Incluso un niño puede entender

Gérald Caussé


Dios… se ha asegurado de que todos Sus hijos comprendan las verdades en cuanto a Él, no importa cuál sea su nivel de educación o facultad intelectual.

Los padres a veces se sorprenden de las respuestas que sus hijos dan a las preguntas de los adultos. Una noche, mientras mi esposa y yo habíamos salido, la niñera de nuestros hijos, intrigada por la oración que les oyó decir, les hizo la siguiente pregunta: “¿Pero, cuál es la diferencia entre la religión de ustedes y la mía?”. La respuesta de nuestra hija de ocho años fue inmediata: “Son casi lo mismo, ¡sólo que nosotros estudiamos mucho más que ustedes!”. No deseando ofender a la niñera, mi hijita sólo quiso recalcar, a su manera, la importancia que los Santos de los Últimos Días dan a la búsqueda del conocimiento.

José Smith declaró: “Es imposible que el hombre se salve en la ignorancia” (D. y C. 131:6). Agregó: “El principio del conocimiento es el principio de la salvación… y todo aquel que no logra conocimiento sufi- ciente para salvarse, será condenado” (Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: José Smith, pág. 223). Este conocimiento se basa en el entendimiento de la naturaleza de Dios y de Jesucristo, y del Plan de Salvación que Ellos han preparado para permitirnos volver a Su presencia. “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3).

Con frecuencia, los hombres han malinterpretado el principio del conocimiento. “La gloria de Dios es la inteligencia” (D. y C. 93:36); supera todo lo que podamos entender con nuestra capacidad intelectual. Las personas que intentan encontrar a Dios a veces piensan que deben buscarlo en conceptos intelectualmente complicados.

Sin embargo, nuestro Padre Celestial siempre está a nuestro alcance. Él se adapta a nuestro nivel de entendimiento. “Si Él viene a un niño, se adaptará al idioma y a la capacidad del niño” (Véase Enseñanzas del profeta José Smith, pág. 189).

Dios sería muy injusto si el Evangelio estuviera sólo al alcance de un grupo intelectual selecto. En Su misericordia, Él se ha asegurado de que todos Sus hijos comprendan las verdades en cuanto a Él, no importa cuál sea su nivel de educación o facultad intelectual.

En realidad, el hecho de que incluso un niño pueda entender un principio es prueba del poder de dicho principio. El presidente John Taylor dijo: “Se requiere verdadera inteligencia para que un hombre tome un tema que es misterioso y grande en sí, y lo explique y lo simplifique de tal manera que hasta un niño lo pueda entender” (“Discourse”, Deseret News, 30 de septiembre de 1857, pág. 238). Lejos de disminuir su impacto, la pureza y la simplicidad de expresión permiten que el Espíritu Santo testifique con mayor certeza al corazón de los hombres.

Durante Su ministerio terrenal, Jesús constantemente comparaba la sencillez y la autenticidad de Sus enseñanzas con la complicada lógica de los fariseos y de los demás doctores de la ley. Una y otra vez intentaron ponerlo a Él a prueba con preguntas complejas, pero Sus respuestas siempre fueron claras y sencillas como las de un niño.

Un día, los discípulos de Jesús le hicieron la siguiente pregunta:

“¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?”. Jesús, que había llamado a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo:

“De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos” (Mateo 18:1, 2–4).

En otra ocasión, Jesús dijo: “Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños” (Lucas 10:21).

Probablemente la Biblia ha sido objeto de más interpretaciones y debates filosóficos que cualquier otro libro. No obstante, un niño que lea ese libro por primera vez tendrá al menos la misma oportunidad, o más, de entender la doctrina, que la mayoría de esos eruditos de las Escrituras. Las enseñanzas del Salvador se adaptan a todos. A los ocho años de edad, un niño puede tener suficiente entendimiento para entrar en las aguas del bautismo y hacer convenio con Dios con pleno conocimiento.

¿Qué entendería un niño al leer la historia del bautismo de Jesús? Jesús fue bautizado en el río Jordán por Juan el Bautista. El Espíritu Santo descendió sobre Él “en forma corporal, como paloma”. Se oyó una voz: “Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia” (Lucas 3: 22). El niño tendría una visión clara de quienes conforman la Trinidad: tres personas distintas en completa unidad: Dios el Padre, Su hijo Jesucristo y el Espíritu Santo.

El rechazo al principio de la sencillez y la claridad ha sido el origen de muchas apostasías, ya sean colectivas o individuales. En el Libro de Mormón, el profeta Jacob condenó a quienes en tiempos antiguos “despreciaron las palabras de claridad, y mataron a los profetas, y procuraron cosas que no podían entender. Por tanto, a causa de su ceguedad, la cual vino por traspasar lo señalado, es menester que caigan; porque Dios les ha quitado su claridad y les ha entregado a muchas cosas que no pueden entender, porque así lo desearon…” (Jacob 4:14).

A veces, tal vez nos sintamos tentados a pensar:

“Es demasiado fácil”, igual que Naamán, el capitán sirio, quien, movido por su orgullo, dudó en obedecer el consejo de Eliseo para curar su lepra, ya que, en su opinión, era demasiado sencillo. Sus criados le hicieron ver su necedad:

“Padre mío, si el profeta te mandara alguna gran cosa, ¿no la harías? ¿Cuánto más, diciéndote: Lávate, y serás limpio? Él entonces descendió, y se zambulló siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del varón de Dios; y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio” (2 Reyes 5:13–14).

Su purificación no fue solamente física; su carne espiritual también fue purificada cuando aceptó esa hermosa lección sobre la humildad.

Los niños tienen una maravillosa disposición para aprender; ellos tienen plena confianza en quienes les enseñan, tienen un espíritu puro y gran humildad; en otras palabras, las mismas cualidades que abren la puerta al Espíritu Santo. Él es el medio por el cual obtenemos conocimiento de las cosas del Espíritu. Pablo escribió a los corintios: “Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el espíritu de Dios” (1 Corintios 2:11).

Y añadió: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Corintios 2:14).

Sabemos que el hombre carnal o natural “es enemigo de Dios… a menos que se someta al influjo del Santo Espíritu”. Para ello, debemos volvernos “como un niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre él, tal como un niño se somete a su padre” (Mosíah 3:19).

En su corta narración filosófica “El principito”, Antoine de Saint-Exupéry describe la confusión de un niño, quien, al descubrir un campo de rosas, percibe que la flor que él tiene y que ha cuidado con tanto amor no es única sino bastante común. Entonces se da cuenta de que lo que hace que su rosa sea singular no es su apariencia exterior, sino el tiempo y el amor que él ha dedicado para cuidarla. Él exclama:

“Los hombres… cultivan cinco mil rosas en un jardín y no encuentran lo que buscan…

“Y sin embargo, lo que buscan podrían encontrarlo en una sola rosa o en un poco de agua…

“Pero los ojos son ciegos. Hay que buscar con el corazón” (1943, pág. 27).

De la misma manera, nuestro conocimiento de Dios no depende de la cantidad de información que acumulemos. Después de todo, el conocimiento del Evangelio que es importante para nuestra salvación se puede resumir en unos cuantos puntos de doctrina, principios y mandamientos esenciales, que ya se encuentran en las lecciones misionales que recibimos antes del bautismo. El conocer a Dios consiste en abrir nuestro corazón para obtener un entendimiento espiritual y un testimonio ferviente de la veracidad de esos cuantos puntos fundamentales de doctrina. Conocer a Dios es tener un testimonio de Su existencia y sentir en el corazón que Él nos ama. Significa aceptar a Jesucristo como nuestro Salvador y tener un deseo ferviente de seguir Su ejemplo. Al servir a Dios y a nuestros semejantes testificamos de Cristo y permitimos que quienes nos rodean le conozcan mejor.

Estos principios tienen aplicación práctica en la enseñanza que se imparte en nuestros barrios y nuestras ramas. Para ustedes, maestros de la Iglesia, el objetivo principal de su lección es la conversión de corazones. La calidad de una lección no se mide por la cantidad de información nueva que proporcionen a sus alumnos; proviene de la habilidad que ustedes tengan de invitar la presencia del Espíritu y de motivar a sus alumnos a hacer compromisos. Ellos incrementarán su conocimiento espiritual al ejercitar su fe y poner en práctica las lecciones aprendidas.

Ruego que sepamos cómo abrir nuestro corazón al igual que un niño y disfrutemos al escuchar y poner en práctica la palabra de Dios en todo el poder de su sencillez. Testifico que si hacemos esto, obtendremos el conocimiento de “los misterios [de Dios] y las cosas apacibles, aquello que trae gozo, aquello que trae la vida eterna” (D. y C. 42:61). En el nombre de Jesucristo. Amén.