El fortalecimiento del hogar y la familia

Mary N. Cook

Segunda Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes


El Señor cuenta con ustedes para ayudar a lograr la exaltación de su familia eterna.

Todos los domingos, las jovencitas de la Iglesia desde Mongolia hasta Manchester y Misisipi repiten estas palabras inspiradas: “Estaremos preparadas para fortalecer el hogar y la familia, hacer convenios sagrados y cumplirlos, recibir las ordenanzas del templo y gozar de las bendiciones de la exaltación” (“Lema de las Mujeres Jóvenes”, El Progreso personal para las Mujeres Jóvenes, libro, 2001, pág. 5).

Aunque ése es el lema de las Mujeres Jóvenes, se aplica a todos los jóvenes de la Iglesia. Espero, mis queridos hermanos y hermanas jóvenes, que yo les ayude a comprender el poder que tienen sus propios actos en el fortalecimiento de su hogar y de su familia, sin importar cuales sean las circunstancias. Me doy cuenta, por ejemplo, que muchos de ustedes quizás sean los únicos miembros de la Iglesia en su familia.

El folleto Para la Fortaleza de la Juventud nos recuerda que “el ser parte de una familia es una gran bendición… No todas las familias son iguales, pero cada una de ellas es importante en el plan de nuestro Padre Celestial” (folleto, 2001, pág. 10).

Todas las familias necesitan ser fortalecidas, tanto las ideales como las más atribuladas. Esa fortaleza puede venir de ustedes; de hecho, en algunas familias ustedes serán la única fuente de fortaleza espiritual. El Señor depende de ustedes para llevar las bendiciones del Evangelio a su familia.

Es importante establecer modelos de rectitud en su propia vida, lo cual les permitirá dar un buen ejemplo a su familia sin importar como esté constituida.

El ejemplo de vida recta que ustedes den fortalecerá a su familia. En la reunión general de las Mujeres Jóvenes de la primavera pasada, el presidente Hinckley dio a las mujeres jóvenes “un sencillo programa de cuatro puntos” que no sólo “les asegurará la felicidad”, sino que también bendecirá a su familia. Él nos aconsejó: “(1) oren, (2) estudien, (3) paguen el diezmo y (4) asistan a las reuniones” (“Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente”, Liahona, mayo de 2007, pág. 115).

El buscar la ayuda del Señor a diario mediante la oración traerá grandes bendiciones a su familia. Pregúntense a ustedes mismos: “¿A quién de mi familia podrían beneficiar mis oraciones personales?”; “¿qué podría hacer yo para apoyar y fomentar la oración familiar?”.

A medida que ustedes estudien las Escrituras en forma personal, llegarán a conocer al Salvador y Sus enseñanzas. Por medio del ejemplo de Él, sabrán cómo amar, servir y perdonar a los miembros de su familia. Consideren en qué manera podrían compartir su comprensión de las Escrituras con ellos.

En varias ocasiones, el presidente Hinckley nos ha exhortado a “adquirir toda la educación que [podamos]” (Liahona, mayo de 2007, pág. 116). Sus estudios beneficiarán a su familia ahora y ciertamente bendecirán a su familia futura. ¿Qué pueden hacer ahora para planear y prepararse para recibir una buena educación?

El presidente Hinckley nos enseñó: “Aunque el diezmo se paga con dinero, es más importante que se pague con fe” (Liahona, mayo de 2007, pág. 117). ¿Han tenido la experiencia de recibir las bendiciones que vienen de pagar el diezmo, con fe? A medida que obedezcan este mandamiento, el Señor “[abrirá] las ventanas de los cielos” (Malaquías 3:10) para bendecirlos a ustedes y a su familia.

¿De qué manera asistir a las reuniones de la Iglesia, en especial a la reunión sacramental, los bendecirá a ustedes y a su familia? El participar con frecuencia de la Santa Cena los ayudará a guardar el convenio del bautismo. A medida que vivan en forma digna y renueven ese convenio cada semana, tendrán derecho a recibir la guía del Espíritu. El Espíritu Santo los guiará y les enseñará lo que deben hacer para bendecir a su familia.

Al comprometerse a seguir estos modelos de rectitud, recibirán bendiciones a lo largo de la vida y establecerán la base espiritual para fortalecer a su familia mediante el ejemplo. En 1 Timoteo, Pablo nos enseña acerca del ejemplo: “Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Timoteo 4:12).

La sección sobre la familia en el folleto Para la Fortaleza de la Juventud ofrece excelentes maneras de ser “ejemplo de los creyentes” en su propio hogar:

“Sé alegre, servicial y considerado o considerada para con los demás… ocúpate de las necesidades de los demás miembros de la familia…

“Demuestra amor y respeto por tus padres y sé obediente a fin de honrarles… participa en actividades y tradiciones familiares, entre las que se encuentran la oración familiar, las noches de hogar… y la lectura de las Escrituras en familia. Esas tradiciones fortalecen y unen a las familias.

“Fortalece las relaciones con tus hermanos y hermanas; ellos pueden llegar a ser tus mejores amigos” (Para la Fortaleza de la Juventud, págs. 10–11).

Con frecuencia el ejemplo es el mejor maestro. ¿A quién de su familia podría beneficiar el ejemplo de ustedes? ¿A un hermano, una hermana, su mamá o su papá?

Permítanme compartir una experiencia personal de cómo el modelo de rectitud y el ejemplo de mi hermano lograron que nuestra familia fuera bendecida eternamente.

Mi hermano y yo nacimos de “buenos padres” (1 Nefi 1:1) que nos amaban e hicieron grandes sacrificios por nosotros, pero nuestra familia no había recibido las bendiciones de las sagradas ordenanzas del templo.

Un día, hace muchos años, a fines de diciembre, recibimos una carta de mi hermano que estaba prestando servicio en la Misión California Norte. En el sobre había una advertencia que decía: “¡¡No la abran hasta que todos estén juntos!!”.

Cuando mi padre, mi madre y yo nos reunimos para abrir la carta de 7 páginas escritas a máquina, leímos su testimonio sobre la oración; nos enseñó la doctrina de las familias eternas utilizando las Escrituras y leímos sus experiencias sobre la forma en que el ayuno y la oración ayudaron a sus investigadores a prepararse para recibir la ordenanza del bautismo. Él nos aseguró que nuestra familia también podría ser bendecida mediante el ayuno y la oración, y luego vino el desafío: “Hace un par de meses, el obispo del barrio Stanford habló sobre un tema que realmente me impactó… El discurso del obispo hizo que me detuviera a pensar en las metas que quiero alcanzar en la vida; por encima de todas está la que quiero lograr con mi propia familia… que es, claro está, sellarme a ustedes, mamá y papá, por esta vida y por toda la eternidad en la Casa del Señor. Los amo mucho y quiero que nuestra familia esté junta en las eternidades”.

Luego, como conclusión: “Ruego que el Señor los guíe en esta decisión importante y que oren juntos como familia”.

Como adolescente, yo también había orado para que esa bendición llegara a mi familia y ahora esa carta traía esperanzas a mi justo deseo.

El año nuevo fue una oportunidad para que mi familia hiciera algunos cambios. En los meses siguientes establecimos modelos de rectitud para la familia. Oramos juntos, estudiamos acerca de las ordenanzas del templo, pagamos el diezmo y asistimos con regularidad a las reuniones como familia. Poco después de que mi hermano regresara de la misión, estábamos preparados para recibir las ordenanzas del templo. Al rodear el altar sagrado del templo y sellarnos como familia por esta vida y por toda la eternidad, supe que el Señor había escuchado y contestado nuestras oraciones.

¿Pueden tener ustedes un impacto en su familia? ¡Claro que sí! Con frecuencia me pregunto qué hubiera sido del progreso eterno de mi familia si mi hermano no hubiese escrito esa impactante carta. Los modelos de rectitud de él y su ejemplo cambiaron nuestra vida.

El élder Robert D. Hales dijo: “Si el ejemplo que recibimos de nuestros padres no fue bueno, tenemos la responsabilidad de interrumpir ese ciclo… toda persona puede aprender a superarse y, al hacerlo, traer bendiciones a los miembros de la familia y enseñarles tradiciones correctas para las generaciones futuras” (Robert D. Hales, “¿Cómo nos recordarán nuestros hijos?”, Liahona, enero de 1994, pág. 10).

Recuerden que “la familia es la parte central del plan del Creador para el destino eterno de Sus hijos” (véase “La Familia: Una proclamación para el mundo”, Liahona, octubre de 2004, pág. 49). Las personas son quienes forman las familias eternas. “[Hagan] lo que esté de [su] parte para crear un ambiente feliz en el hogar” (Para la Fortaleza de la Juventud, pág. 10). Establezcan modelos de rectitud en su vida y sean ejemplo de los creyentes. El Señor cuenta con ustedes para ayudar a lograr la exaltación de su familia eterna.

Sé que Jesucristo vive y que Él les conoce y les ama. Él nos ha bendecido a mi familia y a mí, y sé que les bendecirá a ustedes y a su familia. Lo testifico humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.