Dime la historia de Cristo

Por el élder Neil L. Andersen

Del Quórum de los Doce Apóstoles


Una fe personal más firme en Jesucristo… preparará [a sus hijos] para los retos que sin duda enfrentarán.

Cuando a alguien se le asigna hablar al final de la última sesión de la conferencia general, escucha cada palabra, pensando qué partes del discurso que ha preparado se mencionarán antes de que le toque el turno. No se asignan temas ni se llega a acuerdos sobre dichos temas. La manera del Señor, naturalmente, es siempre la mejor. Él toma los esfuerzos personales y devotos de cada orador y compone una sinfonía espiritual llena de revelación y poder. Los temas que se repiten, los principios que se edifican los unos sobre los otros, las amonestaciones proféticas y las promesas edificantes: ¡la divina armonía es un milagro! Testifico que en esta conferencia hemos escuchado y hemos sentido la mente y la voluntad del Señor.

El presidente Monson ha descrito a los de la nueva generación como “los mejores que [hemos] tenido”1, y ha dicho a nuestros jóvenes: “Ustedes han venido a esta tierra en una época gloriosa. Las oportunidades que tienen por delante son casi ilimitadas”2. Pero también advirtió: “Se nos ha mandado a la tierra en tiempos difíciles”3. “Es una época de permisividad, en que la sociedad en general no tiene en cuenta las leyes de Dios y las quebranta de manera habitual”4. Estamos rodeados de muchísimas cosas cuya finalidad es distraernos. “El adversario se vale de todo medio posible para atraparnos en su red de engaños”5.

Sostenemos en nuestros brazos a los integrantes de la nueva generación; vienen a esta tierra con responsabilidades importantes y con grandes capacidades espirituales. No podemos tomar una actitud despreocupada en la forma de prepararlos. Nuestro reto, como padres y maestros, no es crear un núcleo espiritual en el alma de ellos, sino avivar la llama del núcleo espiritual que ya arde con el fuego de su fe premortal.

Esta tarde deseo recalcar el ruego de un niño en una canción de la Primaria:

Dime la historia de Cristo, hazme sentir
cosas que yo de sus labios quisiera oír6.

En nuestro mundo actual, todo niño, todo hombre joven y toda mujer joven necesitan su propia conversión a la verdad. Cada uno precisa su propia luz, su propia fe “firme e inamovible”7 en el Señor Jesucristo, independientemente de los padres, de los líderes de la juventud y de los amigos que lo sostienen.

Las historias de Cristo pueden ser como un viento que aviva las brasas de fe en el corazón de nuestros hijos y nuestras hijas. Jesús dijo: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida”8. Los relatos sobre Cristo repetidos una y otra vez promueven la fe en el Señor Jesucristo y fortalecen los cimientos del testimonio. ¿Se les ocurre un regalo de más valor para nuestros hijos?

¿Se encuentran la vida y las enseñanzas de Jesucristo grabadas en la mente y el alma de nuestros hijos? ¿Piensan ellos en la vida del Salvador cuando se preguntan qué hacer en su propia vida? Esto será más y más importante en los años venideros.

¿Han visualizado nuestros hijos el concilio premortal9 donde Jesús —el más grande de todos— declaró: “Heme aquí; envíame a mí”?10. ¿Perciben su propia voluntad de prestar servicio como el hecho de que siguen el ejemplo de Él?

¿Piensan en Su humilde nacimiento11, con el Salvador del mundo acostado en un pesebre?12. ¿Les permiten las circunstancias de Él comprender mejor el lugar apropiado de las posesiones materiales?

¿Saben que Jesús con frecuencia enseñó: “pedid, y recibiréis”?13. ¿Fluyen por la mente de nuestros hijos las oraciones de agradecimiento de Él14, así como Sus súplicas al Padre15, cuando ellos se arrodillan en oración con sus propias inquietudes?

¿Les hemos dicho cuánto ama Jesús a los niños, cómo los tuvo en Sus brazos, rogó por ellos y lloró?16. ¿Saben nuestros hijos que Jesús espera “con los brazos abiertos para recibir[los]”?17.

¿Se fortalecen por medio de las historias del ayuno de Cristo18, a medida que les enseñamos le ley del ayuno?

Al sentirse solos, ¿saben nuestros hijos de la soledad que sintió el Salvador cuando Sus amigos lo abandonaron y cuando les preguntó a Sus apóstoles: “¿También vosotros queréis iros?”?19

¿Han sentido nuestros hijos el poder de los milagros del Salvador? Jesús sanó al leproso20, dio vista a los ciegos21, alimentó a los 5.00022, calmó el mar23 y levantó a Lázaro de entre los muertos24. ¿Creen nuestros hijos que “es por la fe que se obran milagros”?25 y ¿oran pidiendo milagros en su vida?

¿Les han dado ánimo a nuestros hijos las palabras del Salvador al principal de la sinagoga: “No temas, cree solamente”?26.

¿Saben nuestros hijos acerca de Su vida perfecta27, de Su abnegado ministerio, de que fue traicionado y de la cruel Crucifixión?28. ¿Les hemos testificado acerca de la certeza de Su resurrección29, de Su visita a los nefitas en las Américas30, de Su aparición al profeta José Smith en la Arboleda Sagrada?31.

¿Esperan ellos el retorno majestuoso de Él, cuando todo volverá a ser como debe ser y toda rodilla se doble y toda lengua confiese que Jesús es el Cristo?32.

¿Dicen nuestros hijos: “Cosas de Cristo quiero escuchar”?33.

A los jóvenes y a los niños: Vivan a la altura de sus importantes responsabilidades y gran capacidad espiritual. Procuren saber más sobre Jesucristo; abran las Escrituras. Una idea podría ser leer otra vez el libro de Juan, y después analizarlo con sus padres, maestros o entre ustedes.

A los padres y a las madres, a abuelos y abuelas, y a aquellos que no tengan hijos propios pero que nutran con amor a jóvenes y niños, mi consejo es que hablen con mayor frecuencia sobre Jesucristo. Su santo nombre tiene gran poder espiritual. “No [hay] otro nombre, ni otra senda… por el cual la salvación llegue a los hijos de los hombres, sino en el nombre de Cristo, el Señor Omnipotente, y por medio de ese nombre”34.

A las madres que crían a sus hijos sin un padre en el hogar, les prometo que cuando hablen de Jesucristo, sentirán que el poder de los cielos las bendice.

Después del fallecimiento de su esposo, la hermana Stella Oaks crió sola a sus tres pequeños hijos (entre ellos al élder Dallin H. Oaks35). Ella dijo una vez: “Se me hizo saber que el Señor me amaba y que yo estaría a la altura de mi misión. Me sentí rodeada de amor… [y supe] que Él [nos sostendría] a través de la oposición que [surgiría]”36.

A los padres hago una súplica especial: Por favor, tomen parte importante en hablarles a sus hijos acerca del Salvador. Ellos necesitan que ustedes les expresen la confirmación de la fe que tienen, junto con la de sus madres.

Aunque habrá ocasiones en que el niño no escuche con un corazón creyente, el testimonio que ustedes expresen sobre Jesús permanecerá en su mente y en su alma. ¿Recuerdan la historia de Alma, que había escogido el sendero errado? Al volver, dijo:

“…me acordé de… mi padre [que hablaba]… concerniente a la venida de… Jesucristo… para expiar los pecados del mundo.

“Y al concentrarse mi mente en este pensamiento, clamé dentro de mi corazón: ¡Oh Jesús, Hijo de Dios, ten misericordia de mí!”37.

Si el hijo no escucha, no se desesperen. El tiempo y la verdad están del lado de ustedes. En el momento adecuado, sus palabras harán eco como si vinieran del cielo mismo. Su testimonio jamás abandonará a sus hijos.

Cuando hablen con reverencia sobre el Salvador, ya sea en el automóvil, en el autobús, a la mesa, al arrodillarse para orar, durante el estudio de las Escrituras o en conversaciones a entradas horas de la noche, el Espíritu del Señor acompañará sus palabras38.

En la medida en que pongan lo mejor de su parte, el testimonio de Jesús destilará dulcemente sobre el corazón de sus hijos. Acudirán al Padre Celestial en humilde oración y sentirán Su influencia mediante el poder del Espíritu Santo. Una fe personal más firme en Jesucristo los preparará para los retos que sin duda enfrentarán39.

Conocí a Bill Forrest y a Debbie Hutchings cuando éramos estudiantes en la Universidad Brigham Young. Cuando Bill volvió de la misión, él y Debbie se enamoraron y se casaron en el Templo de Oakland California. Fueron a vivir a Mesa, Arizona, y fueron bendecidos con cinco hijos varones y dos hijas. Billy y Debbie enseñaron a sus hijos a amar al Señor Jesucristo como ellos lo amaban. El hijo de ellos, el élder Daniel Forrest, que actualmente presta servicio en la Misión México Oaxaca, dijo: “Todas las mañanas, sin falta, antes de ir a la escuela nos sentábamos a la mesa para leer y analizar las Escrituras”.

Kara, una de las hijas, ya casada y con dos hijos, aún recuerda claramente que su padre la llevaba temprano por la mañana a las actividades de la escuela secundaria. Ella dijo: “A mi padre le gustaba aprender de memoria citas, pasajes de las Escrituras y poemas, [y durante esos viajes temprano por la mañana] practicábamos repetirlos”. Uno de sus pasajes preferidos era: “…recordad,… recordad que es sobre la roca de nuestro Redentor, el cual es Cristo, el Hijo de Dios, donde debéis establecer vuestro fundamento, para que cuando el diablo lance sus impetuosos vientos… [él] no tenga poder para arrastraros… a causa de la roca sobre la cual estáis edificados”40.

El viernes antes del domingo de Pascua de Resurrección del año 2000, exactamente hace diez años, Bill Forrest era el obispo del Barrio Estate Groves de Arizona. Camino al trabajo, a unos dos kilómetros de su casa, un camión grande que transportaba gravilla chocó su vehículo. Debbie y los hijos salieron de la casa poco después de Bill y, sin saberlo, llegaron al lugar del trágico accidente. Bill no había sobrevivido el impacto. El espíritu inmortal de este amado esposo y padre súbitamente había regresado a casa de Aquel que venció la muerte, el Hijo de Dios, cuya gloriosa resurrección habrían celebrado juntos aquel domingo de Pascua.

¿Cómo encontraron Debbie y sus siete hijos (el más pequeño de sólo cinco años) la fortaleza que necesitaban? Kara, que tenía quince años cuando falleció su padre, me dijo hace poco: “Estoy agradecida a mi [madre y a mi padre] por las formas en que me enseñaron [acerca del Salvador]. Abrían las Escrituras conmigo, oraban conmigo y fueron un ejemplo de la caridad, del amor y de la paciencia [del Salvador]… Cada año, la Pascua de Resurrección es una tierna época en la que reflexiono en la vida, la misión y resurrección de nuestro Salvador, y recuerdo la vida de mi padre terrenal”.

El élder Daniel Forrest expresó: “Yo tenía diez años cuando falleció mi padre. Fue una época difícil… Mi madre siempre ha sido un ejemplo de las enseñanzas del Salvador. Llevo conmigo la placa de identificación de mi padre de cuando era misionero en España. [Dos] de las citas de mi padre que más me gustan [son]: ‘Dos hombres pueden hacer cualquier cosa, siempre y cuando uno de ellos sea el Señor’ y ‘El Salvador debe ser nuestro cimiento; sin eso, nos hundimos’”.

La fe en Jesucristo ha llenado el corazón de los hijos del matrimonio Forrest. Este fin de semana de Pascua de Resurrección, diez años después del fallecimiento de su padre, lo extrañan muchísimo, pero el aguijón de su muerte “es consumido en Cristo”41. Ellos saben que, gracias a la invalorable dádiva del Salvador, pueden volver a estar con su padre terrenal y con su Padre Celestial.

Dime la historia de Cristo.

En un momento escucharemos al Profeta de Dios. Refiriéndose a Su profeta, el Señor dijo: “…recibiréis su palabra… como si viniera de mi propia boca”42. Testifico que el presidente Thomas S. Monson es el portavoz del Señor en la tierra.

Testifico que Jesús es el Cristo, el Salvador de toda la humanidad. Su vida, Su expiación, Su resurrección, Su anhelado regreso son tan seguros y ciertos como la salida del sol. Su nombre sea alabado para siempre jamás43. En el santo nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1. Thomas S. Monson, “Verdades constantes para tiempos cambiantes”, Liahona, mayo de 2005, pág. 19.

  2.  

    2. Thomas S. Monson, “Tengan valor”, Liahona, mayo de 2009, págs. 123–127.

  3.  

    3. Thomas S. Monson, “Ejemplos de rectitud”, Liahona, mayo de 2008, págs. 65–68.

  4.  

    4. Thomas S. Monson, “Palabras de clausura”, Liahona, noviembre de 2009, pág. 109.

  5.  

    5. Thomas S. Monson, “Hasta que nos volvamos a ver”, Liahona, mayo de 2009, pág. 113.

  6.  

    6. “Dime la historia de Cristo”, Canciones para los niños, pág. 36.

  7.  

    7. Véase Alma 1:25.

  8.  

    8. Juan 14:6.

  9.  

    9. Véase Abraham 3:2–28.

  10.  

    10. Abraham 3:27.

  11.  

    11. Véase Lucas 2.

  12.  

    12. Véase Lucas 2:7.

  13.  

    13. 3 Nefi 27:29.

  14.  

    14. Véase Lucas 10:21.

  15.  

    15. Véase Lucas 11:2–4.

  16.  

    16. Véase 3 Nefi 17:11–24.

  17.  

    17. Mormón 6:17.

  18.  

    18. Véase Lucas 4:1–13.

  19.  

    19. Juan 6:67. Al dirigirse a la juventud el año pasado, el presidente Monson dijo: “…tendrán que defender aquello en lo que creen. A menos que las raíces de su testimonio estén firmemente arraigadas, les resultará difícil soportar las burlas de los que cuestionen su fe” (Liahona, mayo de 2009, pág. 126).

  20.  

    20. Véase Marcos 1:40–42.

  21.  

    21. Véase Lucas 18:35–43.

  22.  

    22. Véase Marcos 6:34–44.

  23.  

    23. Véase Marcos 4:35–41.

  24.  

    24. Véase Juan 11:8–53.

  25.  

    25. Moroni 7:37.

  26.  

    26. Marcos 5:36.

  27.  

    27. Véase 1 Pedro 2:21–25.

  28.  

    28. Véase Lucas 22:47–48; 23:32–46.

  29.  

    29. Véase Juan 20:11–23.

  30.  

    30. Véase 3 Nefi 11–26.

  31.  

    31. Véase José Smith—Historia 1:17.

  32.  

    32. Véase Doctrina y Convenios 88:104.

  33.  

    33. “Dime la historia de Cristo”, Canciones para los niños, pág. 36.

  34.  

    34. Mosíah 3:17.

  35.  

    35. El élder Dallin H. Oaks dijo en una ocasión: “Cuando era niño, pasaba casi todas las horas del anochecer leyendo libros. Uno de los favoritos era La historia de la Biblia, de Hurlbut,… [un libro de] 168 relatos de la Biblia. Esos relatos me encantaban y los leí muchas veces” (véase “Historias bíblicas y protección personal”, Liahona, enero de 1993, pág. 41).

  36.  

    36. Stella Oaks, “Thy Will Be Done”, en Leon R. Hartshorn, recopilador, Remarkable Stories from the Lives of Latter-day Saint Women, 2 tomos, 1973–75, tomo II, págs. 183–184.

  37.  

    37. Alma 36:17–18.

  38.  

    38. En nuestro mundo actual, necesitamos más que nunca que las palabras que Enós dijo de su padre sean las palabras que nuestros hijos digan de nosotros: “…las palabras que frecuentemente había oído a mi padre hablar, en cuanto a la vida eterna… penetraron mi corazón profundamente. Y mi alma tuvo hambre; y me arrodillé ante mi Hacedor” (Enós 1:3–4).

  39.  

    39. El presidente Monson hizo esta promesa a la juventud: “Si su testimonio del Evangelio del Salvador y de nuestro Padre Celestial está bien cimentado, influirá en todo lo que hagan a lo largo de la vida… Su testimonio, si lo nutren constantemente, [los] mantendrá a salvo” (Liahona, mayo de 2009, pág. 126).

  40.  

    40. Helamán 5:12.

  41.  

    41. Véase Mosíah 16:8.

  42.  

    42. D. y C. 21:5.

  43.  

    43. Véase Alma 26:12.