La fe en medio de la adversidad

Rafael E. Pino

Of the First Quorum of the Seventy


Vivir el Evangelio… significa que estaremos preparados para hacer frente a la adversidad y perseveraremos en ella con mayor confianza.
 

Un domingo por la mañana, hace algunos años, recibí una llamada telefónica del hermano Omar Álvarez, que en ese entonces servía como uno de mis consejeros del obispado. Su hija de tres años había muerto en un trágico accidente.

Él relató de la siguiente manera lo que ocurrió ese día:

“En cuanto llegamos a una hermosa playa venezolana, nuestros hijos nos suplicaron que los dejáramos jugar en un riachuelo cerca de la playa. Les dejamos ir y empezamos a sacar algunas cosas del auto. Dos minutos después, notamos que nuestros hijos se alejaban demasiado de la orilla.

“Al ir a decirles que regresaran, notamos que nuestra hijita de tres años no estaba con los demás niños. La buscamos desesperadamente, y la encontramos flotando cerca de donde estaban los otros niños. La sacamos rápidamente del agua y varias personas vinieron para tratar de salvarla, pero no pudimos hacer nada. Nuestra hija menor se había ahogado.

“Los momentos que siguieron fueron sumamente difíciles, llenos de angustia y dolor por la pérdida de nuestra hija menor. Esos sentimientos pronto se convirtieron en un tormento casi insoportable; sin embargo, en medio de la confusión y la incertidumbre, penetró nuestra mente el pensamiento de que nuestros hijos habían nacido en el convenio, y que por ese convenio, nuestra hija nos pertenece por la eternidad.

“¡Qué gran bendición es pertenecer a La Iglesia de Jesucristo y haber recibido las ordenanzas de Su Santo Templo! Ahora nos sentimos mucho más comprometidos a ser fieles al Señor y a perseverar hasta el fin, porque queremos ser dignos de las bendiciones que el templo ofrece para volver a ver a nuestra hija. A veces lloramos, pero ‘no lloramos como los que se hallan sin esperanza’” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, curso de estudio del Sacerdocio de Melquisedec y de la Sociedad de Socorro, 2007, pág. 185).

Esta fiel familia llegó a comprender que, cuando la adversidad llega a nuestra vida, Dios es la única fuente verdadera de consuelo. “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27).

Varios años después de la difícil prueba que enfrentó la familia Álvarez, fui testigo de la forma en que otra familia fiel enfrentó gran adversidad. Varios miembros de la familia Quero habían muerto en un terrible accidente automovilístico. El hermano Abraham Quero perdió a sus padres, a dos hermanas, a su cuñado y a su sobrina en ese accidente.

Él demostró una actitud admirable cuando dijo:

“Ése era el momento de demostrar lealtad a Dios y reconocer que dependemos de Él, que debemos obedecer Su voluntad y sujetarnos a Él.

“Hablé con mis hermanos y les di fuerza y valor para entender lo que el presidente Kimball enseñó hace muchos años, de que ‘no hay tragedia en la muerte, sino sólo en el pecado’ (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Spencer W. Kimball, curso de estudio del Sacerdocio de Melquisedec y de la Sociedad de Socorro, 2006, pág. 20), que lo importante no es cómo murió un hombre, sino cómo vivió.

“Las palabras de Job llenaron mi alma: ‘…Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito’ (Job 1:21). Y luego de Jesús: ‘…Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá’” (Juan 11:25).

“Fue una de las experiencias más espirituales que hemos tenido como familia, al aceptar la voluntad de Dios en circunstancias tan difíciles”.

En las dos experiencias que vivieron estas buenas familias, el dolor y el pesar se apartaron debido a la luz del Evangelio que los llenó de paz y consuelo, y les dio la certeza de que todo estaría bien.

Aun cuando el dolor de esas familias no se puede comparar con la agonía que padeció el Señor en Getsemaní, he podido comprender mejor el sufrimiento y la expiación del Salvador. No existe enfermedad, aflicción ni adversidad que Cristo no haya sentido en Getsemaní.

El Señor le reveló a José Smith lo siguiente en Doctrina y Convenios:

“…padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar.

“Sin embargo, gloria sea al Padre, bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres” (D. y C. 19:18–19).

El profeta José Smith, que conocía mucho de las tormentas de la vida, exclamó angustiado en uno de sus momentos más difíciles: “Oh Dios, ¿en dónde estás? ¿y dónde está el pabellón que cubre tu morada oculta?” (D. y C. 121:1).

Luego, al elevar el profeta su voz, le consolaron las palabras del Señor:

“Hijo mío, paz a tu alma; tu adversidad y tus aflicciones no serán más que por un breve momento;

“y entonces, si lo sobrellevas bien, Dios te exaltará; triunfarás sobre todos tus enemigos” (D. y C. 121:7–8).

El presidente Howard W. Hunter dijo: “Si nuestra vida y nuestra fe se centran en Jesucristo y en Su Evangelio restaurado, nada podrá ir permanentemente mal. Por otro lado, si nuestra vida no está centrada en el Salvador ni en Sus enseñanzas, nada podrá salirnos permanentemente bien” (Las enseñanzas de Howard W. Hunter, editado por Clyde J. Williams, 1997, pág. 40).

El Salvador dijo:

“Por tanto, cualquiera que oye estas palabras mías, y las hace, lo compararé a un hombre prudente que edificó su casa sobre una roca;

“y descendió la lluvia, y vinieron los torrentes, y soplaron los vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre una roca.

“Y todo el que me oye estas palabras, y no las hace, será comparado al hombre insensato que edificó su casa sobre la arena:

“y descendió la lluvia, y vinieron los torrentes, y soplaron los vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y grande fue su caída” (3 Nefi 14: 24–27).

Es interesante notar que descendió la lluvia, vinieron los torrentes, y soplaron los vientos ¡contra ambas casas!, porque vivir el Evangelio no significa que escaparemos de la adversidad para siempre, sino que estaremos preparados para hacerle frente y perseveraremos en ella con mayor confianza.

Doy solemne testimonio de que Jesús es el Cristo, nuestro Salvador y Redentor. Él dirige Su Iglesia a través de un profeta viviente, el presidente Thomas S. Monson. Si vivimos nuestra vida de conformidad con las enseñanzas del Salvador, ciertamente hallaremos la paz y el consuelo que sólo Dios puede dar (véase Filipenses 4:7). Doy testimonio de estas cosas, en el nombre de Jesucristo. Amén.