Venid a Él

Neil L. Andersen

Of the Quorum of the Twelve Apostles


Por el poder del Espíritu Santo sé con claridad perfecta e indudable que Jesús es el Cristo, el Amado Hijo de Dios.

Mis queridos hermanos y hermanas de todo el mundo, me tiemblan las rodillas y mis emociones están a punto de desbordarse. Les expreso mi amor a ustedes, y les agradezco profundamente su voto de sostenimiento. En muchísimos aspectos me siento inadecuado y humilde.

Me resulta reconfortante saber que en el requisito para el santo apostolado en el que no hay flexibilidad alguna, el Señor me ha bendecido muchísimo. Por el poder del Espíritu Santo sé con claridad perfecta e indudable que Jesús es el Cristo, el Amado Hijo de Dios.

No hay persona que tenga más amor que el presidente Thomas S. Monson. Su calidez es como los rayos del sol al mediodía. Pero incluso así, al extenderme él este llamamiento sagrado, podrán imaginar ustedes la seriedad sobrecogedora que sentí cuando los ojos del profeta de Dios penetraron hasta lo más íntimo de mi alma. Felizmente también podrán imaginarse el amor que sentí de parte del Señor y de Sus Profetas cuando el presidente Monson me rodeó con esos brazos largos y amorosos. Lo amo, presidente Monson.

A todos los que me conocen, si alguna vez en presencia de ustedes he sido menos de lo que debí ser, les ruego que me perdonen y me tengan paciencia. Necesito mucho su fe y sus oraciones.

Sé que no soy lo que tengo que llegar a ser. Ruego tener la disposición y ser moldeable a las enseñanzas y correcciones del Señor. Me consuelan las palabras del presidente Monson que anoche en la sesión del sacerdocio dijo que el Señor fortalece la espalda para que soporte el peso que se coloque sobre ella.

Poco después de haber sido llamado como Autoridad General hace dieciséis años, en una conferencia de estaca en la que acompañé al presidente Boyd K. Packer, él dijo algo que no he olvidado. Al dirigirse a la congregación, dijo: “Yo sé quién soy”. Luego, después de una hacer una pausa, agregó: “No soy nadie”. Después se volvió hacia mí, que estaba sentado en el estrado detrás de él, y dijo: “Y usted, hermano Andersen, tampoco es nadie”. Entonces agregó estas palabras: “Si alguna vez lo olvida, el Señor se lo recordará enseguida, y no resultará nada agradable”.

Expreso enorme gratitud por ustedes, los miembros fieles de la Iglesia. Cuando era yo un joven misionero en Francia, sentí que mi testimonio florecía al ver a los miembros brindar plena devoción al evangelio de Jesucristo.

He vivido diez de los últimos veinte años fuera de Estados Unidos, cumpliendo asignaciones de la Iglesia. En tierras e idiomas diferentes a los míos, he visto el poder de Dios en acción en sus vidas. ¡Qué maravillosos son ustedes, la gran familia de creyentes en el evangelio restaurado de Jesucristo!

El Señor me ha bendecido de formas que nunca le podré pagar. Él me permitió contraer matrimonio con uno de sus ángeles aquí en la tierra. Mi esposa Kathy es mi luz y mi ejemplo, una preciada hija de Dios, llena de pureza e inocencia. No sería nada sin ella. Llevo gran parte de la vida tratando de llegar a ser lo que ella cree que soy.

Hace veinte años, cuando nuestros cuatro hijos eran pequeños, fuimos llamados a prestar servicio misional en Francia. Con ese y otros llamamientos posteriores, ellos tuvieron que mudarse de una ciudad a otra, de un continente a otro, en unos años en que era importante tener más estabilidad. El Señor ahora los ha bendecido en gran forma con compañeros extraordinarios y con hijos escogidos. Quiero agradecerles a ellos su bondad y los sacrificios que hicieron por mí. También estoy agradecido a mis fieles padres —mi madre está aquí hoy— y a todos los que tanto me han ayudado a lo largo de la vida.

Deseo expresar el profundo respeto y amor que les tengo a mis hermanos de los Setenta. Los amo como amo a mi propio hermano. El vínculo y la amistad que nos unen van más allá de este mundo y permanecerán con nosotros del otro lado del velo.

Durante dieciséis años, los miembros de la Primera Presidencia y los Doce han sido mis ejemplos y mis maestros. He aprendido de su integridad y rectitud. Durante todos esos años, nunca he observado en ellos ira desenfrenada ni deseo alguno de obtener bienes particulares ni materiales. Nunca he visto en ellos ninguna postura por obtener influencia o poder personal.

Lo que sí he observado es su lealtad y cuidado por sus respectivas esposas e hijos. He comprobado tanto su amor hacia nuestro Padre Celestial y Su Hijo como su testimonio seguro de Ellos. Los he visto edificar primero y de forma infatigable el reino de Dios. He visto el poder de Dios descansar sobre ellos, magnificarlos y apoyarlos. He presenciado el cumplimiento de sus voces proféticas. He visto a los enfermos levantarse y a las naciones ser bendecidas por medio de su autoridad, y he estado junto a ellos en momentos demasiado sagrados como para contarlos. Testifico que son los ungidos del Señor.

Ruego que mi espíritu sea como el del élder Joseph B. Wirthlin, cuyo fallecimiento hizo que fuera necesario este llamamiento, un espíritu sin ningún deseo de atención personal, dispuesto siempre a ir a donde sea necesario y a hacer cualquier cosa que los profetas del Señor me pidan, consagrándome enteramente a testificar del Salvador y a edificar el Reino de Dios hasta mi último aliento.

Se anticipó nuestra época con entusiasmo a través de la historia. En las Escrituras se habla de que hay cosas que “el Señor ordenó y dispuso antes de la fundación del mundo” (D. y C. 128:5).

Las revelaciones hablan de que habrá una gran congregación (véase 2 Nefi 10:7–8; 3 Nefi 16:5). Isaías profetizó que la casa del Señor se establecería en la cabeza de los montes, y que la voz del Señor saldría de allí a todo el mundo (véase Isaías 2:2–3). Daniel declaró que sería como una piedra cortada del monte no con mano (véase Daniel 2:34, 44–45). Pedro habló de la restitución de todas las cosas (véase Hechos 3:20–21). Nefi vio que los números de la Iglesia del Cordero no serían muchos pero que estarían en toda tierra y nación (véase 1 Nefi 14:12, 14).

Vivimos en estos días de la “obra maravillosa y [el] prodigio” del Señor (Isaías 29:14; véase 2 Nefi 25:17). Hemos tenido la bendición de brindar el Evangelio a nuestra familia y posteridad, y de ayudar con los preparativos para la segunda venida del Salvador. El Señor describe los propósitos de la Restauración como “…una luz al mundo y un estandarte a [nosotros, Su]… pueblo… y… un mensajero delante de [Su] faz, preparando el camino delante de [Él] (D. y C. 45:9). Nuestra responsabilidad no es poca cosa; no somos quienes somos por casualidad; el guardar nuestros convenios en esta época será una insignia de honor por toda la eternidad.

He tenido el privilegio de ver la mano del Señor en todo el mundo. Aunque honramos a los pioneros que cruzaron las llanuras hasta el Valle del Lago Salado, en la actualidad hay muchos pioneros más, que aunque no empujen carros de mano son exactamente iguales en muchos sentidos: han escuchado la voz del Señor a través del Libro de Mormón y de sus oraciones personales. Con fe y arrepentimiento han entrado en las aguas del bautismo y también han plantado los pies firmemente en la fértil tierra del Evangelio. Como discípulos de Cristo, han estado dispuestos a hacer sacrificios por lo que es correcto y verdadero, y con el don del Espíritu Santo, avanzan con firmeza en su camino hacia la vida eterna.

Debemos recordar, mis queridos hermanos y hermanas, quiénes somos y lo que tenemos en nuestras manos. No somos los únicos que deseamos hacer el bien; hay personas maravillosas de muchas creencias y religiones.

No somos los únicos que oramos a nuestro Padre Celestial y que recibimos respuestas a nuestras oraciones; nuestro Padre ama a todos Sus hijos.

No somos los únicos que nos sacrificamos por una causa mayor; hay otros que son abnegados.

Otros comparten nuestra fe en Cristo. Son padres y madres leales y decentes en todos los países que se aman y que aman a sus hijos. Es mucho lo que podemos aprender de las personas buenas que nos rodean.

Sin embargo, no debemos disminuir lo que se encuentra única y particularmente en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Sólo aquí tenemos el sacerdocio de Dios, restaurado a la tierra por mensajeros celestiales. Sólo aquí el Libro de Mormón, al lado de la Biblia, revela y declara la divinidad y el Evangelio plenos de Cristo. Sólo aquí tenemos profetas de Dios que brindan la dirección del cielo y que poseen las llaves para atar en el cielo lo que se ata en la tierra.

Nuestro conocimiento de la misión divina de la Iglesia no debe hacernos sentir superiores ni arrogantes, sino que debe hacernos caer de rodillas y suplicar la ayuda del Señor para que podamos ser lo que debemos ser. Pero en humildad, no debemos ser tímidos al recordar las palabras del Señor: “Ésta es mi iglesia, y yo la estableceré; y nada la hará caer” (Mosíah 27:13).

Por encima de todo, proclamamos a nuestro Salvador y Redentor Jesucristo. Todo lo que somos, y todo lo que podamos ser, se lo debemos a Él. Aunque contemplamos con asombro Su majestuosidad, no nos pide que guardemos nuestra distancia, sino que acudamos a Él: “… yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él” (Apocalipsis 3:20).

Sus palabras hacen eco a través de los siglos:

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

“Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Juan 11:25–26).

Hermanos y hermanas, Él vive. Él ha resucitado. Él dirige Su santa obra sobre la tierra. El presidente Thomas S. Monson es Su profeta. Lo testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.