El mirar hacia atrás y seguir adelante

Thomas S. Monson

President of the Church


Juntos avanzaremos, llevando a cabo Su obra.

Creo que esta ha sido una sesión extraordinaria. Los mensajes han sido inspiradores, la música hermosa y los testimonios sinceros. Creo que todo el que haya asistido a esta sesión no la olvidará nunca, por el Espíritu que hemos sentido.

Mis amados hermanos y hermanas, hace más de 44 años, en octubre de 1963, me encontraba ante el púlpito del Tabernáculo; me acababan de sostener como miembro del Quórum de los Doce Apóstoles. En esa ocasión, mencioné un pequeño rótulo que había visto en otro púlpito, que decía: “Quien se pare ante este púlpito, sea humilde”. Les aseguro que en ese momento me sentía humilde por mi llamamiento a integrar los Doce; sin embargo, al estar hoy ante este púlpito, me dirijo a ustedes con la más profunda y absoluta humildad. Siento con intensidad mi dependencia del Señor y humildemente imploro la guía del Espíritu al compartir con ustedes los sentimientos de mi corazón.

Hace apenas dos meses, nos despedimos de nuestro amado amigo y líder, Gordon B. Hinckley, el decimoquinto Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, un formidable embajador de la verdad al mundo y amado por todos. Lo echamos de menos. Más de 53.000 hombres, mujeres y niños acudieron al bello “Salón de los Profetas”, en este mismo edificio, para presentar sus últimos respetos a este gigante del Señor que ahora forma parte de la historia.

Con el fallecimiento del presidente Hinckley, la Primera Presidencia quedó disuelta. El presidente Eyring y yo, que éramos consejeros del presidente Hinckley, volvimos a ocupar nuestro lugar en el Quórum de los Doce Apóstoles, y ese quórum se convirtió en la autoridad que presidía la Iglesia.

El sábado 2 de febrero de 2008 se llevaron a cabo los servicios fúnebres del presidente Hinckley en este magnífico Centro de Conferencias, edificio que permanecerá por siempre como un monumento a su perspectiva y visión. Durante el funeral se rindieron bellos y amorosos homenajes a este hombre de Dios.

Al día siguiente, todos los 14 Apóstoles ordenados que viven sobre la tierra se congregaron en una sala superior del Templo de Salt Lake. Nos reunimos en espíritu de ayuno y oración. Durante esa solemne y sagrada reunión, se reorganizó la Presidencia de la Iglesia según el bien establecido precedente y de acuerdo con el modelo que el Señor mismo instituyó.

Los miembros de la Iglesia de todo el mundo se reunieron ayer en asamblea solemne. Ustedes levantaron la mano en un voto de sostenimiento para aprobar la acción que se tomó en esa reunión en el templo, a la cual acabo de referirme. Cuando elevaron su mano hacia el cielo, se me conmovió el corazón; sentí su amor y apoyo, así como su dedicación al Señor.

Sé, sin duda, mis hermanos y hermanas, que Dios vive. Les testifico que ésta es Su obra. También testifico que nuestro Salvador Jesucristo está a la cabeza de esta Iglesia que lleva Su nombre. Sé que la experiencia más dulce de esta vida es sentir Sus impresiones mientras nos dirige en el adelanto de Su obra. Sentí esas impresiones cuando era un joven obispo, guiándome a los hogares donde había necesidad espiritual, o quizás temporal. Volví a sentirlas como presidente de misión en Toronto, Canadá, al trabajar con maravillosos misioneros que eran un testimonio viviente al mundo de que esta obra es divina y de que nos guía un profeta. Las he sentido a lo largo de mi servicio en los Doce y en la Primera Presidencia, y ahora como Presidente de la Iglesia. Testifico que cada uno de nosotros puede sentir la inspiración del Señor si vive dignamente y se esfuerza por servirle.

Soy consciente de los 15 hombres que me precedieron como Presidentes de la Iglesia. A muchos de ellos los conocí personalmente. He tenido la bendición y el privilegio de ser consejero de tres de ellos. Estoy agradecido por el perdurable legado que dejó cada uno de esos 15 hombres. Tengo la plena seguridad, como sé que ellos la tuvieron, de que Dios dirige a Su profeta. Mi ferviente oración es que pueda seguir siendo un instrumento digno en Sus manos para llevar a cabo esta gran obra y cumplir las enormes responsabilidades que acompañan al oficio de Presidente.

Doy gracias a Dios por consejeros maravillosos. El presidente Henry B. Eyring y el presidente Dieter F. Uchtdorf son hombres de gran habilidad y buen entendimiento; son consejeros en el verdadero sentido de la palabra y valoro su criterio. Creo que el Señor los ha preparado para los puestos que ahora ocupan. Amo a los miembros del Quórum de los Doce Apóstoles y atesoro la relación que tengo con ellos. Ellos, también, están dedicados a la obra del Señor y dedican su vida al servicio de Él. Espero servir junto con el élder Christofferson, que ahora ha sido llamado a ese Quórum y quien ha recibido el voto de sostenimiento de ustedes. Él, también, ha sido preparado para el puesto al que ha sido llamado. También he disfrutado de servir con los miembros de los quórumes de los Setenta y con el Obispado Presidente. Se ha llamado a miembros nuevos de los Setenta y los sostuvimos ayer; será un placer relacionarme con ellos en la obra del Maestro.

Entre las Autoridades Generales existe un dulce espíritu de unidad. El Señor ha declarado: “…si no sois uno, no sois míos” 1 . Seguiremos unidos en un propósito, o sea, el adelanto de la obra del Señor.

Deseo expresar agradecimiento a mi Padre Celestial por las innumerables bendiciones que me ha dado. Puedo decir, como lo hizo Nefi de antaño, que nací de buenos padres, cuyos padres y abuelos fueron congregados de las tierras de Suecia, Escocia e Inglaterra por misioneros dedicados. Al expresar su humilde testimonio, esos misioneros conmovieron el corazón y el espíritu de mis antepasados. Después de unirse a la Iglesia, esos nobles hombres, mujeres y niños viajaron al valle del Gran Lago Salado; muchas fueron las pruebas y aflicciones que encontraron a lo largo del camino.

En la primavera de 1848, mis tatarabuelos, Charles Stewart Miller y Mary McGowan Miller, que se habían unido a la Iglesia en su tierra natal de Escocia, dejaron su hogar en Rutherglen, Escocia, y viajaron hasta St. Louis, Misuri, con un grupo de santos, llegando a su destino en 1849. Tuvieron 11 hijos e hijas, y Margaret llegaría a ser mi bisabuela.

Mientras la familia trabajaba en St. Louis para ahorrar suficiente dinero para terminar su viaje hasta el valle del Lago Salado, se desató una plaga de cólera que dejó muerte y aflicción a su paso. La familia Miller se vio terriblemente afectada: en dos semanas fallecieron cuatro familiares. El primero, el 22 de junio de 1849, fue William, de dieciocho años; cinco días más tarde murió Mary McGowan Miller, mi tatarabuela y madre de la familia; dos días más tarde, falleció Archibald, de quince años; y cinco días después de la muerte de él, murió Charles Stewart Miller, mi tatarabuelo y padre de la familia. Los hijos que sobrevivieron quedaron huérfanos, entre ellos mi bisabuela Margaret, que en aquel entonces tenía 13 años.

Debido a tantas muertes en la región, no se conseguían ataúdes para sepultar a los familiares muertos, a ningún precio. Los muchachos mayores que sobrevivieron desmontaron los corrales de los bueyes a fin de construir ataúdes para los familiares que habían fallecido.

Poco es lo que se ha registrado sobre el dolor y las penalidades de los nueve hijos que quedaron de la familia Miller a medida que siguieron trabajando y ahorrando para el viaje que sus padres y hermanos nunca llevarían a cabo. Sabemos que salieron de St. Louis en la primavera de 1850 con cuatro bueyes y un carromato, y que finalmente llegaron al valle del Lago Salado ese mismo año.

Otros de mis antepasados afrontaron pruebas similares. Sin embargo, a través de todo ello, su testimonio permaneció firme y constante. De todos ellos recibí un legado de absoluta dedicación al evangelio de Jesucristo. Gracias a esas almas fieles, estoy ante ustedes hoy.

Doy gracias a mi Padre Celestial por Frances, mi dulce compañera. En octubre próximo ella y yo celebraremos 60 maravillosos años de casados. A pesar de que mi servicio en la Iglesia empezó cuando era muy joven, ella jamás se ha quejado cuando he salido de casa para asistir a reuniones o para cumplir una asignación. Durante muchos años, mis asignaciones como miembro de los Doce hacían que con frecuencia me ausentara de Salt Lake City —a veces por cinco semanas— dejándola sola para cuidar de nuestros hijos pequeños y nuestro hogar. Desde que fui llamado como obispo a los 22 años, raras veces hemos tenido el lujo de sentarnos juntos durante un servicio de la Iglesia. No podría haber pedido una compañera más leal, amorosa y comprensiva.

Expreso gratitud a mi Padre Celestial por nuestros tres hijos y sus cónyuges, por ocho nietos maravillosos y cuatro hermosos bisnietos.

Es difícil encontrar las palabras para transmitirles, mis hermanos y hermanas, mi sincero agradecimiento por la clase de vida que llevan, por el bien que hacen y por el testimonio que expresan. Se prestan servicio de buen grado unos a otros, y están dedicados al evangelio de Jesucristo.

Durante más de 44 años, en calidad de Autoridad General, he tenido la oportunidad de viajar por todo el mundo. Una de mis más grandes alegrías ha sido el reunirme con ustedes, los miembros, dondequiera que se encuentren, sentir su espíritu y su amor. Espero tener muchas más oportunidades como ésas.

A lo largo de la jornada por el sendero de la vida hay pérdidas. Algunos se apartan de las señales del camino que guían hacia la vida eterna, sólo para descubrir que el desvío que han escogido al final lleva a un callejón sin salida. La indiferencia, el descuido, el egoísmo y el pecado cobran su alto precio entre los seres humanos.

Todos nosotros podemos cambiar para bien. A lo largo de los años, hemos hecho llamados a los menos activos, a los ofendidos, a los que critican, a los transgresores, para que vuelvan. “Vuelvan y deléitense en la mesa del Señor, y saboreen otra vez los dulces y satisfactorios frutos de la hermandad con los santos” 2 .

En el refugio privado de nuestra propia conciencia yace ese espíritu, esa determinación de despojarnos de la persona antigua y alcanzar la medida de nuestro verdadero potencial. En ese espíritu, volvemos a extender esa sincera invitación: Vuelvan. Les tendemos la mano con el amor puro de Cristo y expresamos nuestro deseo de ayudarlos y recibirlos en plena hermandad. A los que estén heridos en el espíritu o que tengan dificultades y temor, les decimos: Permítannos ayudarlos, animarlos y calmar sus temores. Tomen la invitación del Señor en forma literal: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” 3 .

Se ha dicho que el Salvador “anduvo haciendo bienes… porque Dios estaba con él” 4 . Ruego que sigamos ese ejemplo perfecto. En la jornada de la vida, que a veces es peligrosa, ruego que también sigamos este consejo del apóstol Pablo, el cual servirá para mantenernos seguros y bien encaminados: “…todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno alabanza, en esto pensad” 5 .

Exhorto a los miembros de la Iglesia, dondequiera que estén, que muestren bondad y respeto hacia todas las personas, en todas partes. Vivimos en un mundo de gran diversidad; nosotros podemos y debemos demostrar respeto hacia las personas cuyas creencias son diferentes de las nuestras.

Ruego que también demostremos bondad y amor en nuestra propia familia. Nuestros hogares deben ser más que refugios, deben ser lugares donde el espíritu de Dios pueda morar, donde las tormentas se detengan a la puerta, donde reine el amor y more la paz.

A veces, el mundo puede ser un lugar atemorizante en el cual vivir. La estructura moral de la sociedad parece estar desmoronándose a una rapidez alarmante. Nadie, ya sea joven o anciano, o de edad mediana, se libra de estar expuesto a aquellas cosas que tienen el potencial de arrastrarnos hacia abajo y destruirnos. Nuestros jóvenes, nuestros preciados jóvenes en particular, se enfrentan a tentaciones que apenas comprendemos. El adversario y sus huestes parecen estar trabajando incansablemente para hacernos caer.

Estamos librando una guerra con el pecado, mis hermanos y hermanas, pero no debemos desanimarnos; es una guerra que podemos ganar y que ganaremos. Nuestro Padre Celestial nos ha dado las herramientas que necesitamos para lograrlo. Él está a la cabeza; no tenemos nada que temer. Él es el Dios de luz; Él es el Dios de esperanza. Testifico que Él nos ama, a cada uno de nosotros.

La vida terrenal es un período de prueba, un tiempo para probar que somos dignos de regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial. A fin de ser probados, a veces tenemos que hacer frente a desafíos y dificultades. A veces no vemos ninguna luz al final del túnel, ninguna alborada que rompa las tinieblas de la noche; nos sentimos rodeados del dolor de corazones desconsolados, de la desilusión de ver sueños que se hacen añicos y de la desesperación de ver esfumarse las esperanzas. Nos unimos para hacer la súplica bíblica: “¿No hay bálsamo en Galaad?” 6 . Tenemos la tendencia de ver nuestras desgracias personales a través del distorsionado prisma del pesimismo. Nos sentimos abandonados, desconsolados y solos. Si se encuentran en una situación semejante, les suplico que acudan a nuestro Padre Celestial con fe; Él los animará y los guiará. No siempre retirará las aflicciones, pero Él los consolará y guiará con amor a través de cualquier tormenta que enfrenten.

Con todo mi corazón y el fervor de mi alma, elevo hoy mi voz en testimonio como testigo especial, y declaro que Dios vive. Jesús es Su hijo, el Unigénito del Padre en la carne. Él es nuestro Redentor; Él es nuestro Mediador ante el Padre. Él nos ama con un amor que no podemos comprender totalmente, y debido a que nos ama, dio Su vida por nosotros. Mi gratitud hacia Él es indescriptible.

Invoco Sus bendiciones sobre ustedes, mis amados hermanos y hermanas, en su hogar, en su trabajo, en el servicio que se prestan unos a otros y al Señor mismo. Juntos avanzaremos, llevando a cabo Su obra.

Dedico mi vida, mi fortaleza y todo lo que tengo que ofrecer, para servirle a Él y dirigir los asuntos de Su Iglesia de acuerdo con Su voluntad y mediante Su inspiración, y lo hago en Su santo nombre, sí, el Señor Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1. D. y C. 38:27.

  2.  

    2. Declaración de la Primera Presidencia, Ensign, marzo de 1986, pág. 88.

  3.  

    3. Mateo 11:28–30.

  4.  

    4. Hechos 10:38.

  5.  

    5. Filipenses 4:8.

  6.  

    6. Jeremías 8:22.