José Smith: Profeta de la Restauración

Tad R. Callister

Of the Second Quorum of the Seventy


Por medio de José Smith se han restaurado todos los poderes, las llaves, las enseñanzas y las ordenanzas necesarios para la salvación y la exaltación.
 

Supongan por un momento que alguien les diera estos tres datos sobre un personaje del Nuevo Testamento y nada más: Primero: el Salvador dijo acerca de este hombre: “¡Oh hombre de poca fe!” (Mateo 14:31); segundo: este hombre, en un momento de enojo, le cortó la oreja al siervo del sumo sacerdote; y tercero: este hombre negó conocer al Salvador en tres ocasiones aunque había caminado con Él a diario. Si eso fuese lo único que hubiesen sabido o tenido en cuenta, podrían haber considerado a este hombre un truhán o bueno para nada; pero al hacerlo, no hubieran llegado a conocer a uno de los hombres más extraordinarios que caminó sobre la tierra: el apóstol Pedro.

Del mismo modo, algunos han tratado de concentrarse en algunas de las debilidades mínimas del profeta José Smith, o de exagerarlas; pero, en el transcurso de ello, también le han errado al punto principal, al hombre y a su misión. José Smith fue el ungido del Señor para restaurar la Iglesia de Cristo a la tierra. Después de salir de la arboleda, con el tiempo aprendió cuatro verdades fundamentales que la mayor parte del mundo cristiano de la época no enseñaba.

Primero, aprendió que Dios el Padre y Su Hijo Jesucristo son dos seres separados y distintos. La Biblia confirma el hallazgo de José Smith; nos dice que el Hijo sometió Su voluntad al Padre (véase Mateo 26:42). Nos conmueve la sumisión del Salvador y encontramos fortaleza en Su ejemplo para hacer lo mismo; pero, ¿cuál habría sido la profundidad y el fervor de la sumisión de Cristo, o cuál sería el poder motivador de ese ejemplo si el Padre y el Hijo fuesen la misma persona y en realidad el Hijo sólo estuviese haciendo Su propia voluntad bajo otro nombre?

Las Escrituras dan más evidencia de esta gran verdad: “Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito” (Juan 3:16). Que un padre dé como ofrenda a su hijo es la demostración suprema de amor que la mente y el alma humana puedan concebir y sentir. Está simbolizada en la enternecedora historia de Abraham e Isaac (véase Génesis 22). Pero si el Padre y el Hijo son el mismo ser, entonces ese sacrificio supremo ya no existe, y Abraham ya no está ofreciendo a Isaac; Abraham está ofreciendo a Abraham.

La segunda gran verdad que José Smith descubrió fue que el Padre y el Hijo tienen cuerpos glorificados de carne y huesos. Después de la resurrección del Salvador, Él se apareció a Sus discípulos y dijo: “…palpad y ved, porque un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo” (Lucas 24:39). Algunas personas han sugerido que ésa fue una manifestación física temporaria, y que cuando ascendió al cielo dejó Su cuerpo y regresó a Su forma de espíritu. Pero las Escrituras nos enseñan que eso no era posible. Pablo enseñó: “…sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de entre los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él” (Romanos 6:9). En otras palabras, una vez que Cristo había resucitado, Su cuerpo ya no podía separarse de Su espíritu; de otro modo, sufriría la muerte, la misma consecuencia que Pablo dijo que no era posible después de Su resurrección.

La tercera verdad que José Smith aprendió fue que Dios todavía habla al hombre, que los cielos no están cerrados. Sólo es necesario hacerse tres preguntas, propuestas en una ocasión por el presidente Hugh B. Brown, para llegar a esa conclusión (véase “El perfil de un profeta”, Liahona, junio de 2006, pág. 13). Primero: ¿nos ama Dios hoy tanto como amó a las personas a quienes les habló en la época del Nuevo Testamento? Segundo: ¿tiene Dios el mismo poder que tenía entonces? Y tercero: ¿lo necesitamos tanto hoy como lo necesitaban en la antigüedad? Si la respuesta a esas preguntas es “sí”, y si Dios es el mismo ayer, hoy y para siempre, como se declara en las Escrituras (véase Mormón 9:9), entonces, cabe muy poca duda: Dios sí habla con el hombre hoy, tal como lo testificó José Smith.

La cuarta verdad que José Smith aprendió fue que la total y completa Iglesia de Jesucristo no estaba sobre la tierra en ese entonces. Desde luego que había buenas personas y algunos componentes de la verdad, pero el apóstol Pablo había profetizado antiguamente que la segunda venida de Cristo no sucedería “sin que antes venga la apostasía” (2 Tesalonicenses 2:3).

Después de la primera visión de José Smith, comenzó la restauración de la Iglesia de Cristo “línea sobre línea, precepto tras precepto” (D. y C. 98:12).

Por medio de José Smith se restauró la doctrina de que el Evangelio se predicó a los muertos en el mundo de los espíritus, a aquellos que no habían tenido la oportunidad debida de escucharlo (véase D. y C. 128:5–22; véase también D. y C. 138:30–34). Esto no fue la invención de una mente creativa, sino la restauración de una verdad bíblica. Pedro había enseñado mucho antes: “Porque por esto también ha sido predicado el evangelio a los muertos; para que sean juzgados en la carne según los hombres, pero vivan en el espíritu según Dios” (1 Pedro 4:6). Frederic W. Farrar, el muy conocido autor y teólogo de la Iglesia de Inglaterra, hizo la siguiente observación acerca de esta enseñanza de Pedro: “Se ha hecho todo esfuerzo posible por desestimar de forma convincente el significado claro de este pasaje. Es uno de los pasajes más valiosos de las Escrituras, y no encierra ninguna ambigüedad… Ya que, si el lenguaje tiene significado, estas palabras significan que Cristo, cuando Su espíritu descendió al mundo inferior, proclamó el mensaje de salvación a los muertos que anteriormente habían sido impenitentes” (The Early Days of Christianity, 1883, pág. 78).

Hay muchos que enseñan que hay un cielo y un infierno. José Smith restauró la verdad de que hay varios cielos. Pablo habló de un hombre que fue arrebatado al tercer cielo (véase 2 Corintios 12:2). ¿Puede haber un tercer cielo sin que haya un segundo o primer cielo?

En muchas maneras, el evangelio de Jesucristo es como un rompecabezas de mil piezas. Cuando José Smith entró en escena, quizás habría cien piezas armadas. Entonces vino José Smith y colocó muchas de las otras novecientas piezas en su lugar, de modo que la gente podía decir: “Oh, ahora comprendo de dónde vine, por qué estoy aquí y hacia dónde voy”. En cuanto a la función de José Smith en la Restauración, el Señor la definió claramente: “…esta generación recibirá mi palabra por medio de ti” (D. y C. 5:10).

A pesar de este torrente de verdades bíblicas restauradas, algunos que sinceramente buscan la verdad han comentado: “Puedo aceptar estas doctrinas, pero en cuanto a todos los ángeles y visiones que José Smith afirma haber visto, resulta muy difícil de creer en estos tiempos modernos”.

A ellos les respondemos con amor: “¿No había ángeles y visiones en la Iglesia de Cristo en la época del Nuevo Testamento? ¿No se les apareció un ángel a María y a José? ¿No se les aparecieron ángeles a Pedro, a Santiago y a Juan en el Monte de la Transfiguración? ¿No fue un ángel el que rescató a Pedro y a Juan de la prisión? ¿No se les aparecieron ángeles a Cornelio, y luego a Pablo antes del naufragio, y a Juan en la Isla de Patmos? ¿No tuvo Pedro una visión de que el Evangelio iría a los gentiles, Pablo una visión del tercer cielo, Juan una visión de los últimos días y Esteban una visión del Padre y del Hijo?”.

Sí, José Smith vio ángeles y tuvo visiones, porque era un instrumento en las manos de Dios para restaurar la Iglesia de Jesucristo como existía en tiempos antiguos, con todo su poder y todas sus doctrinas.

Sin embargo, lamentablemente, en ocasiones algunas personas están dispuestas a dejar de lado las valiosas verdades del Evangelio que José Smith restauró porque se distraen con algún punto histórico o hipótesis científica que no es primordial para su exaltación; y al hacerlo, canjean su primogenitura espiritual por un guisado de lentejas. Cambian la absoluta certeza de la Restauración por una duda y, tras ello, caen en la trampa de perder la fe en muchas cosas que saben por causa de unas pocas cosas que no saben. Siempre habrá alguna crisis aparentemente intelectual que surgirá en el horizonte mientras se requiera de la fe y nuestras mentes sean finitas. Pero, del mismo modo, siempre estarán las doctrinas seguras y sólidas de la Restauración a las cuales nos podemos aferrar y que proporcionarán el fundamento sobre la roca en el cual podemos edificar nuestro testimonio.

Cuando muchos de los discípulos de Cristo se apartaron de Él, Él preguntó a Sus apóstoles: “¿También vosotros queréis iros?”.

Pedro entonces dio una respuesta que debería estar grabada en todo corazón: “…¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:66–68).

Si alguien se aleja de estas verdades restauradas, ¿adónde irá para conocer la verdadera naturaleza de Dios como se enseñó en la arboleda? ¿Adónde irá para encontrar las doctrinas de la existencia premortal, del bautismo por los muertos y del matrimonio eterno? ¿Y adónde irá para encontrar los poderes selladores que unen al esposo, a la esposa y a los hijos más allá de la tumba?

Por medio de José Smith se han restaurado todos los poderes, las llaves, las enseñanzas y las ordenanzas necesarios para la salvación y la exaltación. No pueden ir a ningún otro lado del mundo para encontrarlos; no los hallarán en ninguna otra iglesia ni en ninguna filosofía de los hombres, revista científica ni peregrinación personal, por más intelectual que parezca. La salvación se encuentra en un solo lugar, como lo indicó el Señor mismo al decir que ésta es “la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra” (D. y C. 1:30).

Doy mi testimonio de que José Smith fue el profeta de la Restauración, tal como él lo afirmó, y hago eco a la letra de ese himno conmovedor: “Al gran profeta rindamos honores” (“Loor al Profeta”, Himnos, núm. 15). En el nombre de Jesucristo. Amén.