Tardos para airarse

Presidente Gordon B. Hinckley


Que el Señor los bendiga y los inspire a andar sin ira.

Mis amados hermanos, dondequiera que se encuentren, ya sea aquí en el Centro de Conferencias o en la sala de una capilla allende de la mar, qué maravilloso es que podemos hablarles desde este Centro de Conferencias y que ustedes puedan oír lo que decimos en lugares remotos como en la Ciudad del Cabo, Sudáfrica.

Esta noche he decidido hablar del tema de la ira. Reconozco que esto es un poco fuera de lo común, pero pienso que es muy oportuno.

Un proverbio del Antiguo Testamento dice: “Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad” (Proverbios 16:32).

Cuando no enojamos, nos metemos en problemas. La intensa ira al conducir que se manifiesta en nuestras carreteras es una detestable expresión de ira. Me atrevo a decir que la mayoría de los presos de nuestras cárceles están allí por haber hecho algo en un arrebato de ira. En su cólera, profirieron insultos, perdieron el control de sí mismos y siguieron cosas terribles, incluso el asesinato. Hubo momentos de agresión seguidos de años de remordimiento.

Se cuenta lo siguiente de Charles W. Penrose, que fue converso a la Iglesia y fue misionero en Inglaterra durante unos once años. Cuando fue relevado, vendió algunas de sus pertenencias para pagar los gastos del viaje a Sión. Algunos de los santos que lo observaban dijeron que él estaba robando propiedad de la Iglesia.

Eso le molestó tanto, que subió a la planta de arriba de su residencia, se sentó y escribió las siguientes estrofas que son tan conocidas para ustedes (véase Karen Lynn Davidson, Our Latter-day Hymns: The Stories and the Messages, 1988, pág. 323.)

Sé prudente, oh hermano,
a tu alma gobernad,
no matando sus anhelos,
mas con juicio gobernad.
Sé prudente, hay gran fuerza
en la mente con pasión,
la pasión razón destruye,
hace ciega la visión.
Ten confianza en el hecho
que el tiempo probará
las calumnias todas falsas,
la verdad se mostrará.
Con intento no ofendas
a ninguno con rencor;
deja que tus pasos anden
en las sendas del amor.
Sé prudente, oh hermano,
a tu alma gobernad,
no matando sus anhelos,
mas con juicio gobernad.
(Sé prudente, oh hermano, Himnos de Sión, Nº 115.)

Hace muchos años, trabajé para una empresa ferroviaria. Un día, un guardagujas caminaba despreocupadamente por el andén y le pedí que moviera un vagón a otra vía. Él perdió los estribos, tiró su gorra al pavimento y la pisoteó mientras injuriaba como un marinero ebrio. Yo me quedé allí y me reí al ver su comportamiento infantil. Al oír mi risa, se empezó a reír de su insensatez y después, tranquilamente, subió a la locomotora de cambio, la condujo hasta el vagón vacío y lo movió a otra vía disponible.

Pensé en el versículo de Eclesiastés: “No te apresures en tu espíritu a enojarte; porque el enojo reposa en el seno de los necios” (Eclesiastés 7:9).

La ira es la causa de gran número de maldades.

Del periódico matutino recorté un artículo que empezaba con esta declaración:

“Más de la mitad de los ciudadanos de los Estados Unidos que hubiesen celebrado su vigésimo quinto aniversario de matrimonio desde el año 2000 se divorciaron, se separaron o enviudaron antes de alcanzar ese hito significativo” (Sam Roberts, “Most U.S. Marriages Don’t Get to Silver”, Deseret Morning News, 20 de septiembre de 2007, pág. A1).

De hecho, la viudez está fuera del control de los interesados, pero el divorcio y la separación no lo están.

Muchas veces el divorcio es el amargo fruto de la ira. Un hombre y una mujer se enamoran, como se suele decir; cada uno es maravilloso a la vista del otro; no sienten un afecto romántico hacia nadie más; ajustan su situación económica para comprar una sortija de compromiso; se casan y, por una temporada reina una felicidad absoluta. Después, pequeños hechos sin importancia conducen a la crítica. Las pequeñas fallas se exageran, convirtiéndose en grandes torrentes de críticas mutuas; la relación se rompe, se separan, y luego, con rencor y amargura, se divorcian.

Ese es el ciclo que se repite una y otra vez en miles de casos. Es trágico y, como he dicho, en la mayoría de los casos es el amargo fruto de la ira.

Pienso en mi propio matrimonio; mi compañera eterna falleció hace tres años y medio, pero estuvimos casados 67 años. No recuerdo haber tenido una riña con ella; ella viajó conmigo y dirigió la palabra en cada continente, suplicando que las personas actuaran con autodominio, bondad y amor.

En una pequeña publicación que llegó a mis manos hace algunos años, se mencionó lo siguiente:

En una ocasión, un hombre al que un periódico había difamado acudió a Edward Everett para preguntarle que debía hacer al respecto. Everett le dijo: “¡No haga nada! La mitad de la gente que compró el periódico ni siquiera vio el artículo; la mitad de los que lo vieron, no lo leyeron; la mitad de los que lo leyeron, no lo entendieron; la mitad de los que lo entendieron, no lo creyeron, y la mitad de los que lo creyeron no son de ninguna importancia de todos modos” (“Sunny Side of the Street”, noviembre de 1989; véase también Zig Ziglar, Staying Up, Up, Up in a Down, Down, World, 2000, pág. 174).

Muchos de nosotros hacemos un gran escándalo por pequeñeces; ¡nos ofendemos tan fácilmente! Feliz es el hombre que puede pasar por alto los comentarios ofensivos de otra persona y sigue adelante.

Si permitimos que las rencillas se agraven, pueden convertirse en serios malestares. Al igual que una dolorosa enfermedad, éstas pueden consumir toda nuestra atención y nuestro tiempo. Guy de Maupassant ha escrito una crónica interesante que ilustra ese punto.

En ésta se habla del señor Hauchecome que en un día de mercado fue al pueblo. Él padecía de reumatismo y mientras caminaba a tropezones, se fijó en un trozo de cordel que estaba tirado en el suelo; lo recogió y con cuidado se lo puso en el bolsillo. El que lo vio hacerlo era su enemigo, el fabricante de arneses.

Al mismo tiempo, se hizo la denuncia al alcalde que se había perdido un billetero con dinero. Se supuso que lo que Hauchecome había recogido era el billetero y se lo acusó de tomarlo; él, con vehemencia negó la acusación y, al buscar entre su ropa sólo se encontró el trozo de cordel. Para esto, la calumnia contra él le había preocupado tanto que lo llegó a obsesionar: a dondequiera que iba se tomaba la molestia de contar lo sucedido. Eso llegó a fastidiar tanto a la gente del pueblo que llegaron a quejarse de él. Eso lo enfermó.

“La mente se le fue debilitando y, para fines de diciembre, cayó en cama.

“Falleció a principios de enero, y en el delirio de su agonía declaraba su inocencia, repitiendo: ‘Un trocito de cordel, un trocito de cordel. Véalo, aquí está, señor alcalde’” (Véase “The Piece of String”, http://www.online -literature.com/Maspassant/270/. Traducción libre.)

Se cuenta que unos reporteros entrevistaban a un hombre el día de su cumpleaños; había llegado a una edad avanzada y le preguntaron cómo lo había logrado.

Contestó: “Cuando mi esposa y yo nos casamos, tomamos la determinación de que, si alguna vez reñíamos, uno de nosotros saldría de la casa, por lo que atribuyo mi longevidad al hecho de haber respirado buen aire fresco a lo largo de mis años de matrimonio”.

La ira se podría justificar en algunas circunstancias. Las Escrituras nos dicen que Jesús echó fuera del templo a los cambistas, diciendo: “Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones” (Mateo 21:13). Aún así, eso lo dijo más como una reprimenda que como un arrebato de ira incontrolada.

Ahora bien, mis queridos hermanos, para finalizar, les suplico que dominen su carácter; que sonrían, lo cual borrará el enojo; hablen con palabras de amor y paz, aprecio y respeto. Si lo hacen, tendrán una vida sin remordimiento; preservarán su matrimonio y las relaciones familiares; serán mucho más felices; lograrán hacer un mayor bien; tendrán un sentimiento de paz que será maravilloso.

Que el Señor los bendiga y los inspire a andar sin ira, sin amarguras de ninguna clase, sino a extender la mano a otras personas con expresiones de amistad, aprecio y amor. Esa es mi humilde oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.