¿Por qué somos miembros de la única Iglesia verdadera?

Élder Enrique R. Falabella

De los Setenta


El poder más valioso que podemos poseer es el tesoro de un testimonio personal de nuestro Señor Jesucristo.

¿Por qué somos miembros de la única Iglesia verdadera? Aunque no puedo responder a esa pregunta por los trece millones de miembros de la Iglesia, quisiera expresar desde mi corazón algunas respuestas que posiblemente coincidan con las suyas.

Las riquezas de la eternidad

“He aquí, rico es el que tiene la vida eterna” (D. y C. 6:7).

Las riquezas no fueron parte de mi niñez; éramos una familia de cinco: mi padre y cuatro hermanos. Mi madre había fallecido cuando yo tenía cinco años. Los escasos ingresos de mi padre se usaban para comprar comida; la compra de ropa se postergaba al máximo.

Un día, un poco molesto, me acerqué a mi padre y le dije: “Papi, ¿por qué no me compras zapatos? Mira éstos, están gastados y se me ve el dedo gordo por el agujero del zapato”.

“Lo arreglaremos”, me contestó, e inmediatamente le dio lustre a mis zapatos. Luego me dijo: “Hijo, ya está arreglado”.

“No”, repliqué, “todavía se me ve el dedo gordo”.

Él dijo: “Eso también se puede arreglar”. Volvió a tomar el lustre para zapatos, me puso un poco en el dedo gordo y al poco rato brillaba tanto como mis zapatos. De modo que, muy temprano en la vida, aprendí que la felicidad no depende del dinero.

Al pasar el tiempo, dos misioneros nos enseñaron las riquezas del Evangelio restaurado, de la doctrina del plan de salvación y de las familias eternas. Nos bautizamos, y cuando mi padre comenzó a servir como presidente de distrito, su primer objetivo fue el de viajar al templo y recibir las bendiciones que vendrían por ese sacrificio. Fue un viaje de 15 días, que abarcaba unos 8.000 km.; fue una travesía llena de dificultades y contratiempos, por rutas en malas condiciones, en autobuses incómodos y sin siquiera conocer el camino, pero con gran esperanza en las ordenanzas de las que participaríamos.

Al llegar a la ciudad de Mesa, Arizona, nos dirigimos por una avenida al final de la cual se veía la casa del Señor, resplandeciente y hermosa. Recuerdo el gozo que llenó nuestros corazones; todos prorrumpimos en cantos y alabanzas, y lágrimas caían por las mejillas de muchos santos.

Más tarde, en el templo, nos arrodillamos como familia para escuchar las hermosas promesas sobre la familia eterna, con la seguridad de que nuestra madre, aunque ausente, era ahora nuestra madre para siempre, y sentimos la paz que viene al saber que somos una familia eterna.

¡La promesa de vida eterna nos dio las riquezas de la eternidad! “He aquí, rico es el que tiene la vida eterna” (D. y C. 6:7).

El sacerdocio restaurado

La Iglesia de Jesucristo es una Iglesia de sacerdotes,

“… real sacerdocio, nación santa…” (1 Pedro 2:9)

La Iglesia restaurada permite que en cada hogar haya un poseedor del sacerdocio con el poder de Dios para bendecir. Cuántas veces he escuchado la voz suave y dulce de un niño pequeño en casa decirme: “Papi, ¿me darías una bendición?”, y poner mis manos sobre su cabeza en momentos de dolor y de dificultad, pronunciar una bendición de consuelo y de salud y ver la influencia del poder del sacerdocio, y al día siguiente escuchar esa vocecita decir: “Gracias, papi, dormí muy bien anoche”. No tenemos que salir en busca de “alguien” que tenga ese poder, ¡está entre nosotros! ¡Qué bendición es enseñar este principio a nuestros hijos! Ésta es la única iglesia sobre la tierra que ofrece tal bendición a las familias.

Por medio de ese poder, pude ordenar a cada uno de mis hijos al sacerdocio y, de ese modo, concederles el poder de Dios para administrar Sus ordenanzas.

Por esta otra razón, también soy miembro de esta Iglesia: porque el poder del sacerdocio está otra vez sobre la tierra y ha llegado a nuestros hogares.

Nuestro testimonio personal

El poder más valioso que podemos poseer es el tesoro de un testimonio personal de nuestro Señor Jesucristo y de Su poder expiatorio.

Recibimos un testimonio al vivir una vida digna y al buscarlo en oración. Por medio del profeta José, nuestro Señor enseñó: “Y se os dará el Espíritu por la oración de fe” (D. y C. 42:14).

Cuando mi hijo Daniel tenía seis años, notó que yo estaba preocupado porque tenía que asistir a una conferencia de estaca, y yo no estaba seguro sobre qué enseñarle a los santos. Él se me acercó y dijo: “Papi, eso es muy fácil”. Así es como los niños perciben todo.

“Veamos, hijo”, le dije, “ya que es tan fácil, dime de qué les puedo hablar”.

“Háblales de la oración”, me dijo.

“Ése es un buen tema”, le contesté, “pero han oído mucho sobre la oración, ¿qué podría decirles que fuese nuevo?”

“Eso también es fácil, papi; primero diles: ‘antes de comenzar a hablarle al Padre Celestial, piensen lo que quieren decirle’”.

“Eso parece una magnífica idea”, respondí, “¿y luego?”.

“Bueno, una vez que hayan pensado en ello, ¡díganselo!; y cuando terminen, esperen para ver si Él tiene algo que decirles”.

Así, mediante nuestras oraciones, el Espíritu habla a nuestro espíritu y nos testifica de la realidad de nuestro Salvador.

Me llena de asombro el amor que mi Salvador Jesucristo manifestó al descender de las mansiones celestiales y venir a un mundo donde la mayoría rechazó Su mensaje, y aunque no poseían el poder para tomar Su vida, lo condenaron a muerte. Cristo pagó por mis pecados, mis enfermedades, aflicciones y pesares. Su dolor fue indescriptible; Lucas sólo menciona que “…era su sudor como grandes gotas de sangre…” (Lucas 22:44).

Sobre todo, ésta es la razón por la que soy miembro de la Iglesia: porque el Espíritu Santo ha penetrado mi corazón y me ha hecho saber que Cristo vive, que Él es mi Salvador, que pagó por mis pecados y que Él ha preparado el camino para que, si vivo de acuerdo con Sus preceptos, disfrute de todas las demás bendiciones prometidas.

Hace unas semanas también falleció mi padre y ahora, más que nunca, le agradezco a mi Dios la riqueza y la belleza de Su doctrina.

Porque la vida familiar puede continuar más allá del umbral de la muerte, porque el sacerdocio real ha sido restaurado sobre la tierra y porque el Espíritu le ha hablado a mi espíritu, testificándome que mi Salvador Jesucristo vive y que por medio de Su intercesión, y de acuerdo con mi fidelidad, podré vivir con Él. Por estas razones y por otras más, soy miembro de la única Iglesia verdadera sobre la faz de la tierra, y estaré eternamente agradecido por ello. En el nombre de Jesucristo. Amén.