el Señor le dijo: “Mas recuerda que Dios es misericordioso; arrepiéntete, pues, de lo que has hecho contrario al mandamiento que te di, y todavía eres escogido” (D. y C. 3:10).

Esta tarde les invito ustedes a vivir en armonía con el Evangelio para ser realmente felices, les invito a evitar la maldad y la infelicidad que ésta acarrea y, si han participado en cosas malas o impuras, les invito a hacer los cambios que el Señor desea que hagan por su propia felicidad; y testifico que Él les permitirá alcanzar el éxito en virtud de Su incomparable poder.

Si aceptan esta invitación, cosecharán la felicidad duradera y cimentarán su vida sobre la roca de nuestro Redentor, para que cuando los dardos del diablo y las tormentas del mundo les asolen, el diablo, como enseñó Helamán, no “tenga poder para arrastraros al abismo de miseria y angustia sin fin, a causa de la roca sobre la cual estáis edificados, que es un fundamento seguro, un fundamento sobre el cual, si los hombres edifican, no caerán” (Helamán 5:12; cursiva agregada). Doy mi ferviente testimonio del Señor Jesucristo: Él es la Roca, el único cimiento seguro para ser sanados y ser felices. Él vive, tiene todo poder en el cielo y en la tierra, conoce sus nombres y les ama. En el nombre de Jesucristo. Amén.