Después de hacer cuanto podamos

Élder Claudio D. Zivic

De los Setenta


En calidad de miembros de la Iglesia de Jesucristo hemos elegido ser hombres y mujeres fuera de lo común.

He escuchado decir que nadie ha muerto dando un discurso en una Conferencia General. Si hoy ocurre por primera vez, desde ya les pido disculpas.

Cuando estaba cumpliendo en Argentina con el servicio militar obligatorio, leí un libro, del cual no recuerdo su autor, que comenzaba diciendo: “No elijo ser un hombre común, está en mi derecho el ser alguien fuera de lo común, si es que puedo”.

Ser fuera de lo común significa ser exitoso, singular, sorprendente.

Esa frase siempre quedó impresa en mi mente y corazón puesto que mi sentimiento fue y es, que en calidad de miembros de la Iglesia de Jesucristo hemos elegido ser hombres y mujeres fuera de lo común. Las últimas palabras de esa frase dicen “si es que puedo”, lo que me hizo pensar en que no basta con haber sido bautizados y confirmados, debemos honrar y cumplir con los compromisos que asumimos ante el Señor en aquel día tan memorable.

Lehi enseñando a su hijo Jacob le dijo: “Así pues, los hombres son libres según la carne; y les son dadas todas las cosas que para ellos son propias. Y son libres para escoger la libertad y la vida eterna, por medio del gran Mediador de todos los hombres, o escoger la cautividad y la muerte, según la cautividad y el poder del diablo; pues él busca que todos los hombres sean miserables como él” (2 Nefi 2: 27).

Sin duda todos deseamos la libertad y la vida eterna. Temblamos de sólo pensar que también existe la opción de ser cautivos por Satanás.

Nefi nos enseñó claramente lo que debemos hacer. Él dijo: “…pues sabemos que es por la gracia por la que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos” (2 Nefi 25: 23).

Creo que lo primero que debemos tener en cuenta, para “hacer cuanto podamos”, es arrepentirnos de nuestros pecados. Nunca podremos alcanzar nuestro potencial divino si permanecemos en nuestros errores.

Recuerdo en forma muy especial el día de mi bautismo cuando tenía ocho años. Se realizó en la rama de Liniers, la cual fue la primera capilla construida por la Iglesia en Sudamérica. Cuando regresaba a mi casa, junto con mi familia, mi hermano mayor comenzó a jugar de manos conmigo, como siempre lo hacíamos. Entonces desde lo más profundo de mi corazón le dije: “¡No me toques porque no puedo pecar más!”. Con el transcurso de los días me di cuenta que no era posible permanecer el resto de mi vida sin pecar.

Es difícil soportar los sufrimientos que vienen del exterior. Pero el verdadero tormento en la vida es sufrir las consecuencias de nuestras propias faltas y pecados.

Hay una única manera en que ese tormento desaparezca y es por medio del sincero arrepentimiento. Comprendí que podía presentar al Señor un corazón quebrantado y un espíritu contrito, sintiendo profundo pesar por mis pecados, humillándome, arrepintiéndome de mis faltas, y que Él milagrosamente, a través de Su sacrificio expiatorio, podía borrar esos pecados para nunca más tenerlos en cuenta.

El poeta argentino José Hernández, en su famoso libro Martín Fierro, escribió:

“Muchas cosas pierde el hombre
Que a veces las vuelve hallar,
Pero les debo enseñar
Y es bueno que lo recuerden
Si la vergüenza se pierde
Jamás se vuelve a encontrar”
(La Vuelta de Martín Fierro, part 2 of Martín Fierro, 1879, canto 32; bilingual ed., trans. C. E. Ward, 1967, pág. 493).

Si carecemos de ese sentimiento penoso ocasionado por alguna falta o acción deshonrosa, será imposible permanecer en este camino que es “fuera de lo común”.

Otro concepto muy importante para tener en cuenta en “hacer cuanto podamos” es buscar y desarrollar las oportunidades que la vida nos ofrece constantemente dentro del Evangelio, y reconocer al Señor como el Dador de todo lo bueno que poseemos y somos.

Otro asunto que debe ser nuestra responsabilidad permanente es “hacer cuanto podamos” para dar a conocer este Evangelio de felicidad a todo el género humano.

Hace un tiempo recibí una carta del hermano Rafael Pérez Cisneros de Galicia, España, relatándome su conversión. Parte de esa carta decía lo siguiente:

“La perspectiva que tenía sobre la vida y la familia era nula. Cuando finalmente acepté que los misioneros entrasen a mi casa, les dije: ‘Denme ese mensaje, pero les advierto que nada me va a hacer cambiar de religión’. En esa primera ocasión mis hijos y mi esposa estaban escuchando atentamente y yo me sentí separado del grupo. Sentí miedo y, sin pensarlo, me fui a mi habitación. Cerré la puerta y clamé con toda mi alma como nunca había clamado y dije en oración: ‘Padre, si de verdad estos jóvenes son discípulos Tuyos y vienen a ayudarnos, por favor, házmelo saber’. Fue en ese preciso momento que empecé a llorar como un niño pequeño. Mis lágrimas eran abundantes y pude percibir una felicidad como nunca antes había sentido. Estaba realmente absorbido en una esfera llena de gozo y felicidad que penetraban mi alma. Comprendí que Dios estaba contestando afirmativamente a mi pregunta.

“Toda mi familia se bautizó y oportunamente fuimos sellados en el templo de Suiza, convirtiéndome en el hombre más feliz del mundo”.

Creo que esta historia nos debe motivar para “hacer cuanto podamos” para compartir las bendiciones de gozo que vienen de vivir el Evangelio de felicidad.

El último concepto importante que deseo resaltar es que debemos “hacer cuanto podamos” hasta el fin de nuestros días en la vida terrenal. Sin duda tenemos ejemplos vivientes, como el presidente Gordon B. Hinckley y muchos otros hombres y mujeres, que continúan sirviendo fielmente a una edad en que otros consideran que son demasiado ancianos para tener responsabilidades.

Cuando serví como presidente de la Misión España Bilbao, me impresionó la calidad de miembros y misioneros que conocí, quienes llevan adelante la obra con tanto amor y disposición, como también los miembros fieles de la Iglesia de otras partes del mundo. A todos ellos mi más sincero respeto y admiración.

El Señor dijo que se “deleita en honrar a los que le sirven en rectitud y en verdad hasta el fin, y para ellos grande será su galardón y eterna será su gloria” (véase D. y C. 76: 5–6).

Que tengamos siempre en nuestra mente y corazón las palabras de Nefi: “¡Despierta, alma mía! No desfallezcas más en el pecado… mi alma se regocijará en ti, mi Dios, y la roca de mi salvación” (2 Nefi 4: 28, 30).

Es mi humilde súplica que el Señor nos bendiga para que hagamos “cuanto podamos” en este camino “fuera de lo común” que hemos escogido, del cual testifico que es verdadero. En el nombre de Jesucristo. Amén.