Todas las cosas obrarán juntamente para su bien

Por el élder James B. Martino

De los Setenta


Quizá en esta vida nunca sepamos por qué tenemos que pasar por ciertas circunstancias, pero podemos estar seguros de que podremos crecer gracias a la experiencia.

Cuando era joven, todos los años esperaba la llegada de la primavera. Cuando se iba el frío, ya estaba listo para jugar al béisbol. Como la mayoría de los niños, hubiera deseado convertirme en un gran jugador de béisbol. Acude a mi memoria la historia de un niño con sueños parecidos. Con el deseo de convertirse en la nueva estrella del béisbol, decidió salir a practicar. Tomó la pelota con una mano, el bate con la otra y lanzó la pelota al aire. Con la intención de enviarla lo más lejos posible, la lanzó muy fuerte, pero la pelota cayó al suelo sin siquiera rozar la madera del bate. No conforme con el fracaso, volvió a intentarlo. Mientras se disponía a lanzar la pelota al aire, su determinación aumentó al imaginarse un fuertísimo golpe, pero, desafortunadamente, el resultado fue el mismo: la pelota cayó al suelo. No obstante, como todo buen jugador de béisbol sabe, se pueden hacer tres intentos antes de perder el turno. Se concentró aún más, tiró la pelota al aire y la lanzó de la forma más potente que jamás había intentado. Cuando la pelota cayó al suelo una vez más, los ojos comenzaron a llenársele de lágrimas. Entonces, de repente le surgió una gran sonrisa y dijo en voz alta: “¡Qué gran lanzador!”.

Cada uno de nosotros afrontará pruebas y retos y, como sucedió en este sencillo ejemplo, lo que determinará nuestro éxito y nuestra felicidad es la forma en que reaccionemos ante dichas dificultades. Cada uno de nosotros pasará adversidades, sin importar dónde nos encontremos. En las Escrituras se nos enseña que “es preciso que haya una oposición en todas las cosas”1. Cada uno de nosotros afrontará momentos de dificultad, y lo importante no es cuándo los enfrentaremos, sino cómo lo haremos.

El apóstol Pablo enseñó una lección interesante sólo unos años antes de que los santos de Roma sufrieran una de las persecuciones más violentas de toda la era cristiana. Pablo les recordó a los santos que “para los que aman a Dios, todas las cosas obrarán juntamente para su bien”2. Nuestro Padre Celestial, quien nos ama de manera completa y perfecta, deja que tengamos experiencias que nos permitan desarrollar las características y los atributos que necesitamos para ser cada vez más parecidos a Cristo. Nuestras pruebas tienen muchas formas diferentes, pero cada una nos permitirá llegar a ser cada vez más parecidos al Salvador en la medida en que aprendamos a reconocer las cosas buenas que surgen de cada experiencia. Al comprender esta doctrina, podemos adquirir mayor certeza del amor de nuestro Padre. Quizá en esta vida nunca sepamos por qué tenemos que pasar por ciertas circunstancias, pero podemos estar seguros de que podremos crecer gracias a la experiencia.

Ahora bien, soy consciente de que es mucho más fácil mirar hacia atrás cuando ya ha terminado la prueba y ver qué hemos aprendido de nuestra experiencia; pero el desafío es obtener una perspectiva eterna mientras estamos en medio de las pruebas. A algunas personas les puede parecer que las pruebas por las que nosotros pasamos no son grandes, pero para cada uno de los que enfrentamos esas pruebas, son reales y requieren que nos humillemos ante Dios y aprendamos de Él.

En este domingo de Pascua de Resurrección, recordamos la vida de nuestro Salvador. Es a Él a quien deseamos emular en todos nuestros actos. Permítanme mencionar cinco cosas que podemos aprender de las últimas horas de la vida del Salvador en la tierra, que pueden ayudarnos a afrontar nuestras propias pruebas.

Primero, Él no procuró hacer Su propia voluntad, sino únicamente la de Su Padre. Él se mantuvo fiel a Su sagrada misión incluso durante la tribulación. Al caer de rodillas en el jardín de Getsemaní, suplicó: “Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”3. A veces pasamos por dolores y penas con el fin de crecer y estar preparados para posibles pruebas del futuro. Les hago una pregunta a las madres: “¿Serían capaces de hacer algo que produjera dolor e hiciera llorar a sus hijos aunque ellos no hayan hecho nada malo?”. ¡Por supuesto que sí! Cuando las madres llevan a sus pequeños hijos al médico para vacunarlos, casi todos los niños salen del consultorio llorando. ¿Por qué hacen esto? Porque saben que un ligero dolor ahora los protegerá de posibles dolores y sufrimientos en el futuro. Nuestro Padre Celestial conoce el fin desde el principio. Debemos seguir el ejemplo del Salvador y confiar en Él.

Segundo, cuando afrontamos pruebas, debemos aprender a no quejarnos ni murmurar. Nefi, después de una gran visión del sacrificio del Salvador, nos dijo: “Por tanto, lo azotan, y él lo soporta; lo hieren y él lo soporta. Sí, escupen sobre él, y él lo soporta, por motivo de su amorosa bondad y su longanimidad para con los hijos de los hombres”4. Siempre debemos procurar corregir el problema y superar la tribulación, pero en vez de preguntarnos “¿Por qué a mí?” o “¿Qué he hecho para merecer esto?”, quizá la pregunta debería ser: “¿Qué debo hacer? ¿Qué puedo aprender de esta experiencia? ¿Qué debo cambiar?”.

Hace varios años, mientras mi esposa y yo prestábamos servicio en Venezuela, nuestro hijo menor dejó la comodidad de su escuela secundaria para acompañarnos. Aunque no se quejaba, era evidente que le resultaba difícil ir a ese país donde todo era nuevo para él; pero ocurrió un asombroso cambio y la experiencia dejó de ser una prueba y se convirtió en una enorme bendición en su vida. Esto lo logró al cambiar su propia actitud y tomar la determinación de alcanzar el éxito.

Tercero, al afrontar nuestros desafíos, debemos buscar una mayor ayuda de Dios. Incluso el Salvador de todos nosotros sintió la necesidad de orar “más intensamente” cuando se encontraba en el jardín de Getsemaní5. Si hacemos esto, podemos aprender a obtener más fe. Debemos recordar que, a menudo, las respuestas de nuestro Padre Celestial no nos liberan de la prueba, sino que Él nos ayuda a soportar la experiencia. Como hizo con los seguidores de Alma, el Señor puede aliviar “las cargas que pongan sobre [nuestros] hombros, de manera que no [podremos] sentirlas sobre [nuestras] espaldas”6. En nuestras pruebas, evitemos caer en la amargura o abandonar nuestra dedicación y sigamos el ejemplo del Salvador para llegar a ser más serios, más sinceros y más fieles.

Cuarto, aprendamos a servir a los demás y a pensar en ellos incluso en las épocas de tribulación. Cristo fue el máximo ejemplo de servicio. Su vida estuvo llena de ejemplos de ayuda y de servicio a los demás, y Su mayor don fue lo que hizo por nosotros. Como Él dijo: “Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten”7. Debemos arrepentirnos y luego seguir Su ejemplo de servicio. Cuando servimos a los demás, nos olvidamos de nuestros propios problemas, y al esforzarnos por aliviar el dolor o el malestar de otras personas, nos fortalecemos a nosotros mismos.

En nuestra última Conferencia General, nuestro amado profeta, el presidente Thomas S. Monson, dijo: “Creo que el Salvador nos está diciendo que a menos que nos perdamos en dar servicio a los demás, nuestra propia vida tiene poco propósito. Aquellos que viven únicamente para sí mismos al final se marchitan y, en sentido figurado, pierden la vida, mientras que aquellos que se pierden a sí mismos en prestar servicio a los demás progresan y florecen… y en efecto salvan su vida”8.

Quinto, perdonemos a los demás y evitemos culparlos por la situación en la que nos encontramos. A veces nos gusta decir: “Si no hubieran hecho esto, yo no habría reaccionado como reaccioné”. El hombre natural tiene la tendencia de culpar a los demás para no hacerse responsable de sus propios actos. El Salvador miró a los que lo habían clavado en la cruz y rogó a Su Padre Celestial que los “perd[onara] porque no sab[ían] lo que hac[ían]”9. ¿Acaso nosotros no podemos ser más indulgentes?

Al pasar por las pruebas de la vida, mantengamos una perspectiva eterna, no nos quejemos, seamos más dedicados a la oración, sirvamos a los demás y perdonémonos los unos a los otros. Al hacer esto sucederá que “para los que ama[mos] a Dios, todas las cosas obrarán juntamente para [nuestro] bien”10. Testifico solemnemente y con certeza que nuestro Padre nos ama y que envió a Su Hijo para que nos mostrara y allanara el camino. Él sufrió, murió y resucitó a fin de que podamos vivir y desea que “teng[amos] gozo”11, incluso durante las pruebas de nuestra vida. Digo esto en el nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1. 2 Nefi 2:11.

  2.  

    2. Romanos 8:28.

  3.  

    3. Lucas 22:42.

  4.  

    4. 1 Nefi 19:9.

  5.  

    5. Lucas 22:44.

  6.  

    6. Mosíah 24:14.

  7.  

    7. Doctrina y Convenios 19:16.

  8.  

    8. Thomas S. Monson, “¿Qué he hecho hoy por alguien?”, Liahona, noviembre de 2009, pág. 85.

  9.  

    9. Véase Lucas 23:34.

  10.  

    10. Romanos 8:28.

  11.  

    11. 2 Nefi 2:25.