Un corazón quebrantado y un espíritu contrito

Élder Bruce D. Porter

De los Setenta


Los que tienen un corazón quebrantado y un espíritu contrito están dispuestos a hacer todo lo que Dios les pida.

¡Cuánto aprecio al élder Joseph B. Wirthlin! En 1899, el poeta Rudyard Kipling escribió al imperio británico la siguiente amonestación sobre el orgullo:

Vano poder los reinos son;
huecos los gritos y el clamor.
Constante tu sacrificio de antaño,
corazón compungido y humillado.
(“God of Our Fathers, Known of Old”, Hymns, Nº 80).

Al hacer referencia al corazón compungido como un “sacrificio de antaño”, es probable que Kipling haya pensado en las palabras del rey David, del Salmo 51: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; [el] corazón contrito y humillado” (versículo 17). Las palabras de David demuestran que desde la época del Antiguo Testamento, los del pueblo del Señor ya entendían que debían entregar sus corazones a Dios, que solamente las ofrendas de holocausto no eran suficientes.

Los sacrificios que fueron ordenados en la dispensación de Moisés eran una representación simbólica del sacrificio expiatorio del Mesías, que era el único que podía reconciliar al hombre pecador con Dios, tal como lo enseñó Amulek: “Y he aquí, éste es el significado entero de la ley, pues todo ápice señala a ese gran y postrer sacrificio… el Hijo de Dios” (Alma 34:14).

Después de Su resurrección, Jesucristo declaró al pueblo del Nuevo Mundo:

“…vuestros sacrificios y vuestros holocaustos cesarán, porque no aceptaré ninguno de [ellos]…

“Y me ofreceréis como sacrificio un corazón quebrantado y un espíritu contrito. Y al que venga a mí con un corazón quebrantado… lo bautizaré con fuego y con el Espíritu Santo…” (3 Nefi 9:19–20).

¿Qué son un corazón quebrantado y un espíritu contrito? ¿Y por qué se consideran un sacrificio?

Como en todas las cosas, la vida del Salvador nos ofrece el ejemplo perfecto: A pesar de que Jesús de Nazaret era sin pecado, vivió con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, tal como lo demuestra por medio de Su sumisión a la voluntad del Padre. “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6:38); dijo a Sus discípulos: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29). Y cuando llegó la hora de hacer el sacrificio final que formaba parte de la Expiación, Cristo no rehusó beber la amarga copa sino que se sometió totalmente a la voluntad de Su Padre.

La sumisión perfecta del Salvador al Eterno Padre es el ejemplo ideal de un corazón quebrantado y un espíritu contrito. El ejemplo de Cristo nos enseña que un corazón quebrantado es un atributo eterno y divino. Cuando nuestro corazón está quebrantado, somos plenamente receptivos al Espíritu de Dios y reconocemos nuestra dependencia de Él para todo lo que poseemos y lo que somos. Tal sacrificio implica renunciar al orgullo en todas sus formas. Así como un alfarero experto modela el barro con las manos, el Maestro puede moldear y darle forma con Sus manos a los de corazón quebrantado.

Un corazón quebrantado y un espíritu contrito son requisitos para el arrepentimiento. Lehi enseñó:

“Por tanto, la redención viene en el Santo Mesías…

“He aquí, él se ofrece a sí mismo en sacrificio por el pecado, para satisfacer las demandas de la ley, por todos los de corazón quebrantado y de espíritu contrito; y por nadie más se pueden satisfacer las demandas de la ley” (2 Nefi 2:6–7).

Cuando pecamos y ansiamos el perdón, tener un corazón quebrantado y un espíritu contrito significa experimentar la “…tristeza que… produce arrepentimiento…” (2 Corintios 7:10). Dicha tristeza sobreviene cuando nuestro deseo de ser limpios del pecado es tan intenso que sentimos dolor en el corazón por el pesar y ansiamos sentirnos en paz con nuestro Padre Celestial. Los que tienen un corazón quebrantado y un espíritu contrito están dispuestos a hacer todo lo que Dios les pida, sin oposición ni resentimiento. Dejamos de hacer las cosas a nuestra manera y aprendemos a hacerlas según la manera de Dios. Al llegar a ese punto de sumisión, la Expiación surte su efecto y tiene lugar el arrepentimiento verdadero; entonces la persona arrepentida vislumbra el poder santificador del Espíritu Santo, que le llena de paz de conciencia y de gozo por la reconciliación con Dios. El mismo Dios que nos enseña a vivir con un corazón quebrantado nos invita a regocijarnos y a ser de buen ánimo; una combinación grandiosa de atributos divinos.

Cuando recibimos el perdón de los pecados, un corazón quebrantado sirve de escudo divino contra la tentación. Nefi clamó: “¡Estén cerradas continuamente delante de mí las puertas del infierno, pues quebrantado está mi corazón y contrito mi espíritu!” (2 Nefi 4:32). El rey Benjamín enseñó a su pueblo que si ellos andaban en las profundidades de la humildad, se regocijarían siempre, “[serían] llenos del amor de Dios y siempre [retendrían] la remisión de… pecados” (Mosíah 4:12). Cuando nuestros corazones están abiertos al Señor, los atractivos del mundo sencillamente pierden su encanto.

Pero aún existe otro aspecto de un corazón quebrantado, a saber, nuestra profunda gratitud por el sufrimiento que padeció Cristo por nosotros. En Getsemaní, el Salvador “descendió debajo de todo” (D. y C. 88:6) al sobrellevar las cargas del pecado a favor de todo el género humano. En el Gólgota, Él “derramó su vida hasta la muerte” (Isaías 53: 12), y Su corazón literalmente se quebrantó a causa del amor inmenso que tiene hacia todos los hijos de Dios. Cuando recordamos al Salvador y Su sufrimiento, así mismo también nuestro corazón se quebrantará de gratitud por el Ungido.

Al sacrificar por Él todo lo que tenemos y todo lo que somos, el Señor llenará nuestro corazón de paz. Él “[vendará] a los quebrantados de corazón” (Isaías 61:1) y armonizará nuestras vidas con el amor de Dios, “el cual es más dulce que todo lo dulce,… y más puro que todo lo puro” (Alma 32:42). De eso testifico, en el nombre de Jesucristo. Amén.