Bueno, Mejor, Excelente

Élder Dallin H. Oaks

Del Quórum de los Doce Apóstoles


Debemos abandonar algunas cosas buenas a fin de elegir otras que son mejores o excelentes porque desarrollan la fe en el Señor Jesucristo y fortalecen a nuestra familia.

De la mayoría de nosotros se espera que hagamos más de lo que nos es posible hacer. Como personas que se ganan el pan de cada día, como padres y como obreros y miembros de la Iglesia, afrontamos muchas decisiones sobre lo que haremos con nuestro tiempo y demás recursos.

I.

Para empezar, debemos darnos cuenta de que el solo hecho de que algo sea bueno, no es razón suficiente para hacerlo. El número de las cosas buenas que podemos hacer es mucho mayor que el tiempo disponible para lograrlas. Algunas cosas son mejores que buenas, y merecen que les demos prioridad.

Jesucristo enseñó este principio en el hogar de Marta. Mientras ella “se preocupaba con muchos quehaceres” (Lucas 10:40), su hermana, María, “[se sentaba] a los pies de Jesús, [y] oía su palabra” (versículo 39). Cuando Marta se quejó de que su hermana la había dejado servir sola, Jesús elogió a Marta por lo que estaba haciendo (versículo 41), pero le enseñó que “sólo una cosa es necesaria: y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada” (versículo 42). Era encomiable que Marta estuviese “afanada y turbada… con muchas cosas” (versículo 41), pero era “más necesario” aprender el Evangelio del Maestro de maestros. En las Escrituras se encuentran otras enseñanzas de que algunas cosas son más bendecidas que otras (véase Hechos 20:35; Alma 32:14–15).

Una experiencia de la niñez me demostró el concepto de que algunas decisiones son buenas, pero que otras son mejores. Durante dos años viví en una granja y raras veces íbamos a la ciudad. Las compras de Navidad las hacíamos consultando el catálogo de la tienda Sears Roebuck, donde yo pasaba horas enfrascado en sus páginas. Para las familias rurales de esa época, las páginas del catálogo eran como los centros comerciales o internet de nuestros días.

Algo en particular de algunos anuncios de la mercancía que aparecía en el catálogo se quedó grabado en mi mente. Había tres grados de calidad: buena, mejor y excelente. Por ejemplo, algunos zapatos para hombre tenían la categoría de buena ($1.84), otros mejor ($2.98) y otros excelentes ($3.45)1.

Al considerar varias opciones, debemos recordar que no es suficiente que algo sea bueno. Otras opciones son mejores e incluso otras son excelentes. A pesar de que una opción en particular cueste más, por el hecho de que su valor sea mayor, tal vez resulte ser la mejor elección de todas.

Consideremos la forma en que utilizamos nuestro tiempo en las decisiones que tomamos al ver televisión, jugar videojuegos, navegar por internet o leer libros o revistas. Naturalmente es bueno ver diversiones sanas o adquirir información interesante, pero no todo ese tipo de cosas vale el tiempo que dedicamos para obtenerlas. Algunas cosas son mejores y otras son excelentes. Cuando el Señor nos dijo que buscásemos conocimiento, dijo: “…buscad palabras de sabiduría de los mejores libros” (D. y C. 88:118; cursiva agregada).

II.

Algunas de nuestras decisiones más importantes tienen que ver con las actividades familiares. Muchos de los que se ganan el pan se preocupan de que sus ocupaciones les dejen muy poco tiempo para la familia. No existe una fórmula fácil para esa competencia de prioridades; no obstante, nunca he conocido a un hombre que, al mirar en retrospectiva sus años de trabajo, haya dicho: “No pasé tiempo suficiente en mi trabajo”.

Al decidir cómo vamos a pasar tiempo como familia, debemos tener cuidado de no agotar nuestro tiempo disponible en cosas que simplemente son buenas y dejar poco tiempo para las que son mejores o excelentes. Un amigo llevó a su joven familia a varios viajes durante las vacaciones de verano, incluso visitas a lugares históricos memorables. Al final del verano, le preguntó a su hijo adolescente cuál de esas buenas actividades veraniegas había disfrutado más. El padre aprendió de la respuesta, al igual que lo hicieron aquellos a quienes él se los contó. “Lo que más me gustó este verano”, dijo el muchacho, “fue la noche en que tú y yo nos acostamos en el césped y conversamos, mirando las estrellas”. Las actividades familiares extraordinarias pueden ser buenas para los hijos, pero no siempre son mejores que el pasar tiempo en forma individual con un padre amoroso.

También se necesita planificar con mucho cuidado la cantidad de tiempo que padres e hijos dedican a las buenas actividades que incluyen lecciones privadas, deportes y otras actividades escolares extracurriculares; de otro modo, los hijos tendrán demasiadas actividades y los padres se encontrarán rendidos y frustrados. Los padres deben preservar el tiempo dedicado a la oración familiar, al estudio de las Escrituras en familia, la noche de hogar y otros valiosos momentos para estar todos juntos o en forma individual, por que une a la familia y ayuda a los hijos a valorar las cosas de valor eterno. Los padres deben enseñar lo más importante del Evangelio mediante lo que hacen con los hijos.

Los expertos en cuanto a la familia han amonestado en contra de no programar excesivas actividades para los hijos. En la última generación, los hijos están mucho más ocupados y la familia pasa mucho menos tiempo junta. Entre los muchos indicadores de esta alarmante tendencia hay informes de que el tiempo dedicado a deportes organizados se ha duplicado, mientras que el tiempo libre de los hijos ha disminuido unas 12 horas por semana, y que las actividades informales al aire libre han disminuido en un 50 por ciento2.

El número de personas que informan que “toda su familia por lo general cena junta”, ha disminuido en un 33 por ciento. Esto es motivo de gran preocupación, ya que el tiempo que la familia pasa junta “a la hora de comer en casa [es] uno de los indicadores más convincentes del éxito académico y de la adaptación psicológica de los hijos”3. Se ha demostrado también que las horas en que las familias se reúnen para comer son una firme defensa para que los hijos no fumen, beban ni usen drogas4. Hay una inspirada sabiduría en este consejo para los padres: Lo que los hijos quieren en verdad a la hora de cenar es a ustedes.

El presidente Gordon B. Hinckley ha suplicado que nos esforcemos “por cumplir con nuestra responsabilidad de padres como si todo en la vida dependiera de ello, porque, de hecho, todo en la vida sí depende de ello”. Agregó: “Pido a ustedes, los varones, en particular, que se detengan a hacerse un examen de conciencia en su calidad de esposos y padres y cabezas de familia. Oren y pidan orientación, ayuda y dirección, y después sigan lo que les indiquen los susurros del Espíritu para guiarles en la más seria de todas sus responsabilidades, puesto que las consecuencias de su liderazgo en el hogar serán eternas e imperecederas”5.

La Primera Presidencia ha pedido a los padres que “dediquen sus mejores esfuerzos a la enseñanza y crianza de los hijos con respecto a los principios del Evangelio… El hogar es el fundamento de una vida recta y ningún otro medio puede ocupar su lugar… en… [esas] responsabilidades que Dios les ha dado”. La Primera Presidencia ha declarado que “sin importar cuán apropiadas puedan ser otras exigencias o actividades, no se les debe permitir que desplacen los deberes divinamente asignados que sólo los padres y las familias pueden llevar a cabo en forma adecuada”6.

III.

Los líderes de la Iglesia deben tener presente que las reuniones y las actividades de la Iglesia pueden llegar a ser demasiado complejas y pesadas si en un barrio o en una estaca se trata de lograr que los miembros hagan todo lo bueno y todo lo posible en los numerosos programas de nuestra Iglesia. En este caso, también se deben establecer prioridades.

Los miembros del Quórum de los Doce han recalcado la importancia de ejercer un criterio inspirado en lo referente a los programas y a las actividades de la Iglesia. En 2003, el élder L. Tom Perry enseñó este principio en nuestra primera reunión de capacitación mundial, y en 2004, al impartir consejos a los mismos líderes, el élder Richard G. Scott dijo: “Adapten las actividades a las condiciones y a los recursos locales… Asegúrense de que se satisfagan las necesidades esenciales, pero no se vayan al extremo de crear tantas cosas buenas para hacer, que las que son esenciales no se lleven a cabo… Recuerden, no incrementen el trabajo que se tenga que hacer: ¡simplifíquenlo!”7.

En la conferencia general del año pasado, el élder M. Russell Ballard amonestó en cuanto al deterioro de las relaciones familiares como resultado de pasar demasiado tiempo en actividades ineficaces que rinden poco provecho espiritual. Nos advirtió que no complicáramos nuestro servicio en la Iglesia “con adornos y ornamentos innecesarios que ocupan demasiado tiempo, cuestan mucho dinero y absorben muchísima energía… La instrucción de magnificar nuestros llamamientos no es un mandato de adornarlos y hacerlos complejos. Innovar no significa, necesariamente, expandir; muchas veces equivale a simplificar… Lo más importante en nuestras responsabilidades de la Iglesia”, dijo, “no son las estadísticas que se informan ni las reuniones que se llevan a cabo, sino que la gente — a la que se ministra individualmente, como hizo el Salvador— haya sido edificada, haya recibido aliento y, al final, haya cambiado”8.

Las presidencias de estaca y los obispados deben ejercer su autoridad a fin de eliminar las tareas excesivas e ineficaces que a veces se requieren de los miembros de sus estacas o barrios. Los programas de la Iglesia se deben centrar en lo que es excelente (más eficaz) para lograr los propósitos asignados sin interferir innecesariamente en el tiempo que las familias necesitan para sus “deberes divinamente asignados”.

Una palabra de advertencia para las familias. Supongan que los líderes de la Iglesia disminuyan el tiempo que se requiere para las reuniones y actividades de la Iglesia con el fin de aumentar el tiempo disponible para que las familias estén juntas. Eso no logrará el objetivo deseado a menos que cada uno de los miembros de la familia —especialmente los padres— actúe con determinación para incrementar la unidad familiar y el tiempo que se dedique a cada uno. Los deportes programados en equipo y los juegos tecnológicos, como los videojuegos e internet, ya se están adueñando del tiempo de nuestros niños y jóvenes. Navegar por internet no es mejor que servir al Señor o fortalecer a la familia. Algunos hombres y mujeres jóvenes están faltando a las actividades de la Iglesia o no están disponibles para la familia por participar en ligas de fútbol o por buscar diversas formas de diversión. Muchos jóvenes están divirtiéndose hasta la muerte… la muerte espiritual.

Algunos usos del tiempo individual y familiar son mejores, y otros son excelentes. Debemos abandonar algunas cosas buenas a fin de elegir otras que son mejores o excelentes porque desarrollan la fe en el Señor Jesucristo y fortalecen a nuestra familia.

IV.

Éstos son otros ejemplos de esas opciones de bueno, mejor y excelente.

Es bueno pertenecer a la verdadera Iglesia de nuestro Padre Celestial, guardar todos Sus mandamientos y cumplir con todos nuestros deberes, pero para que eso se considere como “excelente”, se debe hacer con amor y sin arrogancia. Debemos, como dice la letra de un gran himno en inglés, “coronar lo bueno con hermandad”9, demostrando amor e interés por todas las personas a las que podamos influir.

A nuestros cientos de miles de maestros orientadores y de maestras visitantes, les sugiero que es bueno visitar a nuestras familias asignadas; que es mejor tener una breve visita en la que enseñemos doctrina y principios; y que es excelente ser una buena influencia en las personas a las que visitamos. Ese mismo concepto se aplica a muchas de las reuniones que llevamos a cabo: es bueno efectuar una reunión, es mejor enseñar un principio, pero es excelente mejorar vidas como resultado de la reunión.

Al acercarnos al curso de estudio del nuevo año, en los quórumes del Sacerdocio de Melquisedec y en la Sociedad de Socorro, vuelvo a hacer la misma advertencia en cuanto a la forma en que utilizamos los manuales de las Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia. Muchos años de trabajo inspirado han dado como resultado nuestro manual para el año 2008 sobre las enseñanzas de José Smith, el profeta fundador de esta dispensación. Entre los libros de la Iglesia, éste es monumental. En el pasado, algunos maestros han hecho tan sólo una breve mención de un capítulo de Enseñanzas y han proseguido a sustituirlo con una lección de su preferencia. Quizás haya sido una buena lección, pero eso no es una práctica aceptable. A un maestro del Evangelio se le llama para enseñar el tema que se especifica, tomado de los materiales inspirados que se han proporcionado. Lo excelente que un maestro puede hacer con las Enseñanzas de José Smith es seleccionar y citar las palabras del Profeta en cuanto a los principios que sean especialmente apropiados para las necesidades de los miembros de la clase, y después llevar a cabo un análisis sobre la forma de aplicar esos principios en las circunstancias de cada uno.

Testifico de nuestro Padre Celestial, cuyos hijos somos y cuyo plan se ha dispuesto para hacernos acreedores de “la vida eterna… el mayor de todos los dones de Dios” (D. y C. 14:7; véase también D. y C. 76:51–59). Testifico de Jesucristo, cuya Expiación lo hace todo posible, y testifico que somos guiados por profetas, nuestro presidente Gordon B. Hinckley y sus consejeros, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Mostrar referencias

  1.  

    1. Sears, Roebuck and Co. Catálogo del otoño e invierno de 1944–1945, 316E.

  2.  

    2. Jared R. Anderson and William J. Doherty, “Democratic Community Initiatives: The Case of Overscheduled Children”, Family Relations, tomo 54, diciembre de 2005, pág. 655.

  3.  

    3. Anderson and Doherty, Family Relations, tomo 54, pág. 655.

  4.  

    4. Véase Nancy Gibbs, “The Magic of the Family Meal”, Time, 12 de junio de 2006, págs. 51–52; véase también Sarah Jane Weaver, “Family Dinner”, Church News, 8 de septiembre de 2007, pág. 5.

  5.  

    5. “Cada uno… una persona mejor”, Liahona, noviembre de 2002, pág. 100.

  6.  

    6. Carta de la Primera Presidencia, 11 de febrero de 1999; citada en Liahona, diciembre de 1999, pág. 1.

  7.  

    7. “El fundamento doctrinal de las Organizaciones Auxiliares”, 10 de enero de 2004, págs. 6–9; véase también Ensign, agosto de 2005, págs. 62, 67.

  8.  

    8. “¡Oh, sed prudentes!”, Liahona, noviembre de 2006, pág. 18–20.

  9.  

    9. “America the Beautiful”, Hymns, Nº 338.