Cuando sabemos que lo sabemos

Élder Douglas L. Callister

De los Setenta


El testimonio de los demás puede dar inicio y nutrir el deseo de obtener la fe y el testimonio pero, con el tiempo, cada persona debe descubrirlo por sí misma.

Hace algunos años se acusó a un hombre de un serio delito y el fiscal presentó tres testigos, cada uno de los cuales vio al acusado cometer el delito en cuestión. El abogado defensor presentó tres testigos, y éstos sostenían que el hombre no lo había hecho. El sencillo jurado estaba confundido y, basado en el número de testigos, la evidencia parecía estar dividida en forma equitativa, por lo que el hombre fue absuelto. Desde luego, era intrascendente que millones de personas no hubiesen visto el delito: Sólo se necesitaba un testigo.

En la genialidad del plan del Evangelio sólo debe haber un solo testigo, y ese testigo debe ser cada uno de ustedes. El testimonio de los demás puede dar inicio y nutrir el deseo de obtener la fe y el testimonio pero, con el tiempo, cada persona debe descubrirlo por sí misma. Nadie puede sostenerse para siempre con una luz prestada.

El Evangelio restaurado no es más cierto hoy de lo que fue cuando un joven salió solo de la Arboleda Sagrada en 1820. La verdad nunca ha dependido del número de personas que la aceptan. Cuando José salió de la Arboleda había un solo hombre en la tierra que sabía la verdad acerca de Dios el Padre y de Su Hijo Jesucristo. Sin embargo, es necesario que cada uno lo sepa por sí mismo y lleve consigo a la otra vida ese fuerte testimonio.

Cuando se llamó al joven Heber J. Grant, de veintitrés años para servir en calidad de presidente de la estaca Tooele, él les dijo a los santos que creía que el Evangelio era verdadero. El presidente Joseph F. Smith, consejero de la Primera Presidencia, preguntó: “Heber, dijiste que crees en el Evangelio con todo tu corazón, pero no compartiste tu testimonio de que sabes que es cierto. ¿Acaso no sabes con certeza absoluta que este Evangelio es verdadero?”.

Heber contestó: “No lo sé”; entonces Joseph F. Smith se volvió a John Taylor, Presidente de la Iglesia y dijo: “Estoy a favor de que anulemos esta tarde lo que hicimos esta mañana. No creo que ningún hombre que no tenga un conocimiento perfecto y duradero de la divinidad de esta obra deba presidir una estaca”.

El presidente Taylor contestó: “Joseph, Joseph, Joseph, [Heber] lo sabe tan bien como tú lo sabes; lo único que no sabe es que él lo sabe”.

En pocas semanas ese testimonio creció y el joven Heber J. Grant derramó lágrimas de agradecimiento por el testimonio perfecto, duradero y absoluto que vino a él1.

Es grandioso saber, y saber que uno lo sabe, que esa luz no se ha tomado prestada de otra persona.

Hace unos años presidí una misión cuyas oficinas estaban en la región central de los Estados Unidos. Un día hablé con un estimado representante de otra iglesia cristiana, mientras me encontraba junto con algunos de nuestros misioneros. Ese amable hombre habló sobre la historia y doctrina de su religión, y llegó a repetir la tan conocida frase: “Por gracia sois salvos. Todos los hombres y las mujeres deben ejercitar la fe en Cristo para llegar a ser salvos”.

Entre los presentes, había un nuevo misionero que no era muy experto en otras religiones y se sintió impulsado a preguntar: “Pero, señor, ¿qué pasa con el bebé que muere antes de tener la edad suficiente para comprender y ejercitar la fe en Cristo?”. El hombre culto inclinó su cabeza, miró hacia el piso y dijo: “Debería haber una salida, debería haber una excepción a la regla, debería haber una manera; pero no la hay”.

El misionero me miró y con lágrimas en sus ojos dijo: “¡Cielos, presidente! Tenemos la verdad, ¿no es así?”.

Ese momento en que uno se da cuenta de que tiene un testimonio —que es dulce y sublime— llega cuando uno sabe que lo sabe. Ese testimonio, si se nutre, descansará sobre ustedes como un manto. Cuando vemos la luz, ésta nos envuelve y las luces del entendimiento se encienden dentro de nosotros.

Una vez conversé con un excelente joven que no era de nuestra religión, aunque había asistido durante más de un año a la mayor parte de nuestros servicios de adoración. Le pregunté por qué no se había unido a la Iglesia y me contestó: “Porque no sé si es verdadera; creo que podría serlo, pero no puedo ponerme de pie y testificar como ustedes y decir: ‘En verdad sé que es verdadera’”. Le pregunté: “¿Has leído el Libro de Mormón?”, y me contestó que había leído partes del mismo. Entonces le pregunté si había orado en cuanto al libro; y me contestó: “Lo he mencionado en mis oraciones”. Le dije a mi amigo que mientras leyera y orara de manera despreocupada, por los siglos de los siglos, nunca lo sabría; pero cuando él apartara un tiempo para ayunar y orar, la verdad ardería en su corazón y él sabría que lo sabía. No me dijo nada más, pero a la mañana siguiente le dijo a su esposa que ayunaría y se bautizó el siguiente sábado. Si desean saber que ustedes saben que lo saben, existe un precio que uno mismo debe pagar. Es cierto que hay representantes para efectuar las ordenanzas, pero no los hay para adquirir un testimonio.

Alma habló sobre su conversión con estas hermosas palabras: “…he ayunado y orado muchos días para poder saber estas cosas por mí mismo. Y ahora sé por mí mismo que son verdaderas; porque el Señor Dios me las ha manifestado…” (Alma 5:46).

Cuando alguien se da cuenta de que posee un testimonio, esta persona tiene un fuerte deseo de compartirlo con los demás. Cuando Brigham Young salió de las aguas bautismales, dijo: “…el Espíritu del Señor estaba sobre mí y sentí como si mis huesos fueran a consumirse a menos que hablara a la gente… y en el primer discurso que di, hablé por más de una hora. Yo abrí la boca y el Señor la llenó”2. Como el fuego que no quema, a menos que la llama se manifieste, un testimonio no puede permanecer a menos que se exprese.

Más adelante, Brigham Young dijo lo siguiente de Orson Pratt: “Si al hermano Orson [se] le cortara en pedacitos de una pulgada, cada pedazo clamaría: ‘El Mormonismo [es] verdadero’”3. El padre Lehi elogió a su noble hijo Nefi, con estas palabras: “…Mas he aquí, no fue él, sino el Espíritu del Señor que en él estaba, el cual le abrió la boca para que hablara, de modo que no la podía cerrar” (2 Nefi 1:27).

La oportunidad y la responsabilidad de compartir el testimonio existen primero en el entorno familiar. Nuestros hijos deben poder recordar la luz de nuestros ojos, el sonido de nuestros testimonios al compartírselos, y el sentimiento en su corazón al dar testimonio, a nuestra audiencia más importante, de que Jesús fue realmente el Hijo de Dios y de que José fue Su profeta. Nuestra posteridad debe saber que lo sabemos, porque se lo decimos con frecuencia.

Los primeros líderes de la Iglesia pagaron un precio muy alto para establecer esta dispensación. Quizás los conoceremos en la vida venidera y escuchemos sus testimonios, y cuando se nos llame a testificar, ¿qué diremos? En la vida venidera habrá pequeños y gigantes espirituales. La eternidad es demasiado tiempo para vivir sin luz, en especial si nuestro cónyuge y nuestros descendientes también viven en la oscuridad, porque no había luz dentro de nosotros ni en los demás y, por lo tanto, no podrían encender sus lámparas.

Debemos arrodillarnos cada mañana y noche para suplicar al Señor que nunca perdamos nuestra fe, nuestro testimonio ni nuestra virtud. Sólo debe haber un testigo, pero ese debe ser uno mismo.

Tengo un testimonio y un fuerte deseo de expresarlo. Testifico que el poder del Dios viviente está en esta Iglesia. Sé que lo sé y mi testimonio es verdadero. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1. Véase Heber J. Grant, Gospel Standards, comp. G. Homer Durham, 1941, págs. 191–193.

  2.  

    2. En Deseret News, 3 de agosto de 1870, pág. 306.

  3.  

    3. Véase President Brigham Young’s Office Journal, 1º de octubre de 1860, Brigham Young Office Files, Archivos de la Iglesia, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días; se han actualizado la puntuación y el uso de las letras mayúsculas.