¿Quién sigue al Señor?

W. Dahlquist II


Si uno permanece del lado de la línea del Señor, el adversario no puede ir allí para tentarlo.

Mis queridos hermanos y hermanas, estoy agradecido de vivir en una época en que tenemos apóstoles y profetas en la tierra que nos inspiran y nos guían. Testifico que el presidente Hinckley es un profeta de Dios, al igual que Moisés, Abraham y todos los demás profetas desde el comienzo del mundo. Estoy agradecido por sus consejos de esta mañana así como por la oportunidad que tendremos de escucharlo una vez más al concluir esta conferencia.

Hoy me dirijo en especial a los hombres y a las mujeres jóvenes de la Iglesia, así como a sus padres y líderes. También me dirijo a los excelentes jóvenes adultos solteros, que tienen maravillosos talentos, aptitudes y potencial para servir en el reino.

El presidente Hinckley ha dicho de esta generación: “Nunca hubo un tiempo como éste. ¡Qué gran época de la historia del mundo para vivir! Nunca antes ha habido una generación de jóvenes como ésta… En verdad ustedes son ‘una generación escogida’ ” (Way to Be!, 2002, pág. 3).

Ustedes, como juventud de Sión, tienen una gran obra que hacer y se les han dado todos los talentos y las oportunidades, sin importar donde vivan, para que hagan exactamente aquello que su Padre Celestial espera de ustedes. Ruego que mis palabras en esta tarde les ayuden en dicha tarea.

En febrero de 1852, la joven Hannah Last Cornaby se bautizó en Yarmouth, Inglaterra. No tuvo la experiencia tranquila y reverente que la mayoría de las personas tienen; ella la describió con las siguientes palabras: “Encontramos la casa rodeada por una turba entre la cual nos abrimos paso con dificultad… Antes de llegar a la orilla del agua, toda la multitud nos había rodeado; mi esposo me bautizó en medio de una lluvia de piedras y de gritos… y aunque las piedras nos pasaban zumbando como si fuera granizo, ninguna nos tocó; llegamos a casa sanos y salvos, dando gracias a Dios por nuestra liberación milagrosa” (Hannah Cornaby, Autobiography and Poems, 1881, págs. 24–25).

Su vida después de eso no fue fácil. Años después escribió estas palabras:

¿Quién sigue al Señor? Toma tu decisión.
Clamamos sin temor: ¿Quién sigue al Señor?
(“¿Quién sigue al Señor?”, Himnos, Nº 170.)

Aunque ésas son las palabras de un himno que no cantamos a menudo, éste es ahora uno de mis favoritos porque expresa dedicación a la verdad y a la justicia. En realidad, es una pregunta que debería estar en la mente de todo joven y de toda jovencita del mundo: “¿Quién sigue al Señor?”; y nuestra respuesta rotunda debe ser: “¡Yo!”.

Ésa pregunta estaba en la mente de Nefi cuando por medio de su padre, Lehi, el Señor mandó a Nefi y a sus hermanos volver a Jerusalén para obtener las planchas de bronce. Cuando Lamán y Lemuel murmuraron, Nefi se hallaba ante dicha pregunta: “¿Quién sigue al Señor?”, a lo cual respondió: “¡Yo!” con estas palabras: “Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que cumplan lo que les ha mandado” (1 Nefi 3:7).

Lo mismo sucedió con el joven David del Antiguo Testamento. Recuerden que, cuando era un joven pastor, visitó a sus hermanos en el frente de batalla. Al estar allí, oyó las burlas del gigante filisteo, Goliat, a los varones de Israel, desafiándolos a la lucha; y todos los guerreros de Israel tenían temor de enfrentar al gigante. Su respuesta de éstos ante la pregunta: “¿Quién sigue al Señor?”; no fue: “¡Yo!”; sino: “¿Quién, yo?”.

Pero no para el joven David, quien tomó sólo unas piedras y una sencilla honda de pastor y fue hacia el gigante, y le dijo: “Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos…

“Jehová te entregará hoy en mi mano… y toda la tierra sabrá que hay Dios en Israel” (1 Samuel 17:45–46). En ese momento, David no caminó tímidamente, sino que corrió para enfrentarse al gigante; y por la fe que David tenía en Dios, mató a Goliat e Israel prevaleció.

Mis jóvenes hermanos y hermanas, dondequiera que viajo, me encuentro con jóvenes nobles, como ustedes, que constantemente se enfrentan a Goliats modernos en forma de tentaciones que nos incitan a violar nuestros convenios y las normas que el Señor nos ha dado. Esto llega a ser de mayor importancia cuando están rodeados a diario de lo profano que es aceptado por la sociedad, como la inmoralidad, la inmodestia, la pornografía y otros materiales inapropiados en los medios de comunicación, incluso en la televisión e internet, así como el generalizado acceso a las drogas y al alcohol. En resumen, no pasa un día sin que se nos pregunte, de una u otra forma: “¿Quién sigue al Señor?”. Tengo dos sugerencias sencillas para ayudarles a preparar su respuesta a esa pregunta.

Primero, nunca olviden quiénes son. La verdad sencilla se encuentra en una canción de los niños que muchos aprendimos en la Primaria: “Soy un Hijo de Dios” (Himnos, Nº 196). Nuestro sabio y bondadoso Padre Celestial no nos ha enviado aquí dejándonos solos; nos ha dado guías específicas para ayudarnos a cumplir lo que Él espera de nosotros. Nos ha dado familias para que nos ayuden, nos amen y nos enseñen. Nos ha dado profetas vivientes para guiarnos; nos ha dado, por medio de la Primera Presidencia, las normas que se encuentran en el folleto “Para la fortaleza de la Juventud”, con esta promesa: “Hacemos la promesa de que a medida que guarden esas normas y vivan de acuerdo con las verdades que se encuentran en las Escrituras, serán capaces de llevar a cabo las labores de su vida con mayor sabiduría y capacidad y soportar las aflicciones con más valor. Ustedes tendrán la ayuda del Espíritu Santo” (2001, págs. 2–3).

Siempre llevo conmigo un ejemplar de ese folleto, ¡siempre! Los invito a hacer lo mismo; entonces, cuando estén esperando el autobús o tengan un momento libre, sáquenlo, léanlo y comprométanse a vivir las normas que en éste hay. Les prometo que a medida que lo hagan, vendrán felicidad, paz y un profundo sentimiento de valor y de autoestima.

Al ejercer su albedrío, recuerden que no están solos. Además de un Padre Celestial amoroso y bondadoso, hay otras personas que oran para que ustedes tomen decisiones sabias. Cuando era joven y salía con una chica o con mis amigos, siempre les avisaba a mis padres cuando llegaba a casa. Por lo general, llamaba a la puerta de su cuarto, la abría y decía: “Ya llegué”, y me iba a la cama. Una noche volví de una cita con una chica, llamé a la puerta como de costumbre y cuando abrí la puerta, la luz del pasillo iluminó a mi angelical madre de rodillas, orando. Al verla allí, supe por quién oraba. Nunca he olvidado esa experiencia, y el saber que hoy mi madre todavía ora por mí me da ánimo y me recuerda quién soy y que no estoy solo.

Mi segunda sugerencia: aprendan a controlar sus pensamientos. Una parte del plan de felicidad que nuestro Padre Celestial nos ha dado es que se nos envió aquí para ser probados; por lo tanto, siempre habrá tentaciones. Nuestra labor, como Santos de los Últimos Días, es guardar los mandamientos de Dios a pesar de las tentaciones que Satanás ponga en nuestro camino. En mi vida, he notado que eso es mucho más fácil de hacer cuando controlamos nuestros pensamientos, especialmente cuando hemos memorizado música, pasajes de las Escrituras y buena poesía para reemplazar los malos pensamientos que nos vienen a la mente.

El presidente Boyd K. Packer nos ha aconsejado que memoricemos un himno para que, cuando venga a nuestra mente un mal pensamiento, lo reemplacemos con un himno. Un amigo mío explicó que había seguido esa instrucción. Él dijo: “Un día salí de la oficina para almorzar. Después de caminar un par de cuadras noté que había estado tarareando ‘mi himno’: ‘Soy un hijo de Dios’. Al analizar por qué había comenzado a cantar, me di cuenta que al cruzar la calle frente a la oficina, una joven vestida inmodestamente había pasado frente a mí. De inmediato y de manera subconsciente, la letra y la música de ‘Soy un hijo de Dios’ acudieron a mi mente para desplazar los pensamientos inadecuados”. Ese día mi amigo aprendió una gran lección en cuanto a su habilidad para controlar sus pensamientos.

El presidente George Albert Smith dio un consejo magnífico con respecto a ese tema cuando dijo: “Existe una bien definida línea de demarcación entre el territorio del Señor y el del diablo. Si uno permanece del lado de la línea del Señor, el adversario no puede ir allí para tentarlo… pero si decide pasar para el lado del diablo, entra en su territorio… y éste hará todo lo que esté a su alcance para alejarlo del territorio del Señor, sabiendo que la única posibilidad de destruirle es mantenerle lejos de la zona de seguridad” (“¿Seguimos a Cristo?”, Liahona, febrero de 1982, pág. 98–99).

El lema de la Mutual para 2007 ofrece una promesa a quienes presten atención a ese sabio consejo: “Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios;… [y] el Espíritu Santo será tu compañero constante…” (D. y C. 121:45–46).

Les testifico que Dios vive; sé que somos Sus hijos, que Él nos conoce por nuestro nombre y que al tomar esas decisiones importantes no estamos solos. Todos los días de su vida tendrán que tomar decisiones, el resultado de éstas los llevarán de un lado de la línea o del otro. Por lo tanto, extiendo un desafío a todos los jóvenes al alcance de mi voz, a la juventud bendita del mundo: vivan su vida de tal manera que cuando deban decidir entre el bien y el mal, y oigan en su interior la pregunta “¿Quién sigue al Señor?”, estén preparados para responder con todas sus fuerzas: “¡Yo!”. En el nombre de Jesucristo. Amén.