Cultivar el buen discernimiento y no juzgar a los demás

Por el élder Gregory A. Schwitzer

De los Setenta


Se necesita buen discernimiento no sólo para comprender a las personas, sino también para enfrentarnos con decisiones que muchas veces nos acercan a nuestro Padre Celestial o nos alejan de Él.
 

Vivimos en un mundo en el que muchas situaciones requieren que emitamos juicios; esto no siempre es cosa sencilla. Sin embargo, el Salvador dio el mandamiento de “no juzg[ar]”1 a nuestros semejantes. ¿Cómo podemos lograrlo y aún así ejercer el buen juicio en un mundo lleno de engaño y corrupción? Debemos juzgar bien al tomar decisiones críticas en cada etapa de nuestra vida, como escoger amigos, encontrar un compañero eterno o elegir una ocupación que nos permita cuidar de nuestra familia y servir al Señor. A pesar de que el Señor nos ha pedido que no juzguemos a los demás, espera que hagamos uso de un excelente discernimiento.

Quizá a veces juzgamos rápidamente a las personas, lo cual puede cambiar o redefinir nuestra relación con ellas. Con frecuencia se emiten juicios incorrectos porque contamos con información limitada o porque no vemos más allá de lo que está inmediatamente frente a nosotros.

Como ejemplo, a menudo se cuenta la historia de la ocasión en que Jesús visitó la casa de María y de Marta, que vivían en Betania con su hermano Lázaro. Era un lugar grato para el Maestro, donde podía descansar y disfrutar del entorno de un hogar recto. Durante una de Sus visitas, Marta estaba ocupada preparando la comida y María decidió sentarse a los pies del Maestro para ser instruida por Él.

“Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres; y acercándose, dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola?

“Pero respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas.

“Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada”2.

Se han dado muchas lecciones dominicales haciendo uso de este relato que muestra a Marta en una condición menor en cuanto a su fe. Pero hay otro relato de esta gran mujer, Marta, que nos da una perspectiva más profunda de su comprensión y su testimonio. Ocurrió cuando el Salvador llegó para resucitar a su hermano Lázaro de entre los muertos. En esta ocasión fue Marta quien acudió a Jesús “cuando oyó” que Él venía. Al encontrarse con Él, le dijo que “sabía” que “todo lo que le [pidiera] a Dios, Dios [se] lo [daría]”.

Cristo entonces compartió con Marta la gran doctrina de la resurrección diciendo:

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

“Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Crees esto?”.

Ella respondió con su fuerte testimonio: “Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo”3.

¿Cuántas veces, incorrectamente, hemos juzgado a Marta como una persona que se preocupaba más por los deberes que por el Espíritu? Sin embargo, su testimonio durante la prueba de la muerte de su hermano muestra claramente la profundidad de su entendimiento y de su fe.

Más de una hermana ha escuchado el primer relato y se ha preguntado si es una María o una Marta, pero la verdad radica en conocer a la persona y en ejercer buen discernimiento. Al aprender más en cuanto a Marta, nos damos cuenta de que en realidad era una persona de carácter profundamente espiritual, que tenía un testimonio audaz y osado de la misión del Salvador y de Su poder divino sobre la vida. El juzgar incorrectamente a Marta quizá nos haya llevado a no conocer la verdadera naturaleza de esta maravillosa mujer.

En lo personal, cuando era un médico joven aprendí una gran lección en cuanto a emitir juicios apresurados. Mientras trabajaba a la medianoche en la sala de emergencias, llegaron un hombre joven y su esposa porque ella tenía un dolor muy fuerte. Por su vestimenta e higiene, era fácil darse cuenta de que habían tenido una vida difícil. Él tenía el pelo muy largo y desarreglado, la ropa de ambos hacía bastante que no se lavaba y, en sus rostros, se reflejaban los efectos de una vida difícil.

Después de examinarla, me senté con él para explicarle cuál era el problema y para hablar del tratamiento. Este hombre me miró con un profundo amor que era evidente y que no se ve muy a menudo, y me preguntó con todo el amor de un esposo amoroso: “Doctor, ¿va a estar bien mi amada esposa?”. En ese momento, sentí al Espíritu testificar que él era un hijo de Dios y vi en sus ojos la presencia del Salvador. Este hombre realmente mostraba amor por otra persona, y yo lo había juzgado mal. Fue una lección que dejó en mí una impresión perdurable.

Se necesita buen discernimiento no sólo para comprender a las personas, sino también para enfrentarnos con decisiones que muchas veces nos acercan a nuestro Padre Celestial o nos alejan de Él. Al recordar mi propia vida, veo muchas ocasiones en las que un pequeño cambio de rumbo, basado en una mala determinación, me hubiera alejado mucho de donde el Señor quería que estuviera. Las decisiones como tener una familia mientras estudiaba, ser activo en todos los aspectos del Evangelio, pagar diezmos y ofrendas cuando los ingresos eran sumamente limitados, y aceptar llamamientos en épocas difíciles me ayudaron a entender mejor el sacrificio. Muchas bendiciones en la vida se pierden por aplicar un criterio mundano a lo que en realidad es una decisión espiritual.

Las personas que han cultivado el buen discernimiento se caracterizan por muchas cosas. Me gustaría ofrecer cuatro pautas para cultivar el buen discernimiento al tomar decisiones importantes.

Primero, ajusten sus normas personales de acuerdo con el evangelio de Jesucristo. Una persona nunca podrá juzgar bien si no tiene el evangelio de Jesucristo como punto de referencia. El Evangelio tiene una larga y exitosa trayectoria de guiar a las personas a la felicidad. Algunas de las ideas del mundo dejan a la humanidad a la deriva para que ellos traten de definir sus propias normas y, a causa de eso, escuchamos frases como “una nueva moralidad”. ¡Esa frase es engañosa! Las normas de la moralidad son eternas y no han cambiado; y tampoco debemos procurar descubrir una nueva interpretación de ellas. Para los jóvenes, estas normas están escritas en el folleto Para la Fortaleza de la Juventud, las cuales claramente se ajustan al evangelio de Jesucristo y deben seguirse observando en la vida adulta. Quizá sería bueno que los adultos estudiáramos y pusiéramos en práctica las normas de este folleto.

Segundo, escuchen los mensajes del profeta viviente. ¿Cuántas malas decisiones financieras se hubieran evitado si hubiéramos escuchado los consejos que por años nos han dado nuestros profetas en cuanto a evitar las especulaciones riesgosas y en cuanto a tener un presupuesto prudente a fin de evitar las deudas? ¿Cuántos matrimonios se hubieran salvado si se hubiera ejercido buen discernimiento al evitar los medios de comunicación que llevan a la adicción a la pornografía y al dolor? Cada conferencia general y revista de la Iglesia contiene consejos de los profetas, que, si los aplicamos, nos conducirán al buen juicio. Cuando hacemos caso omiso de ellos, no tenemos justificación.

Tercero, cultiven una relación con el Espíritu Santo en la que lo escuchen. Después de bautizarnos, recibimos el don del Espíritu Santo, pero muchas veces lo dejamos guardado y nos olvidamos de que Él nos ayudará en las decisiones más importantes de nuestra vida. El Señor nos dio este don porque sabía que afrontaríamos decisiones difíciles en la vida. El escuchar esta voz es vital para cultivar el buen discernimiento. Una relación en la que se escuche a menudo requiere que haya un ambiente tranquilo donde podamos tomarnos el tiempo para meditar y escuchar la voz suave y apacible. Este ambiente de paz es tanto externo como interno. Por lo tanto, requiere más que apagar la música del mundo o el estruendo de otros medios de comunicación; también requiere apagar el ruido del pecado que proviene de nuestra alma. Esto dará comienzo a la comunicación con el Espíritu que tanto necesitamos.

Cristo dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo”4. La paz que proviene de escuchar al Santo Espíritu elimina el temor de emitir un juicio equivocado en la vida.

Cuarto, guarden los mandamientos. El deseo de guardar los mandamientos de Dios nos abre la puerta a muchas bendiciones prometidas. El Libro de Mormón, además de ser otro testamento de Jesucristo, es un libro en el que se habla acerca de los resultados de guardar y de no guardar los mandamientos. El Señor le dijo a Nefi en el segundo capítulo de su primer libro: “Según guardéis mis mandamientos, prosperaréis”5.

Esta misma promesa la han repetido casi todos los principales profetas del Libro de Mormón. De este modo, se han registrado mil años de historia que testifican que estas cosas son verdaderas, y el mismo mensaje se aplica a nosotros en la actualidad. El buen discernimiento se aprende y se practica mejor dentro de los límites que el Señor fija por medio de los mandamientos que nos da.

Testifico que, en la medida en que nos enfrentemos con decisiones difíciles y sigamos estas normas, podremos saber mejor cuál debe ser nuestra forma de juzgar. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Mostrar referencias

  1.  

    1. Mateo 7:1. Véase también Mateo 7:1, nota al pie de página a; de la Traducción de José Smith, donde el Salvador nos manda “no juzg[ar] injustamente”.

  2.  

    2. Lucas 10:40–42.

  3.  

    3. Véase Juan 11:20–27.

  4.  

    4. Juan 14:27.

  5.  

    5. 1 Nefi 2:20.