Fe en el Señor Jesucristo

Kevin W. Pearson

Of the First Quorum of the Seventy


En la familia de la fe, no hay necesidad de temor ni duda. Elijan vivir por medio de la fe y no por temor.
 

Humildemente invito la compañía del Espíritu Santo al hablar de un principio vital del Evangelio: la fe en el Señor Jesucristo. Reconozco con profundo aprecio y amor los grandes ejemplos de verdadera fe y fidelidad en mi propia vida. Expreso mi profundo amor y gratitud a mis buenos padres, a mi familia, a los líderes del sacerdocio, a los queridos misioneros, a mis maravillosos hijos y a mi adorada compañera eterna. Reconozco mi necesidad y deseo de obtener mayor fe en calidad de discípulo y testigo de Cristo. No ha habido mayor necesidad de fe en mi propia vida como la que tengo ahora.

Como padres, se nos ha dado el mandamiento de enseñar a nuestros hijos a “comprender la doctrina… de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente” (D. y C. 68:25). Eso requiere mucho más que simplemente reconocer la fe como un principio del Evangelio. Tener fe es “tener confianza en algo o alguien” (Guía para el estudio de las Escrituras, pág. 78). La verdadera fe se debe centrar en Jesucristo. “La fe es un principio de acción y de poder” (Bible Dictionary, pág. 670); requiere que hagamos y no que simplemente creamos. La fe es un don espiritual de Dios que viene por medio del Espíritu Santo; requiere un entendimiento y un conocimiento correcto de Jesucristo, de Sus atributos divinos y naturaleza perfecta, de Sus enseñanzas, de la Expiación; de la Resurrección y del poder del sacerdocio. La obediencia a esos principios genera una confianza total en Él y en Sus siervos ordenados, y una convicción respecto a Sus bendiciones prometidas.

No hay otra cosa en la cual podamos tener una certeza absoluta. No existe otro fundamento en la vida que aporte el mismo gozo, la misma paz y esperanza. En épocas inestables y difíciles, la fe es, en verdad, un don espiritual digno de nuestros mayores esfuerzos. Podemos dar a nuestros hijos una formación académica, clases, deportes, arte y bienes materiales, pero si no les damos fe en Cristo, les hemos dado poco.

“La fe se aviva al escuchar el testimonio de aquellos que la tienen” (Bible Dictionary, pág. 669; véase también Romanos 10:14–17). ¿Saben sus hijos que usted sabe? ¿Ven y sienten ellos su convicción? “La fe firme se desarrolla por medio de la obediencia al evangelio de Jesucristo” (ibíd. pág. 669).

El élder Bruce R. McConkie enseñó: “La fe es un don de Dios concedido como premio a la rectitud personal. Siempre se otorga cuando la rectitud está presente y cuanto mayor sea la medida de obediencia a las leyes de Dios, mayor será el atributo de la fe” (Mormon Doctrine, segunda edición, 1966, pág. 264). Si deseamos obtener más fe, debemos ser más obedientes. Cuando enseñamos a nuestros hijos, por medio del ejemplo o del precepto, a tomar a la ligera el obedecer los mandamientos de Dios o a obedecerlos de acuerdo con las circunstancias, impedimos que ellos reciban ese importante don espiritual. La fe requiere una actitud de obediencia exacta aun en las cosas pequeñas y simples.

El deseo es una partícula de la fe que se cultiva en nosotros al experimentar la verdad divina. Es como una fotosíntesis espiritual. La influencia del Espíritu Santo, actuando sobre la luz de Cristo que está en cada ser humano, produce el equivalente espiritual de una reacción química, una inquietud, un cambio en el corazón o un deseo de saber. La esperanza surge cuando las partículas de la fe llegan a ser moléculas, y al realizar esfuerzos sencillos para vivir los principios verdaderos.

Al establecerse modelos de obediencia, las bendiciones específicas asociadas con la obediencia se hacen realidad y emerge la convicción. El deseo, la esperanza y la convicción son formas de fe, pero la fe como principio de poder viene por medio de un modelo constante de conducta y actitudes obedientes. La rectitud individual es una elección. La fe es un don de Dios, y el que la posea puede recibir inmenso poder espiritual.

Existe una cualidad de la fe que se cultiva al concentrarnos con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza. Se ve y se siente en los ojos de un gran misionero, de una mujer joven valiente y virtuosa, de madres, padres y abuelos rectos. Se ve en la vida de personas jóvenes y adultas, en toda nación y cultura, que hablen cualquier idioma y en toda circunstancia y condición de vida. Es “el ojo de la fe” del cual habla el profeta Alma (véase Alma 5:15–26), la habilidad de centrarse y de ser inamovibles, asidos constantemente a los principios verdaderos, sin dudar nada, aun cuando el vapor de tinieblas que nos confronte sea muy grande. Esta cualidad de la fe es sumamente poderosa.

Sin embargo, “era menester una oposición en todas las cosas… el Señor Dios le concedió al hombre que obrara por sí mismo. De modo que el hombre no podía actuar por sí a menos que lo atrajera lo uno o lo otro” (2 Nefi 2:15–16). Así también es la fe; puede ser tentador elegir la duda y la incredulidad en vez de la fe.

Cuando Jesús regresó de la trascendente experiencia espiritual en el Monte de la Transfiguración, se le acercó un padre desesperado cuyo hijo necesitaba ayuda; el padre imploraba diciendo: “…si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos.

“Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible.

“E inmediatamente el padre… clamó y dijo: Creo; ayuda mi incredulidad” (véase Marcos 9:22–24).

La fe y el temor no pueden coexistir; una cede el lugar a la otra. La verdad es que todos debemos edificar la fe constantemente y sobreponernos a las fuentes de incredulidad destructiva. La enseñanza del Salvador que compara la fe con un grano de mostaza admite esa realidad. Considérenlo de la siguiente manera: La fe neta a utilizar es la que nos queda para ejercitar después de sustraer las fuentes de duda e incredulidad. Podrían preguntarse lo siguiente: “¿Tiene mi fe neta un saldo positivo o negativo?” Si su fe excede su duda e incredulidad, la respuesta es positiva; si permiten que la duda y la incredulidad los controlen, la respuesta tal vez sea negativa.

Nosotros tenemos la oportunidad de elegir; obtenemos aquello en lo que nos centramos constantemente. Debido a que existe una oposición en todas las cosas, hay fuerzas que socavan nuestra fe. Algunas son el resultado de la influencia directa de Satanás, pero por otras sólo podemos culparnos a nosotros mismos; éstas provienen de tendencias, actitudes y costumbres personales que podemos aprender a cambiar. Me referiré a estas influencias como “los seis puntos destructivos”; mientras lo hago, consideren la influencia que tienen en ustedes o en sus hijos.

El primero es la duda. La duda no es un principio del Evangelio; no proviene de la luz de Cristo ni de la influencia del Espíritu Santo. La duda es un sentimiento negativo relacionado con el temor; proviene de una falta de confianza en nosotros mismos o en nuestra capacidad; contradice nuestra identidad divina como hijos de Dios.

La duda lleva al desánimo. El desánimo proviene de expectativas no realizadas. El desánimo crónico lleva a expectativas más bajas, a un menor esfuerzo, a un deseo débil y a una mayor dificultad para sentir y seguir al Espíritu (véase Predicad Mi Evangelio, pág. 10). El desánimo y la desesperación son la antítesis de la fe.

El desánimo lleva a la distracción, a la falta de concentración. La distracción elimina la concentración que requiere el ojo de la fe. El desánimo y la distracción son dos de las herramientas más eficaces de Satanás, y también son hábitos muy malos.

La distracción conduce a la falta de diligencia, a un compromiso menos firme a permanecer leales y fieles y a seguir adelante a pesar de las dificultades o desilusiones. Las desilusiones son una parte inevitable de la vida, pero no tienen que llevarnos a la duda, al desánimo, a la distracción ni a la falta de diligencia.

Si no cambiamos el rumbo, este curso a la larga conduce a la desobediencia, la cual debilita el fundamento mismo de la fe. Con mucha frecuencia, el resultado es la incredulidad, el rechazo consciente o inconsciente a creer.

En las Escrituras se describe la incredulidad como el estado de haber elegido endurecer nuestro corazón hasta el punto de dejar de sentir.

Estos seis puntos destructivos: la duda, el desánimo, la distracción, la falta de diligencia, la desobediencia y la incredulidad socavan y destruyen nuestra fe. Podemos elegir evitarlos y vencerlos.

Los momentos difíciles requieren mayor poder espiritual. Consideren detenidamente la promesa del Salvador: “Si tenéis fe en mí, tendréis poder para hacer cualquier cosa que me sea conveniente” (Moroni 7:33).

Humildemente declaro que Dios, nuestro Padre Celestial, vive y ama a cada uno de nosotros, Sus Hijos. Jesucristo es nuestro Salvador y Redentor. Él vive y dirige personalmente Su Iglesia por medio del presidente Monson, Su profeta ungido. Debido a que Él vive, tenemos en Él gran confianza. En la familia de la fe, no hay necesidad de temer ni dudar. Elijan vivir por medio de la fe y no por temor. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.