Perseverar juntos

Obispo Richard C. Edgley

Primer consejero del Obispado Presidente


El barrio está organizado para atender las necesidades de aquellos que afrontan las pruebas más difíciles y desgarradoras.

Unos años atrás, un periodista humorístico de uno de los periódicos locales escribió sobre un tema serio que daba mucho que pensar. Cito de su artículo: “En Utah, el ser mormón de los que asisten regularmente a la Iglesia significa vivir tan cerca de los miembros de su barrio que no pasan 5 minutos sin que toda la congregación se entere de cualquier cosa que ocurra”.

Continuó: “Esa forma de vivir como carne y uña puede parecernos entrometida… pero también es uno de nuestros puntos fuertes”.

El autor prosiguió: “El martes, en el trabajo, vi las noticias del mediodía en la televisión. En un accidente de tráfico una furgoneta había quedado totalmente destruida. A la joven madre y a los dos niños pequeños se les llevó inmediatamente a salas de emergencias en helicóptero y en ambulancia… Unas horas después me enteré de que la furgoneta pertenecía a Eric y Jeana Quigley, una joven pareja que vivía al cruzar nuestra calle en Herriman.

“No sólo veo a los Quigley en la Iglesia… sino que habíamos cenado con ellos en la fiesta del vecindario la noche antes del accidente. Nuestros nietos jugaron con sus hijas, Bianca y Miranda…

“La niña de 14 meses, Miranda, sufrió serias lesiones en la cabeza y falleció tres días después en el Hospital Primary Children.

“Es entonces que el entrometimiento tiene… sus ventajas. A pesar de que el accidente sucedió a varias millas de la casa, el polvo aún no se había asentado cuando alguien del barrio paró y empezó a buscar entre los escombros del accidente. Los demás miembros del barrio se enteraron del accidente antes de que la policía y los paramédicos llegaran al lugar del siniestro.

“Los miembros del barrio fueron a los tres hospitales, se pusieron en contacto con Eric en su trabajo y organizaron grupos de trabajo. Los que no fueron incluidos en la ayuda inmediata estaban ansiosos por ayudar de cualquier forma.

“En 48 horas, el césped de los Quigley estaba cortado, la casa limpia, la ropa lavada, el refrigerador repleto, a los familiares se les había traído comida y se había creado una cuenta en el banco local. Le hubiéramos dado un baño al perro si hubiesen tenido uno”.

El autor concluye con este perspicaz comentario: “Tiene su aspecto positivo la lupa congregacional bajo la que vive mi barrio… Lo que le afecta a uno, nos afecta a todos” (“Well-Being of Others Is Our Business” Salt Lake Tribune, 30 de julio de 2005, pág. C1).

La compasión y el servicio que prestaron los amorosos miembros del barrio como resultado de ese accidente automovilístico no se limitan a este caso. El profeta Alma, del Libro de Mormón, explicó a los que deseen ser seguidores de Cristo: “Ya que deseáis entrar en el redil de Dios y ser llamados su pueblo, y estáis dispuestos a llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras; sí, y estáis dispuestos a llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo…”, entonces, como Alma explicó, estaban listos para ser bautizados (véase Mosiah 18:8–9). Estas escrituras establecen los cimientos para ministrar y cuidar a otros de la forma más compasiva.

El barrio está organizado para atender las necesidades de aquellos que afrontan las pruebas más difíciles y desgarradoras. El obispo, a menudo considerado el “padre” del barrio, se encuentra allí para brindar consejos y recursos. Pero también están muy a mano los líderes del sacerdocio de Melquisedec y del sacerdocio Aarónico, la presidencia de la Sociedad de Socorro, los maestros orientadores, las maestras visitantes y los miembros del barrio, siempre los miembros del barrio. Todos ellos están allí para brindar consuelo y mostrar compasión en los momentos de necesidad.

En mi propio vecindario hemos tenido muchas tragedias lamentables. En octubre de 1998, Zac Newton, de 19 años, que vivía tan sólo a tres casas al este de nosotros, falleció en un trágico accidente automovilístico.

Menos de dos años después, en julio, Andrea Richards, de 19 años, que vivía en frente de los Newton, falleció en otro accidente automovilístico.

Un sábado por la tarde en julio de 2006, Travis Bastian, un ex misionero de 28 años y Desiree, su hermana de 15 años, que vivían cruzando la calle y a dos casas al norte de nosotros, fallecieron en un terrible accidente automovilístico.

Un mes después, en agosto de 2006, Eric Gold, de 32 años, que creció en la casa al lado de la nuestra, padeció una muerte prematura. Y otros en el vecindario han sufrido experiencias devastadoras, y sólo ellos y Dios saben lo que han aguantado en silencio.

Con la pérdida de cinco jóvenes, uno puede llegar a pensar que este número de pruebas es inusual para un vecindario pequeño. Prefiero pensar que el número sólo parece grande porque se trata de un barrio muy unido, que se preocupa y en el que sus miembros saben cuando hay una emergencia. Es un barrio que cuenta con miembros que siguen la admonición de Alma y del Salvador: miembros que se preocupan, se aman y llevan las cargas los unos de los otros, miembros que están dispuestos a llorar con los que lloran, a consolar a los que necesiten de consuelo, miembros que perseveran juntos.

En cada uno de estos casos vimos el amor, el servicio y la compasión en acción, y fue una inspiración para todos. Los obispos llegaron, los maestros orientadores y las maestras visitantes entraron en acción, los quórumes del sacerdocio de Melquisedec y del sacerdocio Aarónico, y las Sociedades de Socorro se organizaron para satisfacer las necesidades tanto espirituales como temporales. Llenaron los refrigeradores, limpiaron las casas, cortaron el césped, podaron los arbustos, pintaron las cercas, dieron bendiciones y se ofrecieron para dar apoyo emocional. Los miembros estaban en todas partes.

En cada una de estas situaciones, la familia que había perdido a un ser querido expresó que había aumentado su fe, su amor por el Salvador, su gratitud por la Expiación y que sentía más agradecimiento hacia una organización que responde a las necesidades emocionales y espirituales más profundas de los miembros. Esas familias ahora hablan de cómo llegaron a conocer al Señor a través de la adversidad. Hablan de muchas experiencias tiernas que surgieron del dolor que afrontaron. Testifican de bendiciones que pueden surgir del dolor. Alaban al Señor y hacen eco de las palabras de Job: “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito” (Job 1:21).

Al compartir las tragedias de unos y otros como miembros del barrio, hemos aprendido varias lecciones:

  1. 1.

    La organización del Señor está equipada para que conozcamos a aquellos que tienen las necesidades emocionales y espirituales más urgentes y velemos por ellos.

  2. 2.

    La adversidad puede acercarnos más a Dios con un renovado e iluminado agradecimiento por la oración y la Expiación que cubre el dolor y el sufrimiento en todas sus manifestaciones.

  3. 3.

    Los miembros que sufren una tragedia personal, a menudo tienen una mayor capacidad de amor, compasión y entendimiento. Ellos son los primeros y los últimos, y a menudo los más eficaces que consuelan y muestran compasión hacia los demás.

  4. 4.

    El barrio y también la familia se une al perseverar juntos: lo que afecta a uno, afecta a todos.

  5. 5.

    Pero quizás lo más importante es que cada uno de nosotros podemos ser más compasivos y amorosos porque hemos tenido nuestras propias pruebas y experiencias. Podremos perseverar juntos.

Me regocijo por pertenecer a una organización tan amorosa y compasiva. Nadie sabe sobrellevar mejor las cargas de los demás, llorar mejor con los que lloran y consolar mejor a los que necesiten de consuelo. Yo prefiero considerarlo “perseverar juntos”. Lo que le afecta a uno, nos afecta a todos. Perseveramos juntos.

Que seamos instrumentos para aligerar las cargas de los demás, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.