Manos que ayudan, manos que salvan

Por el élder Koichi Aoyagi

De los Setenta


Ruego que sigamos el consejo y el ejemplo del profeta y que cada día busquemos a los necesitados.
 

Mis hermanos y hermanas, me siento sumamente agradecido por la oportunidad de hablar en esta conferencia. Estoy agradecido por el presidente Thomas S. Monson, y testifico que él es el profeta del Dios viviente. Me impresiona profundamente su maravilloso ejemplo, ya que ha dedicado su vida a ayudar y a salvar a los demás con sus propias manos.

Vivimos en una época en la que muchas personas hacen frente a calamidades y necesitan ayuda debido a los efectos devastadores de terremotos, maremotos, huracanes y otras catástrofes naturales. La Iglesia extiende una mano a estas personas mediante la ayuda humanitaria, y los miembros de la Iglesia fielmente aportan ofrendas de ayuno generosas todos los meses y prestan servicio con un espíritu de amor. Literalmente, ofrecen manos que ayudan a la manera del Señor. Obedecen el mandamiento que dio el Señor de recordar “en todas las cosas a los pobres y a los necesitados, a los enfermos y a los afligidos, porque el que no hace estas cosas no es mi discípulo” (D. y C. 52:40).

Hoy me gustaría centrarme en las manos que ayudan y salvan espiritualmente. La obra y la gloria del Señor verdaderamente es “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39). Nos rodean muchas personas que necesitan ayuda espiritual. Al extender una mano salvadora a los miembros menos activos, a las familias en las que no todos son miembros y a los que no son de nuestra religión, invitamos a todos a “venir a Cristo”1.

Como nuevo converso de la Iglesia, fui rescatado espiritualmente por medio de las manos salvadoras de una fiel miembro de la Iglesia. Me crié en Matsumoto, Japón, cerca de donde tuvieron lugar las Olimpiadas de invierno de Nagano. Mi ciudad se parece mucho a Salt Lake City, ubicada en un valle rodeado de hermosas montañas. Cuando tenía 17 años, conocí a dos misioneros estadounidenses: el élder Carter y el élder Hayashi. Aunque entre nosotros apenas había dos o tres años de diferencia, los élderes tenían algo maravilloso que yo nunca antes había sentido. Eran diligentes, alegres y llenos de amor y luz. Sus cualidades me impresionaron mucho y deseé llegar a ser como ellos. Escuché su mensaje y decidí bautizarme. Mis padres, que eran budistas, se opusieron enérgicamente a que lo hiciera, pero gracias a la ayuda de los misioneros y del Señor, recibí permiso y me bauticé de manera milagrosa.

Al año siguiente comencé la universidad en Yokohama. Vivía solo, lejos de mi ciudad y de mis conocidos, así que empecé a sentirme solo y me alejé de la Iglesia. Un día me llegó una postal de una miembro de la Iglesia de mi ciudad. Me escribió que se había enterado que yo no asistía a las reuniones, citó un pasaje de las Escrituras y me invitó a regresar a la Iglesia. Las palabras del pasaje me dejaron abrumado. Esto me ayudó a darme cuenta de que tal vez había perdido algo importante, así que medité y tuve una lucha interior durante varios días. Esto también me recordó una promesa que me habían hecho los misioneros: “Si lee el Libro de Mormón y pregunta en oración ferviente si la promesa que se encuentra en Moroni es verdadera, sabrá la verdad por el poder del Espíritu Santo”2.

Me di cuenta de que no estaba orando de todo corazón y decidí empezar a hacerlo. Una mañana me levanté temprano, me puse de rodillas en mi pequeño apartamento y oré con sinceridad. Para mi sorpresa, obtuve la confirmación del Espíritu Santo prometida. Me ardió el corazón, mi cuerpo se estremeció y me sentí lleno de gozo. Por el poder del Espíritu Santo, supe que Dios el Padre y Su Hijo Jesucristo viven y que verdaderamente se le aparecieron a José Smith. Me comprometí de corazón a arrepentirme y a seguir a Jesucristo fielmente durante el resto de mi vida.

¡Esa experiencia espiritual me cambió la vida por completo! Como muestra de gratitud al Señor y a la miembro de la Iglesia que me rescató, decidí prestar servicio en una misión. Después de la misión, me sellé en el templo con una joven maravillosa y hemos sido bendecidos con cuatro hijos. No es coincidencia que ella sea la misma persona que me salvó al mandarme una postal a aquel solitario apartamento de Yokohama hace muchos años. Siempre estaré agradecido por la misericordia del Señor y la ayuda de esta miembro de la Iglesia que me invitó a venir a Cristo3 nuevamente.

Sé que muchos de ustedes extienden de manera privada y diaria sus amorosas manos que salvan. Esto incluye a una fiel hermana de la Sociedad de Socorro que cuida no sólo de las hermanas que le han asignado como maestra visitante, sino también de cualquier otra hermana que esté enferma o que necesite algún tipo de ayuda; hace visitas con frecuencia y lleva años fortaleciendo la fe de muchos. Pienso en un obispo que visitaba a menudo a las viudas y a los viudos de su barrio, un modelo de ayuda que siguió poniendo en práctica durante muchos años después de su relevo.

Conozco a un líder del sacerdocio que dedica tiempo a un jovencito que perdió a su padre, acompañándolo a las actividades, enseñándole el Evangelio y ofreciéndole consejos como su propio padre lo haría. Otra familia halla gozo al predicar el Evangelio; tanto los padres como los hijos testifican del Evangelio a los que les rodean, y muchos les tienen cariño.

Mi nieta de cinco años participa en una actividad de la Primaria en la cual, cada vez que hace una buena obra, coloca un grano de maíz para hacer palomitas en una botella grande de vidrio. Al buscar cada día algo bueno que hacer, canta en voz alta la canción de la Primaria que dice: “Sigue al profeta, sigue al profeta, lo que él dice manda el Señor”4.

No me alcanzaría el tiempo para contarles todas las cosas buenas que veo hacer a los miembros de la Iglesia. En forma anónima y con alegría siguen los consejos del profeta, no porque sea un deber o una responsabilidad, sino por su propia y libre voluntad.

A veces sentimos que somos débiles y que nos falta la fuerza necesaria para rescatar a otras personas, pero el Señor nos recuerda lo siguiente: “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de éstos, mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40).

Concluyo mis palabras con una cita del presidente Thomas S. Monson: “Mis hermanos y hermanas, estamos rodeados de personas que necesitan nuestra atención, nuestro estímulo, apoyo, consuelo y bondad, ya sean familiares, amigos, conocidos o extraños. Nosotros somos las manos del Señor aquí sobre la tierra, con el mandato de prestar servicio y edificar a Sus hijos. Él depende de cada uno de nosotros”5.

Ruego que sigamos el consejo y el ejemplo del profeta y que cada día busquemos a los necesitados, para que podamos ser las manos del Señor al ayudar y salvar a Sus hijos. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1. Véase Predicad Mi Evangelio: Una guía para el servicio misional, 2004, pág. 1.

  2.  

    2. Véase Moroni 10:4–5.

  3.  

    3. Véase Mateo 11:28.

  4.  

    4. “Sigue al Profeta”, Canciones para los niños, 1989, pág. 58.

  5.  

    5. Thomas S. Monson, “¿Qué he hecho hoy por alguien?”, Liahona, noviembre de 2009, pág. 86.