¡Ha resucitado!

Por el presidente Thomas S. Monson


La tumba vacía de esa primera mañana de Pascua era la respuesta a la pregunta de Job: “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?”.
 

Ésta ha sido una sesión extraordinaria. Por parte de todos los que han participado hasta ahora con palabras o música, en calidad de Presidente de la Iglesia, deseo sencillamente decirles en este momento una palabra, la más importante de nuestro idioma. A la hermana Cheryl Lant y a sus consejeras, al coro, los músicos, los discursantes, esa palabra es: “Gracias”.

Hace muchos años, mientras estaba en Londres, Inglaterra, visité la famosa galería de arte Tate. Las obras de Gainsborough, Rembrandt, Constable y otros renombrados artistas se exhibían sala tras sala. Admiré su belleza y reconocí la destreza que se había requerido para crear esas obras de arte. Sin embargo, colgado aparte, en un tranquilo rincón del tercer piso, había una pintura que no sólo captó mi atención, sino que capturó mi corazón. El artista, Frank Bramley, había pintado una humilde casita frente a un mar azotado por el viento. Dos mujeres, la madre y la esposa de un pescador ausente, habían vigilado y esperado toda la noche el regreso de él. Ahora, la noche había pasado y se daban cuenta de que él se había perdido en el mar y no regresaría. Arrodillada al lado de su suegra, con la cabeza sepultada en el regazo de la anciana mujer, la joven esposa lloraba desesperadamente. La vela derretida en el marco de la ventana describía la infructuosa vigilia.

Sentí el dolor de la joven mujer; percibí su pena. La inquietante y vívida inscripción que el artista le dio a su obra describía la trágica historia; decía: Amanecer sin esperanza.

Ah, cuánto anhelaba la joven mujer el consuelo, incluso la realidad, del “Réquiem” de Robert Louis Stevenson:

El marinero ha regresado del mar;
y el cazador ha vuelto al hogar1.

De todos los hechos de la vida mortal, ninguno es tan cierto como su fin. La muerte nos llega a todos; es nuestra “herencia universal. Puede reclamar a su[s] víctima[s] en la infancia o en la juventud; [puede visitarnos] en la flor de la vida; o su cita puede diferirse hasta que las nieves de la edad se acumulen sobre la… cabeza; podría ocurrir como consecuencia de accidente o enfermedad,… o… por causas naturales; pero llegar, ha de llegar”2. Ella inevitablemente representa la pérdida dolorosa de una relación y, en particular con los pequeños, es un golpe apabullante de sueños truncados, de aspiraciones fallidas y de esperanzas desvanecidas.

¿Qué ser mortal, enfrentado con la pérdida de un ser querido o, por cierto, contemplando él mismo el umbral del infinito, no ha meditado en lo que yace más allá del velo que separa lo visto de lo que no se ha visto?

Hace siglos Job —por tanto tiempo bendecido con todo don material y ahora afligido por todo lo que le puede suceder a un ser humano— sentado con sus compañeros, pronunció la eterna y clásica pregunta: “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?”3. Job preguntaba lo que todo hombre o mujer viviente se ha preguntado.

En esta gloriosa mañana de Pascua, me gustaría examinar la pregunta de Job: “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?”, y proporcionar la respuesta que viene no sólo de una reflexiva consideración, sino también de la palabra revelada de Dios. Empiezo con lo esencial.

Si existe un diseño en este mundo en el que vivimos, tiene que haber un Diseñador. ¿Quién puede contemplar las muchas maravillas del universo sin creer que haya un diseño para toda la humanidad? ¿Quién puede dudar de que haya un Diseñador?

En el libro de Génesis aprendemos que el Gran Diseñador creó los cielos y la tierra. “Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo”.

“Haya luz”, dijo el Gran Diseñador, “y hubo luz”. Él creó el firmamento; separó la tierra de las aguas y dijo: “Produzca la tierra hierba verde… árbol que da fruto, cuya semilla está en él, según su especie”.

Dos lumbreras Él creó: el sol y la luna. Aparecieron las estrellas por Su diseño. Mandó que hubiera criaturas vivientes en el agua y aves que volaran sobre la tierra. Y fue así. Hizo el ganado, las bestias y los animales que se arrastran. El diseño estaba casi completo.

Por último, creó al hombre a Su propia imagen, varón y hembra, con dominio sobre todos los demás seres vivientes4.

Sólo el hombre recibió inteligencia, un cerebro, una mente y un alma. Sólo el hombre, con estos atributos, tenía la capacidad de tener fe y esperanza, inspiración y aspiraciones.

¿Quién podría alegar persuasivamente que el hombre, la obra más noble del Gran Diseñador, con dominio sobre todos los seres vivientes, con cerebro y voluntad, con mente y alma, con inteligencia y divinidad, llegaría a su fin cuando el espíritu abandonara su templo terrenal?

Para entender el significado de la muerte, debemos apreciar el propósito de la vida. La tenue luz de la creencia debe dar paso al brillante sol de la revelación, por la cual sabemos que vivíamos antes de nacer en la vida mortal. En nuestro estado premortal, sin duda fuimos de los hijos y las hijas de Dios que nos regocijamos por la oportunidad de venir a esta existencia mortal difícil pero necesaria5. Sabíamos que nuestro propósito era obtener un cuerpo físico, vencer las pruebas y probar que guardaríamos los mandamientos de Dios. Nuestro Padre sabía que, debido a la naturaleza de la vida mortal, seríamos tentados, pecaríamos y no seríamos perfectos. Así que, para que tuviéramos toda oportunidad de éxito, Él proporcionó a un Salvador que sufriría y moriría por nosotros, y no sólo expiaría nuestros pecados, sino que, como parte de esa Expiación, también vencería la muerte física a la que estaríamos sujetos debido a la Caída de Adán.

Y así, hace más de dos mil años, Cristo, nuestro Salvador, nació en la vida mortal en un establo de Belén. El Mesías predicho por tanto tiempo había venido.

Se escribió muy poco en cuanto a la niñez de Jesús. Me encanta el pasaje de Lucas: “Y Jesús crecía en sabiduría, y en estatura y en gracia para con Dios y los hombres”6. Y en el libro de Hechos hay una breve frase concerniente al Salvador que tiene un significado monumental: “…anduvo haciendo bienes”7.

Fue bautizado por Juan en el río Jordán. Llamó a los Doce Apóstoles. Bendijo a los enfermos. Hizo que los cojos caminaran, que los ciegos vieran, que los sordos oyeran. Incluso levantó a los muertos a vida. Él enseñó, testificó y dio un ejemplo perfecto que debemos seguir.

Y entonces, la misión mortal del Salvador del mundo llegó a su fin. Una última cena con los Apóstoles se llevó a cabo en el aposento alto. Por delante yacían Getsemaní y la cruz del Calvario.

Ningún ser mortal puede concebir la trascendencia total de lo que Cristo hizo por nosotros en Getsemaní. Él mismo describió más tarde la experiencia: “[El] padecimiento… hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu”8.

Después de la agonía de Getsemaní, agotado y sin fuerzas, fue apresado por manos ásperas y rudas, y se le llevó ante Anás, Caifás, Pilato y Herodes. Fue acusado y maldecido. Los despiadados golpes debilitaron aún más su dolorido cuerpo. La sangre surcó su rostro cuando se le puso forzadamente en la cabeza una vil corona de espinas que desgarró Su frente. Y entonces, una vez más, fue llevado ante Pilato, quien cedió ante los gritos de la iracunda multitud: “¡Crucifícale, crucifícale!”9.

Se le fustigó con un azote de múltiples tiras de cuero en las que se entrelazaban metales y huesos filosos. Al levantarse de la crueldad del azote, con pasos vacilantes llevó su propia cruz hasta que no pudo avanzar más y otra persona llevó la carga por Él.

Finalmente, en un cerro llamado Calvario, mientras los seguidores lo miraban impotentes, Su cuerpo herido fue clavado en la cruz. Sin piedad, se burlaron de Él, lo maldijeron y lo escarnecieron. Y aún así, él clamó: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”10.

Las agonizantes horas pasaron mientras Su vida se consumía; y de Sus labios resecos procedieron las palabras: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró”11.

Librándolo de los pesares de la vida mortal la serenidad y el solaz de una muerte misericordiosa, Él regresó a la presencia de Su Padre.

A último momento, el Maestro podría haberse vuelto atrás; pero no lo hizo. Pasó por debajo de todas las cosas, para que pudiera salvar todas las cosas. Después, Su cuerpo inerte fue puesto rápida y cuidadosamente en un sepulcro prestado.

No hay palabras en la Cristiandad que signifiquen más para mí que las pronunciadas por el ángel a las acongojadas María Magdalena y la otra María cuando, el primer día de la semana, fueron a la tumba para atender el cuerpo de Su Señor. Dijo el ángel:

“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?

“No está aquí, sino que ha resucitado”12.

Nuestro Salvador volvió a la vida. El acontecimiento más glorioso, reconfortante y tranquilizador de la historia de la humanidad se había llevado a cabo: la victoria sobre la muerte. El dolor y la agonía de Getsemaní y del Calvario se habían borrado; la salvación de la humanidad se había asegurado; la Caída de Adán se había resuelto.

La tumba vacía de esa primera mañana de Pascua era la respuesta a la pregunta de Job: “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?”. A todos los que estén al alcance de mi voz, declaro: si un hombre muriere, volverá a vivir. Lo sabemos, pues tenemos la luz de la verdad revelada.

“Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos.

“Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados”13.

He leído y creo los testimonios de aquellos que experimentaron el dolor de la crucifixión de Cristo y el gozo de Su resurrección. He leído y creo los testimonios de los que estaban en el Nuevo Mundo, quienes fueron visitados por el mismo Señor resucitado.

Creo el testimonio de aquél que, en esta dispensación, habló con el Padre y el Hijo en la arboleda que ahora llamamos sagrada, y que dio su vida, sellando ese testimonio con su sangre. Él declaró:

“Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!

“Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre”14.

La obscuridad de la muerte siempre se puede disipar con la luz de la verdad revelada. “Yo soy la resurrección y la vida”, dijo el Maestro15. “La paz os dejo, mi paz os doy”16.

A lo largo de los años he oído y leído muchos testimonios, demasiados para contar, que han compartido conmigo personas que testificaban de la realidad de la Resurrección, y que han recibido, en los momentos de mayor necesidad, la paz y el consuelo prometidos por el Salvador.

Mencionaré sólo parte de uno de esos relatos. Hace dos semanas recibí una carta conmovedora de un padre de siete hijos que escribió acerca de su familia y, en particular, acerca de su hijo Jason, quien había contraído una enfermedad a los once años de edad. En los años siguientes, la enfermedad de Jason se hizo recurrente varias veces. Este padre comentó la actitud positiva de Jason y su temperamento alegre a pesar de los problemas de salud. Jason recibió el Sacerdocio Aarónico a los doce años y “siempre magnificó sus responsabilidades con buena voluntad y de forma excelente, se sintiera bien o no”. A los catorce años logró el rango de “Águila” en el Escultismo.

El verano pasado, poco después de que Jason cumpliera quince años, tuvieron que volver a internarlo en el hospital. En una de sus visitas, el padre encontró a Jason con los ojos cerrados. Sin saber si su hijo estaba dormido o despierto, comenzó a hablarle en voz baja. “Jason”, le dijo, “sé que has pasado por muchas dificultades en tu corta vida y que tu condición actual es difícil. Aunque tienes una gran batalla por delante, quiero que nunca pierdas tu fe en Jesucristo”. El padre dijo que se sobresaltó cuando Jason abrió los ojos de inmediato y dijo: “¡Nunca!” con voz clara y resuelta. Luego Jason cerró los ojos y no dijo nada más.

Su padre escribió: “Con esa sencilla declaración, Jason expresó uno de los testimonios de Jesucristo más poderosos y puros que yo haya escuchado… Cuando su afirmación ‘¡Nunca!’ se grabó en mi alma ese día, mi corazón se llenó de gozo porque mi Padre Celestial me había bendecido con ser el padre de un joven tan grandioso y noble… [Ésa] fue la última vez que lo oí declarar su testimonio de Cristo”.

Aunque la familia esperaba que esa fuese sólo otra hospitalización de rutina, Jason falleció en menos de dos semanas. En ese momento, servían como misioneros un hermano y una hermana mayores de Jason. Otro hermano, Kyle, acababa de recibir su llamamiento misional; de hecho, el llamamiento llegó antes de lo esperado y el 5 de agosto, sólo una semana antes de que Jason falleciera, la familia se reunió en el cuarto del hospital para abrir la carta del llamamiento misional de Kyle y compartirlo con toda la familia.

En la carta que me escribió este padre, también envió una fotografía de Jason en la cama del hospital con su hermano mayor Kyle a su lado con el llamamiento misional en la mano. Al pie de la fotografía habían escrito: “Llamados a servir sus misiones juntos, a ambos lados del velo”.

El hermano y la hermana de Jason que servían en la misión enviaron a casa hermosas cartas de consuelo para que se leyeran en el funeral. Su hermana, que servía en la Misión Argentina Buenos Aires Oeste, escribió en la carta: “Sé que Jesucristo vive, y porque Él vive, todos nosotros, incluso nuestro querido Jason, también viviremos otra vez… Podemos recibir consuelo por el conocimiento seguro que tenemos de que hemos sido sellados como familia eterna… Si nos esforzamos al máximo para obedecer y ser mejores en esta vida, lo veremos [otra vez]”. Continuó: “[Un] pasaje de las Escrituras que siempre he amado ahora cobra nuevo significado e importancia para mí… Apocalipsis, capítulo 21, versículo 4: ‘Y enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni clamor ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de ser’”.

Mis queridos hermanos y hermanas, en el momento de nuestro más hondo pesar, nos pueden brindar profunda paz las palabras del ángel en esa primera mañana de Pascua de Resurrección: “No está aquí, sino que ha resucitado”17.

¡Cristo ha resucitado!
Proclamad con voz triunfal.
Se unió al tercer día
con Su cuerpo inmortal.
Cristo libertad nos dio,
y la muerte conquistó18.

En calidad de uno de Sus testigos especiales en la tierra hoy, este glorioso domingo de Pascua, declaro que esto es verdad, en Su sagrado nombre, sí, el nombre de Jesucristo, nuestro Salvador. Amén.

Mostrar referencias

  1.  

    1. Robert Louis Stevenson, “Réquiem,” en An Anthology of Modern Verse, ed. A. Methuen, 1921, pág. 208.

  2.  

    2. James E. Talmage, Jesús el Cristo, pág. 20.

  3.  

    3. Job 14:14.

  4.  

    4. Véase Génesis 1:1–27.

  5.  

    5. Véase Job 38:7.

  6.  

    6. Lucas 2:52.

  7.  

    7. Hechos 10:38.

  8.  

    8. Doctrina y Convenios 19:18.

  9.  

    9. Lucas 23:21.

  10.  

    10. Lucas 23:34.

  11.  

    11. Lucas 23:46.

  12.  

    12. Lucas 24:5–6.

  13.  

    13. 1 Corintios 15:21–22.

  14.  

    14. Doctrina y Convenios 76:22–23.

  15.  

    15. Juan 11:25.

  16.  

    16. Juan 14:27.

  17.  

    17. Mateo 28:6.

  18.  

    18. “Himno de la Pascua de Resurrección”, Himnos, núm. 121.