Dios ayuda al fiel poseedor del sacerdocio

Presidente Henry B. Eyring

Segundo Consejero de la Primera Presidencia


El mensaje puede venir a su mente en palabras, con un sentimiento o ambas; pero va a… darle seguridad y guía en lo que deben hacer.

En esta tarde pienso en un joven que está en alguna parte del mundo, se pregunta si él podrá hacer lo que se requiere de un poseedor del sacerdocio. Yo tuve esa misma preocupación cuando tenía trece o catorce años.

Me había criado en el campo misional, donde sólo había una pequeña rama que se reunía en mi casa. Después mi familia se mudó a un lugar donde había estacas, barrios grandes, capillas y quórumes de jóvenes que parecían saber mucho más que yo sobre lo que deben hacer los poseedores del sacerdocio. En ese barrio tenían un sistema complicado para repartir la Santa Cena. Yo estaba seguro de que me iba a equivocar cuando me tocara el turno de repartir o preparar la Santa Cena.

En mi miedo y desesperación, recuerdo haber salido de la capilla para estar solo. Estaba preocupado, oré para pedir ayuda y recibir la seguridad de que no fallaría al servir a Dios en Su sacerdocio.

Ahora han pasado muchos años. He sido poseedor del Sacerdocio de Melquisedec por más de cincuenta años, pero en los últimos días he orado con el mismo fervor pidiendo ayuda y seguridad de que no voy a fallar en el llamamiento que se me ha extendido de prestar servicio en la Primera Presidencia. Me parece que otras personas son más capaces para servir y que están mejor preparados, pero al orar esta vez pienso que pude sentir una respuesta que posiblemente se me envió hace muchos años afuera de la capilla del Barrio Yalecrest hace mucho tiempo. Es la misma respuesta que ustedes pueden esperar recibir cuando afronten un llamamiento para servir en el sacerdocio que piensen que esté fuera de su alcance.

El mensaje puede venir a su mente en palabras, con un sentimiento, o ambas; pero eso va a incluir por lo menos tres cosas para darle seguridad y guía en lo que deben hacer en este llamamiento aparentemente abrumador.

Primero, la seguridad se recibirá con el recuerdo de las veces que el Padre Celestial los ha ayudado a través de peligros y dificultades, esto me sucedió a mí en los últimos días.

Cuando era un jovencito y todavía vivía en Nueva Jersey, una muchedumbre de personas airadas se reunió frente a nuestra casa. Mi madre salió a encontrarse con ellos, estaba sola con ese grupo de personas que para mí parecían bastante peligrosas. No pude escuchar lo que dijo ella, pero después de algunos minutos se alejaron pacíficamente, todavía recuerdo haber visto un milagro.

Ya de mayor, tengo un recuerdo más reciente de un grupo de personas airadas, la Primera Presidencia me llamó a afrontar a quienes de pronto y en forma inexplicable sintieron un espíritu de calma y reconciliación.

En una ocasión, se me envió a hablar ante líderes y ministros de iglesias de los Estados Unidos de América que se habían reunido en Miniápolis para tratar el problema de la competencia entre las iglesias.

Cuando llegué, me encontré que se me había asignado como uno de los oradores. El tema asignado era: ¿Por qué había sido necesaria una restauración de la verdadera Iglesia por medio de José Smith? Yo era el sustituto de último momento del élder Maxwell.

Cuando llegué a la ciudad la noche anterior a las reuniones y miré el programa, llamé al presidente Hinckley y le comuniqué que las reuniones durarían tres días, con varios discursos que se pronunciarían al mismo tiempo, que la audiencia podría escoger a cuál asistir, le dije que yo pensaba que si decía la verdad temía que nadie más asistiera a mi segunda sesión y quizás regresaría a casa muy pronto. Le pregunté qué pensaba él que debería hacer yo; él me dijo: “Utilice su buen juicio”.

Oré toda la noche, y cerca del amanecer estaba seguro de que debía hablar de la Restauración, no diciendo: “Esto es lo que nosotros creemos que sucedió con José Smith y por qué creemos que pasó”, sino “Esto es lo que sucedió con José Smith y esta es la razón por la que el Señor lo hizo”. Por la noche no se me dio ninguna confirmación de las consecuencias, sólo una dirección clara, sigue adelante.

Para mi asombro, los ministros hicieron fila para hablar conmigo después de mi primer discurso. Cada uno de ellos me dijo esencialmente lo mismo. Cada uno de ellos, en algún momento de su vida, había conocido a un miembro de la Iglesia al que admiraban. Muchos de ellos dijeron que vivían en una comunidad donde un presidente de estaca había ido a auxiliar no sólo a los miembros sino a toda la comunidad durante un desastre. Me pidieron que diera saludos y agradecimientos no sólo a personas que yo no conocía sino también a otras que ni esperaba conocer.

Al término de los tres días de reuniones, más y más personas asistían para oír el mensaje de la restauración del Evangelio y de la verdadera Iglesia de Jesucristo, no porque creían el mensaje, sino porque habían podido ver la bondad en la vida de las personas, los frutos de la Restauración.

Al orar estas últimas noches, me vino ese y otros recuerdos con la seguridad de algo así: “¿No he cuidado siempre de ti? Piensa en las veces en que te he guiado junto a las aguas de reposo. Recuerda las veces que he aderezado la mesa delante de ti en presencia de tus angustiadores. Recuerda y no temas mal alguno” (véase Salmo 23).

Así que nuevos diáconos: recuerden, Él siempre ha cuidado de ustedes desde su niñez. A los nuevos presidentes de quórum: recuerden. Padres con hijos que son un desafío para ustedes, recuerden y no tengan temor. Lo que es imposible para ustedes es posible con la ayuda de Dios en Su servicio. Aún cuando ustedes eran muy pequeños y en los años siguientes, Él con Su poder y Su Espíritu ha ido delante de su faz y ha estado a su diestra y a su siniestra, cuando han estado en Su servicio (véase D. y C. 84:88). Si oran y lo piden con fe, pueden recibir la certeza de que Dios velará por ustedes, yo lo sé.

La segunda parte del mensaje la recibirán cuando oren pidiendo ayuda para afrontar una asignación difícil yo la recibí muy temprano el viernes por la mañana. Había orado, como ustedes lo harán, acerca de la abrumadora insuficiencia. La respuesta fue muy clara y muy directa y casi como un reproche a mi oración. “Olvídate de ti mismo; comienza a orar por las personas a las que vas a prestar servicio”. Eso logra maravillas para atraer al Espíritu Santo.

Pero estén preparados para no darse cuenta del tiempo mientras oran. Sentirán amor por las personas a las que van a prestar servicio. Sentirán sus necesidades, esperanzas y sufrimientos y los de su familia. Y a medida que oren, el círculo se agrandará más de lo que pueda imaginarse, a lo mejor gente que no pertenezca a su quórum ni a su familia, sino a quienes ellos aman por todo el mundo. Cuando se olvidan de sí mismos para orar por las personas que pertenecen al círculo de otras personas, el servicio de ustedes se aumentará en su corazón, no sólo cambiará el servicio que brinden, sino también su corazón. Eso se debe a que el Padre y Su Amado Hijo, a los que ustedes han sido llamados a servir, conocen y aman a las muchas personas que bendecirá su servicio, aunque a ustedes les parezca que sólo son unas pocas.

El tercero y último mensaje al que ustedes tienen que estar atentos cuando oren pidiendo ayuda para una asignación difícil del sacerdocio es esta, yo también la recibí y es ponerse a trabajar. El poder del sacerdocio se les ha dado para bendecir a los demás, y eso requiere ir y hacer algo, por lo general es algo difícil se hacer. Por lo tanto, además de la certeza de la ayuda de Dios y del mandamiento de olvidarse de sí mismos, pueden esperar recibir la inspiración clara del Espíritu Santo de ir y hacer algo que bendecirá la vida de alguna persona. Eso puede ser tan obvio como el hecho de ir a visitar, con espíritu de oración, a una persona, a una familia o a un miembro del quórum que se les haya asignado para prestar servicio. Para un padre quizás sea el reprender a uno de sus hijos.

Si lo que tienen que hacer es reprender o enseñar el Evangelio de Jesucristo, lo harán mejor si recuerdan lo gratificante que será. Ustedes deben ayudar al Padre Celestial y a Su Hijo Jesucristo a que la vida eterna sea posible para las personas a las cuales están sirviendo. Para que eso ocurra, el Espíritu debe dar testimonio al corazón de ellos; y ese testimonio tiene que guiarlos a escoger guardar los mandamientos de Dios sin importar las dificultades o tentaciones que vengan.

Con eso en mente, el Espíritu los guiará a enseñar y reprender con el poder del sacerdocio; se mantendrán puros con el fin de enseñar con el Espíritu; orarán pidiendo que el Espíritu les diga cuándo reprender y cómo hacerlo, y cómo demostrar mayor amor (véase D. y C. 121:43–44). Todo lo que hagan mientras se encuentran al servicio del sacerdocio será guiado y medido por lo bien que podría ayudar o ayudó a la persona a obtener un testimonio de la verdad en la vida y en el corazón, lo suficiente para que la Expiación tenga efecto y lo siga teniendo.

Ustedes pueden recibir certeza en su servicio; pueden olvidarse de sí mismos y comenzar a orar y a amar a quienes prestan servicio, y pueden escoger qué hacer y medir el resultado según el cambio en el corazón de las personas a las que sirvieron.

Pero nunca va a ser fácil ni para ustedes ni para las personas a las que presten servicio. Siempre existirá el dolor en el servicio y en el arrepentimiento necesario para llevar el poder de la Expiación para cambiar los corazones. Esa es la naturaleza de lo que a ustedes se les ha llamado a hacer. Piensen en el Salvador, a cuyo servicio se encuentran. ¿En qué momento de Su vida terrenal pueden ver un instante que fuera fácil para Él? ¿Les pidió cosas fáciles a Sus discípulos en ese entonces? ¿Entonces por qué debe ser fácil estar a Su servicio o ser Sus discípulos?

La razón de ello se indica en la frase “un corazón quebrantado” sobre la cual se les ha enseñado muy bien hoy. En las Escrituras algunas veces se habla de que el corazón de la gente se ablandó, pero más a menudo las palabras que describen el estado que buscamos para nosotros y para las personas a las que servimos son un “corazón quebrantado”. Eso quizás nos ayude a aceptar que nuestro llamamiento de servir y el arrepentimiento que necesitamos y buscamos no serán fáciles, y nos ayuda a comprender mejor por qué el testimonio debe arraigarse en el corazón de nuestro pueblo. La fe por la que Jesucristo expió por nuestros pecados debe plantarse en el corazón, un corazón quebrantado.

Esta noche decidamos juntos lo que vamos hacer. Todos nosotros, no importa cuál sea nuestro llamamiento, afrontamos tareas que van más allá de nuestra capacidad, yo las tengo y ustedes la tienen. Es verdad por el simple hecho de que el éxito es lograr que el testimonio anide en el corazón de la gente. Nosotros no podemos hacer que eso ocurra; ni siquiera Dios va a obligar a nadie.

Así que para tener éxito se requiere que las personas a las que servimos escojan aceptar el testimonio del Espíritu en su corazón. El Espíritu está listo, pero muchas personas no están listas para invitar al Espíritu. Nuestra tarea, que está a nuestro alcance, es invitar al Espíritu a nuestra vida para que la gente a la que servimos quiera tener en su vida los frutos del Espíritu que ve en la nuestra.

Eso me lleva a algunas sugerencias de lo que podemos escoger hacer o no hacer. Algunas cosas invitan al Espíritu y otras lo alejan. Ustedes ya lo saben por experiencia propia.

Ningún poseedor del sacerdocio que desee tener éxito no dejará de tener cuidado a dónde dirige la mirada. Escoger mirar imágenes que incitan la lujuria hará que el Espíritu se aleje. El élder Clayton les ha advertido como ya bien lo saben sobre los peligros de internet y de los medios de comunicación que ponen a su alcance imágenes pornográficas, pero la falta de modestia es tan común en la vida diaria que requiere la disciplina de elegir conscientemente de no mirar aquello que pueda crear en nosotros sentimientos que alejen el Espíritu.

El mismo cuidado se requiere de lo que decimos. No podemos esperar hablar en nombre del Señor a menos que cuidemos nuestra manera de hablar. Las expresiones vulgares y profanas ofenden al Espíritu. De la misma forma que la falta de modestia parece ser más común, también lo es el lenguaje vulgar y profano. Antes, era sólo en ciertos lugares y con ciertos grupos que se oía tomar el nombre del Señor en vano y se escuchaban palabras vulgares y humor grosero. Ahora parece que está en todas partes y que, para muchos, es aceptable socialmente, cuando antes no lo era.

Ustedes pueden decidir, y deben decidir, cambiar lo que dicen aun cuando no puedan controlar lo que otras personas digan. Sin embargo, sé por experiencia propia que aún ante esa terrible situación ustedes cuentan con la ayuda de Dios. Años atrás, fui oficial de la Fuerza Aérea en la que presté servicio por dos años en una oficina con un coronel de la Marina, un coronel del Ejército, y un experimentado comandante de la Marina. Ellos habían aprendido a hablar en tiempos de guerra y de paz de un modo ofensivo para mí que sé que alejaba al Espíritu Santo. Yo prestaba además servicio como misionero de distrito, en las tardes intentaba buscar gente y enseñarles bajo la influencia del Espíritu Santo. Era muy difícil; yo era sólo un teniente y ellos eran mis superiores. No tenía manera de cambiarles su vocabulario. Oré pidiendo ayuda, y no sé cómo lo hizo Dios, pero con el tiempo el lenguaje cambió. Poco a poco desapareció el lenguaje profano y después la vulgaridad. Sólo cuando bebían alcohol volvía esa forma de hablar, pero era en la noche así que me podía ir con la excusa de la obra misional.

Ustedes pueden tener recuerdos como este para reafirmar su fe cuando la vida los ponga en situaciones difíciles. Dios ayuda al fiel poseedor del sacerdocio que decide no ver ni decir lo malo aun en un mundo inicuo. No va a ser fácil, nunca lo es; pero se les puede cumplir la promesa de la misma manera que a mí: “…deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios; y la doctrina del sacerdocio destilará sobre tu alma como rocío del cielo” (D. y C. 121:45).

Testifico que sé que ustedes y yo poseemos el sacerdocio de Dios y que Él contestará nuestras oraciones con la dulce certeza y ayuda para servirle mejor. Se los prometo y testifico. En el nombre de Jesucristo. Amén.